24/12/08

SINTIENDO EL GALOPAR DEL TIEMPO

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En cualquier lugar de la ciudad, en el campo, cada día y a la misma hora, aproximadamente, el viejo se veía acosado, insistentemente, con acercamientos cariñosos que señalaban una necesidad fisiológica inexcusable que acababa en aullidos y ladridos de su fiel amigo. Tuviera o no tuviera ganas de sacarlo a dar el cotidiano paseo, había que hacerlo. Obviamente, el afecto era recíproco, y no podía existir la tentación malsana de una negativa. Ambos siempre terminaban en los lugares más frescos cuando la estación meteorológica era caliente, buscando las habituales parcelas de tierra, donde no molestaran la sensibilidad de los demás. Luego, caminaban hacia las alamedas más próximas, la plaza contigua o el solar pedregoso del viejo caserón abandonado...

Nuestro hombre, con la visible presencia de sus años, mientras su perro olfateaba todo lo que a su paso hallaba e intermitentemente levantaba su patita trasera, con mirada escrutadora, seguía atento a lo que quedaba de la vieja casa. Había un muro y el marco de donde hubiera antes una puerta, desde el cual se veía un pasillo lleno de escombros, hierbajos, y entre otras cosas, despojos que recuerdan que allí hubo vida. Restos de una mesa con sólo tres patas carcomidas por las polillas, y el respaldo de una silla... Más adelante, donde debió haber estado el salón, en un rincón del mismo, una perezosa de madera y mimbre totalmente deteriorada, pero identificable, el lugar preferido del abuelo; y muy cerca, veía otro espacio abierto en la descompuesta pared, posiblemente esa sería la ventana de los sueños por donde escapaban los suspiros evadidos de su alma y, por cuya abertura, llegaba también el trinar alegre de los pájaros que anidaban en los frutales de la huerta. Y llegaban todos los aromas primaverales, donde iba a refugiarse, huyendo de los ruidos de la casa, para concentrar mejor sus ideas, esas percepciones que los viejos sienten cuando apenas ya por si solos no se pueden valer... Me parecía ver al anciano sentado allí, meciéndose en silencio con los ojos cerrados y su expresión triste como tantas veces... pensativo y frotando sus temblorosas manos, caídos sus cansados hombros y sus labios fuertemente comprimidos. Me parecía, verle en su soledad, refugiado en el lugar apetecido por él, rememorando su pasado, aquellos días desde su dulce infancia, recordando también a su amado padre y a mamá buena dándole tanto y queriéndole insaciablemente... Y, obligando al tiempo, reteniéndo, pensando nuevamente en aquellos románticos reencuentros amorosos, los años vividos juntos… y aquel malogrado día, cuando le dijo ella adiós para siempre, en aquellos momentos de desesperación. Se había quedado solo -se supone- y en aquella chirriante perezosa habían acabado sus días...

La casa se vino abajo, que, por ser vieja nadie la cuidó y así está: los recuerdos abandonados, las cosas íntimas esparcidas como basura junto a los matojos e impresentables excrementos, iguales a los del perro mío, y viejas ahuellas de orines por distintos rincones...

No hay una valla de protección en ese lugar señalado, donde vivieron, sufrieron y amaron seres humanos que lo dieron todo por los suyos... No hay, simplemente, un mínimo de reparo que se pueda atribuible al respeto y consideración hacia esas vidas que se consumieron, posiblemente, solos en el sacrificio y el amor...

-Nuestro hombre llamó al perro, lo acarició tanto, que, en un efusivo abrazo intentó besarle en su cabeza, pero el animal, juguetón, huyó instintivamente; conmovido secó las lágrimas que de sus marchitos ojos estaban brotando; ya, ni al perro, su mejor amigo, podía besar ni contarle sus temores... Lo sujetó con la cadena y se fueron hacia su casa, donde se encontrarían con la familia, que ya iban siendo menos, porque los muchachos se habían hecho hombres, ya tenían su propia familia y sus casas; allí estaba sólo la esposa, siempre esperándole. Estarían día y noche solos, haciendo cosas, discutiendo algunas veces, o recordando viejos momentos... y mirando de soslayo y cada vez con más énfasis e insistencia a través de la ventana lo que está más allá... -

Todo lo demás, forma parte de la vulgar comedia de la vida, visitas esporádicas, risas y fiestas, algún encuentro callejero, miradas frías, caminos solitarios y al final siempre solos, ocultando sus fracasos y decepciones, disculpando los errores y omitiendo lo inconfesable...

Según lo he ido narrando, estuve consciente de lo que decía, no se si será cierto que todas estas circunstancias concurran... Yo también tengo un perro y suelo salir con él a dar mis vueltas, ya me estoy haciendo viejo, no es una casualidad, por cierto. Y suelo mirar con frecuencia a través de la ventana., sin saber aun, en realidad, qué busco ni qué cosa extraña tanto me atrae, y por más que trate de disipar esas influencias, no consigo evitarlo. A mis años, busco agotar, a sabiendas de tan serias dudas, toda la energía favorable que pueda brindarme la vida. Busco cómo reunir de nuevo a esos retoños míos que se han dispersado, porque ese es el destino de cada cual; y me han dado hermosos nietos, con los que comparto mis escasas horas... y me hacen concebir nuevas ilusiones. Vuelvo a sentir ganas de vivir, para participar con ellos de todos los encantos de una vida mejor... A tal punto llega mi transformación espiritual, que quisiera ser como ellos, poder crecer a su ritmo, sonreír igual, tener una madre que me duerma en sus cálidos brazos y un padre que me cuente historias... Hoy valoro la vida de otra forma, hoy son mis hijos y los hijos de mis hijos y quisiera vivir mucho más para estar juntos, hacer cosas nuevas e imitar todas sus travesuras... Pero no me va a quedar tanto tiempo, todo ha de llegar a su fin.

Si algún día, cuando me haya ido, revolviendo en el baúl de mis recuerdos o en las gavetas del viejo mueble, descubrieran entre tantas cosas de insignificante valor, aparentemente, algunos de estos escritos, no os pongáis tristes leyéndolos. Todo lo mío arrojadlo al fuego, que ya se encargarán de sus cenizas las brisas amigas que siempre me acompañaron. Ellas saben los caminos que he soñado y podrán devolverme, con sus caricias, el sentimiento perdido y sabrán llevarme vuestros mensajes de amor. La esposa, el hijo, el padre, el hermano y el abuelo, habremos pasado por la vida como una circunstancia compartida... "Mas, no dejo de pensar en la perezosa abandonada al azar de su destino"... Insisto, cuando trato de disipar los temores que a veces invaden mi ser y atormentan a mi mente, suelo imponerme, aunque mi ridículo esfuerzo me hiera más, en defensa de los años que no se pueden ocultar. Y quisiera que también mi leal perro recordara, aquellos ratos que pasamos juntos y el cariño que le daba.

En el portal de la casa, cuando entraba, vio salir a unos niños corriendo sin que se percataran de su presencia. Reían, gritaban... ¡Qué alegría la de algunos niños! Viven cautivados en su mundo de fantasías. ¡Qué envidiables! Al llegar al hogar no había nadie, todos habían salido a sus asuntos... Otra vez solo; y su perro, echado a su lado, muy cerca de él, mirándole de tiempo en tiempo, aunque también estaba callado, como si estuviera triste, le asustaba la soledad; y apoyando su liviana cabecita sobre su zapatilla del amo, adormitaba suspirando a la vez que parpadeaba con resignación. Quizás pensaban en los niños que habían salido por el portal; ellos eran sus nietos.

Reflexionando sobre la posible veracidad de tales experiencias, he llegado a la conclusión de que no debiéramos esperar tanto de la vida. Conformémonos con lo que tengamos, aunque nunca dejemos de esperar... Con la expectativa común de nuevos hallazgos, las ilusiones despiertan el interés... Es bueno esperar, hasta que se detenga el galopar del tiempo.


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HOJEANDO EL VIEJO DIARIO LEÍ...

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Por qué lloran tus ojos, ¿acaso me ocultas algo que no deba saber? Te he visto esquivar mis celosas miradas, para que no advierta tu pena, qué sería si no, tal vez amor, ese sentimiento que desborda en tu callado llanto... Dolorosa contemplación la tuya y qué sonrisa tan dulce que jamás nadie me ofreciera. Todo me advirtió de tus pesares... Hay imposibles en la vida que el destino señala como una cruel sentencia.

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Antes me ilusionaba la primavera, hoy es el triste otoño la estación del año con la cual más me identifico. Ver caer las hojas del árbol me recuerdan a ese llanto tuyo y quisiera, entre las grises nubes ver el resquicio de un alegre claro donde aparezca el cielo y me recuerde tu cándida sonrisa... ¡Y he visto pasar tantos otoños!..

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Cuando el aire se mueve presiento las brisas que antaño agitaron las hojas muertas que vi. correr por el húmedo terreno buscando el refugio de algún rincón; o de algún tronco caído de otro árbol muerto.

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Hoy he vuelto a sentirme triste, por que te he visto, esta vez entre la muchedumbre, estabas ocupada en no sé cuántas cosas. Parecías el centro de todas las atenciones, todos te llamaban y para todos tenías atenciones de un ángel; a los niños acariciabas con especial ternura y a los viejos saludabas con reverente cariño y respeto. Te vi radiante entre todos ellos y yo desde donde estaba no podía hacer otra cosa que admirarte... No quería romper el idilio que vivías entre los tuyos y opté por apartarme aún más hasta no alcanzar a verte.

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Por las calles caminé como si estuviera en otro mundo, ni veía ni escuchaba, me fui perdiendo en el sueño más profundo, en el abandono más grande que antes sufriera nadie, buscando en el silencio aquellas viejas vivencias... que siempre recuerdo. Entonces éramos unos locos adolescentes que ni sabíamos ni comprendíamos los peligros que acechaban tras una discusión por muy superficial que esta fuera, no creímos que un amor se pudiera romper para siempre por sólo discutir un par de veces, buscando quizás, entendernos mejor, o por celos... Cosas del amor, de ese fuego que abraza sin piedad y nos ciega. Te vi alejarte y pensé que sería como siempre, para volver mañana más dulce y cariñosa, pero no fue así, fue para siempre... Y el destino jugó sus cartas y desbarató el juego cuantas veces quiso, nos alejó, disfrutando con ello y dándonos ocasión de elegir nuevos caminos, a ti te indicó el tuyo; y el mío ha sido bajar por los laberintos más inhóspitos, unas veces, otras, cabalgando por el mundo de mis sueños y el pasado recordando, entre mis desvelos buscándote como cuando creímos haber nacido el uno para el otro, indisolublemente, que no moriríamos nunca ni envejeceríamos antes... Que en tus ojos se escondían todas las delicias del universo. Que seríamos como una primavera eterna viéndonos arropados siempre, por las flores más bellas y los aromas deliciosos que emanaran los pétalos de las rosas más hermosas, de delicadas tersuras. Un mundo sólo para amarnos... Y en nuestros destinos, que paralelamente divergieron sus rumbos, cada cual siguió su camino, apartándonos distancias inalcanzables...

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Me habrás visto llorar, cuando miro a las estrellas y sonreír cuando me siento como una más entre todas ellas... He corrido entre la gente para verte mejor cuando cruzas las calles del pueblo y me gustaría verte perpetuamente tan feliz...

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Seguiremos siendo amigos, aunque esquivemos nuestras impetuosas miradas, que instintivamente nos unen, acostumbrados a esquivar nuestros encuentros. Aquel pasado afectivo está condenado al olvido, mas, siempre habrán en el camino motivaciones que despierten algún recuerdo imperecedero que más tarde iremos dejando atrás como una consecuencia absurda de lo imposible y, obstinadamente seguiremos buscando, cada cual por su lado, la razón de vivir conducidos por la senda elegida, separándonos cada día más, hasta que acabe el camino... Entonces se habrán fundido, los razonamientos más leales, descansaremos en vida de esa persecución obsesiva que los mismos recuerdos implicaron a la fantástica devoción sentimental hacia ese afecto que nunca va a morir y que estará con nosotros mientras vivamos, acompañándonos simplemente, como un objeto sentimental que debemos cuidar...

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Cariño como el nuestro es un castigo... Y ya sólo me consuela en este torbellino que vivimos, saber que tú estás segura donde estás; y de mí, saberme vivo aún para poder evocarte como eras en realidad y así sentirte más cerca... Cuantas veces lo he pensado, parece que sintiera tu aliento cerca de mí y en el silencio de mi soledad sólo tu voz he escuchado y he salido a tu encuentro, entusiasmado, y cual no será mi desencanto al sentirme tan solo como siempre, desde cuando tú no estás a mi lado... Y el aire perfumado que alienta la llama y aviva mi esperanza, hace sentirme cual dichoso peregrino que no se cansa al andar, que va rumbo fijo hacia algún lugar, desde donde le llaman... Oigo mi propia voz en ese eco bucólico de aromas mezclados que las brisas me traen con sus aires frescos que bajan desde los verdes pinares, desde las cumbres. Y la fragancia de la multicolor retama en flor que en las silentes Cañadas suspiran como mi amor en esa soledad enigmática... y se expande por las laderas como un lamento que rebosa del llanto prisionero que nos delata. Y despierta en nosotros el deseo de amar en el recuerdo, cuando ya te has ido. Y yo te veré siempre jugando con las estrellas e iré tras de ti, como una más entre todas ellas. Aunque tú no me veas, ni sepas que estoy contigo...

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15/12/08

Reflexivo tiempo de adviento

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En estos días de Adviento cristiano, cuando se entiende la reflexión como único instrumento disuasorio, cuando la validez de la conciencia humana representa la salvación ante el Misericordioso, he sentido deseos de renovarme, de ser más digno ante los hombres y ante Dios, y busco fuerzas, no lo niego, por ser mejor persona, aspiro alcanzar ese grado auténtico de tal realización...

Haciendo un copioso, más que somero, balance de mi ejercicio espiritual, en lo que queda de año, en el silencio de mi conciencia todo no es bonanza, no digo lo que acostumbramos a decir ante el confesor de nuestra Iglesia: - Padre, yo no he hecho daño a nadie. - Es obvio, de que nos olvidamos de nosotros mismos, a veces. Siempre hay "cosas" que hemos descuidado, valores ya olvidados, algunos. Repetidamente nos habremos hecho daño. Y, ante nuestra apacible conducta, apenas habremos sentido la corrosión sufrida. Pecar es otra cosa, pecar es negar, más que nada, nuestras verdaderos instintos, no reconocerlos o al menos evadirlos, pero, ahí queda eso... Yo voy sobre otras pistas y ya queda poco tiempo. Ojala pudiera descubrir el verdadero enigma, el porqué se es o no se es cruel, porqué se oculta tantas veces la verdad, impidiendo con ello alcanzar el alivio individual del ser con el buen propósito, sin llegar a la confesión, necesariamente, que puede ser o no ser... Pero, decir: ¡OH Dios, trataré de hacerlo mejor, dame fuerzas, apártame del mal camino!.. ¡Quisiera saber dominar mis malos instintos!.. ¡Quisiera ser digno de Tu perdón, para sentirme mejor en este mundo de tantas malas tentaciones, y ser, si no un ejemplo de persona, al menos, no tener jamás la necesidad de enfrentarme a la realidad, con el pánico de ser advertido y señalado como algo indeseable!..

En estos días de Advientos, se nos está permitido razonar y ser liberados de nuestros pesares, podemos andar junto a los mansos de corazón, ir en ese peregrinaje del amor con las prendas puestas de la renunciación y las del deseo de reinserción moral, social y cristiana. "Todo hombre tiene cabida en mi campo, si viene limpio de culpas, con buenas intenciones y sin malos propósitos”...

Navidad, este año de tantas dudas y diferentes “crisis”… Y el que viene, ¿cómo va a ser?... Presumo que, algunos reconsiderarán este sentimiento mío, inspirado en el amor a Dios, este sentimiento que debe seguir el hombre, para no quedarse abandonado en el camino. Y que no es otro, que, el saber asumir los fracasos como algo pasajero y saber enfrentarnos, como siempre ha sido, a la evidencia y vencer con dignidad cuantos avatares se nos presenten a lo largo de nuestras vidas; y verlo como algo pasajero. Seamos justos con nosotros mismos respetando la voluntad de Dios.

Digamos, pues, que de cien malos, los más son esclavos de su atormentada conciencia y desesperadamente quieren alcanzar el perdón del Cielo. Y los hombres, ahora vuelvo a insistir, como un vuelco de amor que surgieran, para Dios, más vale un arrepentido de corazón, que todas las concesiones que queramos darle.

En este tiempo de Adviento, hagamos, entre otras reflexiones, aquella tan importante como viene a ser, pensar en tantas criaturas abandonadas, niños y niñas de la calle que mueren de hambre, huérfanos de cariño, sin un techo seguro, con frió mendigando noche y día para poder subsistir o vencer tantas necesidades suyas, sin tan pocas personas que les ayuden… Es más, en algunos lugares hasta perseguidos y exterminados como si fueran ratas infectadas. ¡OH, Señor!, ¿acaso la Humanidad no peca con su indiferencia manifiesta en todos esos tristes casos? ¡Señor, yo no he hecho daño a nadie, me lo hago a mi mismo! Evidentemente, todos somos cómplices de las desgracias del Mundo. ¿Acaso hacemos algo en favor de ellos? Si, nosotros somos unos pocos, los Gobiernos de los distintos países, si que debieran hacer más por remediar tantos sufrimientos…

Puerto de la Cruz 11 de diciembre de 2.008

4/12/08

Ritmos de tambor venezolano y el recuerdo...

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Trataré de hacer una somera semblanza de lo que fue “el reencuentro venezolano”, al cual fui gentilmente invitado, y es más, acudí gustoso a dicho evento de calor popular y del que haré el comentario justo que por su importante contenido bien lo tiene merecido.

Con buen tiempo llegamos al Valle de Guimar y con las ansias propias del momento que vivíamos, buscamos el lugar de la cita: “Casa del buen retiro”, actualmente en restauración. Es un enclave encantador, debió haber sido, en otras ocasiones también, lugar de encuentros de gentes importantes, pero adinerados de entonces, de esa importante comarca, dada la distribución cuidadosa de sus instalaciones y los bellos ventanales de los cuales resuman elegancias de fantasmagóricas presencias en mi mente extasiada. En dicho lugar se lee la indeleble huella de un pasado romántico, por lo que queda de sus jardines y glorietas sombreadas por un robusto Drago, del que pude averiguar tiene más de cien años; un pitanguero de dimensiones increíblemente grandes y un sauce llorón, entre otros que sobre pasa la azotea de la vieja casona de dos amplias plantas de altura, y deja caer sobre ella sus verdes ramas que la acarician con el suave celo del cariño, fieles compañeras que se unen en la historia de un espléndido pasado...

La entrada solariega hacia la mansión, recuerda a los viejos castillos medievales, y se hace atravesando un arco de piedra de cantería sureña, así como su piso adoquinado, con mediana inclinación ascendente hasta la escalinata que sube a un patio jardín con arcos decorativos de piedras de aquellas montañas cercanas, que conduce a la tranquila estancia, disfrutándose en él el grato cobijo que dan las sombras de la arboleda y de las trepadoras plantas que suben por las paredes y circundan todo el marco de las puertas y ventanas con perfumes deliciosos y suaves coloridos. Hay en la planta baja un amplio salón de baile, es lo que parece, con piso de madera bien conservado, espejos en las paredes, armas de acero, etc. Como avance informativo, debo decir que al lado de esta vieja mansión, aún se conserva la casa donde nació y vivió el recordado Sr. Obispo Domingo Pérez Cáceres.

Ya habíamos anunciado, a través de Radio Realejos, en el programa de los sábados Venezuela siempre contigo, a modo de invitación general, que se celebraría en esas fechas próximas el encuentro fraterno que propiciaba un grupo de familias venezolanas afincadas en Canarias y descendientes nacidos allá, como también canarios que estuvieron viviendo y trabajando allí y que ya han vuelto definitivamente al lugar de origen, por imperativos de la edad, por que ya consiguieron lo que ambicionaban o por la razón que fuera, qué más da. Cierto es que, tuvimos ocasión de compartir en camaradería gustos culinarios y tradiciones populares, tanto de aquí, como de la otra orilla; algo así como un sincero deseo de mostrar una fotografía viva de lo que es Venezuela y sus gentes. Ya esta aventura se había repetido por quinta vez, para mí fue nuevo y puedo decirles, honradamente, que lo pasamos (puedo pluralizar) “chévere” o lo que es igual, lo pasamos muy bien y aprendí cosas, muchas cosas... Que aunque viví algunos años en el país hermano, no tuve ocasión de conocer determinados episodios, lugares exóticos e interesante de Venezuela. Me explico. Cuando uno va a Venezuela “sólo a trabajar”, es obvio que se pierde mucho de ver de sus elementos culturales y sociológicos. Se va con las prisas lógicas del egoísmo materialista que nos empuja y que nos mueve con fines estudiados. Para qué vamos a engañarnos, aunque sí, somos muchos los que nos integramos algo más a sus costumbres y a veces llegamos a asimilarlas por completo, pero eso son sólo excepciones dignas de tenerse en cuenta. Así como es distinto si hablo de aquellos afortunados que pueden ir de vacaciones donde les esperan familiares o amigos bien acomodados y les llevan de un lugar a otro para que conozcan las excelencias de esa tierra mágica por sus bellezas y las riquezas ecológicas que se atesoran... Venezuela es, como he oído decir algunas veces: “El Tesoro mejor guardado del Caribe”. Pero ahora hablemos de sus gentes, sin obviar de que en todas partes se cuecen habas. Hay de todo en la Viña del Señor.

En esta ocasión, para mí afortunada, me sentí inmerso en una gran familia, tuve la sensación de que todos querían agradarme y ello me hacía feliz. Me llamaban de aquí y de allá complaciéndome de manera extraordinaria, como seguramente yo no sabría hacer con ellos. En todo momento vivieron su alegría con la mayor naturalidad, tanto que llegaron a contagiarme un deseo paralelo que me inducía a imitarles en todo como uno más. Llegaron a decirme que yo parecía venezolano. Verdad, en esos instantes me sentía como tal, podía verme viviendo en medio de sus distintos ambientes sociales ya que se detectaba y pude gozar de la idiosincrasia de cada uno. No sólo porque ya les conocía de cuando emigré hacia allá, sino porque hubo “canarios” que se unieron al grupo por primera vez y les veía como peces en el agua, deliciosamente a gusto; y algunos me lo hacían saber con cierta emoción... Me di cuenta entonces, de que entre los canarios que habemos viviendo en este lugar “prestados”, nuestra tierra, existe un sentimiento de abandono que llevamos dentro y nos cuesta manifestar, no sé porqué, pero lo llevamos sepultado dentro. Y un resentimiento hasta con nuestro propio destino. Nos sentimos un tanto solos aunque tengamos tanto y cuyo precio lo hayamos pagado con elevadas creces (dicho sea de paso). Cuando desde afuera nos halagan y nos manifiestan su afecto desinteresado y natural, como ocurre en el caso que nos ocupa, estos buenos amigos venezolanos y sus descendientes, como receptores que somos de sus sentimientos, nos sentimos deliciosamente arropados en nuestro propio entorno al ser comprendidos y respetados y al haber abierto sus corazones sin pedir nada a cambio. Sabemos valorar sus desprendidas buenas intenciones y recompensamos ese noble gesto con nuestra incondicional amistad como lo hicieron siempre con Venezuela nuestros antepasados en honor a esa perenne lealtad.

Escrito y publicado en el Periódico “EL DÍA”
Junio 1.997
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La paz del monte y los barrancos

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Pocos lectores se habrán preocupado en pensar cómo discurre la vida íntima del poeta, escritor, narrador, pintor, músico, etc. Posiblemente, muy pocos adivinan el calvario de algunos si ven entorpecida su inspiración por agentes extraños que les asaltan e interrumpen, muchas veces alevosamente. El hombre creador, bien de fantasías o de evidencias reales configuradas por él, a veces, no halla el clímax necesario para culminar o desarrollar su inteligencia. Es fácil entenderlo, aunque pueda parecer escabroso explicar la situación.

El verdadero compositor necesita, mejor, estar solo para poder trabajar y dar de sí el caudal que atesora, mientras lo libera. Es cuando la inspiración aflora cual si emanaran aromas poéticos con sutileza singular dada su influencia lírica. Imaginémonos que en esos momentos especiales, algo trepidante, inoportuno, se moviera a nuestro alrededor y nos despertara de ese ensueño para involucrarnos en el vulgar laberinto de la realidad espontánea. ¡Sería desolador!..

Tantas veces pienso: ¿Cómo es posible que, en tales circunstancias, aún existan seres capaces de llegar a la meta de sus firmes propósitos? No cabe duda alguna, que, para llegar a ser alguien bien reconocido en el mundo de la inspiración, el del creador, poético, etc., estando obligado, también, a atender otras obligaciones, como es, la familia o el ambiente soterrado en el anonimato en que se vive, es realmente meritorio. Muchas veces se sufre, pues hay que correr en busca del extremo de la débil hebra que la madeja ha soltado, para poder alcanzarla y seguir el hilo de la trama descuidada. Gentes que gritan, otros que pelean, niños que lloran, perros que ladran, cotorras que no callan ni un instante todo el día... El claxon de los coches y los anuncios parlantes de verduras, pescado o helados. Hay que ser de oídos impermeables a los ruidos para poder concentrarse y nadar en las aguas quietas de la inspiración para el relato que se quiera tratar. No todos los narradores disponen de un ambiente adecuado a sus necesidades. Para escribir, algunos nos refugiamos en el monte, en la callada hondonada de algún lugar donde sólo se oyen, desde el solitario barranco, el eco sigiloso del sutil paso de las brisas susurrando arriba, sobre el verde valle, mientras recorren la campiña... Abajo se está mejor, aunque la soledad nos sobrecoja sobremanera de cuando en cuando. Sentimos la brisa, también, cuando pasa presurosa rozando los bordes del abismo. Sentimos latir nuestro corazón cuando escribimos sin interrupción alguna. El aire transmite su melodioso aleteo con singular denuedo y uno llega a embriagarse con los propios sentimientos; y cual báquicos respingos soltamos las palabras henchidas de ese algo tan sublime que llamamos amor. En la hondonada del profundo barranco se oyen voces que acarician, junto al retumbo del aire que se desliza y se filtra por el accidentado declive de sus húmedas paredes; y el quejumbroso graznido del ave agorera que se aleja asustada de la ladera. El alma y la mente, también, parece que vuelan queriendo liberarse cuando escribimos, cuando nos entregamos en cuerpo y alma, cuando abrimos nuestro corazón.

Abajo, en la silente hondonada, en el desértico espacio del recogimiento, también se oyen voces, se oye el llanto lastimero de nuestro abandono y entrega y soltamos en su busca todos nuestros afanes, nuestras ilusiones heridas, los deshechos aquellos desperdigados en el injusto descuido… Abajo están ocultos, soterrados y literalmente lapidados, tal vez. los mejores sentimientos y por eso bajo, a su encuentro y a compartir su silencio. Qué profundas son, a veces, las tristes fosas… Qué extensa la distancia que no alcanzo vencer, su impuesta ausencia, su dolorosa lejanía por muy profundos que sean los barrancos y solitarios. Sólo los sinceros rezos, intuye mi único consuelo, pueden llegar, ni las lágrimas, ni las flores que le llevemos, para poder estar, aunque sea virtualmente, con ella.


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Cuando le dijiste adiós a la vida

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Había caminado un buen trecho y estaba cansado cuando vi. donde sentarme, a la sombra de un frondoso laurel de India. Dejé que transcurrieran los minutos sin importarme para nada todo cuanto acontecía a mi alrededor. Veía, con la mirada distante, que la vida seguía su curso normal, que las gentes se movían como hormigas de un lugar a otro con pasmosa tranquilidad, como si no hubiera espacio suficiente para correr; daba la sensación de que estaban frenados por circunstanciales fuerzas individuales en cada uno de ellos. Iban apáticos o resignados. Quién sabe, cada cual llevaría ocupada su mente; y mientras caminaban, sin rumbo fijo, la mayor parte de ellos buscarían liberarse de sus tediosas situaciones. Algunos llevarían a cuesta algún dolor o pesar. Entre tantos que veía moverse no podrían faltar los más felices, aquellos que no cabrían en sí de contentos y lo iban dejando entrever con sus inconfundibles sonrisas de felicidad que no se pueden ocultar.

Me incorporé un poco para contemplar a un grupo de aves que picoteaban un trozo de pan en el suelo, cerca de mis pies, despreocupadamente, tanto que tuve la sensación de sentirme ausente, como si no estuviera donde en realidad estaba, o fuera invisible para los demás. Evidentemente, no fue así, yo estaba allí cuando vino a saludarme un buen amigo, uno de esos que siempre hay y que se sinceran sin el menor de los reparos. A quienes inspiramos confianza, y a veces nos necesitan para darles un poco de apoyo moral. Ese fue el caso, pero rompió el idílico momento que en silencio disfrutaba, dándole de comer en mis manos a aquellas palomas que no me temían, como si me conocieran de antes. ¡Si supieran cuánto he pensado en ello!..

Después de tanto tiempo sin vernos - yo había estado fuera de este país durante algunos años - y encontrarnos en esa ocasión, cuando estaba allí sentado, relajándome y sin prisas, cuando me cogió sorpresivamente, mi brazo, hablamos más de sus cosas que yo de las mías. Poco a poco fue apoderándose de mi atención y fui todo oído para él; sin interrumpirle le escuché mientras hablaba con la mirada fija en el pavimento, sin apenas levantar la cabeza.

Claras son las noches de plenilunio; y no tan claras cuando pasan lentas las horas de insomnio. Nadie nos devuelve ese tiempo perdido ni nada compensa el cansancio sufrido, cuando se ha visto turbada la paz del sueño. Ese remanso compensador de las incesantes energías perdidas durante el día, buscando el equilibrio necesario para ir por la vida lo más despierto posible y poder luchar...

Noches sin claros - oscuros, yo las prefiero y si dormir no puedo, busco los caminos que me lleven a otra paz distinta, refugiándome en los recuerdos... No necesito la luz, sólo el camino que me conduzca al lugar apetecido que suele conducirme a vivencias tan lejanas en el tiempo y tan íntimas en la mente. Entonces, ya todo me conforma, me siento protegido, con luz propia, compartiendo de nuevo aquellos momentos del pasado, los ensueños de horas transcurridas en el ceno cálido de la evocación, cuando el amor desbordó sus límites y transformó cada entorno en algo sublime, maravilloso; cuando cada mirada transmitía aquel mensaje enternecedor, lleno de calor y ternura. Entonces, las brisas eran conductoras de apasionados poemas de amor, cual tiernas caricias; de ayes contenidos, de llantos; y alegres reacciones que se fraguaban... y golpeaban con fuerzas en el pecho, despertando en el corazón la sensación de triunfo y placer irreprimible...

¿Quién no ha sentido alguna vez la grata sensación del amor? ¿Quién, aunque parezca impertinente, no vive hoy gracias al amor?... ¿Y, quién no ha sufrido al perderlo todo para siempre?

Vamos a la playa, a la gruta de los sueños ocultos... Corramos sobre la arena hasta agotar las fuerzas que nos queden. Vayamos sin demora, que el tiempo pasa presuroso y puede anochecer pronto.

Mirábamos a la mar y oíamos el requiebro de las olas rompiendo su furia sobre la arena, para llegar frígida y descompuesta donde nuestros desnudos pies esperaban su frescura... Subíamos a los acantilados y corríamos ascendiendo hasta llegar a “la cueva” donde antes nos besábamos, una y mil veces, ocultos en el silencio. Divisando a lo lejos las barcas que sorteaban el oleaje buscando vencer las mareas, hasta llegar a la orilla. Íbamos por los senderos ocultos que alimentaban de ilusiones el fluido río de nuestras fantasías amorosas llevándose las aguas cristalinas de la fuente mágicas nacidas en nuestras mentes y que entonces desbordaban en su cause amoroso todo nuestro caudal...

Vayamos por los mismos rincones, aquellos que antes transitábamos cogidos de las manos, ocultos entre las sombras del tupido follaje, que nos envolvían y perfumaban deliciosamente el aire gratificante del entorno.

No era necesario que la luna transmitiera su luz ni que las estrellas, al unísono, parpadearan, nos bastaban nuestras miradas para alumbrar los senderos aquellos...
Desde el día que se fue, quedó en mi vida un tremendo vacío; lo disipo algunas veces, pero hay momentos que no puedo resistir pensar que fue para siempre, cuando le dijo adiós a la vida. Antes, ¿cuántas veces nos dijimos adiós?, sabíamos que volveríamos a vernos y esa ilusión nos mantenía unidos. Nada me conformaba si no estaba a mi lado, me sentía solo, incómodo; como que su compañía formaba parte de mi vida. Son tantos los recuerdos que asaltan a mi mente. Aquella mirada suya de interrogante expresión, más parecía la párvula mirada de una criatura suplicante, atemorizada a causa de las dudas que nos obligan a pensar seriamente en lo que podría sucedernos si todo cambiaba negativamente. A veces le escuché decir cosas extrañas que no comprendía, hoy si las comprendo. Temía que nos sucediera lo peor, que la vida nos separara o la misma muerte, y que uno de los dos se viera solo.

No hay rincón donde ella no aparezca; y hay risas que las confundo con la suya. Por las noches, cuando reposan mis sienes sobre la almohada, pienso tanto en nosotros; cuántas noches vencido por el sueño he dormido con el llanto y cuántas lágrimas habré bebido. Mas, creo que es aún más triste el despertar y no hallarle a mi lado. Entonces, mis primeras oraciones se las dedico y le pido a Dios, que si es cierto que me espera, que no se olvides de mí, si es que vamos a estar nuevamente juntos.

Y así me reincorporo, con esa esperanza, viendo transcurrir las horas e imaginándome su mirada, su voz, cada movimiento suyo. ¡Y si viera lo feliz que soy! Mi cansancio se torna en alegría, mi esperanza sigue siendo ella.
Anoche mientras dormía estuvimos juntos, nuestras manos enlazadas muy fuertemente, e íbamos caminando por un sendero muy singular, habían flores por doquiera, las más bellas, tanto, como las que jamás había visto; y las acariciaba con delicadeza y las miraba con su expresión noble que no podía disimular. Siempre le ocurría, cuando algo le cautivaba por sutil que fuera, expresión que no se borra en mi mente, y de cuando me miraba tan inocentemente, aún conservo mi amorosa comprensión... A ratos corríamos como dos chiquillos jugando con la maleza. Otras veces, se me iba de las manos como una silueta de humo y desaparecía, para hallarle más tarde, sobre un pequeño montículo de tierra, con los brazos abiertos en ademán de súplica, y su bonita sonrisa me absorbía. Volvía a tenerle mientras durase el sueño; igual los dos de contento, ajenos de la realidad; viviendo engañados y tan distantes a pesar de ello.

No hay rincón donde no aparezca. Si cierro los ojos le veo, tal y como era; escucho su voz y siento el calor de sus caricias. Es como si no se hubieras ido para siempre.

Cuando miro al cielo, entre las nubes le busco; y si es de noche, si hay estrellas, le busco igual entre ellas e intuyo que vigila cada uno de mis movimientos y sabe lo que pienso, cuánto siento… Y cuando me ahoga el llanto contenido, esa dicha viene a calmar mi angustia y me alienta pacíficamente.

Todo cuanto me dice el corazón ella lo ha dictado, todo parece conformarle con tal de verme feliz. Es innegable que el amor que en vida me dio fue sincero, si no, no fuera así.
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Del sentimiento del descontento de los hombres

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En una sociedad de consumo indiscriminado y a la par, fría y deshumanizada, resulta excesivamente atrevido, buscar algún resquicio de sensibilidad entre sus desorientados moradores. Sorprende verles ir de un lugar a otro, ajenos siempre de sus propias apetencias, como si quisieran huir de lo que buscan o trataran de borrar sus propias sombras, para ser menos advertidos, no dejar huellas en esa corta trayectoria que son sus pasos por la vida.

Hoy he vuelto a sentir esta condenada pena por las gentes que, en su desesperado afán de auto rebeldía, se lanzan en pos de la aventura descargando sus más bajas pasiones. Sólo hay que detenerse unos minutos y contemplarles en las urbes y ciudades o pueblos menores, abalanzándose como fieras irrefrenables, motivadas por un común sentimiento, tras un mismo objetivo, sirva como ejemplo: estacionar un coche; tomar un taxi en una parada concurrida; acceder a la entrada de un salón de espectáculos públicos; entrar o salir de un establecimiento cualquiera; etc., etc. Al carecer de sensibilidad humana, urbanidad, y todo eso, se delatan con marcada irreflexibilidad, dan la talla de lo que realmente son. Y como están tan generalizadas esas conductas, donde quiera que vayas te los tropiezas, dejándote un sabor de boca nada agradable. En ese ambiente tienes que moverte y nada puedes hacer por evitarlo, donde quiera que te encuentres toparás con esos pequeños monstruos incultos, impresentables y repulsivos. Y sobrevivirás entre ellos, si al menos consigues ignorarlos previamente y los dejas vivir sus vidas convulsionadas por la soberbia, la agresividad y la escasez de principios cívicos y morales.

Ya es imposible aconsejarles por su bien. Hasta a los niños de la calle, tanto si los ves revolviendo la basura, expuestos a adquirir una enfermedad infecto contagiosa, o si los ves fumando o haciendo cualquier otra travesura, no puedes apartarlos del peligro. La misma Ley te impide que les des un par de nalgadas...Amen del sermón en la vía pública que puedan propinarte, con gestos obscenos y vulgares palabrotas. Ni chicos ni grandes te agradecen lo que quieras hacer por su bien.

Con cierto desencanto les veo malhumorados, con las facciones severas por la contrariedad, regalando miradas de odio a cuanto se les interponga en ese ir y venir en busca de sus objetivos. Les veo agresivos, intolerantes y con gestos "mal educados" adelantarse en esa marcha vertiginosa y no saber en realidad a dónde van... Y por más que cambie de postura y trate de distraer mi atención, les veo siempre mezclados con los ruidos disonantes y la locura habitual entre ellos. Qué pena, que aún exista tanta gente bruta, inconscientes criaturas que han crecido en la ignorancia y que son hijos de ella. La agresividad que reflejan sus miradas es el fuego de sus ardorosos instintos que les consumen por dentro y les ahogan los rencores que llevan dentro.

Y yo no dudo que marchemos hacia una mayor crisis de valores humanos, entonces habremos caído todos en el mismo lodo, por que nadie podrá corregir los rumbos desenfrenados de esa avalancha alocada del anárquico sentimiento del descontento de los hombres.

Los gobernantes deberían pensar más detenidamente en los orígenes del mal, luchar por contener la impaciencia y el desencanto de la humanidad, dándoles otros causes más alentadores, rescatando para ellos la ilusión perdida...

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Soliloquios en los senderos ocultos de la vida

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Oí sus pasos presurosos, siguiendo el tenebroso camino que conduce al pueblo, en la noche más inhóspita y solitaria que jamás hubiera vivido, y le vi más tarde en la distancia, esfumarse como alma que se lleva el diablo... Hasta entonces no sabía nada de lo que ocurría a diario. María iba a trabajar y en su casa, antes, debía dejarlo todo en orden, era un ejemplo valeroso que desafiaba todo lo que quisiera impedirle ser justa, ante todo con ella misma, luego con los demás. Entendía que subsistir tenía un precio y cada cual había que pagar el suyo, tenía que trabajar donde fuera, sin contemplar horarios ni reparar en qué condiciones. Lo obligado era ganar honrosamente unas monedas para atender las primeras necesidades, que, aunque precariamente, ello suponía un descanso de considerable importancia. María seguía siendo un primor de criatura, lo que no entiendo es, ¿por qué renunció a todo, hasta a su propia felicidad, por ocupar con tanta dignidad el puesto de su difunta madre? Había tres hermanos más, todos pequeños y el padre, a causa de los recientes acontecimientos, cayó en una profunda depresión que no hay quien lo saque de ella. Luego sin trabajo, con una miserable paga de subsidio, en nada podía ayudar al resto de su familia, era como un miembro más que cuidar para María, que se engrandecía y se sentía doblemente fuerte cuando recordaba las últimas palabras de su madre al morir. Y la promesa que en esos dolorosos momentos hizo a su extinta, a lo más grande que cada hijo llega a conocer, porque como una madre no hay nada mejor en este mundo; y es bien sabido, que muchos de los hijos se enteran de lo que digo, una vez que la hayan perdido. ¡Cómo pesa el dolor al perderla, qué silencio y vacío nos queda que no lo llena nada ni nadie, qué infelices nos sentimos cuando una madre se va! ¡Qué solos!..

Ella me lo explicó con tanta ternura, lo dijo todo con tal naturalidad y franqueza, que no pude menos que comprender su invariable postura: sacrificar nuestro amor y entregarse toda a esa vocación que le había prometido a su madre. Que la vieja se fue ilusionada, por que María lo cuidaba todo como si fuera ella, que en la casa no faltaría nada, que todo seguiría igual, aunque nunca mejor.

Cada noche cuidaba de ella, oculto en las sombras, a que fuera y viniera del trabajo; enormemente celoso, más enamorado que nunca sin que ella lo supiera y así pasaron los años, hasta ver sus sienes ya plateadas y escuchar sus pasos más cansinos, Se quedó con la costumbre de ser madre sin mí y ya casi no puedo seguir sus pasos en el camino, como fuera antes, también me siento cansado, pero contento...

El tiempo siguió pasando y con el, todo se fue transformando, la familia se le dividió y como ocurre siempre, ya sobraba espacio en la casa, María se había quedado sola y necesitaba de alguien que la atendiera, con quién compartir sus últimas horas.

Un día llegué hasta la puerta de su casa y llamé, tardaron bastante en contestarme y opté por trasponer el umbral de la misma, y cuando me hallé en el interior, todo medio oscuro, sentí la angustia que jamás había sentido y a la vez temí ser acusado de haber allanado la intimidad del domicilio, miedo de haberla asustado, pena de que ya no me reconociera y un terrible dolor, en el supuesto caso de que ya no me quisiera. Después de abrir varias puertas, llegué hasta donde ella estaba, tendida en una destartalada cama, todo en desorden y casi sin luz. Allí estaba consumiéndose, poco a poco, con un rosario entre sus manos...

¡OH, Dios!, permíteme ayudarla, dame sólo una oportunidad, que ella vea cuanto le quiero. Déjame ayudarle aunque sea en estos últimos momentos, si no, llévame con ella, pero que sepa que estoy aquí, que estuve siempre a su lado, aunque nunca más me viera...

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Las tinieblas de los pueblos es generada por su incultura

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¿Qué hay que hacer para conseguir que nuestra sociedad se sensibilice un poco más, hasta el punto de llegar a sentir un mínimo de interés por todo aquello que pueda enriquecer sus atributos culturales, en el caso de aquellos que infravaloran cuanto está a su alcance en ese sentido? La Cultura es la base fundamental que refuerza todo conocimiento, y nos informa cada vez más, que nos condiciona a seguir mejorándonos intelectualmente. No estoy diciendo nada nuevo, pero sí, recordando lo que ya sabemos al respecto.

¿Qué hay que hacer, se preguntarán muchos eruditos en la materia para conseguir despertar ese interés tan indispensable en esas personas?..

Para el profano, el que no entiende el valor y lo necesario de la cultura, hay que ambientarle, es necesario ayudarle a dar los primeros pasos en ese mundo nuevo para el.

Los medios especiales encargados del asunto son, los llamados a allanar los caminos del iniciado, limando las asperezas sociológicas y facilitándoles la entrada mesuradamente sin enfrentarle a los molestos obstáculos que le retan.

En las bibliotecas, salones de actos culturales, conferencias, presentaciones poéticas literarias, exposiciones de pintura, arquitectura, música, etc., se observa reiteradamente la ausencia de gente nueva y es por que "probablemente" esa mano alargada y fiel que les atraiga y les inspire afectividad para el consiguiente acercamiento, lamentablemente no les llega. Me he percatado de ello, de que algo temen, o bien de caer en el ridículo por no entender lo suficiente; o también por no saber definirse al respecto para formar un juicio de lo que ven u oyen. Piensan, en su mayoría, de que la cultura -escrito con letras mayúsculas- es sólo privilegio de una minoría selecta, nada hay más lejos de la verdad. La Cultura es un bien natural perfeccionado por el hombre y nos pertenece a todos por igual, sólo que en el principio de la vida de muchos no hubo la misma oportunidad y como contra partida, aún más negativa, tampoco hubo el interés en ellos ni la influencia en el ceno familiar, de las sanas costumbres y el uso cotidiano, del tipo de educación y todo eso, que se refleja luego en las distintas conductas de los hombres y sus aficiones. Por todo lo expuesto, desde mi humilde punto de vista, creo que es necesario ensanchar aún más la puerta de entrada de ese lugar donde se desarrollan los actos culturales. Trataré de explicarme mejor. No esperar que la montaña venga hacia nosotros, estamos obligados a ir hacia ella, para iniciar los contactos primeros... La cultura no es para unos cuantos solamente, que hasta se creen diferentes a los demás. Y un acto cultural es algo tan serio que no bebiéramos permitir que esa abundante riqueza de conocimientos, buena voluntad y creatividad, se pierda y no deje ni huella su presencia...
Cuando paso por "algunas" bibliotecas públicas lo veo claramente, ese caudal inmenso de cultura no se descuelga de sus aburridas posturas, por que la mano amiga no llega...

En los Conciertos, no digo que necesariamente han de ser de música clásica, lo importante en sí es, oír la música y buscar en ella su esencia, el fondo de la misma en su melodía y su leyenda literaria. Buscar lo que en esos momentos necesitamos, poniendo de nuestra parte, todos los sentidos y por supuesto, también el alma. El mensaje llega; y es grato sentir el calor de la compañía viendo a nuestro alrededor un nutrido público que igualmente disfruta del instante, sentir que hay comunicación. Y somos más que ayer los que necesitamos esos vínculos de solidaridad para entender mejor nuestras necesidades espirituales. El atractivo primordial radica en el hecho de estar juntos, mirando al mismo objeto o buscando en nuestros escasos horizontes la esperanzada luz de tanta sabiduría.

He visto Salas de Exposiciones de Arte completamente vacías y he sentido correr por mis venas ese frío molesto de las decepciones, de ese antro que nos cuesta, a nosotros mismos, resalirnos de el, para expulsar el malestar que nos produce.
Como si tuvieran miedo de acercarse a "descubrir" tal dimensión poética de la vida, que es la pintura, por ejemplo, motivos algunos que nos invitan a participar en el ilusionado sueño de su atracción caminando por sus rincones, silenciosos o alegres aledaños de los floridos paisajes. "Adentrarnos en el cuadro", que es como se suele decir, escuchando la melodía del agua que cae en cascada como un sueño azul de sensibles connotaciones que transparentan el tul agitado de sus aguas y traslucen las pizarras de sus lisas paredes en el trasfondo humedecidas. Cada uno de los cuadros dice algo distinto, hay mil leyendas que nos hablan de amor y ternuras, otras dicen en sus sombríos caminos ecos del llanto apagado que se desformó con el tiempo y que asoma cada vez que hay un intento de acercamiento... Cada obra está inspirada desde el recogimiento y el callado sentimiento del artista, que se duele al ver solos, entre tanto silencio, abandonados sobre la reducida mesilla de la esquina, los catálogos de la presentación esperando el gesto ávido y emocionado de la mano sensible, para ilustrarse debidamente y conocer los motivos artísticos presentes, y si la muestra es colectiva, a los artífices de la misma.

Y un recital poético... Recuerdo uno de ellos, que era de risa, sólo estaban presentes los propios vates. Aquello parecía un "duelo sin muerto".

Resumiendo, es una triste gracia tener que aceptar estas situaciones como cosas normales, por que no debe ser así ni es normal que, a un pueblo no se le instruya debidamente agotando todos los esfuerzos hasta hacerle palpar y probar, las delicias que la cultura depara. Es un bien necesario para todos, para los pueblos, a los que hay que dedicar tiempo y amor hasta el sacrificio si fuera necesario. "No se trata de dinero", al margen de los presupuestos económicos, etc. Voluntad de hacer algo nuevo, si, de hacer más con los mismos esfuerzos, eso es lo que hace falta. Otros intervienen desinteresadamente, sin esperar recompensas, sólo dejar en los surcos abiertos la semilla amorosa de la comprensión y el respeto hacia los sentimientos humanos y el orden interpretativo de las cosas bellas y justas de la creación del hombre. Semilla que, verla brotar ya germinada, algún día, debe suponer la mejor recompensa a la que pueda aspirar alguien de su propia vida.

Yo he tenido ocasión últimamente, de observar conductas diversas en responsables del área de cultura de algunos municipios de nuestra geografía isleña, y he sacado mis conclusiones, es más, podría citar a algunos ediles, muy pocos, por cierto, pero sí hay algunos que se lo toman muy en serio y valientemente el delicado trabajo que se les ha asignado. Y no es que lo diga yo por mi sano gusto, se ve en las Salas de Exposiciones, Conciertos de todo tipo de música (desde la clásica hasta la más popular, la que tanto llama y atrae) Y ello emociona, entusiasma, el artista o el genio, como quieran llamarles, no se siente tan solo, la concurrencia le anima a seguir en la brecha, abriendo otros surcos ilusionadamente en el árido mundo que nos ha tocado vivir. Y ese ambiente entusiasmado es producto del interés que pongan en ello las distintas Concejalías de cultura. ¡Ay!, que se pongan la mano en el pecho y reconozcan la verdad que les digo. Sin la participación tremendamente seria de sus esfuerzos, no es posible el éxito en lo que se pretenda hacer. Razón por la cual, antes de concluir, permítanme "felicitar" a más de uno y una, por hacer bien su trabajo desde sus respectivos Ayuntamientos, que con más dinero no lo habrían hecho mejor. Las iniciativas propias dan el impulso creador a la imaginación y si se trabaja con ella y el corazón, esos sueños se realizan y dejan huellas imborrables en los pueblos y el corazón de su gente.


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23/11/08

PENSANDO EN TI...

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Pensando en ti, ¡oh musa!
en el desierto camino,
yo huía del incierto destino,
la noche viendo difusa...

Cuando los pasos iba dando,
¿éllos no estaban conmigo?
Apenas casi consigo
saberme feliz dudando.

Bajo la lluvia te llamo
clamándote con mi prosa
de la forma más piadosa
sin hacer ningún reclamo...

Bajo la lluvia te lloro
pisoteando el barro;
entre sollozos amarro
tus ligaduras en oro.

Pensando en ti, ¡oh musa!,
entrañable compañera,
que he sufrido larga espera
y te he visto confusa...

*****

Pensando en tí escribí los últimos versos, sentí mientras ordenaba mis palabras buscando la métrica, un rubor extraño, quizás no fuera vergüenza, más parece que fuera temor... Pensaba y no hilvanaba los pensamientos que anduvieron largo rato a la deriva. Sólo te vi a ti, que te acercabas, eras sólo una silueta que no se definía y no sabía si reías o callabas. Se que cuando te acercabas menos te veía y en las palabras buscaba la razón de tal surrealismo. Siguieron surgiendo las tímidas palabras y el sentimiento que me embargaba fue tomando forma. Las tinieblas de la confusión fueron ahuyentándose de mi mente; mi corazón volvía a sentir el pulso del tiempo.

Brindé al amor toda mi angustia que sorbí lentamente y en ese consuelo hallé mi inspiración. Vi volar a lo lejos destellos que se apagaban luego. Vi la danza de la lluvia obligada por los vientos céfiros que la abrazaban, vi morir la tarde y escuché los lastimeros ecos de su huida fulgurada por la luz crepuscular en su último aliento, allá, a lo lejos... Y los versos de la agonía eran mis versos, y su llanto la sinfonía que arrancaba mis palabras del mar de las melodías el llanto y la risa y la suave caricia que, a su paso, la brisa a veces nos deja.

Vi los caminos desiertos por donde ansiaba ir contigo, todo parecía cierto, hasta tu voz que me alertaba de mi incrédula pesadilla... Tú que fuiste siempre mi musa preferida, la que me hiere, la que me ama y me abandona en el fantástico mundo de las cruentas visiones y las más bellas alucinaciones en la ancha y tranquila laguna de los cisnes de oro y plata, de luz y amor. ¡Oh musa! Tu que me diste los motivos y el romántico sentir de mi padecer me inspiraste los últimos versos que siempre omití... Versos que no salieron de mi alma y que emigraron conmigo al confín inmediato de mi placentera ausencia... ¡Allá, a lo lejos de toda métrica y armonía!... Libres como las palomas solitarias que se posan donde les llamen o donde las brisas les lleven y puedan regresar conmigo sin que se rompa jamás el idilio que nos une en el silencio de las sombras.


Celestino González Herreros
Puerto de la Cruz, a doce de noviembre de 1.993

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Doña Gregoria Álvarez mi maestra de escuela

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Acabo de ver y abrazar a mi antigua maestra de escuela, a quien siempre respeté y admiré por sus excelentes cualidades humanas. Que también los niños saben de esas cosas. Era, pues, y por suerte, aún lo sigue siendo, a pesar de los años transcurridos desde entonces, entrañablemente cariñosa. Descendiendo de la rama genealógica de los Álvarez Rixo, residente también en la ciudad de Puerto de la Cruz. Hoy vive sola, pues enviudó hace algunos años.

Es una historia digna de ser recopilada con cada una de aquellas maravillosas vivencias suyas. Sobrarían argumentos apasionantes de su ejemplar vida.
Le di un tierno abrazo, pero confieso, dentro de mí, en mi subconsciente, sentí un profundo sentimiento de piedad y ternura, de inmensa gratitud; de tal manera; que llegó a conmoverme.

Al verle le dije en voz alta: - Gregorita, ¿quién fue, entre todos tus alumnos, uno de los niños más bueno y aplicado, el más estudioso y aseado con sus cuadernos, cuando nos dabas clase?..
– Tú, respondió ella, también emocionada, más que nada, por la forma poco habitual de asaltarle y en plena calle. Y a mi edad. ¡Qué abrazo tan emotivo!

No sé la razón, tal vez fuera, por que estamos muy transformados, desde más de sesenta años; y porque seguimos queriéndonos igual que fuera antes. Mi maestra querida, Gregorita Álvarez, como cariñosamente le decíamos. ¡Y cómo me comprendía entonces! Hoy, pese a los añadidos estéticos: palidez de la piel, arrugas y su expresión nostálgica en su melancólica mirada, frente a ella volví a sentirme como cuando era un niño, aquel muchacho que siempre le escuchaba con atención y le admiraba con desmedida devoción. - Tino, me decía, siéntate a mi lado.

En estos disuasorios instantes, me siento asaltado por los recuerdos. Aquello, más que una clase, era como un hogar acogedor, donde nos debatíamos inspirados por su incondicional afecto e interés por que aprendiéramos, para que supiéramos desenvolvernos en el futuro tan inmediato de nuestros días. Había que aprovechar el tiempo, estudiando y atendiendo los sabios consejos suyos.

Doña Gregoria Álvarez era como una madre para todos sus alumnos y de ella aprendimos las primeras luces de nuestra modesta cultura. Ella era el freno de la continuidad de todas nuestras dudas e inquietudes. Supo aclarar los caminos de esos habituales dilemas y nos deparó siempre los mejores consejos, para nunca ser esclavos de nuestra ignorancia. Gritaba insistentemente, para así despertar a nuestra conciencia y transmitirnos el máximo interés por aquellos pasajes de la vida que pudiéramos descuidar, dada nuestra corta edad, y que preservándolos ayudarían a entender mejor la difícil trama de aquellos conocimientos básicos. Desde la caligrafía elemental, hasta las primeras reglas pedagógicas y de urbanidad...

A nuestra edad, en circunstancias normales, encontrarnos y abrazarnos tan efusivamente, al menos, en lo que a mí respecta, ha sido una prueba indiscutible de ternura desbordante... Para ella, no sé, le vi un tanto desconcertada, casi sin tiempo para reflexionar, tal vez, pero en su dulce mirada adiviné la gratitud que sentía en esos momentos, más que nada, evocando aquella época llena de tantos sacrificios y a la vez, de incalculables satisfacciones. Seguramente, por su mente pasó un tropel de pensamientos y las párvulas imágenes de aquellos niños y muchachos adolescentes a quienes ella tanto amó; y descargó, en nuestro afortunado abrazo con ímpetus enternecedores, la grata sensación vivida en ese apasionado encuentro, que a la vez estaba despertando tan bellos instantes vividos hace ya muchos años....
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Espléndida noche de plenilunio

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No vi nacer la luz de aquel virtual plenilunio, estaba ausente, la mirada perdida en el infinito, en el letargo de una breve abstracción. No vi el resplandor lunar conjugarse con los últimos y agónicos influjos del Sol; estaba perdido... Comenzando a gestarse el más bello momento, entre la luz y las sombras, entre los distintos estertores de la tarde y el mágico alumbramiento del espacio sideral. No vi claridad alguna mientras el subconsciente vagaba por otros derroteros.

Así, mientras se detuvo el tiempo, o si transcurrió, no sé, sumido en esa soledad, sólo con la evocación del momento, sin saber con quién compartir el tedio, si sentía o no sentía. Entre tanto, afuera podía divisarse aquel espléndido y débil resplandor, aquella comunión entre distintas luces, las del Sol huidizas y la Luna primorosa, soltando sus dorados cabellos sobre la faz de la Tierra, amenizando así el silencio sobrecogedor en que estuve sumido. Plenilunio de luz celestial, de voces ahogadas como si despertaran… De tristes e incrédulas miradas, de sueños truncados e ilusiones pedidas. Sobre la faz de la Tierra aún riela acariciando las sombras del tiempo que va discurriendo, aunque las aguas del arroyuelo bajen riendo y lamiendo los márgenes del místico cause que las llevan hacia el infinito de los sueños. Allá afuera, desde mi figurativo cautiverio se oyen voces alegres, un festín inacabable, luces y sombras, cielo, mar y aire; y mucho alejamiento. No se oyen quejas ni lamentos, no se advierte drama alguno. Todo es alegría, clarines y trompetas, suaves brisas que acarician, sueños, ilusiones, fantasías... No hay despojos y si los hubo no se vieron.

Juntos fuimos por el camino más largo, esa noche de plenilunio, entre las sombras nos escurrimos todo el tiempo, ocultos como si huyéramos de nosotros mismos, hasta perdernos en el silencio de nuestro distanciamiento, lejos del mundano ruido, toda la noche.

Vimos cuando comienza a salir el Sol, apenas despuntaba el alba. Aquella noche nos pareció distinta, más serena y fría que nunca, nos pareció algo trasnochada. Sigilosamente, se ocultaba la Luna... Recuerdo, si, que al despertar y percatarme que estaba solo en mi lecho, sentí desgarrárseme el corazón, su espacio estaba tan solo y frió… Estuve con ella mientras soñaba, ¡todo era tan distinto!, y la verdad, qué cruel es a veces…
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Feliz reencuentro con el pasado portuense

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En la calle coincidí con una antigua amiga, que por cierto, tardó en reconocerme, pero al final, después de un tortuoso rodeo, calló en la cuenta de quien era yo, aquel amigo desde hace tantos años. Hablamos sólo de aquellos buenos ratos, a pesar de las carencias y privaciones de entonces, sufridas por tanta gente de aquella época, cuando éramos jóvenes.

¿Te acuerdas Tino –así me llamaban- lo hermoso que era todo? La Plaza del Charco era el lugar donde todos íbamos a gastar nuestras energías físicas y también las emocionales. El Puerto de la Cruz podía presumir de tener ese solar público y mágico entorno, donde los chicos correteaban con sus juegos en todas las direcciones. Las parejitas enamoraban discretamente y los solitarios deambulaban socarronamente y de soslayo miraban, deleitándose viendo verdaderas bellezas por doquiera, paseando al socaire de las palmeras y laureles de India o rondando la pila del centro que como un santuario da cobijo a la tradicional ñamera que tan deliciosamente la adorna durante largos años. Adolescentes de todas las edades, sexo y condición social, venían desde los barrios adyacentes, allí concurrían y practicaban, los más pequeños, toda clase de juegos sanos y tradicionales. Y los viejos, sentados en sendos bancos de piedra y de madera, con la mirada medio ausente, evocaban… Allí había recuerdos imborrables de sus mejores años y en nuestra juventud veían reflejadas sus lejanas vivencias.

Cuando más entusiasmados estábamos, se nos unió otra de aquellas criaturas, también protagonista de aquellos irrepetibles acontecimientos. Entonces surgió el tema de las Fiestas de Invierno, hoy los Carnavales de Puerto de la Cruz. ¡”Pa” que fue aquello! Claro, antes hubó más respeto, éramos más inocentones y educados –decían- podíamos salir solas y nadie se metía con nosotras, a molestarnos. Es cierto, antes existía un elevado concepto de la honorabilidad familiar y sus principios, no hay que ponerlo en duda, éramos más conservadores.

Muchas vueltas dimos en la Plaza del Charco. Cuando nos cansábamos de ver siempre las mismas caras, íbamos luego en dirección contraria. Había una hora para salir de casa y otra para entrar. Las tareas de la Escuela o Colegio se hacían primero, luego la merienda y a la calle.

Parejas apasionadas disimulaban, a veces sin conseguirlo, el ardor de ese gran amor, dándose golpecitos de codo y en la mirada dejaban entrever el enorme deseo que les abrasaba. Corríamos cuando caía la lluvia, para protegernos bajo cualquier árbol de la enorme Plaza, cualquier balcón o en el oscuro portal de las hermosas casonas más cercas. Contentos, sin sentir el rigor del frío al poder juntar un poco más nuestros excitados cuerpos nos decíamos sin reserva alguna, el amor que sentíamos mutuamente. ¡Ay, cuando se iba la luz del pueblo! Dábamos gracias al cielo por enviarnos tremendo regalo, junto con los truenos y relámpagos, hasta el viento nos acariciaba. Eran gratas aventuras cargadas del más sano sentimiento y la más pura inocencia. ¡Dichosa juventud, que se va para nunca más volver! Cuando somos jóvenes no nos percatamos de su valor, que lo que cuenta son los segundos de la vida, creemos que eso no se acabará nunca, que somos interminables…


Gracias a estas dos amigas que encontré en la calle, muy cerca de la Plaza del Charco, he vuelto a vivir todas aquellas sensaciones, a pesar de los años; y he vuelto a sentir cierto desconsuelo por aquello que no disfruté pensando que sobraba el tiempo, que podíamos dejar lo otro para mañana. ¡Qué error!
Cabalgan como una estampida en mi mente todos aquellos recuerdos y en ellos veo proyectados los momentos vividos, con tal nitidez, que acierto a reconocerles a todos, los parajes son los mismos, nada ha cambiado... Sólo si, echo mucho de menos a tantos que se han ido para siempre y de ellos aún conservo hasta el timbre de sus voces. La verdad es que lo digo emocionado; pero aún quedamos algunos.

Antes, el sólo gesto de una sonrisa era testimonio suficiente de amistad, un simple saludo callejero, cualquier detalle era motivo de acercamiento ciudadano. Y así se compuso nuestra sociedad, de elementos dispares, pero a la vez solidarios, cuyos pilares más fuertes fueron siempre el respeto mutuo entre nuestras gentes, la honradez ciudadana y la consideración hacia los demás. Así, cuando nos visitan, suelen decir convencidos: ¡El Puerto de la Cruz sabe darnos satisfacciones, es acogedor y tranquilo! ¡El Puerto es el Puerto! Y sigue siendo lugar atractivo y generoso; y cálido destino turístico con sus excelencias naturales. Aún más, hay una atracción mágica para los que nos visitan, vengan de donde vengan, algo que les obliga a volver, como si aquí se les hubiera quedado un trozo de su corazón.

Los cimientos de la verdad se mantienen firmes y tratamos de conservarlos, ya que se nos están yendo de las manos nuestros más importantes valores humanos, por una parte; por lo demás, parte de nuestro patrimonio artístico, de nuestras reservas naturales, parajes, etc. Aquellos que han podido evitarlo, no han querido actuar, por conveniencias, por ineptos, cobardía o falta de sensibilidad... ¿Porqué lo hemos permitido, qué íbamos a ganar con ello?, sólo perder gran parte de lo poco que nos quedaba. Al hilo de nuestra idiosincrasia, en verdad, éramos admirados, más que eso, queridos en toda Europa y buena parte de América. A ver si recuperamos algo y nos vamos estabilizando poco a poco. Políticos buenos, haberlos los hay aquí en Canarias, sólo necesitamos que tengan lo que deben tener.

Conciencia ciudadana y aquello... para hacerla valer.

Mientras, aprovechando el tiempo, busquemos en las huellas indelebles de nuestro pasado, los resquicios de nuestro querido Puerto de la Cruz, caminemos junto con nuestros amables visitantes por sus rincones más típicos, no cambiemos nada, dejémosle como estaba y con los ojos cerrados recordémosle como era aquel lugar entrañable.
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15/11/08

Tradicional venta de las castañas tostadas

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Cámara fotográfica en mano me eché a la calle con el solo pensamiento de captar imágenes de los puestos de venta de castañas tostadas en los acostumbrados lugares de Puerto de la Cruz, cada mes de noviembre; y viví in situ el ambiente novelesco que genera esa antigua y siempre presente tradición… al rigor del frió y al intemperie, acompañados de sendos vasos de vino y la conversación cordial de los participantes. Algunos transeúntes, cuántos desconsuelos sufren por no poder quedarse un rato, por culpa de las prisas u otros asuntos. Lo mió era tomar varias fotos. Esta primera la hice en la plaza pública ubicada en lo alto de la Estación de las guaguas. Ahora voy al muelle pesquero, pero antes me detuve en casa de Lolo, en la calle San Felipe, a tomarme un vasito de vino del país, a granel y allí mismo escribí sobre el tema mientras duró el líquido elemento de las grandes inspiraciones lúdicas.

Se acerca el día de la víspera de San Andrés, la fiesta del “cacharro” tan popular en este municipio de Puerto de la Cruz, desde fechas inmemorables y que en nuestros recuerdos están tan cercas, desde cuando éramos unos muchachos hasta nuestros días. Antiguamente, muchos quebraderos de cabeza dimos a nuestras gentes del orden público, muchas porras vi. volar por los aires… Les voy a ser sincero, no tanto como debiera serlo, no soy quién para ensombrecer esas viejas costumbres, una de ellas, arrastrar por las calles neveras viejas, llantas de ruedas de coches, lavadoras en desuso, etc., hasta meterse en las Plazas, sinceramente, lo considero un atentado cívico en detrimento de la paz y armonía que tanto necesitamos en nuestra sufrida ciudad. Esa costumbre, si pensamos fríamente, daña más aun nuestras calles, aceras, pretiles, nuestras plazas…Aquel pueblo se convirtió en una atractiva ciudad de fama internacional, aunque algunos no quieran aceptarlo. Por un lado la estamos adecentando y por otro lado ¿vamos a dañarla? Esperemos que nuestra gente lo piense bien. Y, borren esa sonrisita, amigos, están sobrando.

Hay muchas formas de divertirse, chicos y grandes, y en nuestro derecho estamos, elijamos entonces la manera de no perjudicarnos, ni molestemos a los demás.
En el entorno de la Plaza del Charco, concretamente, en el muelle pesquero, como todos sabemos, se organizan los célebres puestos de venta de las castañas tostadas, pescado salado, papas guisadas, vino del país, etc. Es realmente una gozada participar de esa sana oportunidad que nos brinda nuestra idiosincrasia, nuestra natural forma de ser, compartida por tantos extranjeros que por nada se lo pierden y hasta nos estimulan aun más. Cuánto darían aquellos paisanos nuestros que se hallan fuera en estos días tan señalados. Los recordábamos, estando yo fuera, allá en Venezuela y nos entristecíamos al recordar y no poder participar, de no poder estar metidos en el jolgorio, comiendo, cantando, bebiendo y disfrutando al ver a tantas personas alegres, cómodamente sentados en torno a la mesa donde las castañas son la nota apetitosa del momento. Regocijados y recibiendo tan directamente el contacto suave de la brisa yodada, casi apoyados en las lanchas varadas cerca de los kiosquitos a modo de ventorrillos.

En Puerto de la Cruz, cada chiringuito, en los cómodos comedores, típicos restaurantes y descampados autorizados, el humo de las castañas al fuego, señalan esa bandera tradicional, como si de una mitificación se tratara y en solidario acuerdo respetamos esa corriente ancestral. Después de esos momentos compartidos vuelve la calma hasta nueva ocasión, Dios mediante.
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13/11/08

Lamentable deterioro de la casa de los Iriarte

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Es, sin lugar a dudas, un hecho reprobable el abandono del que han sido objetos varias casonas en nuestra ciudad turística, donde ilustres personajes, han dejado en ellas la imborrable huella de su pasado. Detengámonos, pues, a observar en la fotografía, recientemente tomada, que ilustra estas modestas líneas, para darnos cuenta, en el caso de la casa de los Hermanos Iriarte, cuál es la suerte sufrida por dicho histórico inmueble. Es deplorable, desde todo punto de vista, a donde ha llegado la desidia. Parece como si ya nos hubiéramos acostumbrado, con el paso del tiempo, a ver, - algunos con extrema indiferencia - el estado en que perviven esos testimonios, de una parte importante de nuestra historia; y renunciáramos a esos vestigios ancestrales de aquellos destacadísimos e ilustres ciudadanos, que nos dejaron el valioso legado de su cultura.

No hemos sabido conservar aquellos rincones de sus respectivos hogares, único patrimonio “sentimental” e histórico, que nos queda. Es lamentable ver, cómo están deteriorados, los muros y paredes, también sus balcones y coquetas ventanas, hoy con sus cristales rotos, que evidencian su injusto abandono.

Es manifiesto el desinterés habido hasta el presente, respecto a la falta de conservación y acomodo de la mismas, cuando todos sabemos que no hay en nuestra ciudad un lugar destinado, acorde con las exigencias de la época que vivimos, donde poder reunirnos en torno a la cultura, en óptimas condiciones. Donde se pueda ir a leer sin oír ruidos mal sonantes que llegan desde el exterior. Es oportuno recordar, que nuestra Biblioteca Municipal, necesita otro lugar mejor y con el mismo personal responsable. Cerca, a escasos unos metros, El Instituto de Estudios Hispánicos, elogiable en toda magnífica trayectoria cultural, - dicho sea de paso- tampoco está ubicado en el mejor de los lugares, necesita ser renovado su enclave urbanístico. Aquello, hay momentos que más parece una feria, oyendo la música bullanguera de las terrazas colindante de los Hoteles cercanos, y alguna vez, de algún festival popular en el Parque San Francisco. Es que, ni en la Iglesia del mismo nombre podemos concentrarnos en nuestras acostumbradas oraciones. Vendedores ambulantes pregonando a todo pulmón sus mercancías, etc. La algarabía de la calle, al paso de los transeúntes y el reducido espacio interior, deja mucho que desear. Seamos serios y démosle un poco más de atención a los elementos básicos de una buena representación socio cultural.

Se trata de una denuncia justa, cuando reclamamos el derecho al respeto que se merece el recuerdo de la Familia Iriarte, en el Puerto de la Cruz, respecto al lugar que fuera antaño, Residencia habitual de los hermanos ilustres, ubicada en la esquina donde confluyen las calles San Juan e Iriarte.

Las palabras sobran, ya que por sí sola, habla la triste imagen de abandono y desidia, del exterior del que fuera hogar de hermanos ilustrísimos, de los que tanto hablan los expertos historiadores y estudiosos celosos de nuestros ancestros más sobresalientes.

Publicado en el Periódico EL DIA: 22.03.00
Escrito: 13.03.00

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Han transcurrido ocho años y nueve meses, después de que haya sido publicado en el Periódico El Día, el artículo que acabáis de leer. Hagamos pues, un balance o estudio del interés demostrado por nuestras dignísimas autoridades locales del Consistorio portuense, desde entonces, respecto a la “Casa de Los Iriarte”, su destino y el futuro que le espera.

A poca distancia tenemos el Instituto de Estudios Hispánicos, precisamente sigue ubicado donde mismo, en los tiempos que corren, en un lugar inmerecido, por su importancia cultural de universal reconocimiento. Actualmente no es el lugar acertado donde celebrar sus actividades culturales de primer orden. Tengamos en cuenta que soporta la bulla que entra desde afuera y lo reducido del espacio, escandalera a veces imposible de aguantar, cuando se mezcla con la voz de los intérpretes invitados en los diferentes actos que suelen celebrarse. Sin el recogimiento necesario para dar riendas sueltas a la imaginación en esos especiales momentos. Por ejemplo, en conciertos, exposiciones, recitales de música o poesía, documentales de fotografías, conferencias de arte o literatura, etc.

Pensemos en la circunstancia de que, el Parque San Francisco, si coinciden al mismo tiempo varios e indistintamente eventos, la que se arma. Está a pocos metros de distancia. Luego música en las distintas terrazas de un par de hoteles colindantes, paseo peatonal por toda la calle Quintana, los músicos ambulantes, etc. No es posible poder concentrarnos en los distintos eventos, cuando lo más importante es el pleno silencio… Que se pueda oír lo que acontece dentro del Instituto, no lo de afuera. Y que conste, es sólo una observación, seguramente hay cosas más importantes que resolver antes, pero creo que no es malo recordarles estos temas.

Lo de la Biblioteca parece que va por bien camino, ¡qué bueno!

En otra ocasión hablaremos de un Club popular y social donde podamos reunirnos para jugar, leer, bailar, estudiar, ligar, merendar, discutir y relajarnos un poco, etc. ¿Recuerdan el “Circulo Iriarte?, algo así. La casa El Capitán, en las inmediaciones de la Plaza del Charco, hubiera sido el lugar ideal… Todos los pueblos de la isla lo tienen funcionando, ¿y porque nosotros no? Tiempo al tiempo, pero es que han pasado tantos años y a mi, ese tiempo se me agota.
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Fuga sensorial en los sueños...

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Cuando creo que reposan mis sentidos y me abandono en la somnolencia de mi espíritu, recorro largos caminos, inmerso en un silencio tal, que sobrecoge a mi alma, la única que sabe de soledades cuando se detiene el tiempo material... En esa huida lenta, sin sentidos, me siento refugiado en los más remotos lugares como si estuviera perdido, sólo estoy huyendo del mundano ruido, buscando la paz espiritual tantas veces perdida.

No reposan mis sentidos, deliran mis sentimientos en ese peregrinaje amparado en las sombras de la inconsciencia; como en los sueños, no descanso. Y nada consigue librarme de las influencias de ese corto tiempo, a veces segundos, que se han detenido en el subconsciente; y parecen distancias enormes que hayamos recorrido, antes de despertar. Qué tranquilas aparecen las solitarias arenas de la playa, cuando las húmedas brisas se detienen y han dejado presente el cansino eco de sus anteriores ráfagas...

Las noches vividas en el tranquilo y grato entorno de mi valle, parecen llenarme de un contento embrujado, extra sensorial, de íntimas percepciones; todo parece animado por influjos poéticos que señalan esa dimensión romántica y sentimental que enajena, y sin voluntad indúceme, desarmado e inmóvil, a ir tras de si, por los atajos olvidados de la evidente realidad; por ese otro mundo de ensueños, de calladas promesas y abnegadas esperas... ¡Noches sin sombras que las delaten! Y en esa mítica percepción, aun sin sentidos, siento el palpitar del tiempo revelándose, queriendo truncar la paz de ese apacible estado que duró tan poco y nos dio tanto. Porque, ese privilegio gozamos nosotros, los mortales. Amamos y aunque nos escondamos seremos siempre descubiertos por nuestros propios sentimientos. Al tiempo que despertamos, nos identifican los inquietos duendes de nuestra fantasía espiritual ante el mundo que nos rodea.

Cuando creo que descansan mis sentidos, sin pensar en la ausencia física, cuando cierro los ojos ante el espejo de la vida y mis fuerzas desfallecen, adormecidas por el consiguiente abandono, lejos de aferrarme a la vida, busco soñando a mi distante pasado, y no duermo, me entrego conciliado, a horizontes tan lejanos que casi no les alcanzo, y no descanso...

Otra vez soñé mientras dormía, soñé que alguien me esperaba en el camino. Cuando me acercaba a ella, me dijo que desistiera, que no era a mí a quien esperaba. Que me fuera...

Entonces, en mi sueño, no comprendía que el verdadero amor nace entre dos, y, difícilmente, ese sentimiento se rompe así. Soñé que era ella, que ya no me quería o nunca me quiso. Entonces salí del sueño, desesperadamente, al haber vivido esa cruel pesadilla. Y, cuál no sería mi dicha, al despertar, tener a mi amada junto a mí, brindándome su amor con sus primeras caricias en tal risueño despertar...

Uno busca lleno de esperanzas, otras veces, en el letargo de los sueños, otros ansiados despertares, pero los sueños sueños son, sin llamarlos vienen a ocupar esa dimensión sentimental de nuestro inconciente, donde tantas íntimas vivencias y sentimientos se sienten proyectadas desde el subconsciente, cuando reposan sobre la mullida almohada nuestras sienes; y parece que a otro mundo hayamos ido, inconcientemente, en brazos de Morfeo.

No siempre son afortunados los sueños, ni obedecen a nuestra voluntad como quisiéramos. Ellos aparecen sin ser llamados, aunque siempre les hayamos deseado. Aprovechan nuestra indefensión, nuestro letargo, y se adueñan de todo lo que nos gusta y de lo que más nos aflige. Claro está, que no siempre consiguen hacernos felices, revivir en nosotros situaciones irrepetibles, enormemente deseables y que tanto nos consuelan, que nos hacen tan felices, aunque sólo sea soñando… Y no siempre, cuando de una pesadilla se trata, las que nos sobresaltan de forma cruel y nos hieren hasta hacernos llorar… Cuando despertamos con la duda de que si ha sido cierto, o no, el espejismo sufrido y si estamos realmente despiertos.

Despertar de un bello sueño es menos grato, volver a la realidad, al romperse ese onírico idilio cuando estamos o nos sentimos tan felices disfrutando de aquello que hayamos perdido por designios de la vida. Estar viviendo nuevamente con ese ser tan querido, oyendo su voz, acariciándole y entre ambos compartiéndonos de igual forma nuestros desvelos. Hablándonos, escuchando su voz y su risa. Escuchando sus pasos y siguiéndolos a donde fueran por temor de volver a perderles… Eso es vivir mejor que despertar de nuevo a la vida, donde volveremos a sufrir este cruel silencio y tan profundo vacío que nos han dejado. Eternas ausencias, tanta lejanía… Esperando siempre que vuelvan aparecer en otros sueños similares, de improviso, sin avisar, como sea, pero que vuelvan aparecer.

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11/11/08

Sintiendo el galopar del tiempo



En cualquier lugar de la ciudad, en el campo, cada día y a la misma hora, aproximadamente, el viejo se veía acosado, insistentemente, con acercamientos cariñosos que señalaban una necesidad fisiológica inexcusable que acababa en aullidos y ladridos de su fiel amigo. Tuviera o no tuviera ganas de sacarlo a dar el cotidiano paseo, había que hacerlo. Obviamente, el afecto era recíproco, y no podía existir la tentación malsana de una negativa. Ambos siempre terminaban en los lugares más frescos cuando la estación meteorológica era caliente, buscando las habituales parcelas de tierra, donde no molestaran la sensibilidad de los demás. Luego, caminaban hacia las alamedas más próximas, la plaza contigua o el solar pedregoso del viejo caserón abandonado...

Nuestro hombre, con la visible presencia de sus años, mientras su perro olfateaba todo lo que a su paso hallaba e intermitentemente levantaba su patita trasera, con mirada escrutadora, seguía atento a lo que quedaba de la vieja casa. Había un muro y el marco de donde hubiera antes una puerta, desde el cual se veía un pasillo lleno de escombros, hierbajos, y entre otras cosas, despojos que recuerdan que allí hubo vida. Restos de una mesa con sólo tres patas carcomidas por las polillas, y el respaldo de una silla... Más adelante, donde debió haber estado el salón, en un rincón del mismo, una perezosa de madera y mimbre totalmente deteriorada, pero identificable, el lugar preferido del abuelo; y muy cerca, veía otro espacio abierto en la descompuesta pared, posiblemente esa sería la ventana de los sueños por donde escapaban los suspiros evadidos de su alma y, por cuya abertura, llegaba también el trinar alegre de los pájaros que anidaban en los frutales de la huerta. Y llegaban todos los aromas primaverales, donde iba a refugiarse, huyendo de los ruidos de la casa, para concentrar mejor sus ideas, esas percepciones que los viejos sienten cuando apenas ya por si solos no se pueden valer... Me parecía ver al anciano sentado allí, meciéndose en silencio con los ojos cerrados y su expresión triste como tantas veces... pensativo y frotando sus temblorosas manos, caídos sus cansados hombros y sus labios fuertemente comprimidos. Me parecía, verle en su soledad, refugiado en el lugar apetecido por él, rememorando su pasado, aquellos días desde su dulce infancia, recordando también a su amado padre y a mamá buena dándole tanto y queriéndole insaciablemente... Y, obligando al tiempo, reteniéndo, pensando nuevamente en aquellos románticos reencuentros amorosos, los años vividos juntos… y aquel malogrado día, cuando le dijo ella adiós para siempre, en aquellos momentos de desesperación. Se había quedado solo -se supone- y en aquella chirriante perezosa habían acabado sus días...

La casa se vino abajo, que, por ser vieja nadie la cuidó y así está: los recuerdos abandonados, las cosas íntimas esparcidas como basura junto a los matojos e impresentables excrementos, iguales a los del perro mío, y viejas ahuellas de orines por distintos rincones...

No hay una valla de protección en ese lugar señalado, donde vivieron, sufrieron y amaron seres humanos que lo dieron todo por los suyos... No hay, simplemente, un mínimo de reparo que se pueda atribuible al respeto y consideración hacia esas vidas que se consumieron, posiblemente, solos en el sacrificio y el amor...

-Nuestro hombre llamó al perro, lo acarició tanto, que, en un efusivo abrazo intentó besarle en su cabeza, pero el animal, juguetón, huyó instintivamente; conmovido secó las lágrimas que de sus marchitos ojos estaban brotando; ya, ni al perro, su mejor amigo, podía besar ni contarle sus temores... Lo sujetó con la cadena y se fueron hacia su casa, donde se encontrarían con la familia, que ya iban siendo menos, porque los muchachos se habían hecho hombres, ya tenían su propia familia y sus casas; allí estaba sólo la esposa, siempre esperándole. Estarían día y noche solos, haciendo cosas, discutiendo algunas veces, o recordando viejos momentos... y mirando de soslayo y cada vez con más énfasis e insistencia a través de la ventana lo que está más allá... -

Todo lo demás, forma parte de la vulgar comedia de la vida, visitas esporádicas, risas y fiestas, algún encuentro callejero, miradas frías, caminos solitarios y al final siempre solos, ocultando sus fracasos y decepciones, disculpando los errores y omitiendo lo inconfesable...

Según lo he ido narrando, estuve consciente de lo que decía, no se si será cierto que todas estas circunstancias concurran... Yo también tengo un perro y suelo salir con él a dar mis vueltas, ya me estoy haciendo viejo, no es una casualidad, por cierto. Y suelo mirar con frecuencia a través de la ventana., sin saber aun, en realidad, qué busco ni qué cosa extraña tanto me atrae, y por más que trate de disipar esas influencias, no consigo evitarlo. A mis años, busco agotar, a sabiendas de tan serias dudas, toda la energía favorable que pueda brindarme la vida. Busco cómo reunir de nuevo a esos retoños míos que se han dispersado, porque ese es el destino de cada cual; y me han dado hermosos nietos, con los que comparto mis escasas horas... y me hacen concebir nuevas ilusiones. Vuelvo a sentir ganas de vivir, para participar con ellos de todos los encantos de una vida mejor... A tal punto llega mi transformación espiritual, que quisiera ser como ellos, poder crecer a su ritmo, sonreír igual, tener una madre que me duerma en sus cálidos brazos y un padre que me cuente historias... Hoy valoro la vida de otra forma, hoy son mis hijos y los hijos de mis hijos y quisiera vivir mucho más para estar juntos, hacer cosas nuevas e imitar todas sus travesuras... Pero no me va a quedar tanto tiempo, todo ha de llegar a su fin.

Si algún día, cuando me haya ido, revolviendo en el baúl de mis recuerdos o en las gavetas del viejo mueble, descubrieran entre tantas cosas de insignificante valor, aparentemente, algunos de estos escritos, no os pongáis tristes leyéndolos. Todo lo mío arrojadlo al fuego, que ya se encargarán de sus cenizas las brisas amigas que siempre me acompañaron. Ellas saben los caminos que he soñado y podrán devolverme, con sus caricias, el sentimiento perdido y sabrán llevarme vuestros mensajes de amor. La esposa, el hijo, el padre, el hermano y el abuelo, habremos pasado por la vida como una circunstancia compartida... "Mas, no dejo de pensar en la perezosa abandonada al azar de su destino"... Insisto, cuando trato de disipar los temores que a veces invaden mi ser y atormentan a mi mente, suelo imponerme, aunque mi ridículo esfuerzo me hiera más, en defensa de los años que no se pueden ocultar. Y quisiera que también mi leal perro recordara, aquellos ratos que pasamos juntos y el cariño que le daba.

En el portal de la casa, cuando entraba, vio salir a unos niños corriendo sin que se percataran de su presencia. Reían, gritaban... ¡Qué alegría la de algunos niños! Viven cautivados en su mundo de fantasías. ¡Qué envidiables! Al llegar al hogar no había nadie, todos habían salido a sus asuntos... Otra vez solo; y su perro, echado a su lado, muy cerca de él, mirándole de tiempo en tiempo, aunque también estaba callado, como si estuviera triste, le asustaba la soledad; y apoyando su liviana cabecita sobre su zapatilla del amo, adormitaba suspirando a la vez que parpadeaba con resignación. Quizás pensaban en los niños que habían salido por el portal; ellos eran sus nietos.

Reflexionando sobre la posible veracidad de tales experiencias, he llegado a la conclusión de que no debiéramos esperar tanto de la vida. Conformémonos con lo que tengamos, aunque nunca dejemos de esperar... Con la expectativa común de nuevos hallazgos, las ilusiones despiertan el interés... Es bueno esperar, hasta que se detenga el galopar del tiempo.