3/7/10

LA LEALTAD TIENE SÓLO UN PRECIO: SU RECONOCIMIENTO

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Mientras efusivamente me abrazaba, repitiendo una y otra vez en mis espaldas palmadas de júbilo, yo miraba a mi alrededor, expectante, pero sin malicia, cuanto se me ofrecía. Y contento sí, de hallar a un viejo amigo, inesperadamente… Como nos miraban los allí presentes, todos conocidos -al menos por mí- aunque guardaran las distancias y no entendía porqué. En aquellos lugares de habituales reuniones, digamos sociedades, solía ocurrir eso, aparte de la envidia que despierta, casi siempre, el que otros hayan viajado y visto mundo nuevo, que hayamos cruzado el charco valientemente, suele resentir bajas pasiones. Bueno, como dice el dicho: “Juntos si, pero no revueltos” Y de esa forma rompimos la situación, pudo haber sido equivocada, pero si molesta, producto de recelos insuperados a pesar de las evidencias. Es posible que, habiendo tantos caracteres iguales se hubieran encontrado en aquel lugar de ocio y al mismo tiempo. Niños de papás. ¿Casualidad? Lo cierto fue que nos despreocupamos e ignoramos a aquellos mequetrefes para hablar de nuestras mutuas experiencias, el amigo Pepe de su estancia en Brasil y yo de mi linda Venezuela. Cuánta facilidad para comentar sus vivencias.

Fuimos vecinos desde pequeños, de edad tiene un par de años más que yo y de profesión, fue un destacado comerciante. Recuerdo bien y desde entonces han nacido muchas Lunas. Le escribí una o más cartas desde aquí, con el sano y noble propósito de acompañarle en su lejanía, como queriendo darle ánimos, el calor de la amistad que no se interrumpe y hablarle de nuestras respectivas familias del Puerto de la Cruz y nuestros comunes amigos. Cartas que me hubiera gustado leerlas hoy, por los mensajes enternecedores de solidaridad, afecto e interés personal por su suerte, que las mismas contenían, a pesar de nuestras cortas edades.

Y ese día recordé cuando me envió desde Brasil una fotografía junto a su jefe y dueño de un gran supermercado donde él trabajaba. Si, entonces éramos unos muchachos, no hay más que ver las fotos. Todos aquellos momentos fueron maravillosos, al menos así nos lo parecían. A esa edad todo es como una aventura, desafiando cuantas inclemencias surgieran. Se piensa que así debe ser e insistimos en la lucha. Si no lo conseguimos en la primera, lo buscamos en la segunda y si tampoco así, vamos por la siguiente y con la misma perseverancia vivimos, sin abandonar los buenos propósitos. Era una lucha ansiosa, justificada sólo por los anhelos de algún día volver a reunirnos con nuestros seres queridos, que les habíamos dejado -momentáneamente- cuando salimos en busca de nuestro destino. A esa edad sólo se piensa en triunfar de alguna manera y al precio que sea. Nos esperaban todos con la ilusión alentadora de esa victoria; y es la razón porqué algunos tardan tanto tiempo en regresar; y muchísimas veces no aceptan el fracaso y se limitan a dar excusas y a no venir, tolerando sus tristes destinos con resignación. He ahí el tremendo drama de la emigración mal planificada por los respectivos Gobiernos y que degeneran en la peor de las suertes. Mas, de todas formas y visto desde mi óptica personal, siempre no están justificadas las dramáticas situaciones que estoy mencionando, por que cada instante de la vida es bueno para comenzar de nuevo. Esa es mi filosofía y la que trato de poner en práctica siempre que sea necesario. Y hasta ahora no me ha ido mal del todo. Cuando cometo un error, reparo en el y luego me censuro y repaso mi falta tratando de hacer las cosas mejor, buscando recursos nuevos y más aceptables.

Tuvimos que aprender a desenvolvernos en nuestra soledad y eso instruye enormemente, da un sentido tal de responsabilidad, que te ayuda luego a esquivar los golpes que vengan de uno u otro lado, con la soltura de que presumen los grandes veteranos y así escapábamos mejor… Hoy con los pasos acelerados de los años, no es que seamos muy diferentes, pero nuestros actos son más pausados, -se nos va el alma al Cielo- tras las cosas más próximas y más fáciles. Y ese encantamiento abunda también en la sutileza de las pequeñas cosas que irradian igual ternura y acercamiento. Es el preludio de una nueva sensibilidad que va a ser más intensa a medida que nos vayamos alejando de la impetuosidad de la atractiva juventud. Con acentuada frecuencia nos fijamos en aquellas a las que antes no les dábamos tanta importancia… También ahora podemos entender que nos estamos haciendo viejos y con todo ello, difícilmente queremos reconocerlo y menos aún admitirlo, pero es nuestro subconsciente quien nos lo recuerda, que los años pasan y no en balde, dejando huellas que no podemos ocultar por más que lo intentemos. Y la torpeza al ejecutar algunos gestos o movimientos, evidencia nuestras incapacidades, delatoras a priori. Buscamos otros senderos, desviándonos del cotidiano camino, nos apartamos un tanto de la vida agitada de los nuevos esquemas de la sociedad moderna.

Mi antiguo vecino me ha dado una gran satisfacción con su espontáneo saludo; me ha devuelto la confianza, en lo que a la amistad se refiere, ha despertado, sin haberlo sospechado, viejos recuerdos de la infancia y aquella juventud perdida. Me ha devuelto la memoria de tantos y buenos amigos, muchos de ellos ya desaparecidos, ¿y quién sabe dónde? Y otros, lamentablemente, fallecidos. Aquellos acontecimientos, algunos endiablados que al recordarlos ya no me escandalizan, cosas de muchachos decimos hoy, pero travesuras a fin de cuenta, que no trascendían más allá... Y tantos acontecimientos imperecederos de esas horas vividas al calor de la familia y de las buenas compañías. La vida es eso, un cúmulo de acontecimientos que van pasando al recuerdo: nuestro pasado lucha en el huidizo presente y el futuro… Es la incógnita de todos nuestros días -pasados y presentes- en el último tramo del largo camino.

Me detengo en la contemplación, emotiva desde luego, del recuerdo de aquellas mañanas domingueras, cuando éramos niños. Nuestras madres nos ponían guapitos y se recreaban en uno, dándonos esa abundancia incontenible de cariño -como sólo ellas saben dar-. Cuando salíamos de nuestra casa a la calle para ir a gozar la Misa de las once de la mañana y se asomaban para vernos salir, y nos decían en voz alta: ¡Vete derechito! ¡Cuidado con los charcos! ¡Saca las manos de los bolsillos! Etc. Etc. Todo ese montón de cosas que nos decían, eran sólo un pretexto excusable para llamar la atención y que se supiera que “eso que iba por ahí” era suyo, que no había nada más hermoso que esa criatura. ¡Amor de madre!
Y fuimos creciendo sin que ellas casi se dieran cuanta, para más tarde o más temprano, comenzar la verdadera lucha, el gran enigma de la vida. Cada cual con sus virtudes y defectos que había que ir corrigiendo. El que no hubiera nacido para estudiar o que careciera de recursos económicos para ello, aprendía lo elemental. No había razón para apartarlo o que se sintiera menospreciado por nadie. Hoy día sigue siendo igual o debiera serlo. Tengo amigos de entonces que no llegaron a leer y escribir bien y hoy son portentosos millonarios.

Está demostrado que para triunfar en la vida. Sólo hay que proponérselo, aunque recibas muchos palos, en insistir está el secreto que muchos no saben; y al final conformarse con lo que Dios nos haya permitido cosechar, sea mucho o sea poco, y saberlo administrar, conformarnos. Que no conseguimos todo aquello que habíamos soñado, bueno, algunas satisfacciones nos quedarán: Promesas que hemos podido cumplir; la entrega personal para responder a nuestras obligaciones… El honor, -también es muy importante- y la suerte que no han tenido todos, el poder ir por la vida con la frente bien alta.

Ese amigo me conoce, ya lo creo que sí, y ha sabido valorar mi sencillez y humildad, de la misma forma que yo, desde mi punto de vista, al saber entender aquel sentimiento de su amistad y las excelencias de su persona. Nunca dudé de su gran sensibilidad humana.

Cuantas veces me detenga a considerar el valor que tienen los recuerdos, me sirve de consuelo incalculable, para no dejar morir la ilusión de vivir. Ellos están ahí, señalando los caminos y marcando con sus imborrables huellas los pasos que hemos dado, siempre buscando lo que aún seguimos sin hallar, porque en la vida nada tiene principio ni fin. Y, sin embargo, coincidimos en que hay un ocaso común para todas las fuerzas que buscan una respuesta a sus exigencias más íntimas.

La razón de recurrir tan insistentemente a algunos de esos recuerdos -que no descansan- es por nuestro afán de revivirlos- ¿No será un síntoma de delirios?.. Buscamos el tiempo perdido llamando en silencio al pasado y a el reclamamos todas las cosas que aún creemos que nos pertenecen, espiritualidades que ya no son nuestras, que silenciaron para siempre el amoroso canto de sus voces.



Celestino González Herreros
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celestinogh@teleline.es

¡ABUELO! ¡ABUELO! NO RESPONDE

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Apenas sin llegar la mañana, en plena madrugada, el abuelo era el primero en poner pie en tierra desde la cama. Sigilosamente, iba primero al baño y luego a la cocina, para hacer un poco de café. En lo que hervía, se acercaba a la terraza a cambiarles el agua a los pájaros y soplar la gaveta del alpiste. Ya con la tacita de café y dirigiéndose a la ventana, asomado miraba a la calle y se le iba la imaginación, a veces, buscando con los recuerdos, determinadas vivencias, distintos derroteros… En medio de tanto silencio, recordaba sus años mozos y caminar por esa misma calle, airoso, con la vitalidad de su juventud y la fantástica ilusión de querer alcanzarlo todo, con sólo desearlo. De hallar en la vida lo más hermoso y la mejor muchacha por compañera, eso por supuesto que sí; y llamar la atención por donde quiera que fuera.

Viendo pasar a las primeras personas en su ir y venir, adivinaba en ellas el sentimiento de libertad que estaban disfrutando y eso le entristecía, por que ya él no podía hacer lo mismo. Miró hacia atrás, de soslayo, por si alguien le estaba viendo, antes de secar las lágrimas que le caían. Y sacando un cigarro se puso a fumar, exhalando grandes bocanadas de humo que luego salían a raudales por la cristalera y pensaba que, si fuera tan ligero como el humo, también saldría en busca de la libertad, perdida con los años, ya viejo y sin saber qué hacer… Pensaba: qué hermoso sería correr por la playa chapoteando el agua de la orilla cuando sube juguetona la ola al romperse. Qué delicia cogerla con las manos y mojarse la cara acariciando la blanca espuma salobre. Y bajar por las veredas que circundaban al acantilado, cargando las frutas de las moreras para llevárselas a su amada. Qué ilusión entonces, encontrarse con ella, el fulgor de su mirada ya era su entrega y una sonrisa suya y sus pisadas sobre la arena cuando se le acercaba…

Lo había perdido todo, a veces ya ni recordaba y la vista se le apagaba. El viejo se lamentaba en silencio para que nadie le oyera, ya lo único que le quedara pertenecía a su pasado. Eso no le interesaba a nadie. Razón por la cual se levantaba tan temprano, para estar solo, con ese pesar y sentimiento suyo que con frecuencia le hacía llorar ante su impotencia y el dolor de no poder recordarlo todo como quisiera.

¡Ay, el abuelo está muy viejo, se siente tan solo! -decía el más pequeño de los nietos-
¡Qué pena siento por el abuelo! ¿Y porqué no querrá hablar con nosotros de sus cosas? Siempre está callado, mirando a través de la ventana, con el pañuelo en la mano.
Una tarde, sentado en el saloncito, en su vieja perezosa y mientras se balanceaba, fue llamando, uno a uno, a sus nietos que con él vivían.

-Siéntate ahí, acerca esa silla. Oye, ¿hace mucho frío hoy? ¿Será que estoy enfermo? Trae el retrato de tu abuela que está en mi mesa de noche y su abanico de dentro de la gavetita. No tardes. Mira, si ves que me lloran los ojos, en verdad no estoy llorando, es que tengo catarro. Tú me comprendes, ¿verdad? ¡Ay, nietito, qué feliz soy entre todos ustedes! Pero, ¿sabes?, me falta ella y no puedo conformarme. Mira, toma estas monedas, por favor, ve a la calle y cómprame unas flores… ¡Que estén bonitas! Y una vela… ¿A que no sabes que hoy es día de ella? No te acordabas, ni tú ni nadie. Es igual para ustedes, pero para mí… ¡Anda, vete y no tardes!
El abuelo se quedó solo en la estancia, con su arrugado pañuelo dándole brillo al portarretrato y colmándolo de besos mientras pronunciaba su nombre. ¡Ay, qué falta me haces y cómo se alarga el tiempo! ¿Cuándo estaremos juntos nuevamente?, es lo único que le pregunto al Cielo. ¡Cuándo!.. ¡Cuándo será!
Al otro nieto le pidió que le diera brillo, tanto a sus zapatos como a los de ella y su bolso. Que le quitara bien la tierrita. Que los pusiera cerca de su cama y que le sacara una camisa limpia, “que era día de ella” y había que celebrarlo.

Se fue a la terraza y, una a una, se ocupó en arreglar todas las macetas, regándolas posteriormente. Con nostalgia y mucha congoja, decía en voz baja: ¡Esta le gustaba tanto a ella y se está marchitando!, ¿qué podría hacer yo? También tiene sus años.
Y los hijos, ¿dónde están?, siempre ocupados. Y los otros nietos, ¿dónde está el pelirrojo? Que ya es un hombrezuelo, corriendo tras las chicas, “hombreando”, como su abuelo, cuando también era mozuelo y se las daba de conquistador. Las nietas, eso era otra cosa, ¡qué criaturas!, estudiando como locas, a ver si acaban…

Ya estaba todo listo. El retrato de la abuela con su ramo de preciosas rosas, con el cirio encendido junto al rosario y el abanico de nácar sobre la mesa de mármol. Pero faltaba el abuelo y fueron a buscarle hasta su habitación, donde yacía vestido sobre la cama, con el bolso de ella sobre el pecho fuertemente abrasado y una extraña sonrisa en sus labios dibujada y su cuerpo inmóvil.
Parecía estar contento.
¡Abuelo! ¡Abuelo!.. Y como no respondiera al tocarle, fue evidente la sorpresa al comprobar que había muerto y aún así parecía estar contento. Había partido en busca de la abuela, con sus mejores galas y le llevaba el viejo bolso y una sonrisa en sus marchitos labios, precisamente, el día de su santa.

Ahora se les recuerda a los dos juntos, como en los viejos tiempos, viéndose ambos con ilusionadas miradas, unidos por ese amor tan profundo. Ahora se les imagina más habladores, más contentos. Cuidando sus plantas. Y los pájaros no necesitarán de las rejas de sus jaulas, serán libres como ellos. Desde arriba verán crecer a los nietos, por que los abuelos siempre se preocupan como nadie de la suerte de los nietos. Los quieren fuertes y sanos, estudiosos y buenos hijos para con sus padres y hermanos, que se dejen llevar por ellos, para que se encausen bien en el torbellino de la vida y se casen y tengan hijos, luego nietos, para que conozcan el amor que los abuelos siempre guardan para sus adorados nietos.



Celestino González Herreros
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celestinogh@teleline.es

23/6/10

EL CLAMOR DE LOS AÑOS

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Ya el Sol declinaba cuando llegamos al pueblo y en tanto buscábamos donde dejar el coche que nos condujo al lugar, curioseábamos con la avidez propia del visitante, mirando aquí y allá... Buscando en cada rincón alguna motivación y de echo, no faltaron, de las que aún conservo buenos recuerdos.

El paisaje se fue abriendo ante mis ojos, brindándome en todo momento su esplendor, su luz radiante y colorido. Fueron apareciendo los motivos arcaicos los cuales iban condicionando mi fantástica curiosidad hasta llegar a extasiarme.

Como si se explayara sólo para mí todo el entorno; y aparecieron a uno y otro lado de la empedrada calle, de irregulares adoquines, las viejas casonas de anchos portales y gruesas paredes, vestigios de tiempos pasados que no mueren y están allí. Señalando su presencia, a ultranza, la huella ancestral reflejada en esa gloriosa y remota realidad.
Cada recoveco, cada calle decía más que todo aquello que no pudimos valorar en toda su extensión.

Cuando dejamos a buen recaudo el coche, decidimos ir calle abajo, en dirección al centro del referido caserío, previamente elegido para esta ocasión.
Las gentes nos miraban, bueno, así yo pensaba, como si estuvieran agradecidos por nuestra visita. Sabían por nuestras pintas que no éramos del lugar, uno se delata hasta por el modo de andar.

Los cuatro que componíamos el grupo, todos más o menos de la misma edad, pasado los cincuenta años, el momento de la vida de un hombre cuando se va dando cuenta de que, cada día que pasa hay otro que se acerca, gozábamos cada instante. Buscamos mil pretextos y sin querer confesarlos nos resistimos a aceptar la evidencia, lo que tiene que llegar alguna vez. Y nos lamentamos de no haber sabido vivir. Mas, ahora queremos apurarlo todo de un solo tajo y nos molesta que pase el tiempo tan rápido, que nuestras “resistencias” no calienten tanto como cuando teníamos veinte años de edad.

Estaba acordado, previamente, que saldríamos este día para resolver un “asuntillo” y aprovechando la conyuctura disfrutaríamos una jornada de recreo, si es que suena mejor. Y al mismo tiempo probar los vinos del lugar y lo que se presente después. ¡El clamor de los años! A rescatar del plácido paisaje todos los encantos posibles y a derrochar tanto entusiasmo que asoma en nuestros ojos con el brillo ilusionado que siempre aparece en la mirada ante el feliz encuentro de algo nuevo y que nos maravilla, como son esas estampas campesinas que quedan grabadas para siempre en nuestra memoria, desde los años más tiernos y que motivan sensaciones generosas al evocarlas y hasta llegamos a idealizarlas. Nuestros campos canarios aún conservan el irresistible atractivo que invita a la devoción y admiración del caminante; reflejan amor y dulzura increíble hermosura, calor y poesía. Todos los adjetivos de ternuras y exquisiteces aparecen en la imagen de cada uno de sus rincones. Sus tierras lozanas, atendidas y cuidadas con el esmero propio y el celo del curtido hombre que labra sus entrañas y las riega… Cada perspectiva nos dice su magnificencia, ese sello adorable que nos caracteriza, por ser ella, de la Naturaleza un trozo de madre que Dios nos diera.

Convenimos en preguntar a las gentes que pasaban o estaban allí, en ese lugar gastando sus días de vida. Ellos debían saber donde conseguir buen vino, que lo de la comida era otra cosa… Bien hicimos en preguntar. Nos dijeron que pasada la Plaza cruzáramos a la derecha, que no nos metiéramos en el caminito que conduce a otra parte. La calle sigue, apuntaron, una vez a la derecha y luego a la izquierda. Entonces siempre hacia arriba. Verán la parra levantada por las horquetas. Aquí, repetían, no se da más que buena uva y de ella salen los vinos. ¿Han probado los últimos? Cosa buena caballeros, hasta cura a los enfermos… Hubo uno que nos soltó una retahíla y otro compadre suyo, que nos hizo gracia. Tenían labia, los señores. Insistían: ¡Mejores no los hay!
Fuimos bien informados. Es bueno hablar con las gentes del campo, ellos saben y dan la impresión de que no mienten, son así de nobles.
Nos despedimos; y como se acercaban otros, levantamos anclas y a aprovechar el viento, que ya estaba bien…

Si tuviera tiempo disponible les acompañaba –decía uno de ellos- y les iba a presentar, como si fuéramos amigos de toda la vida, pero no es así, tal vez en otra ocasión, Dios mediante, pueda ser.

De verdad, tenía ganas de comer algo y la sed ya no la aguantaba, me estaba sintiendo de mal humor.

Al final de la pista la cosa cambió y otra vez comenzamos a ver casas. Estábamos rodeados de altos muros, amplios portones y nuevas gentes. También me llamó la atención un par de preciosas cabras de rebosantes ubres que llegaban casi al suelo, ellas tranquilamente comiendo la hierba frescas crecidas en los bordes del camino y de la calle, entre los adoquines empotrados en el vetusto pavimento.
Habíamos llegado a la indicada dirección o estábamos cerca de ella. Era la calle, nada de asfalto, sólo tierra. Aquello era distinto, piedra viva; con tantos años, quién sabe cuántos. Y tuve, de pronto, un extraño sentimiento. No, este episodio de mi vida, no podía pasar así, como cualquier cosa. Me sentía emocionado. ¿Cómo es posible, ante un motivo tan hermoso y tan nuestro, pueda nadie pasar desapercibido, por mucha hambre que sintiera y ganas de echarse sendos vasos de vino?.. Yo pensabas, para mis adentros, “¡OH, Dios, que uno tenga que partir algún día y se vea en la necesidad –mejor dicho, en la obligación- de dejar todo esto, tantas bellezas que hallamos en nuestro suelo canario!

Hoy si que no hallo las palabras adecuadas, sería una lástima quedarme corto en la redacción, en este preludio que armoniza el calor de tamañas sensaciones, frente a un espectáculo poco común y a la vez conmovedor. Esa calle que baja, a un lado y al otro casas y al fondo la mansión principal –y era allí donde iríamos a comer, en la parte alta de la casa, cerca de la ventana, mirando al camino. Sí, por donde habíamos llegado, casi sin darnos cuenta, hasta subir la sólida escalera que nos llevaría a aquella habitación comedor y a la acogedora mesa, donde apuramos los primeros tanganazos e hicimos un amplio despliegue de nuestras nuevas impresiones acerca del lugar, su encantador tipismo y su grata gente, extraordinariamente amables, que bien son merecedoras de nuestra admiración y respeto que sólo se ganan las personas que saben recibir al de afuera y al mismo tiempo nos saben respetar.

Estábamos pasando un rato sin cuento, ni me preocupaba cuántos años de edad yo tenía. Bueno, no los sabía en esos momentos, me sentía más feliz que el “pupa” y hasta mejor persona. Las papas estaban riquísimas. Y el pescado –viejas frescas guisadas- no digamos… Los comentarios del vino, ¿los hago ahora o después? Sigamos pues, hablando del gofio, del pan, etc. Siempre ocurre igual, bueno, póngannos otro litrito de vino. Ah, ya vienen con el. ¿Quién lo había pedido? Es igual. Pero hay que decir algo más, superando los pretextos. Si tuviera espacio suficiente, haría una apología del “morapio” de tal modo que abundaría en detalles, simplemente deleitantes. No se podía esperar un vino mejor, aquello fue una excepción o lo que dió la parra.

Aún es de día, tenemos tiempo, más que suficiente por delante. Dimos después de comer un paseo por los altos, a ver esos fértiles campos. Antes de irnos prometimos volver por allí a echarnos el repunchito…

Qué lugar tan extraño, parerecíera que uno estuviera soñando. Esa calle, con ese embrujo y su silencio y el sello que toda ella imprime, está diciendo más de lo que yo pueda señalarle. Si callo, oigo los pasos de antiguos caminantes, cuando traían o llevaban por sus angostos caminos el producto de la tierra y las semillas… Hay en su vertiente el clamor y hasta el roce de viejas vivencias que dieron a esos pueblos el sello alentador y poético que hoy tienen. Y aún hay ecos que pueden oírse, si al cerrar los ojos, caminamos –por ese ambicioso túnel de la evocación- para encontrarnos con ellos, los que nos dieron el nombre y nos dejaron las herramientas en el campo, amor a la tierra –que nos ha dado tanto y nada nos piden a cambio, sólo que no la abandonemos-.
Qué linda y generosa es mi tierra, no podría cambiarla, ni por nada, ni por nadie…



Celestino González Herreros
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celestinogh@teleline.es

22/6/10

HA FALLECIDO EN LANZAROTE, SU DESCONSOLADA ISLA, SARAMAGO

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SENTIDO ÓBITO AMIGO
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Los amigos de la niña “Piedad” rogamos por el eterno descanso del alma de Saramago, hombre que fuera en vida, modelo de buenos sentimientos; y máximo exponente en favor de la justicia bien aplicada, demostrado tantas veces clamando por “Piedad”.

Su voz no la apagará nada ni nadie, ni su sentido óbito ni ese eco personal suyo suplicando compasión para los inocentes y los marginados por los hombres…

A su dolida esposa y demás familiares suyos y amigos, Dios les dé resignación cristiana, Y que nuestras sentidas oraciones se oigan en el Cielo.

Celestino González Herreros
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SARAMAGO TUS ISLAS SE HA QUEDADO TRISTES

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Esa noche para mí pareciera que estuviera marcada con connotaciones extraordinariamente sensibles, no pretendo idealizar el momento, pero confieso que aún, siguiendo consternado con la fatal noticia de nuestro Saramago, no consigo salir de mi estupor, de la gran pena de haber perdido a ese gran hombre, aunque los ángeles del Cielo se lo hayan ganado… Hubiera preferido conocerle personalmente, eran muchas las cosas que hubiera deseado decirle, hoy son muchos los interrogantes frustrados, pero, sinceramente me emociona y a la vez compensan mis desconsuelos, leer, saber, escuchar cuántos elogios, tanto cariño de nuestras islas hacia él, los méritos callados para alguno de nosotros, su forma de vivir, pensar y despedirnos así, tan resignado y complaciente, tan entero y virtuoso, como siempre vivió, sonriente y amable con quienes le rodeáramos. Hay que ser muy grande para amar como lo hizo a una isla tan pequeña, sin distinción alguna, felizmente.

Su inseparable esposa necesita en estos momentos y más que nunca, nuestro incondicional cariño. Ella sabe mucho de ello, sabe cuanto queríamos a su hombre, a su gran talento y al genio que en él se hizo hombre y no un hombre cualquiera, un modelo solidario, humano sin reservas e innegablemente sensible ante las desgracias ajenas, rebelde ante las injusticias de los humanos obsesos y rencorosos, mal nacidos…

No cabe en mí, no sé… tanta ignominia, como no cupo en él. Cada hombre es, o debiera ser, libre al elegir su destino, él lo logró por haber sido siempre consecuente con los demás, con el tiempo, con las tragedias que otros sufrían, con el dolor ajeno, con la pobreza de aquellos que no podían salir de sus penurias. Saramago era como un centinela expectante e inquieto, como un verdadero amigo de lo justo; y nos ha dejado con su óbito, un surco abierto, fertilizado y abundantes semillas de amor que a la postre germinarán para nosotros, sus hijos de las islas canarias, a quienes nos dejó su corazón.


Celestino González Herreros
www.celestinogh.blogspot.com
celestinogh@teleline.es

21/6/10

EL HOMBRE DE LA BARCA

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Hasta llegar a la playa, junto a mi barca varada sobre el banco de arena, por el camino más corto fui caminando. Por los atajos de siempre, por donde pasara antaño cuando bajaba corriendo en mis amigos pensando. Con la ávida celada por los rincones busqué y no encontré aquello que estaba buscando… También habían muerto los árboles donde solía colgarme, las viejas moreras que nos daban las hojas para que comieran los gusanos de seda. Ni estaba aquella casita, la de la señora gruñona que me botaba piedras para que no me detuviera bajo la esbelta palmera en busca de sus dátiles. No estaban los perros que me ladraban, ni las cabras del señor de la cachimba. Ni la chocita abandonada donde jugábamos a los buenos y a los malos, tirándonos flechas hechas de cañas del abundante cañaveral al borde de los caminos, entre las verdes plataneras. Ni las atarjeas que llevaban el agua fresca y cristalina para el riego.

Los pájaros del campo, en nutridas bandadas, se posaban a picar los hermosos y rojos tomates y los frutos de las higueras. Había un nisperero tan cargado tan cargado de amarillos nísperos cada año, que hoy, sólo al recordarlos se me hace aguas la boca; en el muchos puñados cogí cuando bajaba a la Escuela y se los daba a la maestra –una señora mayor- que me quería “demasiado” a pesar de llevarle regalos, que siempre eran frutos del campo.

Yo le escuchaba embelezado, me agradaba oírle; ahora mismo me está induciendo a recordar cosas de aquella época que nos tocó vivir. Mientras me hablaba mi mente buscaba entre las cosas viejas retazos de aquella infancia y abundaron, en consecuencia, con la dulzura y la inocencia propia de los muchachos de antes.

Es posible que aún encuentre entre los agujeros del alejado tiempo, resquicios que me permitan ver cuando yo era pequeño… Algunos recordarán a doña Carmen Álvarez la maestra. Vivía y allí estaba la Escuela, en la calle Zamora, frente a la casa donde vivía doña Valeria, más tarde Residencia Sol, en Puerto de la Cruz.
La casa era terrera, con una puerta no muy alta y un escalón a nivel del piso. Tenía dos ventanas a los lados, recuerdo pintadas de verde. Una para la habitación de dormir y la otra, para la sala de las visitas. Entre ambas habitaciones había un pasillo que conducía a un pequeño pero delicioso patio, todo lleno de cacharros con plantas y flores; otras sembradas en sendas macetas de barro cocido. A la izquierda, seguidamente de la primera habitación era donde se impartían las clases, la cual comunicaba, asimismo, con una pequeña huerta donde tenía gallinas. Había un estanque pequeño y algunas hortalizas plantadas para el gasto diario. Hierbas pasa infusiones, hierba-buena, poleo, ruda, hierba huerto, perejil, etc. Y la célebre hierva luisa para las tazas de agua con gofio… A continuación, siguiendo por el lado izquierdo, la cocina, donde también hacía de comedor.

Doña Carmen vestía los hábitos de la Virgen del Carmen. Era muy religiosa. Le gustaba arreglarse bien para salir a la calle.
En verdad, me tenía verdadero cariño, tal vez demasiado. Y lo mismo para los otros “chicos y chicas”, se preocupaba por que aprendiéramos a leer, escribir y las cuatro reglas… Y hablando de reglas, ¡cómo zurraba! Cuando las cosas no se hacían como ella quería o no nos salían como tenían que ser. A mí me traumatizó de tal manera, que hasta soñaba con ella. Pero antes de seguir, permítanme contarles. Con tres o cuatro años de edad, yo era quien la depilaba, le liberaba las pelusas y algún que otro vello del bigote y la barbilla. Y era tal el pánico que me inspiraba, que hasta temblaba y en lugar de arrancarle los vellos, por cada uno, seis pellizcos con la pinza le daba y, a posteriori, seis realazos me daba.
Yo iba a vigilar en la cocina la leche que tenía al fuego, para que no se le derramara cuando hirviera. Le iba a buscar el petróleo a la venta, el pan, etc. A veces nos turnaba. Es que la pobre señora vivía solita, no tenía a nadie, así, a la mano y recurría a nosotros. El echo de salir a la calle y estar un rato libre era el mejor recreo. Y todas esas tonterías, propias de la infancia, que hoy estoy evocando y que fueron verdad, contribuyen en gran manera a la educación de un niño. A ver si actualmente los padres lo tolerarían y mucho menos los niños, tan proclives a su ego personal, desatentos y orgullosos. La fiel semejanza de lo que han hecho de ellos los propios padres, su precaria educación.
Todo se superaba, indudablemente que sí, y tal vez es necesario algo de disciplina, para que nos acostumbremos a ser, por lo menos, responsables en nuestros actos y conscientes de ellos.
Todos los días teníamos que rezar y se estudiaba el Catecismo “Ripalda” y Urbanidad, etc. Lo demás era secundario aunque también importante.

Como anécdota, no olvido que, para aprender a escribir la “P” mayúscula de Pepito, por ejemplo, fue a base de palmadas en la cabeza. ¿Cómo iba a salirme bien si estaba temblando?.. Lo cierto es que hoy, después de tantísimos años, aún me acuerdo de ella cada vez que la escribo y parece que la siento detrás de mí, porque aún no me sale tan bien como ella hubiera querido.
Nos ponía de rodillas en la puerta de la calle, sobre granos…con un gorro de papel pintado y los brazos en cruz con peso en cada mano, sólo para ridiculizarnos a ver si así nos aplicábamos más, o qué sé yo. Lo cierto es que le temíamos mucho a ese desgraciado castigo. Otra anécdota que me viene a la memoria –y ahora si acabo- . Antes las maestras iban a la casa de los alumnos, casi siempre buscando prebendas, -ponía mucho más interés por los niños- y daba igual la hora de la visita. Una noche, estando ya acostado, serían las nueve y más despierto que una lechuza, cuando oigo su inconfundible voz “medio santa, medio dictadora”, pero era encantadora. E instintivamente, apagué la luz y me hice el que llevara rato durmiendo. Como oyera que se acercaba a mi cama, junto a mi adorable madre, hablando precisamente de mí, me puse a contar en voz alta: Uno más uno son dos. Dos más dos son cuatro, etc. Y no paraba de contar, mientras que escuchaba que decía: ¿Ves lo que te decía? Es muy bueno este niño, e inteligente a la vez, hasta durmiendo estudia.

El hombre de la barca… Me hizo recordar con sus narraciones a doña Carmita Álvarez, ¡cómo son las cosas, nunca se lo había dicho a nadie! Aunque muchas veces he recordado aquellos días llenos de ternura, cuando el respeto se le inculcaba a los niños desde muy pequeñitos. Cando era para las familias el mayor de los orgullos tener a los hijos bien educados, que nadie de la calle viviera a dar quejas. Y hoy es lo contrario, por que sólo ven por los ojos de los hijos, por comodidad “muchas veces”, otras, ya sabe Dios por qué. Claro que hay muchísimas excepciones y eso es gratificante, triste sería que no fuera así. Tengo la suerte de reconocerlo y el orgullo de dedicarles, en la memoria y en el presente, a todos, estas espontáneas líneas. Que a pesar de tantos años ya pasados, perdura el respeto y el cariño que siempre les profesaré.


Celestino González Herreros
http://www.celestinogh.blogspot.com
celestinogh@teleline.es

15/5/10

¡TAMBORES DE GUERRA¡

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El año que pasó terminó mal y el comienzo del presente, que ha sido increíblemente nefasto por los hechos acaecidos y la zozobra consiguiente acerca del si y del no, ha sido también “extremadamente, de una evidente confrontación ideológica. Si analizamos las causas y los temores que sufrimos, así no se puede seguir viviendo, es muy molesto no saber qué va a suceder en definitiva. Pese haber estado agotándose toda clase de recursos; y no hay entendimiento posible. Por la tozudez de unos y otros, de aquellos directores de esta singular orquesta política, sin que se haya logrado el cese de las hostilidades. Y lo triste es que, la mayoría no queriendo más guerras, no se les escucha. Por más que quieran justificar sus conductas bélicas, otra cosa sería razonar y pensar en las verdaderas consecuencia que íbamos a sufrir. No se trata del juego aquel con los soldaditos de plomo, volvamos a la realidad. Desde luego, los más pobres, pese a vivir en piases tan ricos, serán las primeras víctimas y nunca dejarán de ser pobres de solemnidad, caso de sobrevivir... Funesto, visto desde cualquier punto de vista y ángulo de nuestro planeta.

Desde la desgraciada circunstancia de las Torres Gemelas, son influyentes, por el natural odio generado en los norteamericanos hacia el otro mundo y sus representantes políticos, el poderoso sentimiento vengativo existente; y cada día avanzamos más aprisa hacia el desastre colectivo, al menos eso es lo que tratan de hacernos creer. Pienso que no habrá guerra, a pesar de la testarudez y las provocaciones compartidas. Hay un mutuo respeto que les inhibe a la hora de declararse en guerra. Se agotarán todas las posibilidades, porque las hay. Dentro de ese respeto, en conciencia, aunque esté interferida por el egoísmo y el alevoso interés por la dominación exclusiva de sus respectivas fortunas, les domina también el temor consiguiente… A pesar de ello, repito, no habrá guerra, aunque suenen los tambores. Más parecen tanteos.

Sólo imaginarlo aterroriza. Las necesidades y carencias actuales que sufren esos pueblos... Las apetencias de sectores ambiciosos de algunos piases... Todos caerían en la misma tentación; y el afán colectivo va a despertar más furia, anulando toda razón y a la conciencia misma..

Así acabó el que se fue y sigue el que comenzó. Amargos calendarios, si miramos hacia atrás y vemos el tétrico cortejo de los enlutados acontecimientos universales, todo el mundo enfrentado por el absoluto dominio, sin reparar en el daño que se hacen así mismo con sus intransigentes posturas y apetencias egoístas. Despreciando vidas ajenas y arruinando todo principio ético, la cultura universal, despreciando la propia condición humana.




Celestino González Herreros
http://www.celestinogh.blogspot.com

UN RAYO DE LUZ EN MIS TINIEBLAS ME SORPRENDIÓ…

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Ordenando un poco el laberinto de mis papeles sueltos, donde en algunos hay escritas algunas historias de pretéritas vivencias que cualquier día pasado me dio por escribirlas y muchas de ellas no he tenido tiempo disponible para destruirlas o echarlas a la papelera…

Comentaba que estaba ordenando mis cosas, cuando hallé un sobre abierto que contenía varias fotos antiguas de mis padres de hace muchos años, siendo yo un niño de poca edad. Con las fotos en mis manos surgió o sentí un extraño silencio que se apoderó de mí; y que un rayo de luz en mis tinieblas me sorprendiera y sintiera un profundo sentimiento de añoranza indescriptible. Retrocedí en el tiempo; y mientras besaba las fotos, igual sentí rodar por mis mejillas algunas ardientes lágrimas. Súbitamente cerré la puerta de la habitación, no quería que me vieran en ese doloroso trance, necesitaba estar solo, muy solo, que nada ni nadie turbara esos sublimes momentos. No cesaba de mirarles con intensa devoción y con voz entrecortada por la emoción les musitaba palabras de ternura, de amor. Hasta me pareció verles mover sus labios, que aunque no dijeran nada legible, adiviné sus palabras y volví a besarles.

Nunca sabré qué tiempo estuve con ellos balbuceando frases que me salían del alma tratando de consolarles. Ya que por momentos sus facciones se entristecían o eso me parecía. Como si aún yo fuera aquel niño pequeño que llora por ellos.

Hoy, por que soy padre y hasta abuelo comprendo mejor… Que no es necesario comparar las edades, los viejos también sentimos igual que los muchachitos, tal vez más que nunca y les necesitamos de igual manera para llenarnos ese inmenso vacío que nos han dejado al morir. No recuerdo haber llorado así, ni cuando era niño. Siempre nos han hecho falta para ayudarnos a vivir felices.

Dichosos aquellos que tienen consigo a sus padres y pueden darles lo mejor que tengan y desean brindarles todas las atenciones que se merecen. Al tenerles la vida cambia –aunque muchos hijos no lo entiendan- y al perderles la vida se nos convierte en una inmensa laguna de soledades; y aquellos pasares, al pensar que no supimos hacerles todo lo feliz que ellos, sin palabras, sólo con hechos, nos lo pregonaban. Con sus silencios y sus bellas lecciones de amor. Con su abnegada resignación y sus oportunos buenos ejemplos.

Todos los días del año, sus huérfanos hijos, les recordamos con la más pura ternura, o sólo en días señalados. Sin embargo nos emociona mucho, es diferente el sentimiento que nos embarga, cuando vemos caminar por las calles del pueblo a tantas personas, de todas las edades, con ese regalito para el día de la madre… El mío lo llevo dentro y sólo le pido a Dios que se lo haga llegar, es sólo un beso…


Publicado en el Periódico El Día
Página 28 Sociedad 01.05.2.010

Celestino González Herreros
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4/4/10

¿QUIÉN NO HA VIVIDO GRATOS RECUERDOS?..

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La mente no descansa ni un solo momento, conciente o inconcientemente, trabaja incansable. A veces, parece que se bloqueara, pero no es así, sigue buscando desde sus raíces motivaciones que la inspira. Y suelen asaltarnos sus persistentes manifestaciones cuando incluso no queremos recordar aquello que nos duele, involuntariamente y sin pretenderlo alevosamente nos subyuga… Y ocurre todo lo contrario cuando acuden a ella los gratos recuerdos y nos entregamos complacidos, acariciando tantas bellas vivencias que jamás quisiéramos olvidar por cuánto para nosotros pueda representar. Revive nuestro espíritu plenamente; y no nos cansamos de repetirlos.
Son esos pensamientos tan veloces, a veces. Para ellos no hay fronteras ni distancias, nos trasladan hasta el confín más apartado sin apenas movernos de donde estemos. Son tan rápidos como el tiempo mismo. No hay mares que se interpongan ni vientos por voraces que fueran, capaces de torcer su rumbo, son indomables y nada ni nadie nos los pueden impedir. No se nos escapan, como se nos escapa la vida, de nuestras manos y podemos acariciarlos cuantas veces lo deseemos. La única dificultad que hallo en ellos, es que con frecuencia se nos agolpan, si se juntan unos con otros, pues llegan a confundirnos. Debieran acudir a nosotros ordenadamente, tampoco debemos apurarles. Seamos consecuentes y valorémosles, según con la fuerza y el momento en que nos lleguen; con sapiensa y toda la atención que los gratos recuerdos merecen.

¿Quién no ha revivido gratos recuerdos y disfruta recordándolos? He pensado muchas veces, que si cerramos momentáneamente los ojos, es como soñar despiertos, uno se traslada a aquella dimensión del pasado como si pisaramos y vivieramos en aquel onírico tiempo – aunque muchas veces algo idealizado- que deliciosamente nos obliga a sentir las mismas emociones que tanto sentimos, como si ese idílico tiempo se detuviera y hasta el tono de aquellas voces conocidas se repitieran y sintiéramos el calor de sus cuerpos amados. Como si oyéramos detrás de los nuestros sus pasos siguiéndonos y la risas aquellas se propagaran hacia los lugares amados y tantos rincones transitados, como fuera ayer…. Como si se hubieran despertado, aunque sólo sea momentáneamente, de su aletargado silencio, todos aquellos familiares acontecimientos.

Tan añorado tiempo, lo he gozado plenamente de buena parte de una vida que ha girado en torno a mis plateadas sienes, desde la mente y puedo asegurar que he perdido la noción del tiempo, otras cosas que estaba haciendo las he olvidado y sin pesar alguno, solo que el pan que tenía en la tostadora se me ha quemado, pero nada de eso importa tanto como haber vivido gratos recuerdos del pasado.

He conseguido aislar los malos momentos vividos, que todo no son rosas en el camino; y he dado aquellos pasos con la misa ternura y consideración, con la misma intensidad que ayer viviera, junto a tanta gente que ya no están entre nosotros y que dejaron en mi subconsciente la calidez de tanto amor y tantas anécdotas inolvidables. E igual cariño que estoy gozando de los que me acompañan, gracias a Dios; y que han contribuido siempre, a enriquecer mi espíritu y pueda como hoy, contar con ello en todo momento, en los buenos y menos buenos ratos que nos depare la vida; y si algunos me faltaran, iba a tenerles siempre en mi corazón como prueba de lealtad y afecto solidario.

Celestino González Herreros
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1/4/10

YENDO POR LOS SENDEROS OLVIDADOS

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Alejarnos del cotidiano entorno social con sus acostumbradas influencias y tomar los caminos que conducen a nuestras verdes cumbres, es como liberarnos del peso de nuestras obligaciones de rutina; supone, algo así como buscar nuestra paz espiritual, poniéndonos a merced de la Naturaleza. Nada es tan sublime como inspirar el aire de la montaña mientras ascendemos por las vertientes, al percibir sus naturales influjos y los aromas deliciosos de la vegetación.

Caminar por sus escarpadas lomadas esquivando los secos matojos y las piedras sueltas, supone una gratificante lucha deportiva en el sistema ecológico que vamos descubriendo paulatinamente, a medida que nos adentramos en ese mundo limpio y silencioso, como un especial entorno arrancado del Edén para que lo disfrutemos en vida. Me sorprenden, a veces, las aves, como si fuera un recibimiento informal al caminante solitario. Sin querer profanar ese místico silencio, uno despierta el encantamiento de sus pasajes aislados. Curiosamente, he llegado a confundir el eco de mi voz con otras voces que se hayan avivado de súbito al ser evocadas; el mismo acento, aunque sí, apagado por la misma lejanía de donde vienen. Son voces amadas, de seres queridos que se han ido y comparten el sigilo de las cañadas y los verdes pinares de nuestros montes. Son voces que van y vienen desde el Cielo y nos acompañan en ese aislamiento donde queremos refugiarnos tantas veces en busca de la paz perdida o hallarnos con uno mismo. Y tantas luces que se apagaron; y tantas voces enmudecidas para siempre... Cuántas cosas quedaron perdidas, cuántos murmullos ahogados...

Pisando la hierba húmeda, siento la sensación de navegar sobre la maleza. Un extraño sentimiento me obliga a huir un poco, necesito estar aislado, pensar y reflexionar entre aromas fantásticos y el mutismo del monte abandonado y desértico. Reflexionar oyendo la tenue música de la brisa que pasa y el débil canto de las aves... Oyendo voces amigas, respirando el aire perfumado y llenando mi pecho de ese aire revitalizador y otros poderes naturales, para poder comprender mejor el valor que tiene para el hombre esa imagen que en la distancia parece ser sólo un paraje que allí está estático; y es la verdadera fuente de vida que pocas veces hemos sabido valorar ni hemos podido disfrutar por tenerla al alcance de nuestra vista; inmóvil e inalterable... Sin entender, que arriba, en nuestras mágicas cumbres existe un fantástico cause de sublimaciones naturales capaces de transformar los conceptos espirituales del ser humano. Y su mundo tiene puertas infranqueables algunas, otras abiertas para el peregrino que quiera satisfacer su entusiasmo exotérico o desea descubrir senderos distintos que le acerquen a Dios a través de esa luz que se filtra por la espesura del follaje desde el Cielo hasta la húmeda tierra, la fresca hierba y la mojada pinocha; donde pisamos trémulamente bajo el rigor del Sol y cautivos del silencio nos envuelve.

Hoy voy solo, mi perro ya no está, se fue para siempre de mi lado. Ahora no tengo ocasión de llevarlo conmigo, sólo hablo conmigo mismo, aunque escuche tras mis pasos sus livianas pisadas como si estuviera presente... Pero no hay nadie, estoy realmente solo acompañado en el monte de todos los elementos que lo conforman, las aves y los otros animalitos que lo habitan; y mi exaltada imaginación, cegada por el contraste combinado de los distintos colores del entorno habitual y el mercurio ascendente de mi inspiración idealista y la abundante fantasía que brota en mí, inspirada por el maravilloso momento que gozo en contacto con la esencia natural de la vida.


Celestino González Herreros
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ERA UN DÍA DIFERENTE QUE INVITABA A VIVIR

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Quizás fuera que, el crepúsculo del alba prendiera el encanto de nuestros campos con su encendido fulgor de luz difusa al rayar el alba del nuevo día; cegándome su influjo matinal. Sentí, de súbito, renacer un poético impulso en mí. Todo mi ser se estremeció ante tanto esplendor que consolaba a la vez que hería; alegraba y descubría senderos que despertaban el adormecido encanto de nuestras vegas. Un día cuyo crepúsculo matutino fue distinto al de otros días de auroras mezquinas que ensombrecieron los caminos con el aire gélido del desencanto. Como cuando no cantan los ruiseñores en los aleros ni el gallo mañanero, porque está triste el cielo.

Oí sonar los clarines que anunciaban la nueva aurora y me invitaban a salir fuera, donde la luz estaba alimentando a las flores y las aves jugaban sobre las ramas, saltando contentas, como las vegas, como las trochas... Era un día diferente que invitaba a vivir y a correr por nuestros campos floridos. Entonces rompí la pared del mutismo anterior, fue como recibir un caudal inmenso de gozo que inundó a mis entrañas; y sentí desbordarse la incontenible euforia de mi felicidad; se escurría sinuosa y con avidez, por el cálido espacio que contemplaba, todo él acosado de prontas fantasías que iban surgiendo en ese ambiente condensado de luz y de amor, de sosegada alegría; de la vida misma que prometía ese bello amanecer, para que olvidara el dolor del próximo ayer que también se nos va alejando y nos hizo sufrir, que nos privó de esta luz mágica...

Sentí deseos de abrazarlo todo y le di gracias al Cielo porque estaba contento al despertar envuelto en esa aureola de paz que transmitía el nuevo día; vi las flores de mis huerto que resplandecían como perlas suspendidas por hilos de oro y plata, como si fueran rayos de sol alados discretamente.

El tiempo se detuvo allí, en las crestas del verde pinar, en la frondosa montaña, acompañada siempre de su silencio habitual, a veces sobrecogido. Y fue, al despuntar el alba, cuando te recordé más intensamente, y tuve la sensación de tenerte a mi lado. Siempre buscamos en los amaneceres, esa luz que nos brinda la energía del amor, la vida, estando juntos... Ya no lo estamos como ayer, ese ayer que dejó en mí vida tu último aliento, las últimas caricias que se ahogaron en el nefasto momento, como los últimos besos... Cuando te llevaban en hombros, sin poder detenerles, y oía tu voz diciéndome: Te quiero, te quiero, te quiero... ¡Y yo, ¿qué hago ahora sin ti?!No puedo escapar de mi dolor por más que lo intente. Tú estás en mis manos, en mis labios, en todo mi ser. Te llevo en mi alma, somos uno sólo, aún somos aquellos que íbamos siempre juntos por los campos, por los montes, también abajo, en los gélidos barrancos, gritando, llamándonos mutuamente, a ver si nos escuchamos… y como respuesta, hoy que invitaba a vivir sólo oigo el eco de mi voz que se apaga.

Tal vez sea el crepúsculo del alba matinal, y el silencio que me acompaña; quizás aún siga soñando, a pesar del canto alegre de los clarines que ahuyentar quieren mis pesares... ¿Estaré soñando, viendo la verde campiña y tú en ella jugando? ¿Oyes la fuente, cuando cae cantarina el agua que va riendo por el angosto arroyo y se pierde en el sediento suelo del polvoriento camino?

Mi silencio me dice tanto que ya me extrañan estos bellos amaneceres y sospecho de ellos, no sea que se detengan, como aquel lejano ayer y la faz del cielo se nuble... Prefiero seguir soñando y verte en cada uno de mis sueños, soñar que estamos juntos. Sin sonrientes amaneceres, viviendo entre las sombras de las nubes que van pasando, cogidos de las manos, mirándonos a los ojos. Sí, como era antes, cuando podía abrazarte y besarte. Cuando en tus miradas veía siempre asomada la felicidad que nos brindaba la vida.


Celestino González Herreros
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31/3/10

VOLVER A VIVIR EL PASADO ES POSIBLE

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Nada hay más grato que refugiarnos en el mundo de los recuerdos, llegamos a aislarnos de tal manera, que olvidamos cuanto gira a nuestro alrededor. Cerramos los ojos para apartarnos de la realidad, para entregarnos, en cuerpo y alma, al éxtasis de la contemplación de aquellas vivencias perpetuadas en el corazón y en la mente: el recuerdo de un pasado que no dejamos morir. Nada es, como caminar en dirección retrospectiva, para hallar las cosas y personas que se nos fueron para siempre. Ir por las calles de nuestros pueblos y poder detener el paso, para contemplar los rincones amados que nos sirvieron de escenario sentimental; y poder escuchar la voz amada y su risa, ver su andar familiar y beber su cálido aliento otra vez, aunque hayan pasado muchos años... Jugar en las plazas públicas con la muchachada, volver a sentirnos pequeños, cuando la mente se nos nublaba al querer descifrar los pequeños problemas que pudieran turbar nuestra inocencia en el difícil aprendizaje... La incógnita de la vida, cuando nos damos cuenta que vamos haciéndonos mayorcitos. La primera mirada que nos cautivó. Las primeras lágrimas y el extraño sentimiento de la responsabilidad, los primero suspiros de la juventud. Las caricias y la entrega abnegada de nuestra añorada madre; y el cariño del padre.

Siempre habrá algo grato que evocar mañana. Nada es más grato que refugiarnos en nosotros mismo y no dejar que se escapen las meditaciones que traen esas queridas vivencias, para poder vivirlas nuevamente y volcar en ellas todo el cariño y el calor humano que las inspiran. Aunque seamos viejos, mañana tendremos ocasión o esta misma noche, en cualquier instante, de repetir los ratos felices que disfrutamos ayer, con la misma intensidad...

Todo cabe en la mente, todo cuanto anida nuestro corazón, y con ello, somos dueños de nuestros propios deseos “volver a vivir” es posible, aquello que nos dio tanta felicidad. O puede ser que suframos al recordar, los ratos amargos. Pero, también, al llorar por aquello que nos hizo llorar, puede ser motivo para encontrarnos con la realidad y acabemos aprendiendo a vivir con los sufrimientos, hermanándonos con ellos, como un producto del mismo destino y podamos desviarnos hacia el comienzo, para volver a vivir todos los ratos buenos y poder, si no mitigar del todo nuestros desconsuelos, si participar de lo único grato que nos quede, los recuerdos alentadores de tantas horas ilusionadas que vivimos antes... Sólo se trata de elegir el momento o aceptar el que la Providencia nos depare. De la vida lo mejor es recordar, eso ayuda a seguir luchando por ella. El futuro es la incógnita... Se puede, con el presente, hacer mucho para complacer al espíritu. Cerrar los ojos es suficiente, para ver aparecer esas quiméricas vivencias y participar de ellas como en los mejores momentos. Oímos las voces amadas, escuchamos sus pasos y aquella musiquita preferida que tantas veces despertó sensaciones nuevas... La dulce sinfonía que orquestaban las brisas al pasar, perfumadas de idílicos aromas que nos embriagaban. Cuando caía la lluvia y nos acampábamos donde primero halláramos, para estar más juntos, mirándonos con ternura a los ojos, casi conteniendo el aliento, cuando nos “pretendíamos”. Toda una vida, dispuesta para que podamos repetirla nuevamente, a través de los recuerdos. Nos sentimos arropados y tiernamente acompañados, reviviendo aquel pasado que atesora toda la ternura y el amor que una vez Dios nos permitió disfrutar y que se nos va de las manos para siempre, que aunque lo haya atrapado el corazón para perpetuar su permanencia sentimental, también respetamos la soledad cuando no podemos compartirla...

Uno se siente poseído en la paz de los recuerdos, vagando con ellos quedamos enfrascados en sus hechizos: el éxtasis de la contemplación. Nada detiene al deseo del reencuentro, cerrando los ojos vemos los pasillos del templo de la ilusión, cual si fueran caminos que se abren hacia la otra dimensión... Hoy todo es distinto, somos más pobres y el deterioro acusado nos delata, es la evidencia, el paso del tiempo. En nuestros ensueños no pasa el tiempo, está en ellos detenido para siempre, con la misma ilusión de aquellos “episodios” tan distantes hoy y a la par cerca, a través de la evocación. Se detuvieron en la memoria y en el corazón, para inmortalizarse. No hay voluntad ajena capaz de destronarlos, son nuestros para siempre, mientras Dios nos permita que dure esta corta permanencia nuestra.

Anoche, mientras reposaban mis sienes sobre la almohada, no pude conciliar el sueño, todo el tiempo estuve galopando en aras de mi añorada juventud; y vi amanecer, aún soñando. Nada hay más bello y grato que airear los recuerdos y cabalgar con ellos a través de la oscuridad y el silencio de la noche. Unas veces, despertamos de esas fantasías con una sonrisa en los labios. Otras veces, nos damos cuenta que hemos llorado durante el letargo del sueño, y despertamos apesarados y tristes. Anoche fue distinto...
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Celestino González Herreros
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