17/12/09

EL PUERTO ES EL PUERTO...

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No sé si son los años, o hay alguna otra razón, para que me sienta cada vez más sensible contra las cosas que uno oye o lee a veces y que vienen desde la incomprensión y la mala fe que pulula por ahí, donde las tinieblas de la incapacidad estrangula toda idea fundamentada en la ignorancia y el desconocimiento de la verdad. Tantas especulaciones equivocadas que quedan en nada, sólo el ridículo del que son objeto aquellos empesimismados en no ver el lado bueno de las cosas, aunque estén palpando con sus manos la evidencia de los hechos.

Cada día doy gracias a Dios por lo que me ha dado, por permitirme poder asomarme al exterior cada mañana y saludar a nuestro majestuoso Teide; y ver, a tan poca distancia, desde la otra ventana, la mar que baña nuestro atractivo litoral y sus entrañables playas. Poder ver a los vecinos entregados a sus diarios deberes y placeres, moverse... ¡Ay de aquellos que no están entre nosotros porque les llegó la hora! Habrán tenido que rendir cuentas de sus buenas acciones o los errores pasionales cometidos, si los hubo; de todas formas, roguemos por ellos. En cambio, los menos pecadores habrán recibido la recompensa merecida, allá, en el Reino de Dios. ¡Porque los hay! Y, así pensando, aprovechando la casual inspiración, doy la vuelta y comienzo de nuevo, sin perder el espíritu que me anima. Pero, tropezamos, habitualmente, con aquellos efectos negativos que sólo buscan dañar la buena imagen que tengamos ante los ojos que nos ven, la evidencia misma que tanteamos. Buscan romper el encanto de la realidad, único propósito que les asiste, hablando o escribiendo cosas estériles de contenido, sin fundamento alguno y sí, alevosamente. Cuando se dicen mentiras con doble intención, queriendo empañar la imagen de lo bello, de lo que está bien hecho o no está tan mal, pero si atractivo. Cuando entendemos, o queremos entender, que lo hacen para atacar la labor hecha por quienes se hayan entregado de corazón en su empeño, por ayudar a su pueblo para que sobresalgan todos aquellos elementos mejorados; y los que ni soñándolos, han visto la luz de la realidad en el tiempo permitido y con la ayuda de los escasos recursos disponibles, eso es traición. Uno se indigna por dentro, sin perder la dignidad, qué es otra cosa.

Me es muy grato, cuando oigo decir la expresiva frase: ¡El Puerto es el Puerto! Todo es distinto cuando llegamos al Puerto de la Cruz. Sus gentes, sus calles, su cielo, su mar... El mismo clima y el ambiente cosmopolita que se vive. El Puerto es tranquilo, no es peligroso, es movido, inquieto y apetecible. Es limpio como pocas ciudades, concurridísimo y aceptable. Cuando entramos en el, es como si llegáramos a un lugar paradisiaco y encantado. Lo triste es que sean los propios lugareños, quienes más ignoren su valor, con tanta excelencias que tenemos y que ofrecemos al mundo entero. Por suerte, son una minoría los ingratos que no lo entienden y se dejan llevar por sus bajas pasiones inciviles y políticas. No lo olviden, señores, el Puerto será siempre eso: el Puerto donde arribar la barca ilusionada de tantos navegantes turistas enamorados que vienen a refugiarse en lugar seguro. ¡Apto para todas las edades!..


Celestino González Herreros

EL SILENCIO DE MI VALLE

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El Valle parece que gozara del sueño estival oportuno y placentero, como si aquella fisonomía de años atrás se hubiera alegrado y otros aires esperanzados le estimularan... Viéndole hoy, aún sin ocultar la huella del evidente abandono del que ha sido víctima, diría, que hasta el verde de su alegre platanar bajo el sol radiante de estos meses, brillara con límpida lucidez. La profunda oquedad de sus sombríos barrancos se pronuncia más oscura que otras veces por contrastes luminiscentes en sus claros márgenes de arriba, en la superficie, donde la campiña se abre al socaire de los rayos solares brindando su tierra fértil

Y el vuelo de las aves que regresan a sus nidos parece que marcaran otros ritmos que recuerdan melódicas sinfonías que sincronizan entre sí alegres notas musicales que se encuentran dispersas en el espacio etéreo, como ecos celestiales de armónicas alabanzas...

Pero, ¿qué le ocurre hoy a mi Valle de La Orotava, que hasta los caminos se alegraron y el campesino parece que sonriera más convencido y satisfecho de lo que suele estar habitualmente, mientras va sachando la tierra bajo el cielo azul que fulgura ardientemente y encandila como el agua cuando corre por la ceñida atarjea emulando al pequeño arroyo y al cortejo de la vida y bajo esa luz radiante, por su angosto cause hasta llegar al profundo abismo salpicando a su vera el entorno florido, como si de un juego angelical se tratara, celebrando la alegría de nuestro arcaico Valle?

Al otro lado del camino me arrimo, para asomarme curiosamente buscando más deleite en la abundante estampa del silente campo y me sorprende sobremanera, ver los frutales colmados de olorosos frutos de vivos colores ya madurados, y la hierba crecida, de exuberante sabia que se expande abundantemente a todo lo largo y ancho de los atajos y las orillas de los caminos hoy reverdecidos y profusos, que antes tantas veces anduve en busca de la hierba fresca, las flores silvestres y de la apetitosa frutas para ofrecérsela celosamente a quien al otro lado, siempre me esperaba al pie del vetusto castaño... Y seguíamos por las pendientes y escabrosas veredas hacia la era, donde nos sentábamos sobre las dispersas piedras del bordillo, íntimamente juntos, a contemplar la majestuosa alfombra verde, mientras seguíamos degustando la rica fruta que le había llevado. Abajo, hasta llegar al mar, se podía ver la estampa más emotiva que nadie pudiera soñar y a la par que deleitaba, transmitía bonanza y pasión y hasta que le dábamos fin a los apetitosos frutos hablábamos de cosas bellas, del milagro de la Creación, de la sensibilidad del ser humano cuando su entorno es la Naturaleza y el marco inspirador un rincón cualquiera con olor a campo, con la paz y el silencio de mi Valle: entre animales y flores, al lado de una apacible campesina que solo sabe mirarte y decirte sin palabras sus nobles pensamientos, con olor a brezos y a hierbales del campo mezclados con el de la leña quemada...

Todo el tiempo estuve acompañado de mi fiel amigo Lukas, que no cesaba de dar saltos y cortas carreras durante el trayecto circundado de abruptas y empinadas lomadas cubiertas de los acostumbrados matojos que crecen con sus desiguales y onduladas formas que trepan hasta la espesura del callado bosque a medidas que ascendemos por senderos y veredas según las vamos sorteando, para aminorar la distancia que nos separa del lugar inamovible y fantástico que nos ilusiona ver y cuyo enclave son nuestras entrañables Cañadas del Teide.
Caminamos aún un largo trecho hacia arriba, entre gigantescos pinares que en espesa formación parecen unidos sus ramajes que no dejaban pasar al sol, por lo que era tremendamente agradable la frescura bajo sus verdes ramas que asemejaban techumbre sobre la frescas pinocha y provocaba echarse, pero había que seguir...

Hacía un día espléndido, el azul del cielo y el verde del fresco monte mitigaba la sensación de cansancio e inspiraba profundamente idílicas percepciones que armonizaban con lo bello y silencioso del lugar y de los eufónicos cantos de la suave brisa que alguna vez acariciaba la piel y los sentidos, como queriendo eternizar para el recuerdo aquellos momentos llenos de eufórica evasión. Y hasta la tierra parecía que sintiera, al paso de nuestras sombras que lamían su desigual declive cuando le dábamos las siluetas reposadas de nuestros cuerpos y se escuchaba el quejido por nuestras parsimoniosas pisadas.

Lukas, media lengua fuera y sus nerviosillos ojos bien abiertos acechaba cualquier movimiento que surgiera y corría tras los insectos levantando gran polvareda en cada batida y no cesaba de ladrar y mirarme; me daba a entender que era feliz, que estaba a sus anchas y muy a su gusto haciéndome compañía. Como si me preguntara, qué cosa era lo que yo buscaba entre tanta vegetación, cuesta arriba y tanto silencio...

Atrás quedaba, en la fértil hondonada la esplendorosa platanera, y en el páramo más cercano nos detuvimos, sólo un momento, para asomarnos por si veíamos aún nuestros pueblos norteños que ya los iba ocultando la espesura del mar de nubes, que como inmenso cortinaje de esponjosas formas algodonosas corría presuroso hasta cubrirlo todo. Mi acompañante, al unísono que ladraba fijaba su atenta mirada a unos metros de distancia, como si algo se hubiera movido y me obligó a detenerme. Guiado por el interés del perro y viéndole avanzar sigilosamente pude comprobar de qué se trataba. Había una pareja de conejos preciosos comiendo hierbas tan distraídamente que no advirtieron nuestra presencia. Mas, Lukas seguía mirándome, como diciéndome que si atacaba o no. Verdaderamente, le tuve que contener si no se hace con las criaturas, y de verdad, no nos faltaba comida y esos animalitos estaban en su mundo, viviendo su vida... ¿Qué daño nos habían hecho?, ninguno. Di un par de palmadas y desaparecieron como por arte de magia. El perro me echó una fulminante mirada de rencor y me ladró dos veces seguidas, luego, tomando una piña de pino que hallé en el suelo, la tiré lo más lejos que pude para que iniciara el juego que tanto le gustaba y contento la trajo a mis pies, evidentemente seguía siendo mi entrañable amigo; le di un trozo de queso blanco y quedó feliz, como siempre cuando está a mi lado.

Haber contribuido, de alguna manera, ayudando a aquellos inofensivos animalitos del lugar, dándoles la oportunidad de que escaparan del salvaje instinto del perro, completó el placer que el paseo en contacto directo con la Naturaleza me estaba deparando, eran sensaciones incontrolables de desmedida bonanza, como la terapia espiritual que viviera un ermitaño...

Ya se adivinaba un día claro, más claro que el cielo de nuestro Valle y que despuntaba de entre las desnutridas nubecillas del monte, apareciendo, paulatinamente, el calor solar como una caricia reconfortante que invitaba a seguir sin aminorar la marcha. Mientras mi amigo jugaba con dos piñas de la abundante pinocha, mis pensamientos tornaron nuevamente hacia el Valle y me hacía la misma pregunta: -¿Qué le estaba ocurriendo al Valle, que desde unos días atrás lo veo más fresco y alegre? ¿Será una premonición mía, o tal vez sea cierto que otros aires le animan? Dios quiera, porque nuestra gente también se ha vuelto más optimista. ¿Acaso es cierto que la Providencia no nos abandona en estos cruciales momentos de evidente renovación y austera reflexión?
Con esos pensamientos anduve hasta detenernos bajo un frondoso pino y juntando un montón de sus desechos caídos, hice una buena elevación con los mismos y me eché sobre ella, con la mente perdida en arcanas meditaciones, acariciando la ardiente cabeza del perro que se alzaba insistentemente y no paraba de mirarme, guiñándome sus preciosos ojos con interrogante expresión, se acercó más a mí y descansando su cálido hocico sobre mi pierna, también se echó el plácido descanso de un ligero sueño reparador de energías antes de seguir caminando.

Reemprender el camino fue pensado y hecho, me coloqué la gorra y ayudado por un trozo de estaca que llevaba, comenzamos andar, ahora por el borde izquierdo de la carretera, disfrutando del delicioso paseo.

A menudo entablaba algún diálogo con Lukas, quien parecía como si me entendiera, respondiendo a mis monólogos con su nerviosa y mocha colita, que en agitados movimientos transmitía su lenguaje habitual cuando quería darse por aludido o intuía la necesidad de una comunicación expresa. Modalidad que yo, más o menos ya entendía, así como él comprendía mis connotaciones espontáneas y con intermitentes pausas, para no caer en el aburrimiento de la soledad y que por evitársela también consolaba al compañero más inmediato, el que nunca me dejará, sino cuando le llegue su triste hora...

Después de un largo rato y de haber hecho varios altos en el camino, bien sea saludando a algún conocido, o simplemente a alguien que se nos cruzara en la marcha por casualidad o imperativos de rutina, o para tomar alguna fotografía interesante de algún motivo que no podía pasar desapercibido por su singular encanto. Reparando en lo andado, iba notando cierta lejanía. De mí se fue apoderando un sentimiento de tristeza que evidentemente comprendía, era fácil de entender. Aunque estuviera mi fiel amigo conmigo me sentía solo. Y aunque hablara con las piedras del camino y con las montañas, no me contestaban y yo sabía que me oían... Y que adivinaban mis callados pensamientos. En ocasiones, yo miraba al Cielo elevando un sugerente y único sentimiento: -Señor, Vigía del caminante en estas alturas, ¿sabes, que tanta soledad me abruma? Estoy pensando en lo triste que ha de ser tener uno que irse "en el viaje sin retorno" y dejar todas estas impresionantes bellezas "TU Obra" y luego, no poder sentir jamás este silencio sobrecogedor, ni percibir nuevamente el perfume de la tierra seca imantado al milagro ecológico y ambiental de la florida retama de exuberante frescura, de nuestras violetas teidíferas y de los gélidos ecos de las brisas llegadas del inmenso océano de atlánticas influencias... La paz de mi Valle se acrecienta aquí, en el aire majestuoso de esta soledad, y a la vez, en este abanico de contradicciones y encantos. Se han despertados los hechizos y surge la irresistible visión de un encuentro sensorial excepcional, despiertan en la mente como un preludio celestial que anuncia la capacidad del hombre al poder alcanzar la belleza terrenal en nuestras cumbres y sus frondosos pinares que ocultan los misterios de un encantamiento bíblico y poético entre sus sombras y los claros del viril follaje con solemnidad y dulzura irresistible. Donde se refugian los sueños que con las brisas emigran hasta sus celadas, y como el águila solitaria vuelan a las alturas de aquellos peñascos gigantescos de elevadas prominencias a buscar la paz... E intuyendo con esta sosegada meditación la fortaleza de la mano creadora capaz de deslumbrar la ceguera del mundo, simplemente con la presencia de un trocito ilusionado de su Creación, en lo que a nuestro Valle se refiere, y sus faldas oceánicas y esas cumbres visionarias que se alargan y se pierden melodiosas hasta llegar al Teide, a dos pasos del Cielo.
Fue una experiencia única y al mismo tiempo puede ser repetido el placer que me produjo, porque ahí está, para propios y extraños, es un lugar entrañablemente respetuoso y bello, puedo volver a verle y sentir sensaciones distintas, es quizás, el lugar más pluriespectacular de nuestra Isla de Tenerife, varía su fisonomía al mismo ritmo siempre, más bello y atractivo, más impresionante. Ese es el paraje de nuestras Cañadas del Teide.

Y con estos pensamientos, después de haber pasado un día delicioso, tomamos el rumbo del regreso, luego de descansar lo suficiente e incluso, de haber charlado con alguna gente, que como yo, estaban tremendamente complacidos de haber sabido emplear inteligentemente el tiempo libre, y lejos del mundanal ruido...

Y como siempre nos ocurre a los canarios, en mi especial circunstancia, le comenté a mi fiel e inseparable amigo: -Oye bonito, sabes, desde hoy en adelante todos los domingos y fiestas de guardar, tú, quién nos quiera acompañar y yo, nos vamos a ir de paseo "pa" arriba que es donde estamos mejor.

Celestino González Herreros

¿QUÉ TIENE EL PUERTO DE LA CRUZ QUE EMBRIAGA?

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No mezclemos la política en este amistoso debate, seamos sensatos con nosotros mismos, no nos engañemos practicando la incomprensión, los banales rencores...

¿Cómo quieren ver al Puerto de la Cruz, vestido de gala siempre, pulido y falsamente maquillado? El encanto de una ciudad que atrae poderosamente, es, a veces, el desorden de sus elementos: una calle medio rota; casas deterioradas por la erosión del tiempo; un bohemio hablando con las estrellas; un perro haciendo sus necesidades fisiológicas donde le cuadró; bulla que sale de un bar - restaurante, donde sus clientes cantan alegremente baladas románticas de ayer. Algún mendigo pidiendo para comer lo que le sobra a tantos glotones; un anciano subiéndose la cremallera de la bragueta; niños jugando y corriendo en todas las direcciones, gastando energías... Dos individuos discutiendo en cualquiera esquina; una pareja de jóvenes besándose mimosamente. Etc., etc. Vida, movimiento, ilusión, penas y alegrías, locos sueltos... Que nuestro Puerto de la Cruz, no es una ciudad "dormitorio". Es todo lo contrario, aquí se viene a pasarlo bien, (a costa del sufridor) a gozar veladas alegres, a compartir con la juventud esa alegría que contagia y nó a ponerles faltas y cortapisas, ni hacer estúpidas especulaciones comparativas. Quienes hayan viajado y visto mundo, lo saben mejor que nadie. Pocas ciudades hay, que se preocupen por mantenerla limpia, como lo hacemos nosotros; lo triste es que cuidamos lo nuestro y luego vienen algunos "desaprensivos" de otros lugares, a ensuciarla; y todavía tienen el cinismo de quejarse por cualquier simpleza. Sinceramente, quienes hayan viajado, repito, habrán visto estampas más lamentables de las que pudieran aparecer aquí. (¿?)

Da gusto, cuando nos tropezamos con personas foráneas, y nos confiesan la satisfacción que sienten, al haber acertado eligiendo como destino turístico este "hermoso" lugar, nuestra envidiable isla de Tenerife. Nos llena de orgullo -un orgullo sano- oírles decir, que en realidad somos afortunados con tener lo que tenemos, que podemos presumir de ser privilegiados. Como en todas las grandes ciudades turísticas, hay cosas bellas, no por ser modernas, que también son bellos los rasgos que asoman en las zonas antiguas de las mismas, que hablan de su historia, nostálgicos resquicios que invitan a la contemplación y a la misma evocación... Por suerte, en Puerto de la Cruz, aún hay lugares de esos, que embriagan por sus bellezas y el sentido histórico de las mismas. Atributos heredados y no importados, que, a los que amamos lo nuestro nos gusta y es bueno que sea así. Historicamente, pésele a quién le pese, nuestra ciudad, es el lugar preferido de muchos...

Algo debe tener este lugar, que despierta tanta ilusión en aquellos que nos visitan; y dicen, no comprender la habitual indiferencia de tantos portuenses que niegan, sistemáticamente, nuestros valores naturales. Debe ser cosas de la política usurera.


PUERTO DE LA CRUZ LO TIENE TODO

Acabaron con los gallos domésticos, porque molestaba que cantaran cada madrugada e hiriesen los sentidos a los trasnochados turistas, víctimas de sus resacas etílicas. Acabaron con las parrandas callejeras, las célebres serenatas... Etc., etc. ¿Qué más quieren? A los portuenses nos gusta la fiesta, somos positivos. ¡Eso es salud! Lo contrario es lamentable. Mas, para complacer a las personas que buscan la absoluta tranquilidad, existen pueblos cercanos y ciudades tranquilas, donde puedan disfrutar de un placentero descanso y el sueño profundo deseado. Aquí, lo que hay que hacer, es, presentar cara acorde a las circunstancias, que los malhumorados sólo crean problemas, máxime si son los clásicos inadaptados, que, por más que reciban bienestar, nunca están a gusto, ni con ellos mismos.

Puerto de la Cruz es una ciudad limpia y así la queremos los portuenses y el mayor porcentaje de aquellos que nos visitan. Es una ciudad de ocio y de recreo, donde las horas transcurren felices, donde viene la gente a divertirse, a olvidar... No es un "sanatorio", aquí se viene a gozar y a pasarlo bien. Sin embargo, también es remanso de paz, alternativamente. Las gentes vienen ilusionadas y a llevarse buenos recuerdos y repetir la próxima vez... No sorprende ver a personas mayores disfrutando, en las plazas públicas, por las calles, tiendas y bares, en las salas de fiesta y hasta bien entrada la noche. Para la vida que quieren hacer, los que aspiran animarse, no hay tantos problemas de orden público, ni las calles amanecen tan sucias. Viajen a otros lugares para que se asusten y no hablen tanta paja de nuestra privilegiada isla de Tenerife.

Puerto de la Cruz lo tiene todo, si se le observa con buenos ojos. ¿A que sí? En todas las épocas hubo problemas, no más hoy que ayer, o viceversa. Analizando la situación actual de nuestra ciudad, insisto, hay un desdoblamiento sociológico injustificable, pero cierto. Nunca caótico. La ciudad ha crecido "exageradamente". Analicemos: En una misma calle de corta longitud, hay muchos comercios iguales, del mismo ramo. Todos no pueden prosperar a la vez, unos salen adelante y algunos arrojan la toalla, porque no hay tantos clientes y es más la oferta que la demanda. Luego, pues, es comprensible el enfado, pero no justificado. Imaginémonos que aquí inaguren tres explotaciones iguales al Loro Parque, es obvio que las ganancias del primero mermarían, pero al final se iban a pique los que menos capital tengan. Y así muchos ejemplos. Y, siempre no va a ser culpa del Equipo que esté gobernando, el que las cosas no marchen a gusto de todos. ¿Qué ha habido muchos impuestos?, ya se arreglará eso... Fueron necesarios para atender los gastos de infraestructuras, etc.

Puerto de la Cruz, necesita más comprensión y sobre todo solidaridad por parte de sus moradores, tanto portuenses como extranjeros que viven y trabajan aquí. Muchos de los cuales, no saben hacer otra cosa que protestar por "sistema" tanto política como socialmente. Siempre ha sido así. No se fijan en las cosas buenas que se han hecho, sólo en los desperfectos provocados intencionalmente por algunos desaprensivos… Y por que no ha habido dinero ni tiempo para enmendarlos. Cada uno de esos inadaptados, socialmente, listillos iluminados, arreglarían el mundo, no sólo al Puerto de la Cruz, en menos que canta un gallo; y sin gastar un solo euro.

Publicado en el Periódico EL DIA: 16.08.02

NO ES SÓLO LO QUE PARECE, ES LO QUE ES

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Con su pasito apurado le vi perderse entre las sombras de la noche; y me quedé pensando en las prisas que llevaba. Dicen las gentes habladoras, que va puntual siempre a enamorar con su elegida, linda trigueña de mirada penetrante y labios frescos que desvelaban todos sus exuberantes encantos. Dicen, que llega puntual a la cita, devorado por sus ansias irrefrenables. Mas, me quedé pensando, cuando yo era joven. De algo me acuerdo, aún. Hay cosas y vivencias que nunca se olvidan, están latentes en el alma, forman parte de nuestra vida. Cuando uno se hace mayor echa de menos la juventud pasada. Es un constante recuerdo de momentos irrepetibles, pero que alimentan al espíritu en la nostalgia y también, suele transmitirnos la sensación de poder abrazarla con el pensamiento, hasta ver traslucir de ella, la imagen que guardamos adentro como un santuario venerado que encerrara aquellos mágicos sueños e ilusiones... También los desamores sufridos y cuantos avatares nos deparó el destino.

Me quedé pensando en las prisas que siempre le llevan a sus brazos, cada noche, al verle cruzar la línea imaginaria que les separa, hasta verle perderse entre las sombras de la noche.

Y siempre me ocurre igual, me quedo en silencio, pensando largo rato, inmóvil ante la evidencia, ya casi sin fuerzas ni ilusiones que me animen. Meditando y al borde del espinoso camino, alelado y absortos mis pensamientos…

Es imposible olvidar la lozanía de aquellos años y las fuerzas sensacionales que transmitía aquel entusiasmo delirante que nos arropaba, como si nadie pudiera nunca torcer nuestros caminos y nos considerásemos invencibles. Hasta que fuimos cayendo en la cuenta, de que la vida es como un sueño... y la realidad es otra cosa bien distinta. Que el tiempo no se detiene y los golpes duelen. Que las heridas sangran, a veces, indefinidamente. Que no todo es dulzura. Que la hiel es amarga y que el corazón también llora.

Celestino González Herreros

9/12/09

VIEJOS RETALES PORTUENSES Y LA REALIDAD ACTUAL

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(I)

En el mes de noviembre se van acumulando los grises nubarrones, desde el ancho mar hasta la cumbre, para estacionarse sobre la parte alta del Valle; pasando primero por toda la ladera desde Punta de Teno, cubriendo la cordillera norte hasta ocultar por completo al Lance de Icod El Alto, del Municipio de Los Realejos, y vertiginosamente hacia arriba hasta el Teide, visto desde el Puerto de la Cruz, que no llega a ensombrecerse y permanece su cielo limpio mirando al mar casi todo el año bañado del sol radiante que alegra indescriptiblemente su cálida orografía. Se mantiene con modernas instalaciones hoteleras y asentamiento recreativos y de ocio, tan necesarios para complacer y armonizar la demanda turística a la cual se debe y que acoge cada año senturias de miles de forasteros que vienen amparados de nuestras excelencias urbanísticas. Curioso, antes se ganaba más dinero, comparativamente, y los visitantes se iban contentísimos, e incluso volvían. Hubo menos lujo y mejor atención al cliente... Recordemos, simplemente, los Bares y Restaurantes, siempre estaban llenos, la gente manejaba dinero porque lo ganaban bien, los trabajadores se hicieron sus casas, los negocios eran rentables, los Bancos prestaban dinero a intereses bajos. El sector de la construcción se movía ilusionado. Las tiendas de comestibles y de tejidos, lencería, peleterías, todo el mundo trabajaba. Los taxistas eran felices, no me digan que no, ni me vengan con el cuento de que la ambición mató a la Vaca de Oro, ella acabó de muerte natural y otros factores que no podemos obviar y que fueron imperativos ajenos a nuestros deseos y escasas posibilidades económicas. Pero, que habrá vacas gordas, no lo duden, hoy se perfilan nuevos horizontes y alentadores aires... No hay mal que dure cien años… esta “natural” crisis pasará como antes superamos otras tantas crisis. Aún no se le han tensado suficientemente las cuerdas de la Banca para que de una vez revienten y renazca la confianza en el sector empresarial sin necesidad de ayuda de nadie. Confianza es lo que falta para que genere la inversión privada y hasta pública y el motor de nuestra economía arranque. Pero aún hay que apretar algunas tuercas más. Mientras esperamos pacientemente, no bajemos la guardia, cuidemos lo poco que nos queda y no olvidemos que la impertinente crisis es mundial sólo que todos no saben luchar igual para poder contener sus nefastos efectos.

El Puerto de la Cruz, aunque siga siendo el lugar por excelencia y "puerto seguro" de la avalancha turística internacional existente, tiene otra importancia añadida. Es un lugar entrañable y acogedor, con tipísmo y solera y una condición social poco común. Pero, sólo eso no le basta al turismo, que con cuatro perras en los bolsillos, quieren conquistar el Paraíso; sin que jamás se les haya negado nada, y a ese precio, ¿que más podemos darles nosotros?, sin embargo dejamos abiertas nuestras puertas...

El Puerto de la Cruz de los años de la fama como Meca Internacional del Turismo, que por suerte, aún hoy sigue siendo apetecible por sus variados encantos era como un sueño... Hoy, sólo recordándole podemos recrearnos en él, con sus casitas terreras próximas al mar unas, las otras dispersas por los campos formando núcleos de familias de agricultores y ganaderos, o asalariados que fueron constituyendo los barrios. Aún quedan algunos vestigios de aquellos primeros años de laborioso empuje de esa época. Las casas enjalbegadas de blanco y las que no tenían azoteas lucían los rojos tejados, que hacía resaltar el verde de las ventanas a las que se les adjuntaban los pequeño y disimulados postigos abiertos hacia arriba y afuera, las puertas de doble hoja y ventana adosada. Los geranios crecían como por encantamiento por doquiera, los sembraban en macetas, en los muros o simplemente en cacharros de latón que luego colgaban en los lugares idóneos para alegrar el entorno con sus expresivos colores que comunicaban alegría y personalizaban las viejas costumbres. ¡Y cómo olían entonces los geranios aquellos! Luego las calles, todas ellas empedradas con piedras de nuestras canteras de la zona sur contorneadas con estilo y maestría, guarnecidas por los altos adoquines que bordeaban las aceras peatonales.

De la unión entre piedra y piedra nacía la pequeña hierba que en su conjunto y en los días invernales daban ese toque primitivo de las cosas viejas que agradan por su simplicidad, algunas, otras por su espontanea presencia y abandono, como un signo natural propio del lugar... Los rebaños de cabras bajando por los callejones, igualmente empedrados, sirviéndose de la hierba más crecida y dejando atrás, como los burros y las bestias, los inevitables excrementos que perfumaban junto al olor del orín la corriente suave del aire que cruzara el transitado camino.

Y aquellos carros de tracción humana, algunos, otros arrastrados por el animal, el medio de transporte más usual, tanto para el reparto de la leche, el pan, la leña, el carbón, mercancías, como los productos del campo. También para la recogida de los desechos, basuras, etc. Entonces era normales esos usos y costumbres y daban tal encanto al ambiente que al evocar hoy esas circunstancias valoradas como únicos recursos para la supervivencia nuestra, yo le doy un valor extraordinario, aparte del sentimental ante nuestro alejamiento en el tiempo.

(II)

Cuando hablamos de un pueblo marinero, debemos siempre tener en cuenta esa peculiar circunstancia que no puede ser omitida, por que al final se delata... es esencia particular que emana de un sentimiento íntimo y racional, y por supuesto, que estamos obligados a respetar. Por su historia, ese tiempo que pasó y representa para sus protagonistas algo tan sagrado, como el más exigente culto, por que forma parte de una época memorable para ellos, por que en esas páginas están impresos muchos sacrificios, muchas lágrimas y sinsabores... El hombre de la mar, ¡Por Dios! pienso, debe ser intocable, en el sentido de su descrédito, y sí, por el contrario aceptados con sus defectos, con sus escasos niveles culturales (eso era antes) con sus escasas capacidades intelectuales, y premiarles por su valentía, que es suficiente como para recordarles con especial ternura. Que nadie difame, ni haga reprobaciones cretinas de los hombres de la mar. Y en el caso de mi pueblo, de mi respetable Ranilla, mucho menos, por que peca de grosero y sucio y no debe tener buenos sentimientos para con los demás... ¡Cuánto menos, si es un hijo del Puerto de la Cruz!

Volvamos pues, a dónde nos quedamos en el anterior episodio.

¿Y quién no recuerda a los vendedores del Periódico, gritando la última noticia por las calles a la salida de los primeros ejemplares, que llegaban aquí dos o tres horas más tarde, por las distancias, desde los talleres de impresión?

Falta el canto del gallo en las apacibles madrugadas. Qué grato oírles desde la cama, el eco se repetía y se perdía en la lejanía. Aquí ya no hay gallos (de pico corvo y cresta, se entiende) molestaban al turismo y alguien dio la orden de acabar con ellos, como con los cochinos de rabo corto, otros en cambio fueron disculpados... Y también prohibieron aquellas extasiadas parrandas bajo la luz de la luna, al pie del balcón o la pequeña ventana, dedicada a la muchacha amada... Su música llegaba como una suave caricia hasta la almohada, como no queriendo turbar el sueño y sí, despertar un sentimiento tan profundo como los deseos del galante trovador. A veces, hasta en pleno mes de septiembre "llovía" algún cubo de agua, pero sólo saber que lo habían logrado admitía con placer la refrescante mojada, súbita e inoportuna. A la misma hora comenzaban a oírse el ruido de las escobas de hojas de palmera de los barrenderos de entonces, que junto al sonido agudo, impertinente y monótono del grillo macho, que con sus inquietas alas, duras y cortas producen ese molesto y típico canto que quita el sueño, trastocando como una queja melancólica el silencio de la noche. Cuando el pueblo amanecía estaba tan limpio de basuras que se podía uno sentar en el borde de las aceras sin ensuciarse el pantalón. Han visto como están las aceras hoy día y el pavimento de las plazas públicas, de los odiosos chicles, ello da verdadera pena, y eso no ocurre solamente en Canarias y nos vino de afuera...

Había menos porquería que hoy, o tal vez más espacios abiertos, donde a falta de urinarios públicos y propagandísticas papeleras, la gente a la salida del cine o de los bailes se cuidaban de hacer sus necesidades fisiológicas donde no fuera luego a pasar alguien. Hoy nos orinan hasta en las ruedas de los coches aparcados, y no hay quién los pille...

Y el señor cura era respetado, como los señores carteros, barberos, maestros de escuela, boticarios, etc., todos. Por que antes había "urbanidad". ¡Eso hoy no se conoce! -Y perdonen que emplee palabras raras al expresarme así: “Urbanidad”.

¡Qué diferencia, respetables lectores, es que asombra el cambio!
Volviendo a nuestro pasado, acerquémonos a él, a través del tiempo, a las costas marinas, desde las playas El Ancón, siguiendo luego por la de Martín Alonso (Los Patos), a continuación la de El Bollullo, la de Martiánez, San Telmo, El Penitente, El Muelle Pesquero del Puerto de la Cruz, los bajíos del Peñón, Punta Brava, Los Roques, El Socorro, San Juan de la Rambla, San Marcos y Los Roques de Garachico, etc. El olor de las algas llegaba hasta los pueblos colindantes. No había mayor ilusión que bajar a la playa, la prole completa, con sus casetas de campaña improvisadas con sábanas de dormir y unas cañas... ¡También han sido prohibidas! Y aquellas excursiones a los montes de Las Mercedes y La Esperanza, o a las mismas Cañadas del Teide, a las que íbamos con toda la familia, primero en camiones acondicionados a tal fin, a pasar un día de recreo, tanto viejos, jóvenes, como niños. Llevando la comida hecha y los garrafones de vino y todas esas cosas nuestras indispensables para sentirnos a gusto. No podían faltar las guitarras y los timples, el sombrero de paja ni el paquetito de la baraja para el envite, la mala y la perica, partidos animados con sendos vasos de buen vino. Esos usos y costumbres, también han sido prohibidos. Yo no recuerdo que hubiera incendios en nuestros montes, la pinocha se recogía para su uso, también doméstico, camas para los animales, elaboración del estiércol y otros usos, Pero lo más importante es que no había gente capaz de provocar intencionalmente, algún incendio. Había mucha y buena conciencia a pesar de las diferencias políticas y de clases...

Al cabo del tiempo uno se va sintiendo nostálgico, yo no sé si a todos les pasará igual. Así como recordamos, con tristeza que no ocultamos, de nuestra niñez, cosas ya perdidas en el largo caminos, vivencias de un ayer lejano que dejaron una huella imborrable en nuestra conciencia; también nos vienen, con el mismo sentimiento del recuerdo, todo lo que hicimos ayer, lo bueno y lo malo, por que es así de cierto, y nos sentimos acompañados en los momentos de soledad, como el niño aquél con su primer juguete o el joven que sueña poder llegar a viejo. La vida nos condiciona, a veces duramente para que podamos aceptarla como es, con sus perspectivas halagüeñas y esas otras consecuencias indeseables que nos vienen, avatares infructuosos, desmedidos y crueles, que decimos han sido sin razón alguna, pero que nadie nos oye... Aceptar todo lo que nos viene parece que fuera nuestro destino. Y así, frente a este panorama irreversible sólo nos resta la prudencia, esperar... Y entre tanto, nosotros los que antes hemos vivimos otras situaciones humanas y de diferente reciprocidad social, tenemos un gran consuelo que nadie nos lo puede quitar: los recuerdos.
Si, hoy todo es diferente, más abundancia, lo que genera más complicaciones. El hombre es más egoísta y tiene más de donde echar mano, más oportunidades para robar, engañar al incauto y adulterar la verdad. Hoy la vida más parece un interminable carnaval, aquellos que no llevan caretas puestas la llevan en el corazón. El honor y la vergüenza casi se han perdido. Los pobres cada día que pasa son más pobres. Los Bancos son más usureros cada vez y la vida más difícil vivirla. Con un panorama así, hay que ser muy optimista y fuerte para salir adelante. Sin embargo, aconsejo no tirar la toalla, esto tiene que cambiar para bien. Unamos esfuerzos y seamos un poco más austeros y racionemos un poco el gasto. Nos hemos acostumbrado a vivir como ricos y gastamos más que ellos.


Celestino González Herreros
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23/11/09

EL PRIMER CARRO DE LA BASURA Y SU BURRO

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Por pura casualidad llegó a mis manos una vieja fotografía, la misma que ilustra este espontáneo artículo, la cual me produjo cierta sensación de nostalgia. Con los recuerdos retrocedí en el tiempo, evocando de aquella época, vivencias enternecedoras. A tal grado llegó mi exaltación, al sentirme nuevamente muchacho y revivir viejos recuerdos de aquellos días tan lejanos e irrepetibles, que no cambiaría por nada aquel momento. Oí hasta el ruido del carro rodando por la calle Esquivel, donde vivía entonces con mis padres, siendo un chiquillo entonces. No se dejaba la basura en los portones o en las aceras. Llamaban a la puerta y luego entraban a buscarla siempre en el mismo sitio. Aquel respeto de antes era general en todas las personas, sin distinción de clases ni edades. Parece que estoy viendo al “Burro de Sarguito” con las orejas levantado y mirando a diestra y siniestra por si veía a su dulcinea, “La Burra del Fielato”. Lo que me extraña mucho es que no le hayan puesto una placa con sus honorables nombres, tan proclives en nuestros pueblos…

Para la generación de entonces, en la que, dada nuestra conformidad, ignorábamos el paso de las horas y del tiempo presuroso, cuando íbamos acercándonos a la madurez y a la responsabilidad inherente de la misma edad. Los juegos iban siendo relegados por las tareas del colegio, amén de otras tantas obligaciones. Cuando comienza aflorar el sentimiento de la angustia, el miedo a lo prohibido y las primeras sensaciones sentimentales que nos iban sorprendiendo... Todo aquello que perdimos y que, quisiéramos o no, siempre vamos a recordarlo.

Con frecuencia, por las calles adoquinadas, calles y callejones del Puerto de la Cruz, solíamos deleitarnos, entre otras muchas cosas, viendo rodar el carro de la basura, tirado por un sumiso burro, cuyo amo era don Domingo Perera Abero (conocido por “El Fatiga”), entonces Jefe de Limpieza del Ayuntamiento del Puerto de la Cruz, (no aparece en la foto). Después de recoger la basura y llevada al barranco San Felipe, allí la quemaban. A continuación volvían, ahora a recoger la comida para los cochinos que criaba el mismo.

De pie, sobre el carro, vemos a don Felix Perera Ramos, hijo de “El Fatiga” cuando era un jovencito, y ¡si será casualidad!, acabar siendo yerno de don Manuel Florentín Plasencia, de sobre nombre “El Canterrio”, vecino del barrio San Antonio, quien en la foto va caminando... Esta instantánea está tomada allá por los años cincuenta; y el camino por donde transitan, todo sembrado de tarajales, se llamaba <> por debajo de la finca y casa de don Juan Galán, entre ese lugar y El Charcón, en Playa Jardín.

Recordamos a don Manuel, con su cigarro entre los labios, serio y pensativo, ir de un lado a otro, con sombrero, alpargatas y en mangas de camisa. Era un hombre bueno y tranquilo, hasta que alguien tratara de molestarlo.

Así, como don Domingo, su hijo Félix y don Manuel, hubo hombres que bien se merecen el homenaje del recuerdo, porque han dejado, como buen ejemplo, su paso por la vida, a veces en circunstancias muy difíciles y sin desfallecer en ningún momento. Fueron leales a sus familias, las cuales salieron adelante, a costa de sus sacrificios y muchas privaciones propias de aquella difícil época...

Al tener en mis manos la foto que ilustra esta corta reseña popular, a tal grado llegó mi exaltación anímica, al sentirme nuevamente muchacho y revivir viejos recuerdos de aquellos días hoy tan lejanos e irrepetibles, que no cambiaría por nada aquellos momentos. Insisto, aún me parece oír el ruido del carro rodando por la calle Esquivel, del Puerto de la Cruz, donde vivía entonces con mis padres, siendo un chiquillo.

No se dejaba la basura en los zaguanes, portones ni en las aceras. Llamaban en la puerta de las casas y luego entraban a buscarla, siempre en el mismo sitio.

Aquel respeto de antes era general en todas las personas, sin distinción de clases ni edades.

Parece que estoy viendo al “Burro de Sarguito” con las orejas levantadas, mirando a diestra y siniestra, por si veía a su dulcinea “La Burra del Fielato” repartiendo mercancías a los distintos comercios. Entonces el burrito usaba pantalones para que no le molestaran las moscas.
Lo que si me extraña y mucho, es que no les hayan puesto un rótulo a modo de homenaje a alguna Plaza pública o calle, costumbre tan proclive en nuestros pueblos…

También la historia se escribe con estos anecdóticos rasgos que con el paso del tiempo se hacen entrañables y releerlos nos devuelven una buena parte de esas vidas antes dormidas en la lúgubre dimensión del olvido.


Celestino González Herreros
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ELSIE RIBAL HERNÁNDEZ SENSIBLE POETIZA Y RAPSODA

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Sus brazos parecen alas que se desplegaran con sutil cadencia al expresar lo que siente cuando recita sus emotivos versos; y se contonea como las olas del mar, como cuando remonta su inspiración poética. Hace de sus versos banderas líricas que ondearan en nuestro subconsciente cuando le oímos y le vemos desenvolverse y elevarse… Como si vientos melancólicos la impulsaran. Es como la flor violeta del estanque abierto de ese mundo onírico a donde nos transporta y nos deja inmersos; y que del exterior recibiéramos, a veces, la consideración debida. Nuestra notable rapsoda, como otros tantos bates, no buscan el nutrido aplauso del emocionado público, buscan otra resonancia menos ruidosa. La rapsoda y sensible poetiza, sólo busca llegar a calar hondo en cada conciencia y dejarles la semilla del amor que siempre ha sentido por su pueblo y su gente, a la que obsequia ese sentimiento altruista que la define.

Elsie Ribal Hernández, modélica figura y admirable persona de nuestro mundo llano y lírico, por pleno derecho, ha despertado conciencias, ha emocionado con su retórica habitual y ha convencido fundamentalmente con su ejemplar trayectoria literaria. Me confieso admirador suyo, desde siempre, por su forma de ser en lo personal, por su talento y entrega cuando rompe las mallas del convencionalismo estéril y con sus sentidos poemas nos coloca en ese plano sentimental que al alma susurra…

Dije algo de alas… Que sus brazos se agitan como si fueran banderas sueltas al viento, como si ondularan cual las olas del mar; creo haber acertado al definirla así. Es como un hermoso pájaro que sabe elevar su inquieto vuelo sin alborotar más en su ruidoso entorno, y si, por el contrario, nos apacigua gratamente cuando nos regala sus versos en admirables interpretaciones líricas.



Celestino González Herreros
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21/11/09

PIEDAD, SI NO, ESTARÁS CON NOSOTROS EN EL RECUERDO

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Las perspectivas respecto al caso de la niña “Piedad” cada día son más alentadoras, la razón se va imponiendo valerosamente y deja entrever una resplandeciente luz de esperanza que va aclarando la conciencia colectiva de aquellos que se niegan aún, empecinadamente, ver cual ha sido el calvario de esa niña raptada de los brazos de su familia de La Orotava, la que tanta felicidad le habían regalado. Discernimientos estos, que bien pudieran valerles para resarcirse del daño que han hecho a la inocente Piedad, a su angustiada familia acogerte y a tantos amigos suyos que tiene ya por doquiera, acá en nuestras islas y fuera de estas fronteras.

Reconocer los errores que cometemos a veces y tratar de subsanarlos, es quizás, la virtud más hermosa que pudiera valer para devolver la felicidad que torpemente hubiéramos arrebatado a quiénes les pertenecía; y a todos los que entendemos que entre el mal y el bien, ese debe ser siempre el primer paso, cuando deseamos regenerarnos y devolver lo que no es nuestro, a quienes ese ideal les pertenece. Es la única formula válida para borrar del pasado una pesadilla angustiosa e insoportable. Aquellas personas que contribuyeron, directa o indirectamente, en ese doloroso calvario que sufre Piedad y tantos niños y niñas que viven desafortunadamente su misma tragedia, iba a llegarles nuestro perdón a cambio de su arrepentimiento, ya que también ser perdonados alivia el peso de la conciencia y el terrible temor al castigo divino, aun siendo ellos simplemente ateos.

En este caso tan particular, hay dos modelos de madres. Una la quiere para sí y amorosamente, a la sufrida Piedad, a la que le ofrece todo lo que le garantice su justa felicidad y cuanto amor le compense de tantos sufrimientos… Y luego, la otra madre, la biológica, que ha demostrado en varias ocasiones que nunca la pudo hacer feliz ni darle el calor de una familia, tan necesario en aquella corta edad y que la entrega voluntariamente a manos extrañas de los distintos centros de acogida o como quieran llamarles, donde ha estado internada tantos años.
¿Cuál de las dos madres merece se la devuelvan definitivamente? La verdadera Justicia, oportunamente lo dirá.

Inocentemente, con la propia sensibilidad de las personas mayores, digo: Siento tanta pena, cuando pienso en la angustia que deber estar sufriendo Soledad Perera, la misma Piedad y el resto de sus familiares y miles de amigos y amigas, viendo las fechas que se nos aproximan y al sentirnos tan impotentes, sin recursos humanos y sociales posibles, sin aquellas conciencias amigas, sin ese apoyo tan fundamental que pudiera influir a favor de Piedad y que pudieran rogar a la justicia del hombre, que vea con claridad el dolor que estamos sufriendo quienes deseamos, por amor a Dios, que la niña vuelva a La Orotava en estos días tan señalados y de profundos acercamientos sentimentales; y no los entristezca , otro año más, la nostalgia y la consiguiente angustia.

Aún está como ella la dejó, cuando se la llevaron como si fuera una vulgar delincuente, su coqueta habitación con todas sus muñecas y demás juguetes, sus zapatillas… ¡OH Dios, esto es muy fuerte!, no puedo seguir escribiendo, me siento derrotado anímicamente, deben ser los años… Pero me sostengo aún, aunque esté sufriendo este descontento. Hubiera deseado animarles en vez de lamentarme…
Soledad, tú si que debes mantenerte firme, como hasta ahora, eres más joven. Y como siempre te he dicho: “A lo mejor te sorprende llamando a la puerta de tu casa, un día de estos”… Momentos que quisiéramos compartir con todos ustedes. Todos juntos. No dejes de avisarme, para celebrarlo también donde quiera que me halle y poder darle las gracias a Dios.



Celestino González Herreros
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18/11/09

HOJEANDO EL VIEJO DIARIO LEÍ...

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Por qué lloran tus ojos, ¿acaso me ocultas algo que no deba saber? Te he visto esquivar mis celosas miradas, para que no advierta tu pena, qué sería si no, tal vez amor, ese sentimiento que desborda en tu callado llanto... Dolorosa contemplación la tuya y qué sonrisa tan dulce que jamás nadie me ofreciera. Todo me advirtió de tus pesares... Hay imposibles en la vida que el destino señala como una cruel sentencia.

Antes me ilusionaba la primavera, hoy es el triste otoño la estación del año con la cual más me identifico. Ver caer las hojas del árbol me recuerdan a ese llanto tuyo y quisiera, entre las grises nubes ver el resquicio de un alegre claro donde aparezca el cielo y me recuerde tu cándida sonrisa... ¡Y he visto pasar tantos otoños!..

Cuando el aire se mueve presiento las brisas que antaño agitaron las hojas muertas que vi. correr por el húmedo terreno buscando el refugio de algún rincón; o de algún tronco caído de otro árbol muerto.

Hoy he vuelto a sentirme triste, por que te he visto, esta vez entre la muchedumbre, estabas ocupada en no sé cuántas cosas. Parecías el centro de todas las atenciones, todos te llamaban y para todos tenías atenciones de un ángel; a los niños acariciabas con especial ternura y a los viejos saludabas con reverente cariño y respeto. Te vi radiante entre todos ellos y yo desde donde estaba no podía hacer otra cosa que admirarte... No quería romper el idilio que vivías entre los tuyos y opté por apartarme aún más hasta no alcanzar a verte.

Por las calles caminé como si estuviera en otro mundo, ni veía ni escuchaba, me fui perdiendo en el sueño más profundo, en el abandono más grande que antes sufriera nadie, buscando en el silencio aquellas viejas vivencias... que siempre recuerdo. Entonces éramos unos locos adolescentes que ni sabíamos ni comprendíamos los peligros que acechaban tras una discusión por muy superficial que esta fuera, no creímos que un amor se pudiera romper para siempre por sólo discutir un par de veces, buscando quizás, entendernos mejor, o por celos... Cosas del amor, de ese fuego que abraza sin piedad y nos ciega. Te vi alejarte y pensé que sería como siempre, para volver mañana más dulce y cariñosa, pero no fue así, fue para siempre... Y el destino jugó sus cartas y desbarató el juego cuantas veces quiso, nos alejó, disfrutando con ello y dándonos ocasión de elegir nuevos caminos, a ti te indicó el tuyo; y el mío ha sido bajar por los laberintos más inhóspitos, unas veces, otras, cabalgando por el mundo de mis sueños y el pasado recordando, entre mis desvelos buscándote como cuando creímos haber nacido el uno para el otro, indisolublemente, que no moriríamos nunca ni envejeceríamos antes... Que en tus ojos se escondían todas las delicias del universo. Que seríamos como una primavera eterna viéndonos arropados siempre, por las flores más bellas y los aromas deliciosos que emanaran los pétalos de las rosas más hermosas, de delicadas tersuras. Un mundo sólo para amarnos... Y en nuestros destinos, que paralelamente divergieron sus rumbos, cada cual siguió su camino, apartándonos distancias inalcanzables...

Me habrás visto llorar, cuando miro a las estrellas y sonreír cuando me siento como una más entre todas ellas... He corrido entre la gente para verte mejor cuando cruzas las calles del pueblo y me gustaría verte perpetuamente tan feliz...

Seguiremos siendo amigos, aunque esquivemos nuestras impetuosas miradas, que instintivamente nos unen, acostumbrados a esquivar nuestros encuentros. Aquel pasado afectivo está condenado al olvido, mas, siempre habrán en el camino motivaciones que despierten algún recuerdo imperecedero que más tarde iremos dejando atrás como una consecuencia absurda de lo imposible y, obstinadamente seguiremos buscando, cada cual por su lado, la razón de vivir conducidos por la senda elegida, separándonos cada día más, hasta que acabe el camino... Entonces se habrán fundido, los razonamientos más leales, descansaremos en vida de esa persecución obsesiva que los mismos recuerdos implicaron a la fantástica devoción sentimental hacia ese afecto que nunca va a morir y que estará con nosotros mientras vivamos, acompañándonos simplemente, como un objeto sentimental que debemos cuidar...

Cariño como el nuestro es un castigo... Y ya sólo me consuela en este torbellino que vivimos, saber que tú estás segura donde estás; y de mí, saberme vivo aún para poder evocarte como eras en realidad y así sentirte más cerca... Cuantas veces lo he pensado, parece que sintiera tu aliento cerca de mí y en el silencio de mi soledad sólo tu voz he escuchado y he salido a tu encuentro, entusiasmado, y cual no será mi desencanto al sentirme tan solo como siempre, desde cuando tú no estás a mi lado... Y el aire perfumado que alienta la llama y aviva mi esperanza, hace sentirme cual dichoso peregrino que no se cansa al andar, que va rumbo fijo hacia algún lugar, desde donde le llaman... Oigo mi propia voz en ese eco bucólico de aromas mezclados que las brisas me traen con sus aires frescos que bajan desde los verdes pinares, desde las cumbres. Y la fragancia de la multicolor retama en flor que en las silentes Cañadas suspiran como mi amor en esa soledad enigmática... y se expande por las laderas como un lamento que rebosa del llanto prisionero que nos delata. Y despierta en nosotros el deseo de amar en el recuerdo, cuando ya te has ido. Y yo te veré siempre jugando con las estrellas e iré tras de ti, como una más entre todas ellas. Aunque tú no me veas, ni sepas que estoy contigo...

Qué lejos estamos de aquel encuentro, cuando nuestras miradas coincidieron y sin pestañear, nuestras almas se dijeron tantas promesas de amor, insospechables, y sin saber ese bello destino por designios divinos, cada día nos buscábamos y cada vez el milagro de nuestro amor nos juntaba más, repito, sin siquiera sospecharlo. Pero nos buscábamos necesariamente, con el propio deseo del verdadero amor, hasta que Dios disponga separarnos con la muerte.

Así será, uno antes y el otro después. Naufragaremos en las aguas tranquilas del inmenso mar de nuestras ilusiones… Juntos caminaremos por los atajos que hallemos, juntos compartiremos penas y alegrías, juntos lucharemos cada día, sorteando cuantas adversidades nos quieran desviar y lograr pretendan torcer este rumbo proyectado desde nuestro constante amor.
Cuando en silencio nos miramos, sin pronunciar palabra alguna nos confesamos. Ese lenguaje de las miradas, sólo Dios lo sabe interpretar; y nosotros transmitírnoslo. Son el aliento constante de nuestro espíritu, expresión esa que nos fortalece; y hemos llegado a viejos, también compartiendo nuestros sueños sin descuidar el camino afortunado de nuestro destino. Nos hemos marchitado juntos y juntos alguna vez y en otro lugar tantas veces soñado, volveremos hallarnos.

Este peculiar diálogo, poco habitual en la época en que vivimos y en los medios de comunicación escrita, puede que alarme o escandalice burlescamente a más de uno. Hoy prevalece, como todos sabemos, la noticia o comentario repelente, la burla y la venganza, los insultos, raptos, robos de todos los calibres, pornografía, etc. Este, mi inocente diálogo, sólo habla del amor… Dichosos aquellos que se sientan identificados con los argumentos expuestos. Al margen de tanta algarabía y corrupción existente, y al abandono cívico y social…
Cualquier comentario que hable del amor entre las personas, deja una huella imborrable en nosotros, despierta sentimientos ocultos. Que el amor siendo humano, también tiene mucho de divino.



Celestino González Herreros
http://celestinogh.blogspot.com

8/10/09

NOSTÁLGICO CERCO SENTIMENTAL

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Desde la explanada del muelle pesquero, intuyo, en el plano más distante de mi exaltada imaginación, al majestuoso Teide, entre brumas sobresalir con indescriptible elegancia, bajo el cielo azul, interceptado, como se ve desde el Valle, sólo por la cordillera que es nuestra ladera y que desciende hasta llegar a La Orotava, la siempre amada Villa, jardín de mis amores y lugar sugerente por mil razones. Más abajo, trasladado por los recuerdos, el Puerto de la Cruz, motivo esplendoroso de la Creación que cautiva al visitante y a nosotros nos llena de un sentimiento especial, con sabor a puertito de mar. Su aire yodado y salitroso, con olor al mujo de la costa que a sus brisas contagiaba; y el perfume de las flores, de tantos jardines que proliferaban por doquiera y la influencia de aquellas plazas públicas bien cuidadas, daban una nota placentera al ambiente. Era el Puerto de la Cruz un vergel que convocaba con la paz de su bonanza a la meditación lírica de poetas y pintores, de músicos y escritores, lugar de encuentro y descanso de grandes figuras universales de las Letras y las Artes.

Ahora mismo, mientras evoco, desde este rincón amado, aquella época sentimental de mi juventud, veo las “históricas” casonas, muchas desaparecidas, pero que conservamos en la memoria... La que fuera Real Casa de Aduanas y su calle La Lonja que se pierde hasta llegar a la de Santo Domingo; Casa de Los Machados, con su hermosa entrada, convertida en residencia de marinos y familias pobres; frente al muelle, recordada con nostalgia, Casa de la Sindical, separada por la calle San Juan, de la hermosa casona de Yeoward. Luego toda la calle San Juan. ¡Parece que en realidad las estuviera viendo! Y las demás casonas alrededor de la Plaza del Charco y la de las calles adyacentes, en casi todo el centro del pueblo. A mi derecha, estaba ubicada la enorme casa de la Viuda de Yánez. Le seguía la de El Fielato de don Juan Ríos, a continuación, donde estuvo la Parada de las guaguas; otra al lado y La Pescadería; la de Perdomo y a continuación comenzaba la tradicional calle Mequinéz, escenario de importantes episodios portuenses.

En los alrededores del muelle, junto a los anchos zaguanes, se veían algunas lanchas y lanchones, varados para protegerse de las inclemencias del oleaje o para ser reparadas periódicamente. El burro de Sarguito y la mula del Fielato, fueron animales muy populares en la vida laboral de nuestro Puerto, no podía olvidarles, pues estaban siempre por allí, trabajando como lo que eran. Casi todas las calles del Puerto de la Cruz, estaban rigurosamente adoquinadas. Era muy atractivo, con sus casas enjalbegadas de blanco, puertas y ventanas pintadas de verde y tejados rojos. Había los clásicos callejones, callejuelas pendientes y más angostas, donde en los fríos invierno crecía la hierba entre las piedras y por donde corría el agua de las abundantes lluvias hasta llegar al mar o eran absorbidas por las escasas alcantarillas.

En el Muelle había gran tráfico, asistido por los buques de Yeoward y otras compañías navieras. Las carretas de tracción animal, cargadas de guacales de plátanos, llegaban de todas partes; y entraban distintas mercancías. Exportábamos cuanto hubiera o diera nuestra tierra, con destino seguro y, en definitiva, de esa zona privilegiada del Puerto de la Cruz, se han escrito las páginas más bellas de nuestra historia, momentos buenos y otros no tan buenos, pero jamás dejará de ser el rincón más acogedor de nuestros pueblo, marinero por excelencia, convertido hoy en primorosa ciudad turística, próspera y acogedora, ciudad de promisión para muchos hombres emprendedores con dinero, que vienen y multiplican sus beneficios; y algunos, como ha ocurrido, se han quedado aquí para siempre y han hecho por estos pueblos del Valle de La Orotava, hermosas contribuciones sociales y son personajes de excepción en los anales histórico locales. Todo hay que valorarlo en su justa medida. En realidad, la convivencia en Tenerife, ha sido ejemplar respecto a las gentes que vienen de fuera, aunque siempre hay “indeseables” visitantes, a quienes hay que hacerles la vida imposible y acabamos echándoles de aquí.

Desde aquella romántica época, hasta nuestros días, todo ha cambiado mucho, se ha atentado brutalmente contra nuestro patrimonio histórico, no precisamente por gentes de fuera, han sido algunos desaprensivos políticos nuestros y sus cómplices, quienes acabaron con lo más bello que teníamos, aquello que nos mantenía conscientes y orgullosos de poseer los rincones más atractivos de nuestra geografía. Aquello fue una locura, una inmoralidad imperdonable que nos causa mucha tristeza, un mal irreparable.

El Teide, ahora está radiante y el cielo sin nubes, azulito... Ya pasó la tormenta sentimental de mis cavilaciones. Los verdes laureles de la Plaza del Charco, acogían distintas especies de aves, entre las cuales, hoy abundan las mansas tórtolas y palomas libres, los ancianos juegan con ellas, les llevan comida y las acarician tiernamente... Hay pájaros, pero nunca será como antes, o seré yo, que también he cambiado con el paso del tiempo. La Plaza está, o al menos me parece, más triste; no están aquellos miles de pájaros, cuando a las seis de la tarde regresaban a sus nidos y a pernoctar en ellos, ensordecían con sus alegres trinos. Ni están tantos amigos y aquellas gentes conocidas... Sólo veo a los niños jugar en el parque, meciéndose en los columpios. Antes era distinto, tampoco teníamos parques ni columpios ni toboganes... Pero éramos felices, buscábamos esa felicidad en cualquiera cosa que inspirara a nuestra imaginación... Con cualquier trasto inventábamos un juguete. Recuerdo hacer las duras pelotas de hojas de badanas; y con latas vacías de sardinas y ruedas de goma, hacíamos los coches… Éramos más improvisadores, con mucha más imaginación. Hoy los muchachos tienen de todo, es más fácil, pero flaco favor les hemos hecho, han perdido mucho tiempo y han aprendido poco de la vida, si tuvieran que enfrentarse a ella en difíciles ocasiones. No hemos querido que pasaran por los desconsuelos que se sufrieron en épocas pretéritas.
Volviendo al presente, Puerto de la Cruz ha sufrido la gran transformación del progreso… Y también nuestras gentes han cambiado o tal vez sea yo, quien lo vea todo tan turbio y desangelado. Las gentes ya casi no se respetan unos a otros, como era obligado en épocas pasadas, antes del “progreso”. Y no ocurre solamente en nuestra ciudad, el mal se ha extendido por doquiera, se perdió la solidaridad, las consideraciones aquellas para con los demás. ¿Qué está ocurriendo en la actualidad? ¿Dónde están nuestros valores? ¿Porqué imperan los hipócritas y los farsantes? ¿Acabaremos destruyéndonos mutuamente… y sin haber logrado satisfacer nuestras ambiciones? Unos lo quieren todo para sí. Otros están, como el ladrón al acecho… Los demás estamos expectantes a ver en qué acaba todo esto, pacientes pero en guardia. Siempre habrá un momento oportuno que nos permita resarcirnos de tanta miseria.
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AQUEL ERA UN LUGAR ENCANTADOR

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Barroso es un barrio de la parte alta de La Orotava. Intento hacer una semblanza, de cómo fue en la época de su máximo esplendor, hace cinco o seis décadas y no sé si llegué a idealizar ese añorado entorno ambiental, lo cierto es que me entusiasma la idea de señalar aquellas admirables excelencias, desde cuando fui un muchacho. Y puede ser que en esa tierna edad, fuera capaz de sensibilizarme excesivamente y me condicionara para ver las cosas desde distinta óptica y las interpretara más hermosas, entonces. Nada hay de particular en ello, ahora sólo pretendo revivirlas tal y como eran, con quienes le conocieron y con dicha evocación disfrutar de esos momentos entrañables que muchos de nosotros vivimos y no podemos olvidar.

Antes era de una belleza incomparable, jamás se repetirán tantos encantos juntos, por su conservación estética y eminentemente agrícola. Era lugar de transito obligado, para aquellos que iban hacia Las Cañadas del Teide, y su poético entorno ambiental era admirable. Nunca vi tantos frutales a la vez, los castaños y nogales bordeaban la carretera, desde La Orotava hasta muy avanzada la vía de acceso al monte. La abundancia de frutales enriquecían los terrenos cultivados y sus lindes. Abundaban los cereales, principalmente el millo; papas, viñedos, etc. La lista es delirante, por su variedad y exuberancia.

Por doquiera aparecían los típicos pajares o chozas con techumbre de paja y paredes anchas, confeccionadas con piedra y barro, donde encerraban y conservaban la cosecha recogida y las hojas frescas del grano y otras, por el ambiente húmedo que proporcionaban; y almacenaban todo cuanto recolectaban, millo, castañas, nueces, almendras, etc. Aquellas peras y manzanas de distintas especies, limpias y olorosas, despertaban el apetito de morderlas. Y el cultivo de la vid, con el característico peso de sus abultados racimos de uva, realmente impresionantes. Hubo ganado de calidad en cantidad y agua en abundancia.

Desde arriba se veía El Valle, que llega desde la cumbre hasta las espumosas aguas, donde dejan su blancura en la rizada mar las olas que golpean nuestras costas norteñas. Era cual falda verde que le cubriera y se veían, apenas algunas casas escondidas entre la frondosa platanera, donde también abundaban frutales y hortalizas; animada con la presencia de los circulares estanques de regadío, que refulgían desde la distancia, bajo los rayos del sol.

En las frescas tardes, eran obligados los paseos por la angosta carretera, un tanto melancólicos, cuando la bruma bajaba y nos envolvía. Esas tardes en Barroso, las recordaré siempre, cuando íbamos a veranear todos los años... Siempre había alguien que supiera rascar las cuerdas de la guitarra, y bajo la luz de la luna, peregrinábamos canturreando viejas melodías de amor o los aires musicales de nuestra tierra canaria. Entonces, en ese aislamiento, nos perdíamos en la espesura de la niebla, entre un mar de nubes y la cumbre, que parecía se dilatara en sus cromáticas formas, bajo el cielo obnibulado, más allá tachonado de estrellas que parpadean mimosas en la lejanía; acariciados siempre, por ese airecillo frío del campo, que tanto embriaga y enamora. Y en la soledad estimula los más recónditos sentimientos. Los animales, llevados por el risueño campesino, a pesar de llevar, calladamente, la pesada carga de sus desilusiones y quebrantos, iban y venían en ambos sentidos, llevando la espléndida cosecha a su destino. Las ventitas consolaban a los más sedientos con deliciosos vinos y jugosos quesos del país.. Los famosos rosquetes no podían faltar, ni los chochos...

Son vivencias enternecedoras que evocándolas ayudan a vivir y arrancan sentimientos ocultos en lo más profundo del corazón.

Barroso ya no es el mismo, ha perdido su antiguo encanto; ni las gentes son aquellos que conservo en la memoria y que me han dejado, con el recuerdo de sus vidas, la sensación de haber muerto también. Viéndole nuevamente hace sentirme como un extraño, en un barrio distinto. Los años lo han cambiado todo, aquel era un lugar encantador, donde solía soñar entre brumas y el perfume de sus frutales, viendo abajo, cuan verde era mi valle, ahora maltrecho y herido, dejándonos decepcionados al recordar las expresiones de admiración que antaño inspiraran a tantos sabios exploradores y científicos que venían a contemplarlo por sus bellezas naturales, universalmente reconocidas.

Barroso y tantos barrios de nuestro Valle de La Orotava, hoy, sólo son una quimera sentimental del pasado; al final de todo, aunque ya nada podamos hacer, brindémosle un último tributo de amor.

El progreso y las exigencias de la vida lo han trastocado todo y no es que estuviera aquel entorno de más, sólo si, me hubiera gustado que los muchachos de hoy hubieran disfrutado de ese lugar, tanto como disfruté yo y los de mi época. Esos días en contacto con la Naturaleza y viviendo la vida del campo, al menos para mí, fue como una escuela donde aprendí para siempre a entender la tierra, su generosidad inmensa y cuanto atesora, cuando se la sabe atender y se le da nuestro sudor y cariño. Compartir el tiempo con los campesinos nos enriquecía cada vez más. Practicar las labores del campo era trabajo duro, pero ilusionaba, así como lidiar a los animales. Aquellas tardes, acompañados de una vela encendida y el silencio del ambiente de recogida era emocionante. Y antes que saliera el Sol, ya estaban las veredas de las lomadas concurridas e íbamos a la faena, a aprender más cada día por si alguna vez lo necesitábamos a donde tuviéramos que ir a ganarnos la vida. Uno nunca sabía… Los muchachos de hoy debieran aprovechar las vacaciones escolares en estos menesteres, nunca se sabe, máxime si la situación económica empeora. Nunca se sabe… Y el campo hoy está abandonado y la agricultura. Hoy, sin poder evitarlo, exclamo: ¡Cuánto tiempo se ha perdido, sin pensar en los reveces de la vida!..
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20/9/09

COMO UNA BARCA QUE ACUNARA NUESTROS FRÁGILES SUEÑOS. INTERCAMBIO DE RECUERDOS

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¡Cuántas veces nos acompañaste con tu guitarra en las tardes nostálgicas de aquellos crudos inviernos, al calor de un fogón, interpretando dulces melodías y deleitando a los que nos rodeaban! ¿Acaso no fuimos dichosos en nuestra inquieta juventud, soñando siempre caminos nuevos y distintas experiencias?

La Plaza del Charco, cuántas vueltas a lo largo de tantos años, patio singular de nuestra comunidad, cuántos pasos dados alrededor de su geométrico espacio de tierra amasada con yodo y sal traída con nuestras ribereñas brisas, en cuyo epicentro ornamental aún conservamos nuestra monumental Pila y sus verdes ñameras como viejo y tradicional testimonio de nuestra lealtad hacia el tiempo pasado... Aún hoy es la misma de antes, cuando éramos muchachos.

Los laureles de India y las datileras palmeras que algo habrán crecido, aunque yo también las vea iguales. Allí nos encontrábamos siempre, cuando decíamos: "nos vemos en la Plaza..." Allí conocimos a las primeras novias (hoy diríamos amiguitas) y en ese entorno casi natural, les hacíamos ilusionadas promesas que no siempre podíamos cumplir, ya que el destino nos maneja a su antojo. Y, como dice una estrofas que conozco: “pero la vida es así, dos personas que hoy se quieren, tal vez se olviden mañana” En esa Plaza están grabadas todas las historias de amor de nuestro pueblo, sus baldosas son testigos indelebles de los romances más bellos, era el lugar obligado del encuentro amoroso...

Los paseos por los caminos de la Playa de Martiánez... El romántico Paseo de Las Palmeras que lo hacíamos interminable sin serlo, con las amiguitas cogidos de la mano. ¡Cómo lo recuerdo, oyendo el lejano eco de las olas al derrapar sobre la arena!

Los encuentros emocionados, cuando llegaba la novia sonriente, como un claro de luna que lo iluminara todo con su grata presencia.

La añeja casona del muelle pesquero, las lanchas varadas en la playita, y las que salían y entraban, aquel laborioso trajín de los barqueros y pescadores y el murmullo de sus voces en su propio léxico, descargando la hermosa captura cuando la faena era satisfactoria y los ánimos regocijados. Aquellas escenas las conservo grababas con natural emoción en mis cansadas retinas como un tesoro valiosísimo de aquellos tiempos que no volverán.

Aquellas parrandas en el día del célebre Baile de Magos, no te cansabas de rascar las cuerdas de la guitarra y cantábamos y bailábamos como locos sin apenas rendirnos. Donde estuviéramos reinaba la alegría propia de nuestra juventud ya perdida. Éramos inagotables.

Nuestro Puerto de antes, pueblo marinero... Qué bello y qué callado está en estos inspirados momentos de nostálgicos recuerdos que bullen en mi mente "el Puerto de la Cruz, el de antes", Presiento verle nublarse su típica alegría por que no está ajeno a la emoción que siento recordándole.

¿Sabes?, ya tengo hasta nietos de ambos sexo. ¿Ves?, tengo una enorme ilusión, me siento más importante que nunca. Ahora me gustaría vivir mucho para verles crecer... Sobran razones para cuidarnos, cuando he tenido la suerte de llegar a los umbrales de la vejez, presiento que la vida ahora será larga y habrá nuevas motivaciones cada día. Nuestro espíritu debe estar fortalecido y en nosotros está el que lo consigamos, sólo poniendo lo mejor de nuestra parte. Por más que nos acechen constantemente los reveces de la vida, por más que queramos evitarlo, será como quiera el destino. Tú te fuiste mucho antes. Primo, ¡hasta que volvamos a vernos!

Recuerdas, mi querido primo, aquellas juergas que corrimos juntos, tú con tu guitarra, acompañándote a todas partes… Muchos amigos éramos los del grupo, como una gran familia; y muchos son los recuerdos que guardamos de ti, aquellos que aún quedamos pataleando... ¡Si supieras, querido Luís, cuántos gratos recuerdos nos dejaste! Y, allá en Venezuela, también estuvimos juntos, cada cual con su familia.
Como una barca que acunara nuestros frágiles sueños, intercambio contigo aquellos gratos recuerdos.

No éramos espejitos mágicos de aquella pacífica sociedad. Los términos cambian mucho el concepto de las frases, decir pacífica no lo dice todo, digamos pues, callada sociedad, cuando teníamos que rumiar hasta nuestros propios sentimientos. Y, a mal tiempo buena cara. ¡No pasa nada! Los jóvenes, una vez nos vestían con pantalón largo, ya sabíamos pensar y mascullar la intolerancia, habíamos nacido en medio de la ocultación y sólo éramos producto de ella. Ahora bien, siendo jóvenes adolescentes, buscábamos cómo distraernos. Como ha sido siempre en todas las épocas políticas y sociales. Juventud parada es juventud muerta. Sólo el delirio de la ambición, las ganas de vivir, delataban al medio hombre y al hombre entero... No olvidemos que fuimos jóvenes y no muy lejos, fuimos la ilusión de nuestros viejos y hoy estamos honrando la memoria de cada uno de ellos.

En Puerto de la Cruz hubo varias parrandas, comparsas o como quiera que les dijéramos. Grupos de amigos conservadores de aquellas tradiciones que se reunían, como si fuera en plan familiar, para cultivar la costumbre de aliarnos siempre a la música para alcanzar disuadir al amor del ser querido, cantándole bajo la luz de la luna, tras las rejas de su ventana… Así de ridículos y románticos éramos, pero ya no podemos ser lo que éramos, nos lo han prohibido, aquello al parecer de los que mandaban, era insalubre, dañaba al cuerpo y al alma. Y, ¿ahora, qué? Este es un simple ejemplo de nuestro progreso… Ya ni los pájaros anidan en los aleros de su tejado, ni se oyen, cuando pasan las brisas, aquellos lamentos lastimeros. Ya, nunca más se prendió a media noche la luz de su ventana. Está mal visto.
Casi siempre eran las cuerdas de nuestros instrumentos autóctonos, las que vibraban en cada serenata, en los divinos de Navidad, en fiestas particulares, en distintos escenarios debidamente acondicionados, algunos. Nuestro ribereño muelle siempre fue, junto con la Plaza del Charco y aledaños, lugar de encuentro y desde donde partían las comitivas poéticas de los reencuentros amorosos. Muchos de aquellos buenos amigos, trovadores de la noche, aún viven, ellos pueden corroborar lo que digo, los más viejos, los de la época de mi padre, tíos míos y sus amigos, esos si no están, pero se alegrarían al saber que siempre les recordaremos.
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Con mi primo, Luís Herreros Álvarez, viví muy buenos ratos. Quienes tuvieron ocasión de conocerle y tratarle personalmente, en vida, pueden confirmar lo que digo. Al menos yo nunca conocí queja alguna respecto a él. En mente tengo muchísimas historias para contarles, pero no puedo extenderme como deseo. Era de un carácter invariable, despreocupado, cariñoso y sincero. Allá, en Venezuela, tuve la suerte de que viviéramos cerca, ya que estábamos en la misma ciudad, Barquisimeto, la ciudad de los crepúsculos. Muchas tardes, después del trabajo, solía visitarnos y estábamos juntos largos ratos, siempre recordando a los viejos amigos y las travesuras aquellas, cuando decíamos estar aburridos… Agarrábamos la guitarra y a caminar por el paseo de los tarajales en Martiánez. Alguna muchacha extranjera nos llamaba, nos saludábamos y a sus padres… No nos faltaba nada, sólo que el reloj no caminara tan rápido. ¡Qué hermosa es la juventud! Sólo que en aquellos tiempos había mucho respeto y el honor de los hombres estaba por encima de todo. Hoy sería imposible.

Celestino González Herreros
http://www.celestinogh.blogspot.com
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Estampa marinera del Puerto de la Cruz, pueblo canario con trascendencia universalista, un núcleo geográfico evocado siempre por sus tradicionales costumbres y por la bondad de su gente. Pueblo siempre joven y alegre, que conserva sus raíces, que no se mermó, que más bien crece y se orienta hacia todos los lugares del Planeta Tierra, por los millones de visitantes que nos honran siempre con sus visitas turísticas y se llevan las más gratas sensaciones, el calor humano que les brindamos, nuestra paz insuperable y la forma étnica que nos distingue por las excelencias que les hemos ofertado bajo este cielo inigualable y al amparo de nuestras cumbres y este mar lleno de leyendas...
Esta estampa nos devuelve gran parte de un pasado que parece estar presente y nos depara con la prestancia acostumbrada, el consuelo de la satisfacción adquirida en la contemplación más grata y placentera.