4/10/12

PRELUDIO OTOÑAL


El azul nítido del cielo ya comienza, en las tardes de los primeros días de Octubre, a cubrirse en la zona oriental, sobre la cordillera. Las nubes blancas y grises color pizarra, con amplios claros de tornasoles que resaltan su abundante espesor, contrastan entre sí sus naturales colores, semejantes a exóticas visiones. Mas, el azul del cielo aún predomina en la lejanía; detrás de las mágicas formas que van creciendo caprichosamente, cubrir todo el vacío quiere, mientras va muriendo la tarde. La luz va siendo tenue en el apasionado y singular panorama que fascina a la vez que nos recuerda que ya se acercan los atardeceres tristes de nuestros grises otoños...

Siempre he observado, con enorme entusiasmo, los movimientos y transformaciones de las nubes, estos elementos atmosféricos, ello por la diversidad de formas que en su acolchado aspecto nos propinan: caballitos volando; gigantes corriendo amenazantes; lobos bailando, unos, otros aullando; jirafas saltando; y todos los caprichos imaginables que llegan a parecernos casi reales. De niño, recuerdo que subía a la azotea de la casa de mis padres, para estar ratos larguísimos mirando hacia la montaña, sus sombras y las nubes que las proyectaban; contemplando el espectro celeste, tan limpio y de un azul dulcificante, que tanto me fascinaba. Esperaba pacientemente ese cortejo de la niebla empujada por los vientos suaves, los alisios que, en determinadas alturas, suelen animar el paso lento de su parsimonioso andar. De cuando en cuando, se agitan e imitan una danza cósmica y se funden en una sola cortina algodonosa y condensada que se disgrega lentamente y cobra formas diferentes, algunas de tétricos parecidos e ilusas figuraciones. Y cuando se están quietas, la danza parece quedar petrificada: los vientos orquestados han detenido el pulso melódico de sus ritmos y al unísono todas oscurecen; el fondo celeste del firmamento va siendo cómplice de la soledad de la noche que ha comenzado en el entorno alejado de la montaña... Y en el poniente, volviendo la mirada hacia ese bello paisaje, la línea divisoria entre el mar y el cielo se sonroja con fulgores encendidos de imponente atractivo, una estampa sugerente y hermosa, viendo la atrayente silueta de la isla de La Palma, más nítida y clara que nunca, casi al alcance de mis manos; y la mar serena, pincelada otrora de un rojo amarillo luminiscente, que va desvaneciendo, sin perder por ello encanto alguno de su poética presencia, que, cierto es, me cautiva irresistiblemente.

Quiero ver morir la tarde, hasta que lleguen las tinieblas a mi balcón, mientras la ciudad se agita, alegre y bullanguera.

El contraste es digno de mención. Ya el rojo, - sol de los muertos - va languideciendo lentamente y se pueden ver resurgiendo, abundantes velos teñidos de un naranja débil, que agoniza en la distancia, sobre el mar fulgente. Aparecen de súbito, unos nubarrones renegridos que se precipitan torvos sobre los últimos claros... Que se deslizan majestuosos, como queriendo suprimir los agónicos suspiros de la tarde, sombreando las desteñidas rieladas de la mar sumisa y quieta, adormecida con calma senil; y el encanto de La Palma, que se ve allende en el horizonte, isla perfilada entre resplandores del ocaso, vivo aún, desvaneciéndose poco a poco ante mis ojos, obnibulando el entorno poético que me ha inspirado tanto, haciéndome cómplice de la soledad de la noche.

Muchas son las horas superadas en el tiempo, buscando que la ilusión se materialice cuando soñamos; y pocos los momentos renunciando al encuentro, pues ya buscamos la materia de la vida en esos sueños... Si a veces erramos en ese intento, porque fueron motivos imposibles, bien es verdad, que ignoramos si estamos dentro o fuera, cuando soñamos en ese mundo maravilloso que tantas veces nos devuelve la verdadera felicidad. Por eso es bueno vivir soñando; y yo sueño, y me cuesta despertar algunas veces. Las nubes me recuerdan el movimiento de las góndolas, deslizándose en el angosto canal, de la fascinante Venecia, buscando la libertad: otro, un ancho canal donde son cómplices los enamorados con las sombras de la noche; y llego a comprender las prisas que llevan, cuando se agolpan entre sí, queriendo ocultar esos sueños en los rincones más íntimos. Como si también tuvieran alma y alas para volar en busca del refugio que, los mortales buscamos para no ser vistos y vivir en paz consigo mismo. Y poder ver las hojas muertas caer sin piedad en las gélidas tardes de nuestros otoños, como una sentencia que se repite cada año, para recordarnos nuestra efímera existencia a través de cada otoño que va pasando y atrás tantos gratos recuerdos van dejando... Como en el monte las aves y en la campiña, sus nidos de amor, hasta mejor ocasión, también van dejando... 

Celestino González Herreros 
http://www.celestinogh.blogspot.com
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1/10/12

ESPERANDO TRAS LA VETUSTA VENTANA



Estaba avizorando entre la tupida y frondosa vegetación del hermoso jardín, cuando me atrajo poderosamente un lindo y minúsculo pájaro de color verde, que, muy cerca de donde me hallaba jugaba con otro de su misma especie, cortejándose ambos mutuamente entre rituales amorosos e incansables arrumacos, entregándose al idílico y tierno juego del amor... Sonreí distraído, sensiblemente conmovido; y volví la mirada hacia otros objetivos; busqué entre las exóticas plantas las que aumentaran más mi evidente entusiasmo, y me detuve en mi observación donde estaban las diminutas violetas cuyas flores lilas destacaban esplendorosas en el cantero central, guarnecido su espacio de alelíes blancos minuciosamente cuidados... Así consumía yo mí tiempo de ocio, entre plantas y aves que vivían libres en ese romántico entorno lleno de silencio y melancolía, donde se conjugaban la armonía del multicolor floral y sus aromas excitantes, de las flores su delicado perfume junto al olor peculiar de la humedad de la tierra. Los rayos del sol apuntaban en torno a mis pies, con infiltrados tangibles a través de la espesura del ramaje de los esbeltos árboles de prolongada verticalidad, buscando la luz y su calor revitalizador. Avizoré también, desde mi ventana en el jardín, la nitidez del azul celeste, cual si fuera un endiosado amanecer que invitara a volar, a escapar del verde clorofílico, junto a las aves que coreaban en el apacible silencio con sus alegres trinos, emulando poéticos cantos hacia una mística primavera que comenzara, abajo, en el jardín, en este vespertino encuentro del ilusionado sueño que no debiera interrumpirse jamás, aunque deje mi vida en ello.

Caminé en ese mudo y profundo trayecto lleno de soledades, buscando la evasión y en su proyección sólo vi la luz, arriba, que nunca pude alcanzar...

Y en mi jardín deambulé como en cada nueva primavera, me fui de un lugar a otro buscando cuál fuera la flor que se abriera primero. Presintiendo la llegada de las mariposas y abejas de siempre, corrí hacia sus ansiados encuentros y viéndoles libar en las flores primeras, hubo en mi subconsciente un lapso de nostalgia y en mi corazón un sentimiento dolido al verme tan solo esta vez, sin ella a mi lado, sólo plantas y flores, arbustos desmelenados y las aves mañaneras; y esas bellas mariposas y las golosas abejas... pero ella no estaba para que, como cada año, me consolara en mis delirios de primavera... De jardinero delirante que sueña con sus huertos todos sembrados de flores y esperaba cada año la resplandeciente luz primaveral cuando el alba despuntaba sensiblemente perfumada y la recibíamos desde la vetusta ventana, juntos los dos, para ver la flor primera...

Hoy, este nuevo amanecer trae un mensaje distinto, las pesadillas del sueño anterior, que no dejaron de atormentarme, esta vez no van a impedirme que la vea, para darle todas las flores de nuestro jardín, ¡todas a la vez! Y si no  la viera... oiré el canto de las aves y sentiré la cálida brisa; y los aromas inflamarán de ilusiones nuestros viejos corazones, habrá una eterna primavera para los dos desde mi triste ventana, proyectada hacia el Cielo. Hoy sólo me queda ver el paso de las aves en sus callados vuelos, cual mensajeras de mi amor, un vuelo ilusionado de mi débil corazón inquieto por volar... Y en esta, o en la próxima primavera, llevaré conmigo todas las flores de nuestro jardín, para que alegren aquellos rincones por si allá no hubiera flores, para cuidarlas entre los dos.


Tras la vetusta ventana, la mirada perdida sobre la mar tendida, diviso allá, a lo lejos el estático horizonte solícito por momentos. Más acá, la lluvia pertinaz cayendo sobre el frió asfalto, al otro lado del tapiado jardín. Hasta donde mi vista alcanza a ver, diviso a las gentes, los coches rodando en distintos sentidos, la bulla callejera también la intuyo, el incesante ir y venir de unos y otros, los primeros a cumplir con sus obligaciones, a satisfacer sus deseos; los segundos sin saber a donde van, sólo tratan de imitar a los que se mueven, sin saber porqué y acaban sin llegar a ninguna parte.

El mundano acontecer de los que viven sólo para vivir; y yo, en cambio, espero tras los arañados cristales de mi ventana por si la veo aparecer. Pierdo, a veces, la cuenta del tiempo, aunque lo sienta pasar presuroso, sin detenerse... Sin entender que ya no dispongo de mucho más y temo no estar tras los húmedos cristales, cuando vuelva la nueva primavera y no sepa ir solo a dar con ella.

EL MÁGICO SILENCIO DE CADA OTOÑO


Apenas cayeron unas cuantas gotas, como presurosas lágrimas desprendidas del cielo gratamente recibidas y tan necesarias. Al siguiente día el verde de nuestra vegetación resplandecía, las hojas de los árboles brillaban cuando en ellas se reflejaba la luz del Sol. Como si hubieran cobrado vida en sólo unas horas…
El agua es fuente de vida, también para el hombre. ¡Cómo alegra a las plantas y al ambiente de su entorno su olor a tierra mojada! Imprime tanta lozanía, que respirar hondo a nuestro espíritu insufla todos los mágicos elementos  que nos han de permitir renovarnos percibiendo esos deseos renovadores de revivir.

Para cerciorarnos, sin necesidad de ir al campo, nuestra ciudad nos lo confirma, se torna más sugerente. El aire es ahora más fresco, aunque aún persisten las altas temperaturas. Al respirar, el agobio de los anteriores calores nos hace más soportable la vida y hasta nuestro carácter cambia y la acritud pasada se torna mucho más agradable. Aunque dicen por doquiera que tendremos un otoño caluroso. ¿Acaso ya no hemos vivido en varias ocasiones otros calores iguales? No soy la persona indicada para dar consejos, pero me aventuro a recordarles a los niños y a las personas de edad avanzada, que cuiden su salud en estas circunstancias. No es nada nuevo, pero ahí va. No hacer esfuerzos de más, si se pueden evitar. Apenas nos agitamos un poco, sentimos la desagradable sensación del cansancio sumado al calor preeminente. Cualquier esfuerzo, por pequeño que fuera, al momento sudamos. Lo más razonable es beber mucho líquido y moverse lo menos posible. Aprovechar las sombras y evitar el Sol. Comer poco y mejor una buena bandeja de ensalada mixta, evitar los fritos, no abusar de los hidratos de carbono ni de las grasas de animales. Usar ropas ligeras y que no falten las duchas de agua templada.

La verdad es que fue un grato consuelo ver llover. Fue como una bendición del Cielo; sólo el ver caer la lluvia sobre los tejados, inundando la copa de los árboles, sentir golpear la delicada superficie de los cristales de las ventanas, nos llenó de júbilo. Hubiéramos deseado que siguiera lloviendo como era antiguamente, unos cinco o seis meses seguidos, cada día lloviendo a chuzos.

En los tejados de las casas crecían los berodes y las andoriñas volando incansablemente y en distintas direcciones acababan en los aleros de las altas casonas cuando la tarde ya declinaba y el influjo del astro rey iba debilitándose y notabas el rigor del frío en las tardes otoñales. Momentos aquellos en familia o entre los amigos, buscando en el cálido ambiente de alguna tasca, en el buen vino, una respuesta templadora, entre ese fino frío y la lumbre y el grato calor de los efectos báquicos, allí. En la oculta ventita, en el patio o en el mismo mostrador, picando algo que acompañe para poder estimular el paladar.

Los años son, indudablemente, el vínculo o nexo revelador de tantas y tantas historias o vivencias, muchas de ellas inconclusas, que se vieron interrumpidas, algunas de ellas, accidentalmente. Por que con ciertas edades no hay fuerzas físicas suficientes para la lucha y las batallas se ganan empuñando el arma y disparando con ella. Las leyendas son otra cosa. Y así, cada uno de nosotros, involuntariamente, ha protagonizado con sus vidas, cada uno de esos mágicos momentos de aquel inolvidable pasado. Aunque hoy, no seamos, ni por asomo, ante el estático espejo de nuestra vida, lo que fuimos y que ya no somos, mirando hacia cualquier solitario rincón de nuestro entorno; y luego cerrando los ojos en ademán reflexivo, siempre hallamos aquel esplendor de nuestras horas vividas; y aquel silencio, sin escuchar palabra alguna ni quejas nuestras, nos entregamos a esa evocación sentimental… Queriendo revivir aquello que no podemos olvidar. Aquel rumor de voces y el palpitar de tantos corazones.

Los pasos que no pudieron detenerse y se fueron hacia el infinito. Como el chapoteo del agua cundo volvieron las lluvias, así como el seductor olor a la tierra mojada se llenó todo ese caudal de vida terrenal… Y surgieron las dudas y la ilusión esgrimió el arma poderosa de nuestra fe; y vencieron en esa guerra cruenta los desafíos sin cuartel  de la esquiva imaginación. Luego la dirección de los vientos cambió la suerte de los acontecimientos contendientes, arrojaron sus armas y sellaron la paz con un fuerte abrazo, como en las leyendas medievales, amor antes que la muerte.

Bien es verdad que se respiran otros aires, que nunca fue tan evidente, sin la correlación del mismo tiempo al transitar por los imaginarios causes suyos, no el de las cálidas brisas de nuestro cándido litoral atlántico, no aquel que medió entre ellos, cuando les decíamos: ¡Cuánto se quieren! Ahí se detuvo el tiempo; hubo una considerable tregua para sus jóvenes vidas y hasta que amaneció fue placentero aquel amoroso sueño.

Celestino González Herreros

LA PAZ, SU BELLA ERMITA DE SAN AMARO Y EL VALLE...



Es cierto, cuando digo que entonces hubo un esplendor muy singular en los bellos rincones de nuestras Islas Canarias, en general y muy particularmente en nuestro Valle de La Orotava. Aunque lejos estén las vivencias, ellas se han perpetuado   con la presencia de los perdurables recuerdos.
                  
La Ermita, hoy acogedora Iglesia de San Amaro en La Urbanización de La Paz, antes estaba circundada por exuberantes y bien cuidadas plataneras y floridos árboles juntos a los impresionantes cipreses muy abundantes en esa privilegiada zona agrícola y, un tanto reservada, por lo que no era transitada habitualmente por cualquiera, a excepción de un núcleo determinado y de algunos extranjeros curiosos y celosos estudiosos traídos por los encantos de su entorno.

Su denominación transmitía acopio de ternuras, sugerencia de sosiego y tranquilidad, solo alterada con cierta armonía, cuando al caer la tarde cientos de aves de diferentes especies regresaban a sus nidos y sus gorjeos, arrullos e instintivos juegos, alegraban ese silencio a veces prodigioso de aquella tranquilidad sorprendente. Cada amanecer, ante que sonaran los clarines del alba los gallos ya correteaban entre la maleza y se oían desde los más apartados lugares el eco de sus viriles y alegres cantos. Los caminos cobraban vida, se animaban por la presencia de las hermosas vacas y becerras que eran llevadas por los gañanes de un lugar a otro en sus tareas campestres cada mañana. Y las bestias transportaban cestas repletas de verduras frescas y olorosos frutos tan abundantes en la época cuando el Valle reverdecía en toda su extensión; había agua por doquiera y hasta parece que sus gentes fueran diferentes, más amables y generosas. Cuando cualquier rincón canario era un vergel de inagotables recursos y bucólico esplendor. Estas consideraciones que me hago como glosa de una nostálgica adhesión en los tiempos que, según la evolución social nos están dados vivir, me incita  a revelarme ante la evidencia...

Ante el ruinoso desastre perpetrado desde estos últimos decenios en el Valle de La Orotava, pienso que no habrá reposo en sus conciencias, ni descanso en nuestras protestas, todos hemos sido injustos con el patrimonio rural, hemos preferido la suntuosidad urbana imitando a las grandes ciudades turísticas, en detrimento de nuestras bellezas naturales. La verticalidad del suelo, en su vertiginoso ascenso, anuló la fértil fisonomía en nuestros campos y en nuestras costas mutilaron los románticos bajíos que tanto deleitaron a nuestros primeros visitantes, que esos sí, entendían de turismo ecológico y ambiental. Recordemos, cuantos estudiosos e insignes investigadores universalistas recalaban en nuestras costas con ilusión altruista y cuantos cientos de libros en el mundo entero hablan de las Islas Afortunadas... Esta fue la meta de algunos eruditos que me vienen a la memoria y, a los que debemos el más respetuoso homenaje... Hoy el turismo es otra cosa, pan para hoy y hambre para mañana, no lo olviden.

Se han quedado atrás otras épocas que nunca han podido ser superadas por que el hombre se degrada paulatinamente, tornándose inconsciente e irresponsable ante sus propios hechos y cuando dispone de mejores recursos los desaprovecha deliberadamente buscando otros derroteros egoístas donde cebarse y sacar sus propios beneficios. Pero la dignidad de aquellos luchadores rurales, en el recuerdo de algunos de nosotros no muere. La Paz y su Ermita de San Amaro, están hoy dentro de mi alma; qué extraña sensación al imaginarme los tranquilos lugares, desviando el pensamiento hacia el pasado, de aquella tierra fresca y sombreada por el verde platanar y los angostos senderos por lo abundante de su exuberante flora... Los caminos que señalan mi exaltada imaginación, me llevan con atribulada inspiración a todos esos rincones idealizados, quizás si, pero amados hasta la saciedad, por ser ellos fuente evocadora y pulso poético, de todo aquello que, "miserablemente" hemos destruido. Ya de nosotros, sólo quedan los recuerdos: lamentable sentencia que hemos de sufrir eternamente. Mi viejo y lindo Puerto de la Cruz, ¿qué hemos hecho contigo, cuántos jirones en tu piel ya existen? Lo mismo digo de los demás municipios del Valle y todo su histórico entorno rural. Y se sostienen y alimentan esperanzas de ser cada vez más bellos sus atractivos pueblos. Sin olvidar que antes eran todo un vergel, eran un sueño, de irresistibles encantos.

Desde lo alto se extasiaba la vista contemplando la verde extensión del Valle y sus bellezas naturales, la alfombra de su epidermis reverdecida se deslizaba hasta llegar a la costa, desde los otros extremos de La Orotava y se prolongaba, pasando por Los Realejos, lamiendo montañas y costas, queriendo besar todo el cono norte de la isla. Dejaba ver sólo las profundas hendiduras de sus tranquilos barrancos de escabrosas paredes y pronunciadas pendientes, en cuyo silencio y allá, en sus peñas más altas, el águila y las demás rapaces vigilaban la actitud confiada de las sumisas especies que adormitaban bajo el sol abrasador entre las ramas de los hierbales...

Caí en la trampa de mis debilidades, una vez más, y atrapado entre los recuerdos siento como herida mía los zarpazos que hoy sufre el pelaje alborotado de mi pobre Valle...

Nunca tan cierta la locución verbal que dice: “Una imagen vale más que mil palabras” Sólo que, dentro de mí queda una rabia que no contengo, y quisiera alentar mi ánimo dando un grito que llegue a las conciencias de nuestros pueblos... ¡Por favor, piedad!.. ¡Que no muera lo poco que ya nos queda!

En la paz y su Ermita, decir, que en ese sagrado recinto, a veces me he refugiado, y disfrutando esa tranquila sensación de aplomo que su recogimiento inspira, he oído mis íntimos lamentos respecto a los destrozos ecológicos que sufren nuestros pueblos y sus campos, al mismo tiempo he sentido la vergüenza de mi impotencia física ante tales atentados; todos visibles, que no se trata de una simple pesadilla, están ante nuestras impávidas miradas cuando va muriendo nuestro Valle, donde trabajaron aquellos viejos campesinos, entre sudor y lágrimas, para que hoy lo linchen despiadadamente como lo están haciendo... Y que valiente es mi Valle, que aún no muere, a pesar de todo el daño que cada día le hacen... Como si en las noches calladas las cálidas brisas le alentaran con sus reconfortantes caricias, ese mágico aliento que baja desde las  Cañadas del Teide. Parece que intenta resistirse, pero no puede.



Celestino González Herreros