23/11/10

RECORDANDO EL 25 ANIVERSARIO DE LA PEÑA “EL CACHARRO” EN EL AÑO 1.997

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Memoria a cargo de Rafael Espinosa Córdoba (Feley)

La Peña “El Cacharro” tuvo sus orígenes allá por el año 1.963, no constituida como tal Peña, sino como una reunión de amigos para celebrar la tradición de probar el vino nuevo en la víspera de San Andrés y acompañarlo con pescado salado, papas y plátanos guisados, para posteriormente correr el cacharro delante de la policía, ya que en esa época estaban prohibidos.

Esos amigos éramos Paco Ortiz, Feley Espinosa, Pepe Montes de Oca, Salvador (Q.E.D.), Andrés Álamo (El Ratón) y Neo Machado. En esas fechas no se tenían medios para trasladarse ni edad para conducir, por lo que necesitábamos a alguien con coche.
Paco Ortiz, que hacía de cobrador ocasional de Celestino González Herreros, “El Practicante”, se le ocurrió proponérselo y éste gustoso se puso de conductor con un coche Fiat 1.500, para ir a buscar la bebida y los alimentos correspondientes. A partir de aquí se creó la obligación anual para acompañarnos a pesar de la diferencia en años que en esa edad se notaban bastante.

Es decir, que tuvimos la suerte de encontrarnos con un hombre de mentalidad abierta, humano, con gran corazón, y por qué no, con ganas de juerga sana, ya que venía de un país hermano, Venezuela, pero con costumbres distintas.
Yo me atrevería a decir, que si no hubiera sido por Celestino, quizás no hubiera comenzado esta Peña, que luego Paco Ortiz y Feley se encargaron de continuar.

En cuanto al lugar de reunión y aprovechando que parte del grupo eran directivos del Cima Club y tenían las llaves tanto del local de la Plaza de la Iglesia (Casa Parroquial) como el de la calle Iriarte, esquina a calle Cólogan (Acción Católica). Celebrándolo en este último ya que podíamos cerrar la puerta por que era del Cima Club Infantil y a esas horas no podían estar allí, además de estar situado al lado de la casa de mis padres y usábamos a mi madre de cocinera.

Esta situación duró hasta el año 1.967, que ya no pudimos celebrarlo en ese lugar y nos trasladamos a la azotea de Neo Machado, en la misma calle, esquina a calle Zamora.
Como anécdota de ese año, decir que aquello acabó a las 5.30 de la mañana y yo me fui de allí a examinarme de conducir con la Escuela Hernán, de teóricas en Icod y de prácticas en Garachico y encima fui el único que aprobé todo de los diez que iban. Para que digan que el vino es malo.

A partir de este año se va incorporando gente nueva y por el año 1.971 con motivo que Feley ya estaba en la Cruz Roja se integró gente de la Institución, cambiando ya la casa de Neo por un bar por razones de espacio.

El bar inicial fue el Engazo y nos reuníamos la mayoría a las 8 en la Cruz Roja para de allí partir e indicarle el lugar a los nuevos que no lo conocían.

En el año 1.973, se traslada la comida al bar. “Molino” en la Casa Azul y se acuerda entre los asistentes el levantar acta y crear este grupo de amigos como peña, asignándole el nombre de “Peña El Cacharro”, además de establecer en el acta una serie de puntos, siendo el encargado de redactar la misma, José Antonio Vázquez Martín, más conocido por Chicho Vázquez.

Se establecía que el propósito e intención era lograr amistad y compañerismo, debido a reunirse anualmente el día 29 de noviembre bajo las siguientes bases:

1º.- Todos los asistentes firman y aseguran que les gusta el vino, las castañas, el pescado salado y los plátanos guisados o papas de punta.

2º.- El pagar 100 pesetas cada trimestre, o lo que es lo mismo, 400 pts al año.

3º.- Se consideran socios de la Peña “El Cacharro” todos los presentes y todos aquellos que a juicio de los socios se consideren aptos y el próximo año se presenten al mismo acto y en el lugar que con antelación se indicara, previo pago de la cuota que anteriormente se indica.

4º.- Es obligación de uno de los socios el decir un discurso al final de la cena, el cual será designado por votación de los presentes.

5º.- Se nombrará anualmente una madrina, que este año ha sido designada Nieves García Hernández.

6º.- Se nombrará cada año un invitado de honor, siendo en el presente el cabeza cuadrada don Alfredo Hiltl.

7º.- La presente Sociedad no tiene cargos directivos de ninguna especie, pero sí encargado de determinadas funciones y para el presente se nombra como encargado del dinero a Juan Francisco Ortiz Mesa y responsable del acta José Antonio Vázquez. No obstante al final del acta aparece una nota que dice: El señor Espinosa Córdoba se hace cargo y responsable del acta para el año 1.974.

Ese año le correspondió el discurso por decisión unánime a don Celestino González Herreros sobre el tema: “EL BIEN Y EL MAL”.

Asistieron a esa reunión fundacional los siguientes:


1) Celestino González Herreros
2) Juan Francisco Ortiz Mesa
3) Rafael de la Rosa Lorenzo
4) Felipe Galindo Brito
5) Andrés Acosta Ribal
6) Germán Reginaldo González Hernández
7) José Antonio Marrero Córdoba
8) Antonio Hernández Hernández
9) Miguel Ángel García Hernández
10) Guillermo González González
11) Juan Pedro González Trujillo
12) Alfredo Hiltl
13) Ángel Rueda
14) Juan Torres Santana
15) Norberto Acosta Martín (Q.E.D.)
16) Rafael Espinosa Córdoba
17) Nieves García Hernández
18) José Antonio Vázquez Martín




Aparece una nota al final en la que se dice que se devuelve un duro a Gatey (Marrero) por estar la comida fría.

De esta forma quedó constituida la Peña, la cual se fue incrementando en socios y variando los lugares de reunión como ya se indicará más adelante y además a partir de esta fecha empiezan a asistir las mujeres que hasta entonces no se había hecho.

Cuando Celestino González Herreros no podía asistir por que le coincidía la reunión con la guardia en el Servicio de Urgencias, después de la Cena íbamos todos a saludarle.

En el año 1.975 el amigo Bernardo trajo por primera vez los puros anillados con la fecha y el nombre de la Peña, cosa que ha repetido en varias ocasiones.

Ese mismo año nuestro amigo y miembro de la Peña, Agustín Pacheco Machado (Q.E.D.) escribía unos versos para ensalzar la figura del cacharro, lo que hizo en años venideros, más poetas y escritores participaran con la aportación de sus obras, como Julián Hernández del Pino “El Wilo” (Q.E.D.). Manuel Cabrera Mesa “El Cartero” (Q.E.D.), Celestino González Herreros, Domingo Hernández Torres, etc., de las cuales se adjuntan fotocopias al final de estas Memorias.

En el año 1.976 se celebró en el bar “El Templete” y se dieron unas circunstancias algo desagradables, ya que el tema del discurso era “El Cacharro ante la democracia. Casi nada lo del ojo” y hubo una persona que le dio un matiz político al asunto y además ese año también algún nuevo cacharro confundió el tema de los “objetos perdidos” y quitó chaquetas de cuero, limpia parabrisas de los coches, etc., al igual que ocurrió 1.987 en el Bar “El Rubio” que también hubo quien entendió mal el tema de objetos perdidos. Salvo estos dos años, en el resto las cosas han ido como tiene que ir, muy bien.

En el año 1.987 Marrero obsequió con un cacharro de artesanía, al parecer, según diseño de Cesar Manrique (Q.E.D.), a los más antiguos de la Peña.

Decir que el sello de la Peña consiste en la base de un vaso mojado en vino nuevo.

La Peña, con respecto a su origen, se mantiene prácticamente igual, con ligeras diferencias, siendo el orden del día habitual el siguiente:




PEÑA “EL CACHARRO”


LUGAR DE REUNIÓN:
Hora:

ORDEN DEL DÍA


RECEPCIÓN CON VASO DE VINO Y CASTAÑAS
CENA
PRESENTACIÓN DE NOVATOS
PRINCIPIOS FUNDAMENTALES
ELECCIÓN REINA
ENTREGA MASCOTA
DIPLOMAS
DISCURSO
OBJETOS PERDIDOS
CHISTES O MÚSICA


La cena continúa con los alimentos iniciales algo aumentados con la calabaza, las batatas, el potaje de berros, etc.

Y este año, con motivo del 25 Aniversario he solicitado la presencia de un fotógrafo para obtener un recuerdo del grupo completo.

Además, también encargué un plato de artesanía conmemorativo de las bodas de plata con el anagrama y nombre de la Peña.

Con esto doy por terminada (sólo una parte) la lectura de las Memorias, de las cuales se les entregará copias a todos, al tiempo que les felicito por este Aniversario, pidiendo que Dios nos de salud y vida para seguir reuniéndonos muchos años.

MUCHAS GRACIAS POR ESCUCHARME

FELEY

Puerto de la Cruz. 29 de noviembre de 1.997
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MAR ADENTRO BUSCANDO LA PAZ

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Para doña Asunción Fuentes Delgado
como merecido homenaje sentimental

No hallé las palabras precisas para definir, por mucha suerte que tuviera, la capacidad artística de doña Asunción Fuentes, en sus diversas facetas intelectuales y su arte pictórica y fluidez artística para con la prosa y la poesía; y otras… Con sus noventa y más años de edad, maneja los pinceles y las espátulas, y conjuga de tal manera los colores, que convence hasta al más exigente de los críticos del Arte.
Nos conocemos hace unos doce años o más y siempre observé en ella ese encanto personal que la distingue en cualquier momento de su fructífera vida.
Vive en Los Realejos, a la altura de San Vicente, si no estoy equivocado; y me consta que es una persona muy querida y admirada. Nació en La Habana (Cuba) y ejerció la docencia allá y aquí en Canarias mucho más tiempo que en la perla del Caribe. Tiene un hijo maestro de escuela y con las mismas dotes artísticas heredadas de su madre, como pintor y dibujante preclaro, también poeta. Con los cuales me une una sincera amistad y espero disfrutarla por mucho tiempo más.

A veces, mirando al mar, suelo relajarme un tanto, la misma brisa de la costa me adormece y me vence cuando estos instantes suceden Sin pretenderlo, la cristalina fuente de mi inspiración, súbitamente se activa y su entorno florido, como si soplaran sus perfumes y poco a poco me fueran embriagando; y doy riendas sueltas a mis pensamientos y las palabras fluyen buscando la armonía del consolador momento.

Algunas veces hemos hablado, como buenos isleños, de las peculiaridades y características que emanan de una indefensa isla en medio del Océano, valientemente arropados de soledad y coraje, al intemperie y a expensas de los duros golpes de los mares encrespados, de las salvajes arremetidas del mar cuando seriamente se enfurece; y nadie nos oye en nuestra lejanía y hemos aprendido a luchar solos y si hemos de morir nadie se iba a preocupar por lo aislados que estamos. Cuba y nuestras islas, cada uno de los isleños tenemos una personalidad propia y la valentía suficiente como para poder arreglárnoslas solos, sin ayuda de nadie.

Mirando al mar y dejando ir la mirada hacia fuera, navegamos con el pensamiento, somos nuestros propios vigilantes ante cualquier intromisión… Así hemos vivido siempre, entre bandazos y la furia de las olas del mar, arremetiéndonos, a las cuales nunca les hemos temido y sabemos contenerlas.

Me habla de su Malecón y sinceramente, por la forma de mentármelo, me emociona su veneración por considerar aquellas excelencias suyas, a fin de cuenta, vestigios nacionales, y el amor que pone al evocarlos. También yo, cuando salí de mi tierra, allá donde vivía, recordaba con nostalgia mi querida Playa de Martiánez, la pequeña bahía de San Telmo y las demás playas… Pero, recordar la de San Telmo me emocionaba más que ninguna.

Viendo las olas romperse con furia contra los firmes riscos de los bajíos, ha sido como ver resquebrajarse un mágico manto hecho de encajes y la espuma dispersa fuera simulando la armonía de un poético y soberbio lienzo que flotara sobre las turbulencias marinas. Las olas que van fragmentándose al llegar a la silente orilla de la dormida playa, su blanca espuma, desplazándose hacia arriba, bañando la negra arena como si fuera una caricia sensual, hasta consumirse toda ella, retornando luego su líquido continente al Océano que impaciente la espera.

Contemplando los distintos movimientos de las constantes mareas, mi mente cabila con nostalgia y con el rum-rum de las olas mis pensamientos vuelan mar adentro buscando la paz inminente de esa soledad distante, entre el mar y el cielo, allá en el estático horizonte de mis sueños. Mi mente se va poblando cual cálida y tenebrosa jungla, de viejas vivencias, de los acontecimientos vividos en mi juventud, cuando el mar nos hablaba y recelosos le respondíamos junto al suave susurro de las olas, cual confidente sentimental con mis tiernos anhelos; y de cuantas veces amando me perdí en ellas arrastrado por sus dulces e inclementes corrientes marinas. Y vi, otras veces, sucumbir tantas ilusiones mías, entre golpes de mar y la salitrosa brisa que acompaña… La mar se lo llevaba todo y en la orilla de la tibia playa, entre las negras arenas y su quietud, ¡suspiré tantas veces!.. La mar, fiel confidente de mis tristes desamores, hoy viéndole enfurecida, parece comprendiera mi estado anímico y me concediera el privilegio de verme en ese espejismo sobrenatural, con mi oportuna evocación; y pueda volver a navegar en sus movedizas aguas, esta vez en solitario, mar adentro buscando, aunque sólo sea un resquicio de aquella añorada paz perdida.
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Celestino González Herreros
http://www.celestinogh.blogspot.com
celestinogh@teleline.es

9/11/10

RECORDANDO AL EXTINTO SEÑOR ROGER MONTES DE OCA GONZÁLEZ

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Estudié el Bachiller en el Colegio Gran Poder de Dios, con ciertas reminiscencias que es mejor olvidar. Entonces los bedeles, entrañables personas, eran doña Felicia y don Paco Ortiz, excartero, este último del municipio de Puerto de la Cruz. Debe ser por mi torpeza, si así lo quieren, obviando las verdaderas razones que no eran otras que mi resentida salud auditiva, obstáculo suficientemente cruel para traicionar los deseos y buena voluntad de un simple estudiante. Mis oídos desde los seis meses de vida, a causa de un catarrito mal cuidado y cuyas secuela duraron hasta que tuve que ir a quirófano, después de los estudios, todo lo cual, me impidió rendir más en el Colegio. Me conformo con mi suerte, pero no es fácil sobrellevarlo.
Hubo momentos de constantes mareos y perdida aguda de la audición, muchas veces no oía plenamente ni entendía lo que me explicaban, mas, me callaba para que el resto de la clase no se mofara de mi problema y a base de leer afanosamente el libro de texto, me informaba para el día siguiente rendir algo, lo que pudiera. Y así pasaba los cursos… A nadie le conté mi sufrimiento e incluso emigré a Venezuela y a los cuatro años regresé muy enfermo y casi no la cuento Gracias al otorrino, el señor Fernando Barajas Prat, que me ingresó e hizo conmigo un extraordinario trabajo quirúrgico del que siempre le estaré agradecido. Fue tan urgente que al verme en su consulta no me dejó ni avisar a mi familia, al parecer no sobraba tiempo. Así estaba yo, acabándome poco a poco y siempre callando…

En aquella época de estudiante llegó el momento que realmente necesitaba ayuda, ya las matemáticas no me entraban con facilidad, la forma de explicar del profesor no era la que yo necesitaba, dado mi problema. Ante el peligro de suspender, mis padres concertaron los servicios del señor Roger Montes de Oca González; y en la casa de don Paco Torrent, en la parte alta, en una habitación apropiada, con una pizarra colgada en la pared, nos impartió las sabias lecciones de esa asignatura a los alumnos Manolo Baeza García, Andrés Torrent García (los dos ya fallecidos) no recuerdo quien más y este, el que suscribe.

Lo asombroso fue el cambio que dimos. Después de las explicaciones y gráficos en la pizarra, aquellas lecciones no se olvidaban, y digo más, no era necesario ni repasarlas en casa. El profesor del Colegio de Segunda Enseñanza nos llamaba “los sabios” en plan jocoso; y cuando algunos de los otros alumnos no completaba el despeje de un teorema, por ejemplo, nos llenaba a la pizarra: ¡A ver, uno de los sabios, acérquese!..
Jamás he visto forma igual y tan amena de explicar, tan cariñosa y provechosa. Siempre le he recordado. Era una persona muy afable, muy bien educado y respetuoso. Con Profesores como don Rogér Montes de Oca, no habría tanto absentismo escolar.

Cuatro o cinco años después de haber sido operado del oído y haber cumplido la penalización militar por prófugo, al no haberme presentado a la Caja de Recluta Militar oportunamente, ya que estaba ausente fuera de Tenerife, fueron a citarme: en ese tiempo lo aproveché para hacer la Carrera de Practicante en Medicina y Cirugía en Cádiz y al cumplirse mi amonestación ya tenía en regla los papeles para volver a Venezuela y en mejores condiciones me enfrenté decididamente a cuantos abatares pudieran surgir y de hecho, como le ocurre a cualquier emigrante los comienzos casi siempre son duros hasta que van surgiendo las oportunidades. Al final conseguí lo que buscaba, trabajar en el Ministerio de Sanidad hasta llegar al Servicio de Dermatología Sanitaria en calidad de Inspector del Departamento de Lepra, allí trabajé ocho años, plenamente integrado y satisfecho de estar compartiendo esos felices días con quienes tanto nos necesitaban.

Cuando volví a mi querido Tenerife no tardé mucho en trabajar en nuestra Seguridad Social y Asistencia Pública como Practicante, aquello para lo que estudié oportunamente.

Volviendo al recuerdo de don Roger Montes de Oca, pienso que en gran medida contribuyó, dándome sus sabias clases de matemáticas, a que saliera adelante en mis estudios. Ya sé que todo son circunstancias, pero su valiosa ayuda fue definitiva; y la de otros buenos maestros, que como un sacerdocio más, ejercieron sus profesiones deja una huella sentimental en nuestro corazón, tan profunda que jamás se olvida.

Al cabo de los años fui su amigo y Practicante y yo disfrutaba cada vez que me llamaba solicitando mis servicios profesionales; y sin dejar de admirarle, como mi viejo profesor, en esas ocasiones inevitablemente, los recuerdos me trasladaban a aquella tierna edad mía; aquel era el gran maestro capaz de ilusionar al alumno y hacernos entender tantas lecciones que antes no aprendíamos, algunos, por la razón que fuera, y que con tanta paciencia y solidaridad, nos hacía comprender y recordar para siempre.
Nunca más le temí a las matemáticas, por otra parte debo añadir que es una de las asignaturas más interesante y práctica que en la educación existe. Entendiéndole como yo acabé entendiéndole, hasta es atractiva.

Siempre sentí deseos de hacer público mi agradecimiento hacia tan ejemplar persona y hoy parece que la luz de mi gratitud ha alumbrado a mi mente y de corazón lo hago: Amigo Roger Monte de Oca, donde estés ahí está mi pensamiento; que Dios te haya acogido en sus brazos y disfrutes siempre de la paz divina y ese grato recogimiento…


Celestino González Herreros

11/10/10

MAL ENTENDIDO CONCEPTO DEL PROGRESO Y SUS ERRORES

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En cualquier momento surge la ocasión de hablar de Puerto de la Cruz, de cómo era antes, cuando también éramos más jóvenes y nada se nos ponía por delante que impidiera frenar nuestros ímpetus, las intenciones, los deseos y apetencias propias de la edad.

Después de abandonar el coche en lugar seguro ( lo de seguro no es un chiste), quiero decir: bien aparcado. Cuando ya había caminado algunos pasos (es que no hay donde aparcar convenientemente) hallé a un sobrino que hablaba con otra persona, un profesor de Arte, me dijo al presentármelo; y como siempre ocurre, si no hay intercambio de tarjetas de visita, ni te acuerdas del nombre y apellidos. Casualmente, ese señor también escribe en algunos periódicos.
Comenzamos hablar con nostalgia de aquella edad nuestra, época inolvidable de Puerto de la Cruz, aquellas correrías nuestras, tantas anécdotas, recuerdos perecederos que súbitamente despiertan en cuanto la magia de la evocación les activa, aún siendo inconcientemente. Aquello forma parte de nuestras vidas, dice de nosotros tanto…Es la historia de nuestro pueblo marinero y nuestra gente.
¿Volverá a ser Puerto de la Cruz como fue ayer?.. Aunque retrocediéramos en el tiempo, poco habría qué cambiar, sólo recuperar aquel espíritu nuestro y la conciencia cívica que no nos permitía renunciar a lo nuestro sin antes luchar por ello. No hay peor pecado que callar ante las injusticias y sin darnos cuenta fuimos cediendo hasta quedarnos con lo poco que aún conservamos. En el caso, posiblemente hipotético, que podamos recuperar algo de lo perdido, habremos dado el paso más importante de nuestra revitalización, como ciudad conmospolita y decididamente turística, como fuera ayer y recuperemos la importancia de nuestro histórico pasado. Apenas necesitamos dinero para ello, sólo amor ciudadano y respeto cívico por lo mucho o poco que tengamos. Ser honestos y cada cual, desde sus respectivos lugares, participar decididamente en renovar lo defectuoso y mejorar lo establecido. ¿Quién da más, señores? Cada cual un poco de buena voluntad, enseñar al que no sabe y castigar la apatía y la poca vergüenza.

Independientemente, pueden improvisar, pero sin interferir en nuestro gran proyecto. Devolverle a nuestra ciudad, aquellos encantos que les han usurpado. Aquellas tradiciones y el espíritu y la ilusión que por indecisos hemos perdido al cabo de los años. Entonces éramos algo inocentones, éramos incapaces de dudar de los demás, todo lo contrario, confiábamos que los demás eran como nosotros, gente de buena fe. Y veamos cómo nos pagaron… Y aún quisieran dañarnos más, en beneficio de sus propios intereses.

Lugares de ocio popular, ventuchos o guachinches y casas de comida populares, lugares de ocio y de reuniones, tanto para los del pueblo, como también para nuestros visitantes, sin tantos lujos y con precios apetecibles. Podemos convivir todos juntos, aunque revueltos no, como dice el parche. Me parece estar viendo los comedores de los hoteles a medio rendimiento, los turistas quieren conocer, cambiar… y divertirse a nuestro modo.
Aquellos que no conocieron al Puerto de la Cruz de ayer, en su verdadero apogeo, no saben nada de nuestro pueblo alegre, bullanguero y conmospolita, De aquella forma ganamos el más grande de los prestigios y llegamos donde llegamos, donde llegan los mejores. Luego, se plantaron los “entendidos” a reformarlo todo, a exigir más impuestos y a imitar a quienes sabían menos que nosotros; pero si fueron más listos a la hora de recaudar e inventar nuevas teorías. Resumiendo, poco a poco fueron “destrozando” a nuestro Puerto de la Cruz. Los dineros iban de un bolsilla al otro, compensando favores y calculando más ganancias… Se apoderaron del suelo y destruyeron la mayoría de aquellas casonas tan emblemáticas, de tanto valor arquitectónico canario y a la vez, sentimentales. Abrieron calles y cerraron callejones, algo tenían que hacer para deslumbrarnos.
No pretendo decir que nada aceptable se ha hecho hasta hoy día, mucho les debe nuestro pueblo, si consideramos las improvisaciones que entonces fueron bien estudiadas y no menos canalizadas en aras de las exigencias modernas que imponen los momentos precisos, eso está bien. Pero haber anulado todos aquellos encantos y nuestras tradicionales costumbres, dice mucho a mi favor.

Recuerdo aquellas serenatas dedicadas a nuestras muchachas, que al romper el silencio de la noche, le daban al callado ambiente aquel toque nostálgico, cuando con ternura y civismo, llamaban a la ventana o al elevado balcón, a la niña amada, su Romeo… Unos más cerca, o sólo escuchando el suave eco de tan bellas melodías, evocaban con sentimiento, momentos iguales en otras épocas, cuando solicitábamos el amor de nuestra dulce Julieta… Aquellos acontecimientos no herían a nadie y todos despertábamos más bien agradecidos del ocurrente mensaje de amor. Pero también, eso nos lo prohibieron las nuevas estructuras sociales, aquellas creencias de nuestros munícipes, de que los extranjeros no podían dormir sus báquicas monas. Si hasta creo que a ellos les gustaba también ese detalle romántico, quizás más que a nosotros mismos. Pero los “entendidos” de turno opinaron y sentenciaron a uno de nuestros más emotivos detalles culturales: ¡La serenata del amor!

Mi despertador, por las mañanas, era el canto del gallo; saltaba de la cama y a prepararme para ir al Colegio. Los viejos permanecían entre sábanas y durante el desvelo pensaban, soñaban despiertos y cavilaban en lo rápido que pasa el tiempo; y cómo nos deterioramos…

La Plaza del Charco, el lugar elegido desde siempre, solar donde aprendimos a comunicarnos socialmente con los demás, donde experimentamos las primeras sensaciones amorosas. Las emociones primeras y los desengaños más crueles, si éramos rechazados en nuestras pretensiones sentimentales. Donde podíamos elegir con la sana dificultad de que todas aquellas encantadoras muchachas eran igualmente aceptables. Lugar de nuestros juegos infantiles y juveniles, de épocas irrepetibles.

Ahora mismo, no cambio estos halagadores instantes que estoy viviendo, por todos los progresos adquiridos en mi entorno. Cierro los ojos y no me cambio… Al menos, déjenme vivir este corto sueño que la evocación me brinda. ¡Cuantas vueltas en nuestra acogedora Plaza del Charco! Aquellos bancos de piedra, aquellos suspiros de la dulce amada, aquel silencio y el profundo éxtasis de nuestras miradas. Aquellos tímidos susurros… Las palabras sobraban, sólo nuestras pupilas y el aliento y los suspiros, nos delataban.
Por las tardes, cuando los pájaros regresaban a sus nidos, cuando invadían los laureles de India y protagonizaban aquel concierto de alegres trinos y el pertinaz piar de los hambrientos polluelos y la falta del calor de sus protectores. ¡Ay, los animales!

Mas, con el reclamo del progreso, siguieron improvisando, los entendidos de entonces y cambiaron por completo la fisonomía de nuestra importante Plaza; ampliaron el número de mesas, después de reformar el Bar Dinámico, que también tiene su importante historia; y luego de haber desaparecido, deliberadamente, el coqueto Quiosco para los Conciertos de música, se acabó aquel incentivo cultural, también la música les molestaba. Luego siguieron destrozando nuestra entrañable Plaza, solar familiar de todos los portuenses, donde acabábamos siempre encontrándonos cada tarde, cada noche.
El Parque infantil y lo otro que no sé cómo llamarlo, como si no hubieran solares disponibles para hacer un Parque decente para los niños en general. Pero había que acabar con todo lo nuestro; y el Manicomio vacío, ¿qué les parece? Hoy no tenemos ni Plaza, ni Club Social, ni Parque infantil para el Turismo Internacional y el mismo para nuestros hijos y nuestros nietos; algo nuestro, ante todo.

A pesar de tantos avatares sufridos, Puerto de la Cruz se resiste a morir esperanzado, claro está, en cada uno de los portuenses de buena fe. Intuyo que oportunamente vamos a dar una severa lección, primero a nuestros detractores y tantos hipócritas que nos cortejan, luego al referido Turismo que sí está pidiendo y hasta clamando, que el Puerto vuelva a ser el Puerto que antaño conocieron y del que tanto se puede leer en las Bibliotecas de nuestro Planeta.
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Celestino González Herreros
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22/9/10

LA PÁLIDA LUZ DE ESA NUEVA AURORA

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Toda la luz, cual sinfonía celestial que llegara, fue como si se volcara sobre el blanco papel donde escribo y ella quisiera, de súbito, borrar con su transparencia virtual los borrones que hubieran, esas dudas y contradicciones que a veces nos acosan o acompañan en el concierto mundano de nuestra existencia. Toda la luz llegó como un vendaval inesperado y en ese claro de luz, mi mente fue liberada y brotaron nuevos pensamientos como en un sueño de amor; y los caminos florecieron todos; y las quebradas y los atajos más dispersos... Todo fue transformándose con la solemnidad del momento en otra dimensión distinta, en lugares nunca vistos, aunque muchas veces soñados, caprichosamente soñados. Y por la empalizada me pareció verte, silente, cruzando el callado pavimento tantas veces andado juntos. Se desataron las firmes ligaduras de nuestra propia incomprensión y aparecieron los desperfectos ya viciados por el tiempo transcurrido, apenas reconocibles, pero eran nuestros defectos y nuestra intolerancia, la vaguedad de nuestra escasa experiencia y las indecisiones de nuestros sanos impulsos a pesar de todo.

¡OH Dios!, necesito un amplio lienzo, que sea el mayor... Ya que este trozo de papel es muy escaso para volcar en el todo el caudal de voces y pensamientos que han renacido en mi mente. De súbito ha sido, al pensar en ti. Un lienzo para buscar en ese mar de luces aquellos resquicios de sombras volatizables de mi pasión. La otra cadencia del singular concierto, donde se esconden los recuerdos más turbios, los inconfesables recuerdos, el llanto callado y las lágrimas que aún titilan como perlas encendidas en nuestro corazón.
La brisa cuando acaricia, más parece que nos devolviera esa paz tan necesaria... Y entre tanto, escapamos del cruel laberinto de nuestras confusiones.
Donde hay o hubo amor, siempre hay perdón; hasta en los sueños Dios perdona, aún cuando desafiemos las leyes divinas y luchemos por conseguir “oníricamente” lo que el destino nos quitó.

Con tanta luz y un lienzo apropiado, de pinceles armado y un montón de pinturas, con mi mente alocada y el corazón tan henchido de amor, ¡ay, Dios mío!, cuántas pinceladas, qué torbellino de luces y colores juntos, de sombras y abismos... ¡Ay!, si pudiera plasmar en ese imaginario lienzo mi pasión y el amor que siento por todo cuanto me rodea hoy y lo inalcanzable. La pálida luz de esa nueva aurora es ahora como un mágico amanecer que surgiera en mi alma, es la luz delatora de mi inmensa felicidad.

Si pudiera expresar con palabras el éxtasis que estoy viviendo en este apartado lugar, viendo frente a mí, sólo el estático horizonte de esa línea imaginaria entre el mar y el cielo, allá en la lejanía; la mar tendida y serena… Si pudiera guardar este poético momento y disfrutarlo en determinadas circunstancias, si pudiera eternizarlo…

Ante mí y ante la inmensidad del mar, sólo hay matojos y pequeños montículos de tierra abandonada, piedras sueltas y desordenadas por doquiera. Mirando al mar, siento que en mi mente se desataran viejas querencias como si quisieran volver a navegar por las cristalinas aguas del océano, como ayer. Sentir como entonces aquellos bandazos y las caricias yodadas de las brisas pasajeras y la salobre sensación que dejan en los sedientos labios cuando la mar se agita y la ola al romper salpica.
Tierra firme y abandonada, sin manos que la proteja, surcos también sedientos abiertos antaño por aquellos brazos que se esforzaron por fertilizarla un día y las semillas germinaran par hacerla próspera y generosa. Hoy sólo veo ruinas, un deleznable cuadro de abandono, ya nadie vive aquí, se fueron todos a ninguna parte mejor, se fueron en busca de las cosechas doradas de otros lugares y me han dejado solo, con un puñado de semillas en los bolsillos que espero germinen como la ilusión que me asiste y el amor que `ponga en mi trabajos. Del cielo llegarán las lluvias y a través del mar llevaré lejos mi abundante cosecha, yo solo, mar adentro, aunque en mi mente siempre la lleve a ella.


Celestino González Herreros
http://celestinogh.blogspot.com
celestinogh@teleline.es

LAS GENTES DESESPERADAS Y EL MAR

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I
Cuántas veces, fue remanso ilusionado de los valientes que ayer emigraron, quienes nunca a su terruño olvidaron. Periplo obligado del expatriado...


Viendo un programa televisado, aquí, en Tenerife, al cual estaba invitado a participar y no pude asistir por razones obvias, ajenas a mi voluntad, viví momentos de perplejidad y de verdadera pena; también de congratulación, por cosas ciertas y hermosas que oí, y por la forma y modo que algunos participantes enfocaron el tema que se debatía: ¿Cree Ud., que los emigrantes retornados son bien atendidos cuando regresan a su lugar de origen? Quiénes hayan visto el mencionado programa ya habrán sacado sus propias conclusiones. Resultó muy corto el espacio televisivo disponible, cuando estaba en su momento álgido, cuando los conceptos y sugerencias estaban aclarándose, se acabó el tiempo preestablecido. Debo añadir que estuvo muy bien coordinado - lo cortés no quita lo valiente - Y los invitados, excepcionales, sin desmerecer a ninguno, en modales y respeto mutuo y a la audiencia. La temática del mismo giró en torno a la figura del emigrante canario, del que consigue retornar por su cuenta y riesgo, con la ilusión indescriptible de abrazar a los suyos y acariciar las cosas y lugares que habían quedado atrás hace muchos años. Sin pensar que el tiempo, también, por estos lugares ha pasado y que las gentes ya no son, ni están, aquellos que un día inolvidable, ya lejano, nos dieron la triste despedida en el muelle... Los pueblos de entonces, eran lugares y aldeas empobrecidas en esa época de escasez, y los campos sin luz ni agua ni caminos aconsejables, sólo para bestias. Soledad colectiva que fue anulando al campesino que sólo pensaba en emigrar hacia Venezuela, único país que abrió sus puertas, para poder ayudar a sus familias. Hombres y mujeres de distintas condiciones sociales, obsesionados con la misma idea, los que fueron sumándose al éxodo migratorio. Y así comienza la difícil experiencia de tener que abandonarlo todo, sin más. Esa gente, valientes aventureros y desesperados conciudadanos nuestros, salieron de la forma que pudieron, según las posibilidades económicas de cada cual, etc. Algunos empeñando todos sus enseres y sacrificando a las familias, que, iban a esperar la ayuda tan necesaria, la cual, de alguna manera, amainaría el amargo problema de la pobreza existente. Como todos sabemos, muchos murieron sin ver realizados sus sueños, porque nunca les fue fácil conseguirlo. Otros, en cambio, si, salieron adelante. Los que fueron reclamados por sus familiares más directos y ayudados desde que llegaron; hasta por los amigos, que nunca les negaron, si estaba en sus posibilidades, esa ayuda tan necesaria... Las gentes, desesperadas, a través del mar vieron abiertas las puertas de la esperanza. El mar fue entonces, para los canarios, el único nexo que nos llevaría a Venezuela, anteriormente, también a Cuba, aunque en ello muchos sucumbieron, sin lograr sus buenos propósitos, empero llegaron muchos y hallaron en ese país lo que buscaban y habían soñado.
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Celestino González Herreros
http://www.celestinogh.blogspot.com
Publicado en el Periódico EL DIA: 04.09.01
celestinogh@teleline.es

SENTIR DE LA NAVIDAD EN VENEZUELA

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Con lo puesto encima partieron, nada de equipaje, para un par de días que duraría el viaje, no era necesario más. En el trayecto conseguirían comer algo hasta llegar.

Era una mañana de esas que parecen propias para señalar un momento importante; no era otro que encontrarse en sus respectivos ranchos, con sus familias, después de un año completico de trabajo, lo que se dice trabajo de verdad, aunque se piense lo contrario. La tierra es cruel con los hombres, se hace difícil a veces domarla por lo dura que se pone; luego el Sol, cuando se arrecha no hay quién lo soporte, pega muy duro... Pero también, la tierra, es generosa cuando se le da lo que pide: Sol y agua, aunque sea la del rocío y cariño.

Por un camino abrupto que parecía interminable, los dos amigos llevaban buen rato andando y, para apagar la sed que sentían, hallaron a un chamo ambulante, subido en una pequeña lomada con una pila de cocos que vendía como medio de sustento, para negociar con los que transitaran por allí; a la vez descansaban un poco. Después de beberse la sabrosa agua de coco con ron, y repuestas las fuerzas gastadas en el largo viaje, siguieron adelante, hasta llegar a un trozo de vía medio asfaltada de vieja ejecución que haría menos penoso el trayecto. En ambos márgenes de la misma, se adentraba la fronda abundante del lugar, como queriendo abarcarlo todo y dominar lo que antes fuera suyo, mutilado por el progreso habitual para dar paso al movimiento urbano de los pueblos adyacentes, en su continuo y diario trajín. No hubo un sólo carro que se detuviera para llevarles, ni por asomo. Está claro, nunca se sabe las intenciones verdaderas del peatón -antes era distinto, la gente no sentía tanta malicia- y es obvio, que la desconfianza genere miedo. Mas, por suerte, ya cerca de unos solitarios y umbríos páramos, refrescó el aire; sendas nubes bajas y abundante neblina, les envolvió de súbito, liberando sus agobiados pulmones para respirar mejor y adelantar el paso.

Un carro que venía a sus espaldas, hizo como si fuera a detenerse, y haciendo un gesto obsceno con la mano el conductor, y las consiguientes risotadas de los acompañantes, aceleró la marcha del vehículo en muestra de mamadera de gallo o lo que es igual, de burla.

-¡Desgraciado, que un rayo te parta en dos! ¡Que te devore una culebra tragavenado!
¡Coñomadre!..- Inquirió el otro-

Siguieron adelante, profiriendo maldiciones. Hasta que olvidaron el incidente y cambiaron de tema haciendo planes para cuando estuvieren con la misia y los muchachos... También pensaban en los animales que habían dejado. Mientras conversaban las horas volaban. Volvió el calor, habían dejado ya lejos el frescor de los páramos y las sombras de las nubes. También es verdad, que la tarde se sentía más apacible mientras se avecinaba la noche, tibia y sensual, con el vientecillo propio del trópico abanicando el ambiente.

A la sombra de un hermoso palmeral, guarecidos entre la maleza, disfrutaron a piernas tendidas, un sueño dichoso, hasta muy cerca de la madrugada. Pensaron partir antes que amaneciera para evitar el molesto castigo del Sol. Así ganarían camino sin tanto agobio.

-Oye la queja del viento en el camino que nos lleva a la aldea, dejamos atrás las quebradas y el tupido carrizal. Como que va a amanecer horita; y aquí estamos, compadre, parados siempre, aunque del andar cansados; que la ilusión nos mantiene erguidos, pensando, claro está, en la familia que nos espera, más ahorita, cuando se viven estos días de la Navidad.

-Si, mi hermano, aunque llevemos pocos reales en los bolsillos, piense en ellos, todos en torno a la mesa, adornada con los típicos manjares de nuestros campos; y el hervido de gallina calentico... ¡Ah mundo!...
-Todavía nos falta para llegar-
-Diremos que se nos escapó el autobús y nos echamos andar para ganar tiempo. Estas alpargatas que llevamos puestas en los pies, nos protegerán hasta llegar al bohío... Aún siento la impresión de la lejanía, de la soledad, de la llanura perdida… Como si nos siguieran las voces de aquellos compañeros de trabajo, algunos, quizás, no tienen familias y les da igual quedarse cerca de la Hacienda. Al no tener dónde ir y no quieran perderse el calor humano del afecto que les brindan, algunas veces, el patrón, el capataz o el bollero Juan. Ellos celebrarán la Navidad a su modo y no estarán solos.

Se me antoja, estar oyendo la música criolla de una típica “chipola”, de allá, del Estado Portuguesa. Como antes las cantaran el Trío Cantaclaro, que me cuenta el viejo Simón, y que de por los años 37.
-Imaginémonos dichas notas sentimentales...Verdad, que siente uno aún más, las ganas de llegar y poder escuchar en el cerro, el parrandón, los aguinaldos y las gaitas, unos de los más bellos aires musicales navideños de nuestro folklore, y sin lugar a dudas, el motivo que alegra tanto la Navidad-

Les diré a los muchachos que me canten “Espléndida Noche”, tan profundo y sensual: // Espléndida Noche / radiante de luz, / es la Noche Buena / pues nació Jesús. //

Apenas había amanecido, ya estaban, pues, llegando al lugar ansiado; como caballos viejos adelantaron la marcha y al final casi corrieron. Los dos amigos se separaron, tomaron caminos distintos para llegar a sus respectivos y cálidos hogares. Allá les esperaban con la impaciencia propia de la añoranza del ser querido que ha tenido que salir afuera a buscar la arepa para ellos.

Ya hoy, llegaban jubilosos, como si llevaran un gran capital, de trabajar largos meses en el Estado Portuguesa, en las tareas de peones de la Hacienda que los habían contratado y cuyos propietarios, de puro contento por la buena conducta de estos o sumisión, como quieran entenderlo, les renovaban, año tras año, los respectivos contratos de empleo y paga. Lo demás, todos entendemos, unos más que otros, la rutina de los acontecimientos, esos episodios cotidianos y con mucha suerte, aquello de la paz y del amor que se viven en esas fechas, desde un par de meses antes de su celebración.

Ahora es la vida en el rancho y sus alrededores, con los familiares y los amigos de siempre, y ordenando un poco las cosas que habían quedado a medias durante la ausencia. “Ocasión única, para aprender a valorar lo que Dios nos ha dado y que aún tengamos: la familia, el trabajo y los buenos amigos que en estos días tan especiales, parece que cobraran mayor dimensión y hacen sentirnos tremendamente felices.”

Sobre el chinchorro descansaba, una de esas tardes serenas - radiantes de luz- el viejo campesino. Y le quedaba fácil ver el cielo, ahora poblado de grises nubes, otras se tornaban de un color naranja encendido, emulando al resplandor del fuego, sobre la distante montaña que a lo lejos se erguía, desde los valles lejanos y los precipitados páramos y barrancos que morían en el silencio de la niebla reinante. Viendo al cielo, medio adormecido, un sentimiento reflexivo le abordó de súbito, dejándole a expensas de su conciencia, que, sumamente emocionado le hizo claudicar ante el poder mágico de sus percepciones. Como si alcanzara a ver la divinidad de un encuentro místico, pensando en el Nacimiento de Jesús.

En la última revelación del encendido ocaso, al filo del comienzo de la noche, con ese hermoso e ilusorio espejismo, durmió un rato, sin perder la fúlgida imagen del más bello sueño... Vio a los pastores, a Jesús niño y a María, el asno, el buey y a los tres Reyes Magos... Toda una escena de Paz y de Amor, hasta que la cálida brisa tropical le increpó, despertándole, aunque dejándole la grata sensación de haber vivido un feliz sueño en su propio rancho de paredes de cartón -reino de reyes- un lugar de su Belén; y el irrepetible encuentro con el Niño Dios que supo romperle el llanto interior de su infelicidad, tornándola en alegría, ante la admiración suya, bajo la luz dorada de esa fúlgida claridad crepuscular...

Ahora, rodeado de los suyos, se había olvidado de tantos sacrificios pasados. Ahora se sentía inmensamente rico, si la riqueza consiste en saberse querido y arropado por los suyos. No sabían qué hacer para verle así de contento, tanto que no podía ser más…

La señora le miraba con expresión compasiva, medio triste, medio alegre; pasarían los días y otra vez se iría...
-Amor, ¿te traigo otra cervecita? ¿O prefieres aguardiente?
-Arrímate "pa" acá, compañera, tráeme otra, pues...

Iba y venía de un rincón a otro, como si estuviera estrenando rancho nuevo. ¡Cuántos recuerdos por doquiera!.. Los muchachitos habían crecido un poco, la niña casi ya es una mujer y él se sentía más viejo y cansado. Pero estaban todos juntos y esta Navidad iba a ser distinta.

Salió al exterior con el botellín en la mano, y apurando un trago y al echar hacia atrás la cabeza, viendo al cielo, sintió un extraño sentimiento, que perecía le ahogara; por su mente cruzó un pensamiento, que, casi le hiela la sangre, echaba de menos seres queridos que ya se fueron... y, ¡qué lejos los sentía!, para brindar por ellos con sincero respeto. Habían partido para siempre; pero estarán en su corazón en todo momento, para sentirlos más cerca.

Ya era Navidad, también en su humilde ranchito. Desde la quebrada llegaban las voces de los aguinaldos... Los muchachos corrían de un lugar a otro con el nerviosismo propio del momento. Ya el fogón estaba prendido y la gallina en la olla. Por el camino polvoriento venía uno de los compadres a buscarle, para estar juntos un ratico, allá, en el Botiquín del compadre, para oír música y hablar de sus cosas, cosas de pobres que saben vivir la Navidad a su manera y no envidian a nadie, si se hallan entre los suyos, brindándoles su amor...

Por todas partes se oían las gaitas navideñas; y las tracas explotaban en el carrizal, en las afuera del rancho.
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Celestino González Herreros
http://www.celestinogh.blogspot.com
celestinogh@teleline.es


Publicado en el Periódico EL DIA: 24.12.97
Escrito: 04.12.97

SINTIENDO EL GALOPAR DEL TIEMPO

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En cualquier lugar de la ciudad, en el campo, en cuaquier sitio y a la misma hora, aproximadamente, el viejo se veía acosado insistentemente, acercamientos cariñosos que señalaban una necesidad fisiológica inexcusable que acababa en aullidos y ladridos de su fiel amigo. Tuviera o no tuviera ganas de sacarlo a dar el cotidiano paseo, había que hacerlo. Obviamente, el afecto era recíproco, y no podía existir la tentación malsana de una negativa. Ambos siempre terminaban en los lugares más frescos cuando la estación meteorológica era caliente, buscando las habituales parcelas de tierra, donde no molestaran la sensibilidad de los demás. Luego, caminaban hacia las alamedas más próximas, la plaza contigua o el solar pedregoso del viejo caserón abandonado...

Nuestro hombre, con la visible presencia de sus años, mientras su perro olfateaba todo lo que a su paso hallaba e intermitentemente levantaba su patita trasera, con mirada escrutadora seguía atento a lo que quedaba de la vieja casa. Había un muro y el marco de donde hubiera antes una puerta, desde el cual se veía un pasillo lleno de escombros, hierbajos, y entre otras cosas, despojos que recuerdan que allí hubo vida. Restos de una mesa con sólo tres patas carcomidas por las polillas, y el respaldo de una silla... Más adelante, donde debió haber estado el salón, en un rincón del mismo, una perezosa de madera y mimbre totalmente deteriorada pero identificable, el lugar preferido del abuelo; y muy cerca, veía otro espacio abierto en la descompuesta pared, posiblemente esa sería la ventana de los sueños por donde escapaban los suspiros evadidos de su alma y, por cuya abertura, llegaba también el trinar alegre de los pájaros que anidaban en los frutales de la huerta. Y llegaban todos los aromas primaverales y las caricias de las brisas otoñales. Donde iba a refugiarse, huyendo de los ruidos de la casa, para concentrar mejor sus ideas, esas percepciones que los viejos sienten cuando apenas ya por si solos no se pueden valer... Me parecía ver al anciano sentado allí, meciéndose en silencio con los ojos cerrados y su expresión triste como tantas veces... pensativo y frotando sus temblorosas manos, caídos sus cansados hombros y sus labios fuertemente comprimidos. Me parecía, viéndole en su soledad, refugiado en el lugar apetecido rememorando su pasado, aquellos días desde su dulce infancia, recordando también a su amado padre y a mamá buena dándole tanto y queriéndole insaciablemente... Y, obligando al tiempo, le hizo llegar al romántico encuentro de su gran amor, los años vividos juntos y aquel malogrado día, cuando le dijo adiós para siempre, en aquellos momentos de desesperación. Se había quedado solo -se supone- y en aquella chirreante perezosa habían acabado sus días... La casa se vino abajo, que, por ser vieja nadie la cuidó y así está: los recuerdos abandonados, las cosas íntimas esparcidas como basura junto a los matojos e impresentables excrementos, iguales a los del perro mío, y orinas expelidas por los rincones... No hay una valla de protección en ese lugar señalado, donde vivieron, sufrieron y amaron seres humanos que lo dieron todo por los suyos... No hay, simplemente, un mínimo de respeto que se pueda atribuir al respecto, en consideración hacia esas vidas que se consumieron, posiblemente, en el sacrificio y el amor...

Nuestro hombre llamó al perro, lo acarició tanto, que, en un efusivo abrazo intentó besarle en su cabeza, pero el animal, juguetón, rehuyó instintivamente; conmovido secó las lágrimas que de sus marchitos ojos estaban brotando; ya, ni al perro, su mejor amigo, podía besar ni contarle sus temores... Lo sujetó con la cadena y se fueron hacia su casa, donde se encontrarían con la familia, que ya iban siendo menos, porque los muchachos se habían hecho hombres, ya tenían su propia familia y sus casas; allí estaba sólo la esposa, siempre esperándole. Estarían día y noche solos, haciendo cosas, discutiendo algunas veces, o recordando viejos momentos... y mirando de soslayo y cada vez con más énfasis e insistencia a través de la ventana lo que está más allá...
Todo lo demás, forma parte de la vulgar comedia de la vida, visitas esporádicas, risas y fiestas, algún encuentro callejero, miradas frías, caminos solitarios y al final siempre solos, ocultando sus fracasos y decepciones, disculpando los errores y omitiendo lo inconfesable...

Según lo he ido narrando, estuve consciente de lo que decía, no se si será cierto que todas estas circunstancias concurran... Yo también tengo un perro y suelo salir con él a dar mis vueltas, ya me estoy haciendo viejo, no es una casualidad, por cierto. Y suelo mirar con frecuencia a través de la ventana... sin saber aun, en realidad, qué busco ni qué cosa extraña tanto me atrae, y por más que trate de disipar esas influencias, no consigo evitarlo. A mis años, busco agotar, a sabiendas de tan serias dudas, toda la energía favorable que pueda brindarme la vida. Busco cómo reunir de nuevo a esos retoños míos que se han dispersado, porque ese es el destino de cada cual; y me han dado hermosos nietos, con los que comparto mis escasas horas... y me hacen concebir nuevas ilusiones. Vuelvo a sentir ganas de vivir, para participar con ellos de todos los encantos de una vida mejor. A tal punto llega mi transformación espiritual, que quisiera ser como ellos, poder crecer a su ritmo, sonreír igual, tener una madre que me duerma en sus cálidos brazos y un padre que me cuente historias... Hoy valoro la vida de otra forma, hoy son mis hijos y los hijos de mis hijos y quisiera vivir mucho más para estar juntos, hacer cosas nuevas e imitar todas sus travesuras... Pero no me va a quedar tanto tiempo, todo ha de llegar a su fin. Si algún día, cuando me haya ido, revolviendo en el baúl de mis recuerdos o en las gavetas del viejo mueble, descubrieran entre tantas cosas de insignificante valor, aparentemente, algunos de estos escritos, no os pongáis tristes leyéndolos. Todo lo mío arrojadlo al fuego, que ya se encargarán de sus cenizas las brisas amigas que siempre me acompañaron. Ellas saben los caminos que he soñado y podrán devolverme, con sus caricias, el sentimiento perdido y sabrán llevarme vuestros mensajes de amor. La esposa, el hijo, el padre, el hermano y los abuelos, habremos pasado por la vida como una circunstancia compartida... "Mas, no dejo de pensar en la perezosa abandonada al azar de su destino". Insisto, cuando trato de disipar los temores que a veces invaden mi ser y atormentan a mi mente, suelo imponerme, aunque mi ridículo esfuerzo me hiera más, en defensa de los años que no se pueden ocultar. Y quisiera que también mi leal perro recordara, aquellos ratos que pasamos juntos y el cariño que le daba.

En el portal de la casa, cuando entraba, vio salir a unos niños corriendo sin que se percataron de su presencia. Reían, gritaban... ¡Qué alegría la de algunos niños! Viven cautivados en su mundo de fantasías. ¡Qué envidiables! Al llegar al hogar no había nadie, todos habían salido a sus asuntos... Otra vez solo; y su perro, echado a su lado, muy cerca de él, mirándole de tiempo en tiempo, aunque también estaba callado, como si estuviera triste, le asustaba la soledad; y apoyando su liviana cabecita sobre su zapatilla, adormitaba suspirando a la vez que parpadeaba con resignación. Quizás pensaban en los niños que habían salido por el portal, ellos eran sus nietos.
Reflexionando sobre la posible veracidad de tales experiencias, he llegado a la conclusión de que no debiéramos esperar tanto de la vida. Conformémonos con lo que tengamos, aunque nunca dejemos de esperar... Con la expectativa común de nuevos hallazgos, las ilusiones despiertan el interés... Es bueno esperar, hasta que se detenga el galopar del tiempo.


Celestino González Herreros
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celestinogh@teleline.es

LAS COSAS DE LA VIDA SON ASÍ

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Nunca supe si fue un sueño o realidad
verte ¡tan bella! Tal, y como fuiste ayer.
Fue como entre luces verte aparecer
y se eclipsara entonces mi soledad...

Te vi cruzar el desierto camino,
envuelta en la albura de la alborada
y radiante de luz difuminada
te fuiste, cual siniestro torbellino.

Triste es ver cómo han pasado los años,
entender que la vida nos consume;
y sentir el corazón incólume
a pesar de sufrir tantos desengaños.

¡Pero más triste es no poder amarnos!,
querernos y tener que ocultarlo;
entre las gentes tener que callarlo
y sufrir por no querer olvidarnos.

Mas, vivir a los recuerdos aferrado,
es, como morir soñando la vida
sin vagar por la senda prohibida,
tras haber, al corazón enterrado.

Las cosas de la vida son así,
es un dilema para nunca entender
si se trata de las cosas del querer,
lo cierto es, que sin querer te perdí.

Cada vez distamos más en el tiempo,
aunque estemos cerca en el mismo lugar;
pues, si soñamos nos podemos amar
y te veo aparecer sonriente en el sueño...

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Celestino González Herreros
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celestinogh@teleline.es

10/9/10

UN SENTIMIENTO QUE SE CONVIRTIÓ EN AMOR

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Oí sonar las campanas, el eco llegaba traído por la suave brisa y dejaba en mi alma la sensación sublime del recuerdo, algo desvanecido por el tiempo ya pasado. Pero era el mismo canto que sintiera antaño, su canto, cuando bajaba corriendo por los atajos en busca de ella, para encontrarnos en la puerta del templo, antes que comenzara el santo oficio de la sagrada Misa. Nos sentíamos unidos por los mismos pensamientos, volver a vernos al salir de la Iglesia, poder andar a su lado y en la bifurcación del camino, más tarde, irnos cada cual por su lado, hasta la próxima semana. Así nació un sentimiento que se convirtió en amor.

Pasaron los años y las viejas costumbres cambiaron, se abrieron nuevos caminos y en su constante transformación, uno fue dejando anulados los infantiles conceptos, maduramos también por dentro y vimos más lejos buscando nuevas sensaciones y experiencias, nos instruimos con el tiempo, para luego volver, ya viejos nuestros cuerpos… Y andar por aquellos senderos en busca de las cosas perdidas de la infancia, e inútilmente, seguir sin hallar el consuelo de oír la voz amiga, la risa amada, en la alborada de cada domingo, despierta por las mismas campanas del rancio campanario.

Hoy veo muchos senderos que antes no existían. Contemplo con nostalgia el único que había, ahora solitario, cubierto por la hierba que ha borrado nuestras huellas y al final del camino, sólo queda ya el retorcido y triste árbol, donde solíamos detenernos simulando cansancio y acabar de grabar el tatuaje en su duro tronco, de nuestros corazones en sólo uno fundido, lo único que he hallado… Mis manos temblorosas ahora lo acarician y siento, como si estuviera a mi lado, siento su cálido aliento traído también por esta suave brisa que acaricia.
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Celestino González Herreros
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8/9/10

A TRAVÉS DE LA VENTANA…

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Es como si se abriera una imaginaria ventana y, a través de ella, viéramos un nuevo amanecer; entrara el espectro matinal y el aire fresco, tempranero y el canto madrugador del gallo, junto al trinar de los pájaros, anunciando el desorbitado encanto de lo imaginativo, entre lo dulcemente agradable y el romance lírico de la ilusión realizable y la otra verdad de la vida.

El camino que a través del marco de mi utópica ventana, intuyo como si de una visión “esperada” se tratara, me conduce abiertamente hacia una supuesta, pero ansiada y muchas veces soñada, meta y refugio a la vez. Donde quedaron promesas que no fueron realidad. Sueños quebrantados quizás, cantos interrumpidos de angelicales y sonoros ecos. O musas que no lograron inspirarme y desistieron en su intento, a la vez que fenecían.

Desde la traslúcida ventana que asoma hacia el sombrío sendero, puedo discernir entre otros pasos también los míos, caminando hacia el escollado destino de esa meta ilusa que inventamos, producto de nuestra propia confusión y motivo, a veces, de tantas controversias y dilatadas reflexiones.

El aire que me llega quiere sedar el calor de tan desordenada urdimbre al propio miedo que me sujeta -miedo a nada- pero sin embargo, causa triste de una agonía arcana que no bien entiendo… Que me duele y se estaciona en esa confusión profana. Como si hubiera sido despedido y obligado a caminar solo -y he debido acostumbrarme- porque ya camino y a través de el -el camino- he aprendido a vivir y así como vivo, también en vida, aprendí a sufrir sin proferir lamento alguno, sin quejarme… Porque nadie iba a darme todo aquello por lo que he estado luchando, así porque sí...

El hombre llegó a comprenderlo y luchó para enmendarse de haber sido necesario. Se realizó, evidentemente, consumiendo sus propias fuerzas –hasta el último recurso y hasta su propio desencanto, en la lucha agobiante por hallar luz para su sendero y nutrir el camino con la esperanza. Darle pues, a la vida el amor enardecido y la razón justificable de que se nace para luchar y que se muere para vivir.

Los geranios florecieron todos y están tan hermosos como nadie puede imaginarse. Yo sigo cuidando cada cantero con el amor que pongo en esas cosas, las que considero sumamente importantes para poder conformar al alma “sensible y pedigüeña”. Los geranios, a través de la ventana, los veo que florecen más atrayentes que nunca, más bellos que en cualquier otro año pasado, aunque siempre les haya dado lo mejor de mi cariño, atendiéndoles debidamente.

Impedido, detrás de la ventana, veo más allá de los rojos geranios. Busco lo que nadie sabe y no lo encuentro. El camino se hace largo, interminable y las fuerzas ceden, acaso han muerto o se resisten. Busco en la vida pocas cosas, soy sincero. Busco mi soledad… ¡Que nadie la turbe! Y busco o deseo para los demás, que lo encuentren todo, que recojan, si quiera, las migajas que otros hayan dejado… Porque ellas dan el placer de sentirnos abastecidos y recuerdan –esas migajas- que el ser humano no teme tanto la soledad, como la indolencia, aunque acabe acostumbrándose a ella.

La noche se nos viene encima, quiere oscurecer, se han ido retirando todos y me voy quedando solo. Pero se oyen pasos que llegan. Aún hay una tenue luz en el sendero que a los geranios destacan y la presencia de ellos me consuela. ¡Están preciosos! Y yo, ávido expectante, espero que se acerquen esos pasos. Es mi soledad, otra vez mi soledad, que quiere estar conmigo, darme sus caricias, ese consuelo a veces cruel que me desmoraliza, que me deja a sus expensas… ¡Soledad, no te vayas de mi lado! Porque en ti encuentro sobradas razones que me inducen a pensar que eres cuna y que eres puerto, ¡OH, soledad!, donde convergen todas las barcas que han naufragado, a través de la misma vida, los años legendarios y sinuosos, como el viento, como la vida y la muerte. Como la tierra que uno pisa.

Cuando regreso el camino siempre está solo, tanto silencio siento, que apenas oigo mis propios pasos que se orientan hacia el lejano marco de “la ventana” tras la cual se esconde el dolor, los recuerdos todos allí guardados y desde donde veo, cada mañana, amanecer de nuevo. Para asistir, más tarde, a la huída del lucero que se pierde en el lejano horizonte, como una promesa fenecida.
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Celestino González Herreros
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¡MI ALEGRE NIÑA DE DULCE MIRADA!

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Expectante estuvo largo rato, esperando verla cuando asomara. Pasó el tiempo inútilmente y ya tarde se fue abatido por la contrariedad sufrida por el desconsuelo insoportable de pasar otro día sin su grata compañía. Y así pasaron muchas jornadas y semanas y ella ignorando su angustia, sin saber que le inquietaba su largo silencio. Que por las noches, decía casi no dormir.

Buscó en uno de los cajones del viejo mueble, como tantas veces solía hacer, su última carta y otra vez volvía a leerla, a ver si adivinaba en sus palabras la verdadera razón de su ausencia. Y no halló respuesta. “Que no podía quererle” -lo repetía insistentemente- Que él era un hombre casado, que se fuera lejos, donde no vuelva a verle… ¡Que él es un hombre casado! Sus lágrimas mojaron el papel y las palabras mutiladas se hacían ilegibles, se corría la tinta, como si también lloraran. Y volvió a guardar la carta, igual que sepultarla, en el escondite más insólito de su casa, el viejo mueble ya en desuso, donde guarda sus cosas íntimas desde entonces.

A veces la ve por la calle y se esconde de ella, dice no poder soportar su presencia y sus ojos se habrían cegado por el llanto. No podría verla sin decirle que aún la quiere. No sabe cuánto, ni hasta cuándo.
Así pasaron los años y hoy, ya viejo, aún la recuerda como si fuera una niña. Y juega con ella, como si fueran dos niños, como si no hubiera pasado el tiempo… Le gusta andar descalza cuando pasean por la playa y se trepa por los riscos como una gaviota. Echado en la arena, le gusta contemplarla, cuando viene de regreso a sentarse a su lado. Si ella supiera cómo la conserva. Ayer la vio por la calle y sintió un pánico atroz, apenas si se mantuvo en pie, vieja y desaliñada, con su tez arrugada… ¡Pero siempre profunda su dulce mirada! Ella no alcazo a verle y permaneció oculto, no supo el tiempo, estaba asustado temiendo el encuentro.

Desde entonces, no la halló más en sus sueños, por más que lo intentara. Ahora se siente más viejo, más acabado. Y pensaba, ¿cómo es, que ayer todo fuera diferente, aquella ilusión por verla y jugar con ella que tanto le había alimentado y se sentía tan fuerte…Como un joven enamorado.

A veces, va por la tranquila playa y sólo ve las huellas de sus pasos que llegan hasta la orilla, donde la mar se queda y retorna callada, como si se la hubiera llevado con ella… Mi alegre niña de dulce mirada.


Celestino González Herreros
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