23/11/09

EL PRIMER CARRO DE LA BASURA Y SU BURRO

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Por pura casualidad llegó a mis manos una vieja fotografía, la misma que ilustra este espontáneo artículo, la cual me produjo cierta sensación de nostalgia. Con los recuerdos retrocedí en el tiempo, evocando de aquella época, vivencias enternecedoras. A tal grado llegó mi exaltación, al sentirme nuevamente muchacho y revivir viejos recuerdos de aquellos días tan lejanos e irrepetibles, que no cambiaría por nada aquel momento. Oí hasta el ruido del carro rodando por la calle Esquivel, donde vivía entonces con mis padres, siendo un chiquillo entonces. No se dejaba la basura en los portones o en las aceras. Llamaban a la puerta y luego entraban a buscarla siempre en el mismo sitio. Aquel respeto de antes era general en todas las personas, sin distinción de clases ni edades. Parece que estoy viendo al “Burro de Sarguito” con las orejas levantado y mirando a diestra y siniestra por si veía a su dulcinea, “La Burra del Fielato”. Lo que me extraña mucho es que no le hayan puesto una placa con sus honorables nombres, tan proclives en nuestros pueblos…

Para la generación de entonces, en la que, dada nuestra conformidad, ignorábamos el paso de las horas y del tiempo presuroso, cuando íbamos acercándonos a la madurez y a la responsabilidad inherente de la misma edad. Los juegos iban siendo relegados por las tareas del colegio, amén de otras tantas obligaciones. Cuando comienza aflorar el sentimiento de la angustia, el miedo a lo prohibido y las primeras sensaciones sentimentales que nos iban sorprendiendo... Todo aquello que perdimos y que, quisiéramos o no, siempre vamos a recordarlo.

Con frecuencia, por las calles adoquinadas, calles y callejones del Puerto de la Cruz, solíamos deleitarnos, entre otras muchas cosas, viendo rodar el carro de la basura, tirado por un sumiso burro, cuyo amo era don Domingo Perera Abero (conocido por “El Fatiga”), entonces Jefe de Limpieza del Ayuntamiento del Puerto de la Cruz, (no aparece en la foto). Después de recoger la basura y llevada al barranco San Felipe, allí la quemaban. A continuación volvían, ahora a recoger la comida para los cochinos que criaba el mismo.

De pie, sobre el carro, vemos a don Felix Perera Ramos, hijo de “El Fatiga” cuando era un jovencito, y ¡si será casualidad!, acabar siendo yerno de don Manuel Florentín Plasencia, de sobre nombre “El Canterrio”, vecino del barrio San Antonio, quien en la foto va caminando... Esta instantánea está tomada allá por los años cincuenta; y el camino por donde transitan, todo sembrado de tarajales, se llamaba <> por debajo de la finca y casa de don Juan Galán, entre ese lugar y El Charcón, en Playa Jardín.

Recordamos a don Manuel, con su cigarro entre los labios, serio y pensativo, ir de un lado a otro, con sombrero, alpargatas y en mangas de camisa. Era un hombre bueno y tranquilo, hasta que alguien tratara de molestarlo.

Así, como don Domingo, su hijo Félix y don Manuel, hubo hombres que bien se merecen el homenaje del recuerdo, porque han dejado, como buen ejemplo, su paso por la vida, a veces en circunstancias muy difíciles y sin desfallecer en ningún momento. Fueron leales a sus familias, las cuales salieron adelante, a costa de sus sacrificios y muchas privaciones propias de aquella difícil época...

Al tener en mis manos la foto que ilustra esta corta reseña popular, a tal grado llegó mi exaltación anímica, al sentirme nuevamente muchacho y revivir viejos recuerdos de aquellos días hoy tan lejanos e irrepetibles, que no cambiaría por nada aquellos momentos. Insisto, aún me parece oír el ruido del carro rodando por la calle Esquivel, del Puerto de la Cruz, donde vivía entonces con mis padres, siendo un chiquillo.

No se dejaba la basura en los zaguanes, portones ni en las aceras. Llamaban en la puerta de las casas y luego entraban a buscarla, siempre en el mismo sitio.

Aquel respeto de antes era general en todas las personas, sin distinción de clases ni edades.

Parece que estoy viendo al “Burro de Sarguito” con las orejas levantadas, mirando a diestra y siniestra, por si veía a su dulcinea “La Burra del Fielato” repartiendo mercancías a los distintos comercios. Entonces el burrito usaba pantalones para que no le molestaran las moscas.
Lo que si me extraña y mucho, es que no les hayan puesto un rótulo a modo de homenaje a alguna Plaza pública o calle, costumbre tan proclive en nuestros pueblos…

También la historia se escribe con estos anecdóticos rasgos que con el paso del tiempo se hacen entrañables y releerlos nos devuelven una buena parte de esas vidas antes dormidas en la lúgubre dimensión del olvido.


Celestino González Herreros
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ELSIE RIBAL HERNÁNDEZ SENSIBLE POETIZA Y RAPSODA

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Sus brazos parecen alas que se desplegaran con sutil cadencia al expresar lo que siente cuando recita sus emotivos versos; y se contonea como las olas del mar, como cuando remonta su inspiración poética. Hace de sus versos banderas líricas que ondearan en nuestro subconsciente cuando le oímos y le vemos desenvolverse y elevarse… Como si vientos melancólicos la impulsaran. Es como la flor violeta del estanque abierto de ese mundo onírico a donde nos transporta y nos deja inmersos; y que del exterior recibiéramos, a veces, la consideración debida. Nuestra notable rapsoda, como otros tantos bates, no buscan el nutrido aplauso del emocionado público, buscan otra resonancia menos ruidosa. La rapsoda y sensible poetiza, sólo busca llegar a calar hondo en cada conciencia y dejarles la semilla del amor que siempre ha sentido por su pueblo y su gente, a la que obsequia ese sentimiento altruista que la define.

Elsie Ribal Hernández, modélica figura y admirable persona de nuestro mundo llano y lírico, por pleno derecho, ha despertado conciencias, ha emocionado con su retórica habitual y ha convencido fundamentalmente con su ejemplar trayectoria literaria. Me confieso admirador suyo, desde siempre, por su forma de ser en lo personal, por su talento y entrega cuando rompe las mallas del convencionalismo estéril y con sus sentidos poemas nos coloca en ese plano sentimental que al alma susurra…

Dije algo de alas… Que sus brazos se agitan como si fueran banderas sueltas al viento, como si ondularan cual las olas del mar; creo haber acertado al definirla así. Es como un hermoso pájaro que sabe elevar su inquieto vuelo sin alborotar más en su ruidoso entorno, y si, por el contrario, nos apacigua gratamente cuando nos regala sus versos en admirables interpretaciones líricas.



Celestino González Herreros
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21/11/09

PIEDAD, SI NO, ESTARÁS CON NOSOTROS EN EL RECUERDO

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Las perspectivas respecto al caso de la niña “Piedad” cada día son más alentadoras, la razón se va imponiendo valerosamente y deja entrever una resplandeciente luz de esperanza que va aclarando la conciencia colectiva de aquellos que se niegan aún, empecinadamente, ver cual ha sido el calvario de esa niña raptada de los brazos de su familia de La Orotava, la que tanta felicidad le habían regalado. Discernimientos estos, que bien pudieran valerles para resarcirse del daño que han hecho a la inocente Piedad, a su angustiada familia acogerte y a tantos amigos suyos que tiene ya por doquiera, acá en nuestras islas y fuera de estas fronteras.

Reconocer los errores que cometemos a veces y tratar de subsanarlos, es quizás, la virtud más hermosa que pudiera valer para devolver la felicidad que torpemente hubiéramos arrebatado a quiénes les pertenecía; y a todos los que entendemos que entre el mal y el bien, ese debe ser siempre el primer paso, cuando deseamos regenerarnos y devolver lo que no es nuestro, a quienes ese ideal les pertenece. Es la única formula válida para borrar del pasado una pesadilla angustiosa e insoportable. Aquellas personas que contribuyeron, directa o indirectamente, en ese doloroso calvario que sufre Piedad y tantos niños y niñas que viven desafortunadamente su misma tragedia, iba a llegarles nuestro perdón a cambio de su arrepentimiento, ya que también ser perdonados alivia el peso de la conciencia y el terrible temor al castigo divino, aun siendo ellos simplemente ateos.

En este caso tan particular, hay dos modelos de madres. Una la quiere para sí y amorosamente, a la sufrida Piedad, a la que le ofrece todo lo que le garantice su justa felicidad y cuanto amor le compense de tantos sufrimientos… Y luego, la otra madre, la biológica, que ha demostrado en varias ocasiones que nunca la pudo hacer feliz ni darle el calor de una familia, tan necesario en aquella corta edad y que la entrega voluntariamente a manos extrañas de los distintos centros de acogida o como quieran llamarles, donde ha estado internada tantos años.
¿Cuál de las dos madres merece se la devuelvan definitivamente? La verdadera Justicia, oportunamente lo dirá.

Inocentemente, con la propia sensibilidad de las personas mayores, digo: Siento tanta pena, cuando pienso en la angustia que deber estar sufriendo Soledad Perera, la misma Piedad y el resto de sus familiares y miles de amigos y amigas, viendo las fechas que se nos aproximan y al sentirnos tan impotentes, sin recursos humanos y sociales posibles, sin aquellas conciencias amigas, sin ese apoyo tan fundamental que pudiera influir a favor de Piedad y que pudieran rogar a la justicia del hombre, que vea con claridad el dolor que estamos sufriendo quienes deseamos, por amor a Dios, que la niña vuelva a La Orotava en estos días tan señalados y de profundos acercamientos sentimentales; y no los entristezca , otro año más, la nostalgia y la consiguiente angustia.

Aún está como ella la dejó, cuando se la llevaron como si fuera una vulgar delincuente, su coqueta habitación con todas sus muñecas y demás juguetes, sus zapatillas… ¡OH Dios, esto es muy fuerte!, no puedo seguir escribiendo, me siento derrotado anímicamente, deben ser los años… Pero me sostengo aún, aunque esté sufriendo este descontento. Hubiera deseado animarles en vez de lamentarme…
Soledad, tú si que debes mantenerte firme, como hasta ahora, eres más joven. Y como siempre te he dicho: “A lo mejor te sorprende llamando a la puerta de tu casa, un día de estos”… Momentos que quisiéramos compartir con todos ustedes. Todos juntos. No dejes de avisarme, para celebrarlo también donde quiera que me halle y poder darle las gracias a Dios.



Celestino González Herreros
http://www.celestinogh.blogspot.com

18/11/09

HOJEANDO EL VIEJO DIARIO LEÍ...

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Por qué lloran tus ojos, ¿acaso me ocultas algo que no deba saber? Te he visto esquivar mis celosas miradas, para que no advierta tu pena, qué sería si no, tal vez amor, ese sentimiento que desborda en tu callado llanto... Dolorosa contemplación la tuya y qué sonrisa tan dulce que jamás nadie me ofreciera. Todo me advirtió de tus pesares... Hay imposibles en la vida que el destino señala como una cruel sentencia.

Antes me ilusionaba la primavera, hoy es el triste otoño la estación del año con la cual más me identifico. Ver caer las hojas del árbol me recuerdan a ese llanto tuyo y quisiera, entre las grises nubes ver el resquicio de un alegre claro donde aparezca el cielo y me recuerde tu cándida sonrisa... ¡Y he visto pasar tantos otoños!..

Cuando el aire se mueve presiento las brisas que antaño agitaron las hojas muertas que vi. correr por el húmedo terreno buscando el refugio de algún rincón; o de algún tronco caído de otro árbol muerto.

Hoy he vuelto a sentirme triste, por que te he visto, esta vez entre la muchedumbre, estabas ocupada en no sé cuántas cosas. Parecías el centro de todas las atenciones, todos te llamaban y para todos tenías atenciones de un ángel; a los niños acariciabas con especial ternura y a los viejos saludabas con reverente cariño y respeto. Te vi radiante entre todos ellos y yo desde donde estaba no podía hacer otra cosa que admirarte... No quería romper el idilio que vivías entre los tuyos y opté por apartarme aún más hasta no alcanzar a verte.

Por las calles caminé como si estuviera en otro mundo, ni veía ni escuchaba, me fui perdiendo en el sueño más profundo, en el abandono más grande que antes sufriera nadie, buscando en el silencio aquellas viejas vivencias... que siempre recuerdo. Entonces éramos unos locos adolescentes que ni sabíamos ni comprendíamos los peligros que acechaban tras una discusión por muy superficial que esta fuera, no creímos que un amor se pudiera romper para siempre por sólo discutir un par de veces, buscando quizás, entendernos mejor, o por celos... Cosas del amor, de ese fuego que abraza sin piedad y nos ciega. Te vi alejarte y pensé que sería como siempre, para volver mañana más dulce y cariñosa, pero no fue así, fue para siempre... Y el destino jugó sus cartas y desbarató el juego cuantas veces quiso, nos alejó, disfrutando con ello y dándonos ocasión de elegir nuevos caminos, a ti te indicó el tuyo; y el mío ha sido bajar por los laberintos más inhóspitos, unas veces, otras, cabalgando por el mundo de mis sueños y el pasado recordando, entre mis desvelos buscándote como cuando creímos haber nacido el uno para el otro, indisolublemente, que no moriríamos nunca ni envejeceríamos antes... Que en tus ojos se escondían todas las delicias del universo. Que seríamos como una primavera eterna viéndonos arropados siempre, por las flores más bellas y los aromas deliciosos que emanaran los pétalos de las rosas más hermosas, de delicadas tersuras. Un mundo sólo para amarnos... Y en nuestros destinos, que paralelamente divergieron sus rumbos, cada cual siguió su camino, apartándonos distancias inalcanzables...

Me habrás visto llorar, cuando miro a las estrellas y sonreír cuando me siento como una más entre todas ellas... He corrido entre la gente para verte mejor cuando cruzas las calles del pueblo y me gustaría verte perpetuamente tan feliz...

Seguiremos siendo amigos, aunque esquivemos nuestras impetuosas miradas, que instintivamente nos unen, acostumbrados a esquivar nuestros encuentros. Aquel pasado afectivo está condenado al olvido, mas, siempre habrán en el camino motivaciones que despierten algún recuerdo imperecedero que más tarde iremos dejando atrás como una consecuencia absurda de lo imposible y, obstinadamente seguiremos buscando, cada cual por su lado, la razón de vivir conducidos por la senda elegida, separándonos cada día más, hasta que acabe el camino... Entonces se habrán fundido, los razonamientos más leales, descansaremos en vida de esa persecución obsesiva que los mismos recuerdos implicaron a la fantástica devoción sentimental hacia ese afecto que nunca va a morir y que estará con nosotros mientras vivamos, acompañándonos simplemente, como un objeto sentimental que debemos cuidar...

Cariño como el nuestro es un castigo... Y ya sólo me consuela en este torbellino que vivimos, saber que tú estás segura donde estás; y de mí, saberme vivo aún para poder evocarte como eras en realidad y así sentirte más cerca... Cuantas veces lo he pensado, parece que sintiera tu aliento cerca de mí y en el silencio de mi soledad sólo tu voz he escuchado y he salido a tu encuentro, entusiasmado, y cual no será mi desencanto al sentirme tan solo como siempre, desde cuando tú no estás a mi lado... Y el aire perfumado que alienta la llama y aviva mi esperanza, hace sentirme cual dichoso peregrino que no se cansa al andar, que va rumbo fijo hacia algún lugar, desde donde le llaman... Oigo mi propia voz en ese eco bucólico de aromas mezclados que las brisas me traen con sus aires frescos que bajan desde los verdes pinares, desde las cumbres. Y la fragancia de la multicolor retama en flor que en las silentes Cañadas suspiran como mi amor en esa soledad enigmática... y se expande por las laderas como un lamento que rebosa del llanto prisionero que nos delata. Y despierta en nosotros el deseo de amar en el recuerdo, cuando ya te has ido. Y yo te veré siempre jugando con las estrellas e iré tras de ti, como una más entre todas ellas. Aunque tú no me veas, ni sepas que estoy contigo...

Qué lejos estamos de aquel encuentro, cuando nuestras miradas coincidieron y sin pestañear, nuestras almas se dijeron tantas promesas de amor, insospechables, y sin saber ese bello destino por designios divinos, cada día nos buscábamos y cada vez el milagro de nuestro amor nos juntaba más, repito, sin siquiera sospecharlo. Pero nos buscábamos necesariamente, con el propio deseo del verdadero amor, hasta que Dios disponga separarnos con la muerte.

Así será, uno antes y el otro después. Naufragaremos en las aguas tranquilas del inmenso mar de nuestras ilusiones… Juntos caminaremos por los atajos que hallemos, juntos compartiremos penas y alegrías, juntos lucharemos cada día, sorteando cuantas adversidades nos quieran desviar y lograr pretendan torcer este rumbo proyectado desde nuestro constante amor.
Cuando en silencio nos miramos, sin pronunciar palabra alguna nos confesamos. Ese lenguaje de las miradas, sólo Dios lo sabe interpretar; y nosotros transmitírnoslo. Son el aliento constante de nuestro espíritu, expresión esa que nos fortalece; y hemos llegado a viejos, también compartiendo nuestros sueños sin descuidar el camino afortunado de nuestro destino. Nos hemos marchitado juntos y juntos alguna vez y en otro lugar tantas veces soñado, volveremos hallarnos.

Este peculiar diálogo, poco habitual en la época en que vivimos y en los medios de comunicación escrita, puede que alarme o escandalice burlescamente a más de uno. Hoy prevalece, como todos sabemos, la noticia o comentario repelente, la burla y la venganza, los insultos, raptos, robos de todos los calibres, pornografía, etc. Este, mi inocente diálogo, sólo habla del amor… Dichosos aquellos que se sientan identificados con los argumentos expuestos. Al margen de tanta algarabía y corrupción existente, y al abandono cívico y social…
Cualquier comentario que hable del amor entre las personas, deja una huella imborrable en nosotros, despierta sentimientos ocultos. Que el amor siendo humano, también tiene mucho de divino.



Celestino González Herreros
http://celestinogh.blogspot.com

8/10/09

NOSTÁLGICO CERCO SENTIMENTAL

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Desde la explanada del muelle pesquero, intuyo, en el plano más distante de mi exaltada imaginación, al majestuoso Teide, entre brumas sobresalir con indescriptible elegancia, bajo el cielo azul, interceptado, como se ve desde el Valle, sólo por la cordillera que es nuestra ladera y que desciende hasta llegar a La Orotava, la siempre amada Villa, jardín de mis amores y lugar sugerente por mil razones. Más abajo, trasladado por los recuerdos, el Puerto de la Cruz, motivo esplendoroso de la Creación que cautiva al visitante y a nosotros nos llena de un sentimiento especial, con sabor a puertito de mar. Su aire yodado y salitroso, con olor al mujo de la costa que a sus brisas contagiaba; y el perfume de las flores, de tantos jardines que proliferaban por doquiera y la influencia de aquellas plazas públicas bien cuidadas, daban una nota placentera al ambiente. Era el Puerto de la Cruz un vergel que convocaba con la paz de su bonanza a la meditación lírica de poetas y pintores, de músicos y escritores, lugar de encuentro y descanso de grandes figuras universales de las Letras y las Artes.

Ahora mismo, mientras evoco, desde este rincón amado, aquella época sentimental de mi juventud, veo las “históricas” casonas, muchas desaparecidas, pero que conservamos en la memoria... La que fuera Real Casa de Aduanas y su calle La Lonja que se pierde hasta llegar a la de Santo Domingo; Casa de Los Machados, con su hermosa entrada, convertida en residencia de marinos y familias pobres; frente al muelle, recordada con nostalgia, Casa de la Sindical, separada por la calle San Juan, de la hermosa casona de Yeoward. Luego toda la calle San Juan. ¡Parece que en realidad las estuviera viendo! Y las demás casonas alrededor de la Plaza del Charco y la de las calles adyacentes, en casi todo el centro del pueblo. A mi derecha, estaba ubicada la enorme casa de la Viuda de Yánez. Le seguía la de El Fielato de don Juan Ríos, a continuación, donde estuvo la Parada de las guaguas; otra al lado y La Pescadería; la de Perdomo y a continuación comenzaba la tradicional calle Mequinéz, escenario de importantes episodios portuenses.

En los alrededores del muelle, junto a los anchos zaguanes, se veían algunas lanchas y lanchones, varados para protegerse de las inclemencias del oleaje o para ser reparadas periódicamente. El burro de Sarguito y la mula del Fielato, fueron animales muy populares en la vida laboral de nuestro Puerto, no podía olvidarles, pues estaban siempre por allí, trabajando como lo que eran. Casi todas las calles del Puerto de la Cruz, estaban rigurosamente adoquinadas. Era muy atractivo, con sus casas enjalbegadas de blanco, puertas y ventanas pintadas de verde y tejados rojos. Había los clásicos callejones, callejuelas pendientes y más angostas, donde en los fríos invierno crecía la hierba entre las piedras y por donde corría el agua de las abundantes lluvias hasta llegar al mar o eran absorbidas por las escasas alcantarillas.

En el Muelle había gran tráfico, asistido por los buques de Yeoward y otras compañías navieras. Las carretas de tracción animal, cargadas de guacales de plátanos, llegaban de todas partes; y entraban distintas mercancías. Exportábamos cuanto hubiera o diera nuestra tierra, con destino seguro y, en definitiva, de esa zona privilegiada del Puerto de la Cruz, se han escrito las páginas más bellas de nuestra historia, momentos buenos y otros no tan buenos, pero jamás dejará de ser el rincón más acogedor de nuestros pueblo, marinero por excelencia, convertido hoy en primorosa ciudad turística, próspera y acogedora, ciudad de promisión para muchos hombres emprendedores con dinero, que vienen y multiplican sus beneficios; y algunos, como ha ocurrido, se han quedado aquí para siempre y han hecho por estos pueblos del Valle de La Orotava, hermosas contribuciones sociales y son personajes de excepción en los anales histórico locales. Todo hay que valorarlo en su justa medida. En realidad, la convivencia en Tenerife, ha sido ejemplar respecto a las gentes que vienen de fuera, aunque siempre hay “indeseables” visitantes, a quienes hay que hacerles la vida imposible y acabamos echándoles de aquí.

Desde aquella romántica época, hasta nuestros días, todo ha cambiado mucho, se ha atentado brutalmente contra nuestro patrimonio histórico, no precisamente por gentes de fuera, han sido algunos desaprensivos políticos nuestros y sus cómplices, quienes acabaron con lo más bello que teníamos, aquello que nos mantenía conscientes y orgullosos de poseer los rincones más atractivos de nuestra geografía. Aquello fue una locura, una inmoralidad imperdonable que nos causa mucha tristeza, un mal irreparable.

El Teide, ahora está radiante y el cielo sin nubes, azulito... Ya pasó la tormenta sentimental de mis cavilaciones. Los verdes laureles de la Plaza del Charco, acogían distintas especies de aves, entre las cuales, hoy abundan las mansas tórtolas y palomas libres, los ancianos juegan con ellas, les llevan comida y las acarician tiernamente... Hay pájaros, pero nunca será como antes, o seré yo, que también he cambiado con el paso del tiempo. La Plaza está, o al menos me parece, más triste; no están aquellos miles de pájaros, cuando a las seis de la tarde regresaban a sus nidos y a pernoctar en ellos, ensordecían con sus alegres trinos. Ni están tantos amigos y aquellas gentes conocidas... Sólo veo a los niños jugar en el parque, meciéndose en los columpios. Antes era distinto, tampoco teníamos parques ni columpios ni toboganes... Pero éramos felices, buscábamos esa felicidad en cualquiera cosa que inspirara a nuestra imaginación... Con cualquier trasto inventábamos un juguete. Recuerdo hacer las duras pelotas de hojas de badanas; y con latas vacías de sardinas y ruedas de goma, hacíamos los coches… Éramos más improvisadores, con mucha más imaginación. Hoy los muchachos tienen de todo, es más fácil, pero flaco favor les hemos hecho, han perdido mucho tiempo y han aprendido poco de la vida, si tuvieran que enfrentarse a ella en difíciles ocasiones. No hemos querido que pasaran por los desconsuelos que se sufrieron en épocas pretéritas.
Volviendo al presente, Puerto de la Cruz ha sufrido la gran transformación del progreso… Y también nuestras gentes han cambiado o tal vez sea yo, quien lo vea todo tan turbio y desangelado. Las gentes ya casi no se respetan unos a otros, como era obligado en épocas pasadas, antes del “progreso”. Y no ocurre solamente en nuestra ciudad, el mal se ha extendido por doquiera, se perdió la solidaridad, las consideraciones aquellas para con los demás. ¿Qué está ocurriendo en la actualidad? ¿Dónde están nuestros valores? ¿Porqué imperan los hipócritas y los farsantes? ¿Acabaremos destruyéndonos mutuamente… y sin haber logrado satisfacer nuestras ambiciones? Unos lo quieren todo para sí. Otros están, como el ladrón al acecho… Los demás estamos expectantes a ver en qué acaba todo esto, pacientes pero en guardia. Siempre habrá un momento oportuno que nos permita resarcirnos de tanta miseria.
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AQUEL ERA UN LUGAR ENCANTADOR

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Barroso es un barrio de la parte alta de La Orotava. Intento hacer una semblanza, de cómo fue en la época de su máximo esplendor, hace cinco o seis décadas y no sé si llegué a idealizar ese añorado entorno ambiental, lo cierto es que me entusiasma la idea de señalar aquellas admirables excelencias, desde cuando fui un muchacho. Y puede ser que en esa tierna edad, fuera capaz de sensibilizarme excesivamente y me condicionara para ver las cosas desde distinta óptica y las interpretara más hermosas, entonces. Nada hay de particular en ello, ahora sólo pretendo revivirlas tal y como eran, con quienes le conocieron y con dicha evocación disfrutar de esos momentos entrañables que muchos de nosotros vivimos y no podemos olvidar.

Antes era de una belleza incomparable, jamás se repetirán tantos encantos juntos, por su conservación estética y eminentemente agrícola. Era lugar de transito obligado, para aquellos que iban hacia Las Cañadas del Teide, y su poético entorno ambiental era admirable. Nunca vi tantos frutales a la vez, los castaños y nogales bordeaban la carretera, desde La Orotava hasta muy avanzada la vía de acceso al monte. La abundancia de frutales enriquecían los terrenos cultivados y sus lindes. Abundaban los cereales, principalmente el millo; papas, viñedos, etc. La lista es delirante, por su variedad y exuberancia.

Por doquiera aparecían los típicos pajares o chozas con techumbre de paja y paredes anchas, confeccionadas con piedra y barro, donde encerraban y conservaban la cosecha recogida y las hojas frescas del grano y otras, por el ambiente húmedo que proporcionaban; y almacenaban todo cuanto recolectaban, millo, castañas, nueces, almendras, etc. Aquellas peras y manzanas de distintas especies, limpias y olorosas, despertaban el apetito de morderlas. Y el cultivo de la vid, con el característico peso de sus abultados racimos de uva, realmente impresionantes. Hubo ganado de calidad en cantidad y agua en abundancia.

Desde arriba se veía El Valle, que llega desde la cumbre hasta las espumosas aguas, donde dejan su blancura en la rizada mar las olas que golpean nuestras costas norteñas. Era cual falda verde que le cubriera y se veían, apenas algunas casas escondidas entre la frondosa platanera, donde también abundaban frutales y hortalizas; animada con la presencia de los circulares estanques de regadío, que refulgían desde la distancia, bajo los rayos del sol.

En las frescas tardes, eran obligados los paseos por la angosta carretera, un tanto melancólicos, cuando la bruma bajaba y nos envolvía. Esas tardes en Barroso, las recordaré siempre, cuando íbamos a veranear todos los años... Siempre había alguien que supiera rascar las cuerdas de la guitarra, y bajo la luz de la luna, peregrinábamos canturreando viejas melodías de amor o los aires musicales de nuestra tierra canaria. Entonces, en ese aislamiento, nos perdíamos en la espesura de la niebla, entre un mar de nubes y la cumbre, que parecía se dilatara en sus cromáticas formas, bajo el cielo obnibulado, más allá tachonado de estrellas que parpadean mimosas en la lejanía; acariciados siempre, por ese airecillo frío del campo, que tanto embriaga y enamora. Y en la soledad estimula los más recónditos sentimientos. Los animales, llevados por el risueño campesino, a pesar de llevar, calladamente, la pesada carga de sus desilusiones y quebrantos, iban y venían en ambos sentidos, llevando la espléndida cosecha a su destino. Las ventitas consolaban a los más sedientos con deliciosos vinos y jugosos quesos del país.. Los famosos rosquetes no podían faltar, ni los chochos...

Son vivencias enternecedoras que evocándolas ayudan a vivir y arrancan sentimientos ocultos en lo más profundo del corazón.

Barroso ya no es el mismo, ha perdido su antiguo encanto; ni las gentes son aquellos que conservo en la memoria y que me han dejado, con el recuerdo de sus vidas, la sensación de haber muerto también. Viéndole nuevamente hace sentirme como un extraño, en un barrio distinto. Los años lo han cambiado todo, aquel era un lugar encantador, donde solía soñar entre brumas y el perfume de sus frutales, viendo abajo, cuan verde era mi valle, ahora maltrecho y herido, dejándonos decepcionados al recordar las expresiones de admiración que antaño inspiraran a tantos sabios exploradores y científicos que venían a contemplarlo por sus bellezas naturales, universalmente reconocidas.

Barroso y tantos barrios de nuestro Valle de La Orotava, hoy, sólo son una quimera sentimental del pasado; al final de todo, aunque ya nada podamos hacer, brindémosle un último tributo de amor.

El progreso y las exigencias de la vida lo han trastocado todo y no es que estuviera aquel entorno de más, sólo si, me hubiera gustado que los muchachos de hoy hubieran disfrutado de ese lugar, tanto como disfruté yo y los de mi época. Esos días en contacto con la Naturaleza y viviendo la vida del campo, al menos para mí, fue como una escuela donde aprendí para siempre a entender la tierra, su generosidad inmensa y cuanto atesora, cuando se la sabe atender y se le da nuestro sudor y cariño. Compartir el tiempo con los campesinos nos enriquecía cada vez más. Practicar las labores del campo era trabajo duro, pero ilusionaba, así como lidiar a los animales. Aquellas tardes, acompañados de una vela encendida y el silencio del ambiente de recogida era emocionante. Y antes que saliera el Sol, ya estaban las veredas de las lomadas concurridas e íbamos a la faena, a aprender más cada día por si alguna vez lo necesitábamos a donde tuviéramos que ir a ganarnos la vida. Uno nunca sabía… Los muchachos de hoy debieran aprovechar las vacaciones escolares en estos menesteres, nunca se sabe, máxime si la situación económica empeora. Nunca se sabe… Y el campo hoy está abandonado y la agricultura. Hoy, sin poder evitarlo, exclamo: ¡Cuánto tiempo se ha perdido, sin pensar en los reveces de la vida!..
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20/9/09

COMO UNA BARCA QUE ACUNARA NUESTROS FRÁGILES SUEÑOS. INTERCAMBIO DE RECUERDOS

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¡Cuántas veces nos acompañaste con tu guitarra en las tardes nostálgicas de aquellos crudos inviernos, al calor de un fogón, interpretando dulces melodías y deleitando a los que nos rodeaban! ¿Acaso no fuimos dichosos en nuestra inquieta juventud, soñando siempre caminos nuevos y distintas experiencias?

La Plaza del Charco, cuántas vueltas a lo largo de tantos años, patio singular de nuestra comunidad, cuántos pasos dados alrededor de su geométrico espacio de tierra amasada con yodo y sal traída con nuestras ribereñas brisas, en cuyo epicentro ornamental aún conservamos nuestra monumental Pila y sus verdes ñameras como viejo y tradicional testimonio de nuestra lealtad hacia el tiempo pasado... Aún hoy es la misma de antes, cuando éramos muchachos.

Los laureles de India y las datileras palmeras que algo habrán crecido, aunque yo también las vea iguales. Allí nos encontrábamos siempre, cuando decíamos: "nos vemos en la Plaza..." Allí conocimos a las primeras novias (hoy diríamos amiguitas) y en ese entorno casi natural, les hacíamos ilusionadas promesas que no siempre podíamos cumplir, ya que el destino nos maneja a su antojo. Y, como dice una estrofas que conozco: “pero la vida es así, dos personas que hoy se quieren, tal vez se olviden mañana” En esa Plaza están grabadas todas las historias de amor de nuestro pueblo, sus baldosas son testigos indelebles de los romances más bellos, era el lugar obligado del encuentro amoroso...

Los paseos por los caminos de la Playa de Martiánez... El romántico Paseo de Las Palmeras que lo hacíamos interminable sin serlo, con las amiguitas cogidos de la mano. ¡Cómo lo recuerdo, oyendo el lejano eco de las olas al derrapar sobre la arena!

Los encuentros emocionados, cuando llegaba la novia sonriente, como un claro de luna que lo iluminara todo con su grata presencia.

La añeja casona del muelle pesquero, las lanchas varadas en la playita, y las que salían y entraban, aquel laborioso trajín de los barqueros y pescadores y el murmullo de sus voces en su propio léxico, descargando la hermosa captura cuando la faena era satisfactoria y los ánimos regocijados. Aquellas escenas las conservo grababas con natural emoción en mis cansadas retinas como un tesoro valiosísimo de aquellos tiempos que no volverán.

Aquellas parrandas en el día del célebre Baile de Magos, no te cansabas de rascar las cuerdas de la guitarra y cantábamos y bailábamos como locos sin apenas rendirnos. Donde estuviéramos reinaba la alegría propia de nuestra juventud ya perdida. Éramos inagotables.

Nuestro Puerto de antes, pueblo marinero... Qué bello y qué callado está en estos inspirados momentos de nostálgicos recuerdos que bullen en mi mente "el Puerto de la Cruz, el de antes", Presiento verle nublarse su típica alegría por que no está ajeno a la emoción que siento recordándole.

¿Sabes?, ya tengo hasta nietos de ambos sexo. ¿Ves?, tengo una enorme ilusión, me siento más importante que nunca. Ahora me gustaría vivir mucho para verles crecer... Sobran razones para cuidarnos, cuando he tenido la suerte de llegar a los umbrales de la vejez, presiento que la vida ahora será larga y habrá nuevas motivaciones cada día. Nuestro espíritu debe estar fortalecido y en nosotros está el que lo consigamos, sólo poniendo lo mejor de nuestra parte. Por más que nos acechen constantemente los reveces de la vida, por más que queramos evitarlo, será como quiera el destino. Tú te fuiste mucho antes. Primo, ¡hasta que volvamos a vernos!

Recuerdas, mi querido primo, aquellas juergas que corrimos juntos, tú con tu guitarra, acompañándote a todas partes… Muchos amigos éramos los del grupo, como una gran familia; y muchos son los recuerdos que guardamos de ti, aquellos que aún quedamos pataleando... ¡Si supieras, querido Luís, cuántos gratos recuerdos nos dejaste! Y, allá en Venezuela, también estuvimos juntos, cada cual con su familia.
Como una barca que acunara nuestros frágiles sueños, intercambio contigo aquellos gratos recuerdos.

No éramos espejitos mágicos de aquella pacífica sociedad. Los términos cambian mucho el concepto de las frases, decir pacífica no lo dice todo, digamos pues, callada sociedad, cuando teníamos que rumiar hasta nuestros propios sentimientos. Y, a mal tiempo buena cara. ¡No pasa nada! Los jóvenes, una vez nos vestían con pantalón largo, ya sabíamos pensar y mascullar la intolerancia, habíamos nacido en medio de la ocultación y sólo éramos producto de ella. Ahora bien, siendo jóvenes adolescentes, buscábamos cómo distraernos. Como ha sido siempre en todas las épocas políticas y sociales. Juventud parada es juventud muerta. Sólo el delirio de la ambición, las ganas de vivir, delataban al medio hombre y al hombre entero... No olvidemos que fuimos jóvenes y no muy lejos, fuimos la ilusión de nuestros viejos y hoy estamos honrando la memoria de cada uno de ellos.

En Puerto de la Cruz hubo varias parrandas, comparsas o como quiera que les dijéramos. Grupos de amigos conservadores de aquellas tradiciones que se reunían, como si fuera en plan familiar, para cultivar la costumbre de aliarnos siempre a la música para alcanzar disuadir al amor del ser querido, cantándole bajo la luz de la luna, tras las rejas de su ventana… Así de ridículos y románticos éramos, pero ya no podemos ser lo que éramos, nos lo han prohibido, aquello al parecer de los que mandaban, era insalubre, dañaba al cuerpo y al alma. Y, ¿ahora, qué? Este es un simple ejemplo de nuestro progreso… Ya ni los pájaros anidan en los aleros de su tejado, ni se oyen, cuando pasan las brisas, aquellos lamentos lastimeros. Ya, nunca más se prendió a media noche la luz de su ventana. Está mal visto.
Casi siempre eran las cuerdas de nuestros instrumentos autóctonos, las que vibraban en cada serenata, en los divinos de Navidad, en fiestas particulares, en distintos escenarios debidamente acondicionados, algunos. Nuestro ribereño muelle siempre fue, junto con la Plaza del Charco y aledaños, lugar de encuentro y desde donde partían las comitivas poéticas de los reencuentros amorosos. Muchos de aquellos buenos amigos, trovadores de la noche, aún viven, ellos pueden corroborar lo que digo, los más viejos, los de la época de mi padre, tíos míos y sus amigos, esos si no están, pero se alegrarían al saber que siempre les recordaremos.
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Con mi primo, Luís Herreros Álvarez, viví muy buenos ratos. Quienes tuvieron ocasión de conocerle y tratarle personalmente, en vida, pueden confirmar lo que digo. Al menos yo nunca conocí queja alguna respecto a él. En mente tengo muchísimas historias para contarles, pero no puedo extenderme como deseo. Era de un carácter invariable, despreocupado, cariñoso y sincero. Allá, en Venezuela, tuve la suerte de que viviéramos cerca, ya que estábamos en la misma ciudad, Barquisimeto, la ciudad de los crepúsculos. Muchas tardes, después del trabajo, solía visitarnos y estábamos juntos largos ratos, siempre recordando a los viejos amigos y las travesuras aquellas, cuando decíamos estar aburridos… Agarrábamos la guitarra y a caminar por el paseo de los tarajales en Martiánez. Alguna muchacha extranjera nos llamaba, nos saludábamos y a sus padres… No nos faltaba nada, sólo que el reloj no caminara tan rápido. ¡Qué hermosa es la juventud! Sólo que en aquellos tiempos había mucho respeto y el honor de los hombres estaba por encima de todo. Hoy sería imposible.

Celestino González Herreros
http://www.celestinogh.blogspot.com
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Estampa marinera del Puerto de la Cruz, pueblo canario con trascendencia universalista, un núcleo geográfico evocado siempre por sus tradicionales costumbres y por la bondad de su gente. Pueblo siempre joven y alegre, que conserva sus raíces, que no se mermó, que más bien crece y se orienta hacia todos los lugares del Planeta Tierra, por los millones de visitantes que nos honran siempre con sus visitas turísticas y se llevan las más gratas sensaciones, el calor humano que les brindamos, nuestra paz insuperable y la forma étnica que nos distingue por las excelencias que les hemos ofertado bajo este cielo inigualable y al amparo de nuestras cumbres y este mar lleno de leyendas...
Esta estampa nos devuelve gran parte de un pasado que parece estar presente y nos depara con la prestancia acostumbrada, el consuelo de la satisfacción adquirida en la contemplación más grata y placentera.


15/9/09

GUSTAVO DUDAMEL PROMESA UNIVERSAL DE LA MÚSICA

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MÁS QUE SÓLO MÚSICA
(Enrique Sánchez Lansch)

Todo comenzó en 2.002, cuando conocí a Edicson Ruíz mientras trabajaba en Rhythm Is Lt! Él acababa de convertirse –con diez y siete años- en el miembro más joven de la orquesta en toda la historia de la Filarmónica de Berlín. Lo que me había contado el amable y modesto contrabajista de Venezuela me parecía increíble: a los diez años entró, más por casualidad y casi a regañadientes, en la orquesta infantil de un barrio pobre de Caracas. Le dieron una viola, pero él oyó las frecuencias graves del contrabajo e insistió en tocar ese instrumento en el siguiente ensayo. Nació en él una gran pasión por su instrumento y a partir de entonces estudió día tras día con un entusiasmo cada vez mayor.
Nunca me cansaba de oír las muchas historias sobre este movimiento que agrupa a más de doscientas orquestas, fundado en 1.975 por el economista y músico José Antonio Abreu con un puñado de jóvenes. Unos meses más tarde Edicson me presentó a un amigo de Caracas que iba a pasar varios meses en Berlín. Y también este director joven y modesto se mostró muy atento y prometió informarme en detalle sobre estas orquestas infantiles y juveniles de Venezuela. Aquel fue mi primer encuentro con Gustavo Dudamel.
Rápidamente tuve claro que quería hacer, que tenía que hacer, un documental sobre este proyecto único. En 2.004 viajé a Caracas y visité escuelas de música y orquestas de todos los tramos de edad... Fui testigo de cómo Gustavo Dudamel dirigía a una orquesta con seiscientos músicos y de cómo dirigía por primera vez una ópera. Participé en un festival Beethoven en Caracas, un maratón, en el que la Orquesta Juvenil Simón Bolívar interpretó en el lapso de una semana las nueve sinfonías y otras obras orquestales de Beethoven. Y apenas podía salir de mi asombro tanto por la variedad de ensayos, talleres y conciertos como por el entusiasmo y la pasión con que aquí se hacía música.
Viajé una segunda vez a Venezuela, cuando Sir Simon Rattle ensayó e interpretó en Caracas la Sinfonía “Resurrección” de Mahler con 250 jóvenes instrumentistas y 500 cantantes en el coro. Observé como cientos de rostros expectantes absorbían, por así decirlo, las palabras del director y me asombré con él de con qué flexibilidad sonora transformaban sus ideas musicales.
En estos viajes conocí a muchos músicos en persona que habían crecido con el movimiento orquestal. Niños, adolescentes y futuros profesionales me contaron su evolución y qué oportunidades habían recibido gracias al movimiento orquestal, como los que acabarían siendo también más tarde protagonistas del documental, la violista Jhoanna Sierralta y el percusionista Félix Mendoza.
Pero habría de pasar aún algún tiempo hasta que pudiera acometer mi proyecto de documental. No fue hasta comienzos del 2.007 cuando encontré en Deutsche Welle, Unitel y Bernhard Fleischer Moving Images los socios decisivos para The Promise of music. Luego todo fue deprisa: en el verano de 2.007 rodamos varias semanas en Caracas y viajamos por todo el país, siguiendo los pasos de Gustavo y de los otros cuatro protagonistas de la Orquesta Juvenil Simón Bolívar. Inmediatamente después viajamos con la orquesta a Alemania para poner fin al documental, al concierto celebrado en el festival Beethoven en Bonn.
Durante el rodaje, pero también en los meses que pasé en la sala de montaje, vi con claridad, qué importante había sido este lento acercamiento a lo largo de varios años. Cuán esencial había sido cimentar poco a poco la confianza con los diversos protagonistas. Muchos proyectos necesitan tiempo. El movimiento orquestal venezolano ha necesitado 30 años para desarrollarse de esta forma que nos muestra el camino a seguir.”

Traducción: Luís Gago



Gustavo Adolfo Dudamel Ramírez, nació en Barquisimeto, capital del Estado Lara (Venezuela), el día 26 de enero de 1.981, bastante joven para ser tan afamado músico y director de orquesta venezolano.

Bajo la tutela de su padre y a la edad de cuatro años, comenzó a educarse musicalmente en el sistema de orquestas juveniles e infantiles de Venezuela. En ese famoso programa de educación musical tomó el violín cuando sólo contaba con diez años de edad. Luego comenzó a estudiar composición musical en el Conservatorio Jacinto Lara, en donde José Luís Jiménez le enseño las técnicas del violín de la mano del maestro José Francisco del Castillo, en la Academia Latinoamericana de Violín. Con voraz entusiasmo se aplicó en dirección de orquesta, allá por el año 1.995, siempre apoyado por grandes maestros. Fue concertino durante muchos años de la Sinfónica Infantil de Venezuela. Tiene en su haber la composición de hermosos trabajos musicales e interminables éxitos logrados.

Hoy día, puede considerársele un genio de la música en Venezuela y en el resto del mundo, dejando en varios países por donde actuaron el inconfundible sello de su talento y su indiscutible simpatía profesional.

Participó como director invitado de la Filarmónica de New York en varios conciertos. Se le concedió el privilegio de dirigirlos con la vetusta batuta que utilizó, toda su vida, el fallecido Leonard Bernstein, que acabó hecha pedazos mientras Dudamel dirigía a la afamada orquesta en la ejecución del último movimiento de la Quinta Sinfonía de Prokofiev.

En el año 2.006, Dudamel casó con Eloisa Maturen, en Caracas. La boda tuvo lugar en la iglesia de la Universidad Católica Andrés Bello, en Montalbán, una linda urbanización de Caracas. Eloisa también es natural de Venezuela, es bailarina de ballet y periodista.

Escribir sobre los progresos de Dudamel y su orquesta, se hace imposible en este corto espacio de que dispongo. Muchas páginas serían necesarias: lo que si les recomiendo lean su joven historia musical, y no por joven menos importante, más bien, admirable por su hermoso contenido, orgullo nacional. Ello lo pueden conseguir a través de Internet.
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Celestino González Herreros

1/9/09

VIENDO CAER LAS PRIMERAS LLUVIAS OTOÑALES

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Hiere el gélido aire de la tarde otoñal. A veces, también hiere no podernos desembarazar de su influencia depresiva... Viendo caer las primeras lluvias, siente uno, sensaciones anímicas distintas: alegrías o tristezas... El influjo del aire húmedo vaticina un cambio emocional en nuestra habitual conducta. Expectantes de nuevas sensaciones nos dejamos llevar por los causes nostálgicos de la evocación. Sentimos deseos de rescatar algo del pasado; y con melancólica mesura nos damos a la ventura de los sueños, compartiendo tristes momentos y desafortunados episodios antes vividos. O, bajo el rigor del frío, echamos de menos el calor de unos besos y el contacto afectivo de unas manos cariñosas... Las grises nubes dibujan en el cielo los más inverosímiles caprichos de tortuosos perfiles y en ellos se asoman la semblanza del alma.

Viendo caer las primeras lluvias en otoño, asistimos al encuentro de nuestra propia soledad.
La lluvia sigue cayendo con pertinaz frecuencia, a pesar de ser una bendición del cielo para nuestros campos. Sigue golpeando el cristal de mi ventana, entonando la dulce melodía de esa sinfonía que sus constantes gotas armonizan, golpe a golpe, su fluido mensaje en la estática superficie del cristal. Es momento de reflexión, sí, para otra cosa no sirve la ocasión. Tras la ventana puedo ver, muchas veces, a mis musas, como ángeles míticos que me custodian; y son - mis ángeles - la causa de mi inspiración cuando veo caer la lluvia... Turbando el silencio de la habitación, interrumpen mi sueño y el descanso, con sus rítmicos golpes y el susurro de la brisa herida.

Viendo caer la lluvia percibo el característico olor de la humedad del campo, de la tierra calada. Intuyo el de la imperial retama de nuestras cañadas teidíferas, del geranio silvestre, las madreselvas mojadas y aquellos ramos de crisantemos, también mojados, y sus fragancias nostálgicas... Mi entorno se puebla con la presencia de mis ángeles que quieren alegrarme y renovar mis fuerzas; me animan, para que pueda alcanzar, nuevamente, la ventana. Afuera, la vida sonríe, las gotas del agua, ahora, titilan como diminutos diamantes, y resplandecen bajo el resol de la tarde, cuando la lluvia, por momentos ha cesado. Como si un poder sobrenatural quisiera, al unísono, alegrar mi espíritu y que viera la vida que continuaba afuera; después de que, el astro rey nos brindara su luz y calor, como tributo de esperanza.

Afuera, nuevamente, seguía lloviendo, no había ni pájaros ni flores, sólo el aire gélido de la tarde que alelaba al alma. Bajo las frías ropas de mi cama, volví a refugiarme, y los recuerdos asaltaron a mi mente, como inquietos fantasmas.

Cada nuevo otoño, la lluvia parece distinta. ¿Serán los años? Hay cierta añoranza en su presencia. Acaricia más dulcemente su contacto a mi cuerpo. Diría, que divierte más que en mis años mozos sentirla caer acompasada. Sobre el asfalto deja una estela de paz irresistible. En el campo regenera su armonía necesaria y devuelve, como a mi alma, la esperanza de seguir viviendo. Caminé por los senderos de la evocación, y sin detenerme, remonté mi vuelo y me alejé cuanto pude, yendo por los derroteros del pasado y con los ojos cerrados volví a los amados causes... para alimentar mi espíritu; y soñando quedé dormido, sin importarme la lluvia que seguía cayendo allá afuera.


Celestino González Herreros
Escrito el 26 de noviembre de 2.007
Publicado en el periódico EL DIA el 10.11.07
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31/8/09

JACOBO BORGES A TRAVÉS DE SU OBRA ARTÍSTICA


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Cuantas veces contemplo y leo el libro de Jacobo Borges titulado "La Montaña y su Tiempo", editado por PDVSA (Petróleos de Venezuela S.A.) en Noviembre de 1.979 y que llegó a mis manos en diciembre del año 1.994, obsequio de mi ilustre amigo Gregorio Llanos Abreu, portuense de pro, residente en Venezuela hasta su fallecimiento ocurrido en Caracas hace unos pocos años, descubro una vez más, la influencia y movilidad del tiempo que jamás se detiene, pasa de largo…Y que, La Montaña sigue donde mismo, es inamovible, en cambio nosotros somos los objetos que le rodean, avejentamos y morimos, nos ausentamos… ya bastantes años, mucho más me atrae su delicioso contenido.

Jacobo Borges es un renombrado filósofo, un artista caraqueño que sorprende por su polifacética personalidad y por su forma singular de expresarse, que lo hace muy acertadamente, como cronista, poeta nato y pintor excelente; todo lo cual mezcla apasionadamente; hace una exposición leal de su talento de forma amena por lo interesante de sus elocuentes manifestaciones. Su filosofía ecológica y su tranquila espiritualidad le caracterizan más como un genial pintor que comparte suspicaz imaginación con los acontecimientos reales ocurridos en todos los tiempos, desde el ayer nostálgico hasta el presente revolucionario de estos días que vivimos. Viendo cómo se van transformando los elementos de nuestro entorno de forma brutal y dramática. Cómo va exterminándose, rompiéndose, la armonía ecológica y el hábitat natural existente.

En "La Montaña y el Tiempo" se pone de manifiesto, con fluidez literaria increíble, la constante preocupación de su autor viendo morir la emblemática y tranquila ciudad de Caracas, cuna y valle de los sueños del Gran Libertador, hoy convertida en un amasijo de cemento armado, congestionada por los automóviles y ahogada por los humos de las grandes empresas contaminando su ambiente. J. Borges trata, y de hecho lo consigue magistralmente, a través de sus dibujos excepcionales, llevarnos a su mundo poético, y dejándonos vagar libremente por los distintos lugares de sus composiciones artísticas que van aflorando en sus encantadoras páginas y hace que sintamos sus propias inquietudes encerradas adentro de su alma... Desde la ciudad caminamos hacia “La Montaña” y desde ésta volvemos a retroceder llamados por el natural apego sentimental. En la ciudad, creemos, está todo lo nuestro y en su busca vamos, a pesar de su inhóspita habitabilidad, (¿?) ya que nos duele renunciar a ella definitivamente. De todas formas, las ciudades morirán y volverán a renacer otras que serán estructuralmente distintas y el hombre acabará adaptándose a esas nuevas formas hasta que ya no pueda moverse nadie, ni los automóviles ni las personas; y la fantasía creativa del ser humano haga ciudades y avenidas flotantes para que quepamos todos; esto es una utopía, como pueden suponerse.

Aún quedan espacios realmente encantadores que podrían ser conservados como una necesidad vital, igual como ocurre en nuestras Islas Canarias. La Humanidad sólo necesita tener conciencia del problema que se nos avecina y manifestarse en consecuencia. Que no lo vamos a sufrir, a priori, nuestras generaciones presentes, puede ser, pero las que vengan lo van a tener muy feo; maldecirán la irresponsabilidad de aquellos que bien pudieron evitarlo a tiempo. ¡Nosotros!

Traslademos nuestros ánimos hacia la vieja Caracas, la que fuera inviolable y no sucumbió nunca ante la moderna urbe metropolitana, y se mantuvo en su esencia colonial y criollísima, en consideración y respeto hacia su pasado grandioso. Son vestigios que perduran en casi toda Latino América, a pesar de los tristes episodios de las intrigas políticas. Se ve en sus calles, cuando visitamos cualquiera de esos lindos países; en las plazas públicas e iglesias se advierte y hasta en el silencio de sus parques nacionales, en su crisol ornamental; y en las apetencias sociológicas de sus gentes. Yo creo que en todo lo que ahí existe hay un acento inconfundible de hispanidad. El sentimiento canario se destaca en cada reflejo hispánico, culmina con la adopción recíproca de nuestras costumbres. Damos, pues, el ejemplo más contundente de solidaridad cívico social integrándonos mutuamente en los problemas que nos aquejan. Con añoranza se recuerdan gestas perecederas y ese pasado clamoroso nunca muere en sus tradiciones.

Siempre que tuve oportunidad, allá, hablaba con las gentes mayores, y oír sus relatos era como estar compartiendo pretéritas vivencias de mi tierra guanche. Sus comentarios me transportaban a nuestros pequeños pueblos, a nuestros campos y existía esa paridad de usos y modos, y hasta de sentimiento familiar, pues pude comprobarlo en muchísimas ocasiones, de tal modo que a veces me olvidaba que estaba tan lejos de casa; todo me parecía íntimo, sólo que Venezuela era más grande y prometedora, era esa noble tierra que no interfirió nunca en nuestras ambiciones, dejándonos libres el camino para que eligiéramos nuestro nuevo destino; y que tampoco deseábamos culpar de nuestras contrariedades y fracasos a nadie. Venezuela nada nos dio regalado, allí se trabajaba duramente, tampoco nos quitó (léase en el pasado) lo que fuera ganado con nuestra sacrificada entrega y con nuestra probada honradez. Paradójicamente, antes se vivía mejor, más libremente, (demasiado, diría yo) quizás esa sea la causa de su estacionado progreso y profunda crisis económica. Pese a ello, es asombroso lo que ha evolucionado en las tres o cuatro últimas décadas, es increíblemente espectacular. Pero aún se sigue conservando buena parte de la vieja Caracas y viene a corroborar lo que digo si nos acercamos por San José, La Pastora, Altagracia, etc., eso por ahí, pero hay lugares aún reconocibles por otras zonas que nos hablan de aquel pasado romántico.

Entonces, Caracas estaba rodeada de un verde natural majestuoso. Recuerdo ver toda la parte del Este con su atractivo natural; aquello era un sueño: Chacao, Chacaíto, la mayor parte de Sabana Grande y mucho más allá de su perímetro, el cual parecía que fuera interminable. Su grandiosidad daba la impresión de sentirse uno inmerso, por su abundante vegetación, en una selva infranqueable. Me gustaba recorrer todos esos lugares por lo ameno de su flora y fauna. Siguiendo sus caminos vecinales, muchos de ellos que se perdían en la espesura de su follaje, a veces me hacían retroceder buscando otros más fáciles. Las quebradas eran de un exotismo tal, que inspiraban toda clase de fantasías, y me satisfacía irresistiblemente. Sus arboledas y matojos autóctonos, formaban como una sinfonía de luz y color bajo el sol radiante del tropical entorno. Sin recurrir al engaño, debo añadir, que los frutales abundaban por doquiera: manglares, palmeras datileras y cocoteros, naranjos, aguacateros, matas de lechosa (papayas), chirimoyas, etc. Ya no digo más por que no acabaría, lo que sí añado es que todo eso era en tierra de nadie y patrimonio de todos. Los cañaverales y los juncos al borde de las quebradas y barrancos me extasiaban de tal forma que mi admiración se transformaba en un sentimiento leal, posesivo y a la vez poético; sentía como una pasión irrefrenable que me obligaba a identificarme con sus encantos.

Ya dentro de los núcleos poblados, sus caminos y calles eran otra clase de escaparate; se sentía el palpitar de la vida en cada una de sus modestas manifestaciones urbanas. Las clásicas bodeguitas (lo que en Canarias llamamos ventas o pulperías), mayormente atendidas por isleños, exponían la fruta más apetitosa, y del marco de las puertas colgaban habitualmente el plátano maduro y los cambures del lugar. Lo más rústico imaginable, cajas de madera sobre cajas y muy reducido el espacio, se atendía a la clientela con esmero y cariño. No faltaban los botiquines (bares) haciendo sonar su música criolla, colombiana o mejicana. Las tiendas y quincallas tenían de todo lo que hubiera, claro está. Y así caminaba uno por los poblados como si de siempre conocieras a esa singular gente. Mas, después de disfrutar de esa esencia étnica criolla de un valor indiscutible, cuando llegabas a la masificación de la Capital en sus zonas adyacentes, se notaba una gran diferencia; no es que fuera menos grata, ya estábamos involucrados en lo más sensacional, donde el consumismo impera notoriamente. Se veían edificaciones impresionantes; claro está, no había tanto verdor, lo habían arrancado para completar el gran progreso que sólo estaba comenzando. Arrasaban con todo lo que se les pusiera delante. Los grandes monopolios extranjeros afilaron bien sus garras y aquello era imparable, escalofriante. Las máquinas no descansaban, de día y de noche arremetían contra el ecosistema, se construyeron edificios, puentes, avenidas, grandes túneles de enlace y viviendas convencionales para los obreros. Las zonas más bellas fueron barridas y las gandolas y camiones tampoco paraban su ritmo acelerado. Hubo trabajo para muchísimas gentes, todo el mundo era feliz, al menos el que buscaba trabajo algo conseguía, si no era así, al momento cabía la esperanza de que fuera al siguiente día, pero con todo, estaban ciegos, los gobiernos no entendieron nunca que había que respetar a la Naturaleza, no ser tan egoístas y devastadores. En realidad, de lo que se trataba era de enriquecerse unos cuantos sin preocuparles el terrible daño que hacían al ecosistema. Caracas, por esa sinrazón, es hoy una ciudad inhóspita, artificialmente encantadora e impresionante, pero no nos engañemos, no vayamos a idealizarla creyéndola aún prometedora de felicidad, la han destruido miserablemente. No diría lo mismo si las cosas no hubieran llegado a donde están, ni comprendería tan bien a Jacobo Borges a través de su Obra, si no hubiera despertado en mi conciencia este sentimiento de rebeldía contra los inculpados que han atentado siempre contra la madre Naturaleza sin el más mínimo pudor, bien sea por ignorancia o ineficacia política asociada a sus sentimientos personales. Temo que ocurra lo mismo con nuestras Islas Canarias.

En estos absortos momentos, estoy en la duda de si el literato y poeta Jacobo Borges, siendo un objeto más del Tiempo que nos acompaña, sigue al pié de la Montaña o se fue con los demás objetos a distintas latitudes a dibujar el presente de algún otro interesante cerro, aunque nunca habrá otro tan bello y hermoso como la Montaña del Ávila de Caracas.


Celestino González Herreros
http://www.celestinogh.blogspot.com

PRELUDIO OTOÑAL


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El azul nítido del cielo ya comienza, en las tardes de los primeros días de Octubre, a cubrirse en la zona oriental, sobre la cordillera. Las nubes blancas y grises color pizarra, con amplios claros de tornasoles que resaltan su abundante espesor contrastan entre sí sus naturales colores, semejantes a exóticas visiones. Mas, el azul del cielo aún predomina en la lejanía; detrás de las mágicas formas que van creciendo caprichosamente cubrir todo el vacío quieren, mientras va muriendo la tarde. La luz va siendo tenue en el apasionado y singular panorama que fascina a la vez que nos recuerda que ya se acercan los atardeceres tristes de nuestros grises otoños...

Siempre he observado, con enorme entusiasmo, los movimientos y transformaciones de las nubes, estos elementos atmosféricos, ello por la diversidad de formas que en su acolchado aspecto nos propinan: caballitos volando; gigantes corriendo amenazantes; lobos bailando, unos, otros aullando; jirafas saltando; y todos los caprichos imaginables que llegan a parecernos casi reales. De niño, recuerdo que subía a la azotea de la casa de mis padres, para estar ratos larguísimos mirando hacia la montaña, sus sombras y las nubes que las proyectaban; contemplando el espectro celeste, tan limpio y de un azul dulcificante, que tanto me fascinaba. Esperaba pacientemente ese cortejo de la niebla empujada por los vientos suaves de los alisios que, en determinadas alturas, suelen animar el paso lento de su parsimonioso andar. De cuando en cuando, se agitan e imitan una danza cósmica y se funden en una sola cortina algodonosa y condensada que se disgrega lentamente y cobra formas diferentes, algunas de tétricos parecidos e ilusas figuraciones. Y cuando se están quietas, la danza parece quedar petrificada: los vientos orquestados han detenido el pulso melódico de sus ritmos y al unísono todas oscurecen; el fondo celeste del firmamento va siendo cómplice de la soledad de la noche que ha comenzado en el entorno alejado de la montaña... Y en el poniente, volviendo la mirada hacia ese bello paisaje, la línea divisoria entre el mar y el cielo se sonroja con fulgores encendidos de imponente atractivo, una estampa sugerente y hermosa, viendo la atrayente silueta de la isla de La Palma, más nítida y clara que nunca, casi al alcance de mis manos; y la mar serena, pincelada otrora de un rojo amarillo luminiscente, que va desvaneciendo, sin perder por ello encanto alguno de su poética presencia, que, cierto es, me cautiva irresistiblemente.

Quiero ver morir la tarde, hasta que lleguen las tinieblas a mi balcón, mientras la ciudad se agita, alegre y bullanguera.

El contraste es digno de mención. Ya el rojo, - sol de los muertos - va languideciendo lentamente y se pueden ver resurgiendo, abundantes velos teñidos de un naranja débil, que agoniza en la distancia, sobre el mar fulgente. Aparecen de súbito, unos nubarrones renegridos que se precipitan torvos sobre los últimos claros... Que se deslizan majestuosos, como queriendo suprimir los agónicos suspiros de la tarde, sombreando las desteñidas rieladas de la mar sumisa y quieta, adormecida con calma senil; y el encanto de La Palma, que se ve allende en el horizonte, isla perfilada entre resplandores del ocaso, vivo aún, desvaneciéndose poco a poco ante mis ojos, obnibulando el entorno poético que me ha inspirado tanto, haciéndome cómplice de la soledad de la noche.

Muchas son las horas superadas en el tiempo, buscando que la ilusión se materialice cuando soñamos; y pocos los momentos renunciando al encuentro, pues ya buscamos la materia de la vida en esos sueños... Si a veces erramos en ese intento, porque fueron motivos imposibles, bien es verdad, que ignoramos si estamos dentro o fuera, cuando soñamos en ese mundo maravilloso que tantas veces nos devuelve la verdadera felicidad. Por eso es bueno vivir soñando; y yo sueño, y me cuesta despertar algunas veces. Las nubes me recuerdan el movimiento de las góndolas, deslizándose en el angosto canal, de la fascinante Venecia, buscando la libertad: otro, un ancho canal donde son cómplices los enamorados con las sombras de la noche; y llego a comprender las prisas que llevan, cuando se agolpan entre sí, queriendo ocultar esos sueños en los rincones más íntimos. Como si también tuvieran alma y alas para volar en busca del refugio que, los mortales buscamos para no ser vistos y vivir en paz consigo mismo. Y poder ver las hojas muertas caer sin piedad en las gélidas tardes de nuestros otoños, como una sentencia que se repite cada año, para recordarnos nuestra efímera existencia a través de cada otoño que va pasando y atrás tantos gratos recuerdos van dejando... Como en el monte las aves y en la campiña, sus nidos de amor, hasta mejor ocasión, también van dejando...
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Celestino González Herreros
http://www.celestinogh.blogspot.com

LA EVOLUCIÓN DE LA VIDA OBLIGA NUEVAS ALTERNATIVAS SIN DESCUIDAR NUESTROS PRINCIPIOS

La vida y nuestras costumbres van tomando un giro espectacular, ya no es que sean mejores o peores los cambios que ameritan las circunstancias. De nada sirve, en este especial sentido, aferrarse a los principios que ya hoy, en su mayoría, algunos son o están realmente desfasados. Concurren nuevas circunstancias que nos obligan a tomar nuevas decisiones. No podemos quedarnos atrás lamentándonos. Y esta vez hablo de nuestra economía. No sé como decirlo sin que mis palabras hieran susceptibilidades, ni provoquen polémica alguna.

Un muchacho casado hace un par de años, se hizo su casita y como tiene una huertita que la cuida con esmero y gran celo, me trajo a casa, una hermosa caja con tomates, acelgas, zanahorias, lechugas, una hermosa papaya y varias cosas más. Y nunca fue persona del campo, pero piensa muy juiciosamente respecto a la tierra. Dice que ha leído varios escritos míos publicados en varios Blog y en el mío propio, respecto a la tierra y que, para testimoniar la verdad de mis argumentos, me obsequiaba con el presente detalle. Añadió que aunque humilde –pienso que tiene mucho valor- evidencia aquello que digo, al referirme a la tierra: “La tierra siempre fue generosa y agradecida”

Nuestras costumbres, no quiero decir que se pierdan, eso jamás. Hemos de ser tolerantes e ir dando paso a nuevas alternativas, no podemos quedarnos atrás o en mitad del camino. Ello implica al hombre a seguir luchando sin desfallecer, aunque tengamos que cambiar algunos esquemas o elementos básicos, las formas y los momentos…La lucha será siempre conflictiva y las malas rachas nunca eternas.

Las personas acabamos cansándonos de las clásicas situaciones, entre el poder y la oposición, a esa fuerza dominante… Como ocurre a la inversa. Acabamos por pasar de ambas conductas, cuando no se le ve el queso a la tostada. Y en nuestro fuero interno, estamos deseando, aunque no lo confesemos libremente, que llegue el día en que podamos sentirnos “más satisfechos” respecto al triste ambiente que reina en nuestra sufrida sociedad, molestos por las despiadadas arremetidas entre nuestros políticos, como una guerra infantil entre muchachos jugando con aquellos soldaditos de plomo, sin importarles el ridículo que hacen algunas veces, evidentemente, sin percatarse de ello. Nuestros pueblos merecen un respetito, siquiera eso, más seriedad y pensar siempre que las urnas no perdonan llegado el momento. En nuestra ciudad se está cocinando un guiso que a nadie va apetecerle, ni a los perros. Amenazas, siempre amenazas… Y repito, las urnas no perdonan, así pues, más cordura y frenar los impulsos. Eviten las divisiones partidistas dentro de los equipos… Esos son, los instigadores, los inadaptados que sólo busca significarse y el consiguiente protagonismo a ver si alguna vez llegan alguna parte, cueste lo que cueste y a coste de herir el honor de los demás sin importarles que sean personas seria y de ejemplar conducta ciudadana. Antes de concluir, sinceramente, deseo que no interpreten mal mis palabras, tampoco son lecciones, ni mucho menos. En esta lucha por salvar el prestigio de nuestra ciudad, estamos implicados todos, cada cual desde su lugar, si me gustaría, seguir contribuyendo a mi modo, hasta conseguir que estemos más unidos, seguir respetándonos y jamás desfallecer hasta lograr para los que vienen detrás de nosotros, arrancadas todas las espinas de nuestros caminos y dejarles una ciudad mejor, más prospera y que quede siempre para nuestra historia, el loable recuerdo y el honor de nuestros “testarudos” pero buenos políticos. ¿Qué otra cosa más hermosa podríamos dejarles? Y que lo veamos con humildad y orgullo desde donde estemos entonces.