22/9/10

LA PÁLIDA LUZ DE ESA NUEVA AURORA

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Toda la luz, cual sinfonía celestial que llegara, fue como si se volcara sobre el blanco papel donde escribo y ella quisiera, de súbito, borrar con su transparencia virtual los borrones que hubieran, esas dudas y contradicciones que a veces nos acosan o acompañan en el concierto mundano de nuestra existencia. Toda la luz llegó como un vendaval inesperado y en ese claro de luz, mi mente fue liberada y brotaron nuevos pensamientos como en un sueño de amor; y los caminos florecieron todos; y las quebradas y los atajos más dispersos... Todo fue transformándose con la solemnidad del momento en otra dimensión distinta, en lugares nunca vistos, aunque muchas veces soñados, caprichosamente soñados. Y por la empalizada me pareció verte, silente, cruzando el callado pavimento tantas veces andado juntos. Se desataron las firmes ligaduras de nuestra propia incomprensión y aparecieron los desperfectos ya viciados por el tiempo transcurrido, apenas reconocibles, pero eran nuestros defectos y nuestra intolerancia, la vaguedad de nuestra escasa experiencia y las indecisiones de nuestros sanos impulsos a pesar de todo.

¡OH Dios!, necesito un amplio lienzo, que sea el mayor... Ya que este trozo de papel es muy escaso para volcar en el todo el caudal de voces y pensamientos que han renacido en mi mente. De súbito ha sido, al pensar en ti. Un lienzo para buscar en ese mar de luces aquellos resquicios de sombras volatizables de mi pasión. La otra cadencia del singular concierto, donde se esconden los recuerdos más turbios, los inconfesables recuerdos, el llanto callado y las lágrimas que aún titilan como perlas encendidas en nuestro corazón.
La brisa cuando acaricia, más parece que nos devolviera esa paz tan necesaria... Y entre tanto, escapamos del cruel laberinto de nuestras confusiones.
Donde hay o hubo amor, siempre hay perdón; hasta en los sueños Dios perdona, aún cuando desafiemos las leyes divinas y luchemos por conseguir “oníricamente” lo que el destino nos quitó.

Con tanta luz y un lienzo apropiado, de pinceles armado y un montón de pinturas, con mi mente alocada y el corazón tan henchido de amor, ¡ay, Dios mío!, cuántas pinceladas, qué torbellino de luces y colores juntos, de sombras y abismos... ¡Ay!, si pudiera plasmar en ese imaginario lienzo mi pasión y el amor que siento por todo cuanto me rodea hoy y lo inalcanzable. La pálida luz de esa nueva aurora es ahora como un mágico amanecer que surgiera en mi alma, es la luz delatora de mi inmensa felicidad.

Si pudiera expresar con palabras el éxtasis que estoy viviendo en este apartado lugar, viendo frente a mí, sólo el estático horizonte de esa línea imaginaria entre el mar y el cielo, allá en la lejanía; la mar tendida y serena… Si pudiera guardar este poético momento y disfrutarlo en determinadas circunstancias, si pudiera eternizarlo…

Ante mí y ante la inmensidad del mar, sólo hay matojos y pequeños montículos de tierra abandonada, piedras sueltas y desordenadas por doquiera. Mirando al mar, siento que en mi mente se desataran viejas querencias como si quisieran volver a navegar por las cristalinas aguas del océano, como ayer. Sentir como entonces aquellos bandazos y las caricias yodadas de las brisas pasajeras y la salobre sensación que dejan en los sedientos labios cuando la mar se agita y la ola al romper salpica.
Tierra firme y abandonada, sin manos que la proteja, surcos también sedientos abiertos antaño por aquellos brazos que se esforzaron por fertilizarla un día y las semillas germinaran par hacerla próspera y generosa. Hoy sólo veo ruinas, un deleznable cuadro de abandono, ya nadie vive aquí, se fueron todos a ninguna parte mejor, se fueron en busca de las cosechas doradas de otros lugares y me han dejado solo, con un puñado de semillas en los bolsillos que espero germinen como la ilusión que me asiste y el amor que `ponga en mi trabajos. Del cielo llegarán las lluvias y a través del mar llevaré lejos mi abundante cosecha, yo solo, mar adentro, aunque en mi mente siempre la lleve a ella.


Celestino González Herreros
http://celestinogh.blogspot.com
celestinogh@teleline.es

LAS GENTES DESESPERADAS Y EL MAR

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I
Cuántas veces, fue remanso ilusionado de los valientes que ayer emigraron, quienes nunca a su terruño olvidaron. Periplo obligado del expatriado...


Viendo un programa televisado, aquí, en Tenerife, al cual estaba invitado a participar y no pude asistir por razones obvias, ajenas a mi voluntad, viví momentos de perplejidad y de verdadera pena; también de congratulación, por cosas ciertas y hermosas que oí, y por la forma y modo que algunos participantes enfocaron el tema que se debatía: ¿Cree Ud., que los emigrantes retornados son bien atendidos cuando regresan a su lugar de origen? Quiénes hayan visto el mencionado programa ya habrán sacado sus propias conclusiones. Resultó muy corto el espacio televisivo disponible, cuando estaba en su momento álgido, cuando los conceptos y sugerencias estaban aclarándose, se acabó el tiempo preestablecido. Debo añadir que estuvo muy bien coordinado - lo cortés no quita lo valiente - Y los invitados, excepcionales, sin desmerecer a ninguno, en modales y respeto mutuo y a la audiencia. La temática del mismo giró en torno a la figura del emigrante canario, del que consigue retornar por su cuenta y riesgo, con la ilusión indescriptible de abrazar a los suyos y acariciar las cosas y lugares que habían quedado atrás hace muchos años. Sin pensar que el tiempo, también, por estos lugares ha pasado y que las gentes ya no son, ni están, aquellos que un día inolvidable, ya lejano, nos dieron la triste despedida en el muelle... Los pueblos de entonces, eran lugares y aldeas empobrecidas en esa época de escasez, y los campos sin luz ni agua ni caminos aconsejables, sólo para bestias. Soledad colectiva que fue anulando al campesino que sólo pensaba en emigrar hacia Venezuela, único país que abrió sus puertas, para poder ayudar a sus familias. Hombres y mujeres de distintas condiciones sociales, obsesionados con la misma idea, los que fueron sumándose al éxodo migratorio. Y así comienza la difícil experiencia de tener que abandonarlo todo, sin más. Esa gente, valientes aventureros y desesperados conciudadanos nuestros, salieron de la forma que pudieron, según las posibilidades económicas de cada cual, etc. Algunos empeñando todos sus enseres y sacrificando a las familias, que, iban a esperar la ayuda tan necesaria, la cual, de alguna manera, amainaría el amargo problema de la pobreza existente. Como todos sabemos, muchos murieron sin ver realizados sus sueños, porque nunca les fue fácil conseguirlo. Otros, en cambio, si, salieron adelante. Los que fueron reclamados por sus familiares más directos y ayudados desde que llegaron; hasta por los amigos, que nunca les negaron, si estaba en sus posibilidades, esa ayuda tan necesaria... Las gentes, desesperadas, a través del mar vieron abiertas las puertas de la esperanza. El mar fue entonces, para los canarios, el único nexo que nos llevaría a Venezuela, anteriormente, también a Cuba, aunque en ello muchos sucumbieron, sin lograr sus buenos propósitos, empero llegaron muchos y hallaron en ese país lo que buscaban y habían soñado.
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Celestino González Herreros
http://www.celestinogh.blogspot.com
Publicado en el Periódico EL DIA: 04.09.01
celestinogh@teleline.es

SENTIR DE LA NAVIDAD EN VENEZUELA

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Con lo puesto encima partieron, nada de equipaje, para un par de días que duraría el viaje, no era necesario más. En el trayecto conseguirían comer algo hasta llegar.

Era una mañana de esas que parecen propias para señalar un momento importante; no era otro que encontrarse en sus respectivos ranchos, con sus familias, después de un año completico de trabajo, lo que se dice trabajo de verdad, aunque se piense lo contrario. La tierra es cruel con los hombres, se hace difícil a veces domarla por lo dura que se pone; luego el Sol, cuando se arrecha no hay quién lo soporte, pega muy duro... Pero también, la tierra, es generosa cuando se le da lo que pide: Sol y agua, aunque sea la del rocío y cariño.

Por un camino abrupto que parecía interminable, los dos amigos llevaban buen rato andando y, para apagar la sed que sentían, hallaron a un chamo ambulante, subido en una pequeña lomada con una pila de cocos que vendía como medio de sustento, para negociar con los que transitaran por allí; a la vez descansaban un poco. Después de beberse la sabrosa agua de coco con ron, y repuestas las fuerzas gastadas en el largo viaje, siguieron adelante, hasta llegar a un trozo de vía medio asfaltada de vieja ejecución que haría menos penoso el trayecto. En ambos márgenes de la misma, se adentraba la fronda abundante del lugar, como queriendo abarcarlo todo y dominar lo que antes fuera suyo, mutilado por el progreso habitual para dar paso al movimiento urbano de los pueblos adyacentes, en su continuo y diario trajín. No hubo un sólo carro que se detuviera para llevarles, ni por asomo. Está claro, nunca se sabe las intenciones verdaderas del peatón -antes era distinto, la gente no sentía tanta malicia- y es obvio, que la desconfianza genere miedo. Mas, por suerte, ya cerca de unos solitarios y umbríos páramos, refrescó el aire; sendas nubes bajas y abundante neblina, les envolvió de súbito, liberando sus agobiados pulmones para respirar mejor y adelantar el paso.

Un carro que venía a sus espaldas, hizo como si fuera a detenerse, y haciendo un gesto obsceno con la mano el conductor, y las consiguientes risotadas de los acompañantes, aceleró la marcha del vehículo en muestra de mamadera de gallo o lo que es igual, de burla.

-¡Desgraciado, que un rayo te parta en dos! ¡Que te devore una culebra tragavenado!
¡Coñomadre!..- Inquirió el otro-

Siguieron adelante, profiriendo maldiciones. Hasta que olvidaron el incidente y cambiaron de tema haciendo planes para cuando estuvieren con la misia y los muchachos... También pensaban en los animales que habían dejado. Mientras conversaban las horas volaban. Volvió el calor, habían dejado ya lejos el frescor de los páramos y las sombras de las nubes. También es verdad, que la tarde se sentía más apacible mientras se avecinaba la noche, tibia y sensual, con el vientecillo propio del trópico abanicando el ambiente.

A la sombra de un hermoso palmeral, guarecidos entre la maleza, disfrutaron a piernas tendidas, un sueño dichoso, hasta muy cerca de la madrugada. Pensaron partir antes que amaneciera para evitar el molesto castigo del Sol. Así ganarían camino sin tanto agobio.

-Oye la queja del viento en el camino que nos lleva a la aldea, dejamos atrás las quebradas y el tupido carrizal. Como que va a amanecer horita; y aquí estamos, compadre, parados siempre, aunque del andar cansados; que la ilusión nos mantiene erguidos, pensando, claro está, en la familia que nos espera, más ahorita, cuando se viven estos días de la Navidad.

-Si, mi hermano, aunque llevemos pocos reales en los bolsillos, piense en ellos, todos en torno a la mesa, adornada con los típicos manjares de nuestros campos; y el hervido de gallina calentico... ¡Ah mundo!...
-Todavía nos falta para llegar-
-Diremos que se nos escapó el autobús y nos echamos andar para ganar tiempo. Estas alpargatas que llevamos puestas en los pies, nos protegerán hasta llegar al bohío... Aún siento la impresión de la lejanía, de la soledad, de la llanura perdida… Como si nos siguieran las voces de aquellos compañeros de trabajo, algunos, quizás, no tienen familias y les da igual quedarse cerca de la Hacienda. Al no tener dónde ir y no quieran perderse el calor humano del afecto que les brindan, algunas veces, el patrón, el capataz o el bollero Juan. Ellos celebrarán la Navidad a su modo y no estarán solos.

Se me antoja, estar oyendo la música criolla de una típica “chipola”, de allá, del Estado Portuguesa. Como antes las cantaran el Trío Cantaclaro, que me cuenta el viejo Simón, y que de por los años 37.
-Imaginémonos dichas notas sentimentales...Verdad, que siente uno aún más, las ganas de llegar y poder escuchar en el cerro, el parrandón, los aguinaldos y las gaitas, unos de los más bellos aires musicales navideños de nuestro folklore, y sin lugar a dudas, el motivo que alegra tanto la Navidad-

Les diré a los muchachos que me canten “Espléndida Noche”, tan profundo y sensual: // Espléndida Noche / radiante de luz, / es la Noche Buena / pues nació Jesús. //

Apenas había amanecido, ya estaban, pues, llegando al lugar ansiado; como caballos viejos adelantaron la marcha y al final casi corrieron. Los dos amigos se separaron, tomaron caminos distintos para llegar a sus respectivos y cálidos hogares. Allá les esperaban con la impaciencia propia de la añoranza del ser querido que ha tenido que salir afuera a buscar la arepa para ellos.

Ya hoy, llegaban jubilosos, como si llevaran un gran capital, de trabajar largos meses en el Estado Portuguesa, en las tareas de peones de la Hacienda que los habían contratado y cuyos propietarios, de puro contento por la buena conducta de estos o sumisión, como quieran entenderlo, les renovaban, año tras año, los respectivos contratos de empleo y paga. Lo demás, todos entendemos, unos más que otros, la rutina de los acontecimientos, esos episodios cotidianos y con mucha suerte, aquello de la paz y del amor que se viven en esas fechas, desde un par de meses antes de su celebración.

Ahora es la vida en el rancho y sus alrededores, con los familiares y los amigos de siempre, y ordenando un poco las cosas que habían quedado a medias durante la ausencia. “Ocasión única, para aprender a valorar lo que Dios nos ha dado y que aún tengamos: la familia, el trabajo y los buenos amigos que en estos días tan especiales, parece que cobraran mayor dimensión y hacen sentirnos tremendamente felices.”

Sobre el chinchorro descansaba, una de esas tardes serenas - radiantes de luz- el viejo campesino. Y le quedaba fácil ver el cielo, ahora poblado de grises nubes, otras se tornaban de un color naranja encendido, emulando al resplandor del fuego, sobre la distante montaña que a lo lejos se erguía, desde los valles lejanos y los precipitados páramos y barrancos que morían en el silencio de la niebla reinante. Viendo al cielo, medio adormecido, un sentimiento reflexivo le abordó de súbito, dejándole a expensas de su conciencia, que, sumamente emocionado le hizo claudicar ante el poder mágico de sus percepciones. Como si alcanzara a ver la divinidad de un encuentro místico, pensando en el Nacimiento de Jesús.

En la última revelación del encendido ocaso, al filo del comienzo de la noche, con ese hermoso e ilusorio espejismo, durmió un rato, sin perder la fúlgida imagen del más bello sueño... Vio a los pastores, a Jesús niño y a María, el asno, el buey y a los tres Reyes Magos... Toda una escena de Paz y de Amor, hasta que la cálida brisa tropical le increpó, despertándole, aunque dejándole la grata sensación de haber vivido un feliz sueño en su propio rancho de paredes de cartón -reino de reyes- un lugar de su Belén; y el irrepetible encuentro con el Niño Dios que supo romperle el llanto interior de su infelicidad, tornándola en alegría, ante la admiración suya, bajo la luz dorada de esa fúlgida claridad crepuscular...

Ahora, rodeado de los suyos, se había olvidado de tantos sacrificios pasados. Ahora se sentía inmensamente rico, si la riqueza consiste en saberse querido y arropado por los suyos. No sabían qué hacer para verle así de contento, tanto que no podía ser más…

La señora le miraba con expresión compasiva, medio triste, medio alegre; pasarían los días y otra vez se iría...
-Amor, ¿te traigo otra cervecita? ¿O prefieres aguardiente?
-Arrímate "pa" acá, compañera, tráeme otra, pues...

Iba y venía de un rincón a otro, como si estuviera estrenando rancho nuevo. ¡Cuántos recuerdos por doquiera!.. Los muchachitos habían crecido un poco, la niña casi ya es una mujer y él se sentía más viejo y cansado. Pero estaban todos juntos y esta Navidad iba a ser distinta.

Salió al exterior con el botellín en la mano, y apurando un trago y al echar hacia atrás la cabeza, viendo al cielo, sintió un extraño sentimiento, que perecía le ahogara; por su mente cruzó un pensamiento, que, casi le hiela la sangre, echaba de menos seres queridos que ya se fueron... y, ¡qué lejos los sentía!, para brindar por ellos con sincero respeto. Habían partido para siempre; pero estarán en su corazón en todo momento, para sentirlos más cerca.

Ya era Navidad, también en su humilde ranchito. Desde la quebrada llegaban las voces de los aguinaldos... Los muchachos corrían de un lugar a otro con el nerviosismo propio del momento. Ya el fogón estaba prendido y la gallina en la olla. Por el camino polvoriento venía uno de los compadres a buscarle, para estar juntos un ratico, allá, en el Botiquín del compadre, para oír música y hablar de sus cosas, cosas de pobres que saben vivir la Navidad a su manera y no envidian a nadie, si se hallan entre los suyos, brindándoles su amor...

Por todas partes se oían las gaitas navideñas; y las tracas explotaban en el carrizal, en las afuera del rancho.
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Celestino González Herreros
http://www.celestinogh.blogspot.com
celestinogh@teleline.es


Publicado en el Periódico EL DIA: 24.12.97
Escrito: 04.12.97

SINTIENDO EL GALOPAR DEL TIEMPO

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En cualquier lugar de la ciudad, en el campo, en cuaquier sitio y a la misma hora, aproximadamente, el viejo se veía acosado insistentemente, acercamientos cariñosos que señalaban una necesidad fisiológica inexcusable que acababa en aullidos y ladridos de su fiel amigo. Tuviera o no tuviera ganas de sacarlo a dar el cotidiano paseo, había que hacerlo. Obviamente, el afecto era recíproco, y no podía existir la tentación malsana de una negativa. Ambos siempre terminaban en los lugares más frescos cuando la estación meteorológica era caliente, buscando las habituales parcelas de tierra, donde no molestaran la sensibilidad de los demás. Luego, caminaban hacia las alamedas más próximas, la plaza contigua o el solar pedregoso del viejo caserón abandonado...

Nuestro hombre, con la visible presencia de sus años, mientras su perro olfateaba todo lo que a su paso hallaba e intermitentemente levantaba su patita trasera, con mirada escrutadora seguía atento a lo que quedaba de la vieja casa. Había un muro y el marco de donde hubiera antes una puerta, desde el cual se veía un pasillo lleno de escombros, hierbajos, y entre otras cosas, despojos que recuerdan que allí hubo vida. Restos de una mesa con sólo tres patas carcomidas por las polillas, y el respaldo de una silla... Más adelante, donde debió haber estado el salón, en un rincón del mismo, una perezosa de madera y mimbre totalmente deteriorada pero identificable, el lugar preferido del abuelo; y muy cerca, veía otro espacio abierto en la descompuesta pared, posiblemente esa sería la ventana de los sueños por donde escapaban los suspiros evadidos de su alma y, por cuya abertura, llegaba también el trinar alegre de los pájaros que anidaban en los frutales de la huerta. Y llegaban todos los aromas primaverales y las caricias de las brisas otoñales. Donde iba a refugiarse, huyendo de los ruidos de la casa, para concentrar mejor sus ideas, esas percepciones que los viejos sienten cuando apenas ya por si solos no se pueden valer... Me parecía ver al anciano sentado allí, meciéndose en silencio con los ojos cerrados y su expresión triste como tantas veces... pensativo y frotando sus temblorosas manos, caídos sus cansados hombros y sus labios fuertemente comprimidos. Me parecía, viéndole en su soledad, refugiado en el lugar apetecido rememorando su pasado, aquellos días desde su dulce infancia, recordando también a su amado padre y a mamá buena dándole tanto y queriéndole insaciablemente... Y, obligando al tiempo, le hizo llegar al romántico encuentro de su gran amor, los años vividos juntos y aquel malogrado día, cuando le dijo adiós para siempre, en aquellos momentos de desesperación. Se había quedado solo -se supone- y en aquella chirreante perezosa habían acabado sus días... La casa se vino abajo, que, por ser vieja nadie la cuidó y así está: los recuerdos abandonados, las cosas íntimas esparcidas como basura junto a los matojos e impresentables excrementos, iguales a los del perro mío, y orinas expelidas por los rincones... No hay una valla de protección en ese lugar señalado, donde vivieron, sufrieron y amaron seres humanos que lo dieron todo por los suyos... No hay, simplemente, un mínimo de respeto que se pueda atribuir al respecto, en consideración hacia esas vidas que se consumieron, posiblemente, en el sacrificio y el amor...

Nuestro hombre llamó al perro, lo acarició tanto, que, en un efusivo abrazo intentó besarle en su cabeza, pero el animal, juguetón, rehuyó instintivamente; conmovido secó las lágrimas que de sus marchitos ojos estaban brotando; ya, ni al perro, su mejor amigo, podía besar ni contarle sus temores... Lo sujetó con la cadena y se fueron hacia su casa, donde se encontrarían con la familia, que ya iban siendo menos, porque los muchachos se habían hecho hombres, ya tenían su propia familia y sus casas; allí estaba sólo la esposa, siempre esperándole. Estarían día y noche solos, haciendo cosas, discutiendo algunas veces, o recordando viejos momentos... y mirando de soslayo y cada vez con más énfasis e insistencia a través de la ventana lo que está más allá...
Todo lo demás, forma parte de la vulgar comedia de la vida, visitas esporádicas, risas y fiestas, algún encuentro callejero, miradas frías, caminos solitarios y al final siempre solos, ocultando sus fracasos y decepciones, disculpando los errores y omitiendo lo inconfesable...

Según lo he ido narrando, estuve consciente de lo que decía, no se si será cierto que todas estas circunstancias concurran... Yo también tengo un perro y suelo salir con él a dar mis vueltas, ya me estoy haciendo viejo, no es una casualidad, por cierto. Y suelo mirar con frecuencia a través de la ventana... sin saber aun, en realidad, qué busco ni qué cosa extraña tanto me atrae, y por más que trate de disipar esas influencias, no consigo evitarlo. A mis años, busco agotar, a sabiendas de tan serias dudas, toda la energía favorable que pueda brindarme la vida. Busco cómo reunir de nuevo a esos retoños míos que se han dispersado, porque ese es el destino de cada cual; y me han dado hermosos nietos, con los que comparto mis escasas horas... y me hacen concebir nuevas ilusiones. Vuelvo a sentir ganas de vivir, para participar con ellos de todos los encantos de una vida mejor. A tal punto llega mi transformación espiritual, que quisiera ser como ellos, poder crecer a su ritmo, sonreír igual, tener una madre que me duerma en sus cálidos brazos y un padre que me cuente historias... Hoy valoro la vida de otra forma, hoy son mis hijos y los hijos de mis hijos y quisiera vivir mucho más para estar juntos, hacer cosas nuevas e imitar todas sus travesuras... Pero no me va a quedar tanto tiempo, todo ha de llegar a su fin. Si algún día, cuando me haya ido, revolviendo en el baúl de mis recuerdos o en las gavetas del viejo mueble, descubrieran entre tantas cosas de insignificante valor, aparentemente, algunos de estos escritos, no os pongáis tristes leyéndolos. Todo lo mío arrojadlo al fuego, que ya se encargarán de sus cenizas las brisas amigas que siempre me acompañaron. Ellas saben los caminos que he soñado y podrán devolverme, con sus caricias, el sentimiento perdido y sabrán llevarme vuestros mensajes de amor. La esposa, el hijo, el padre, el hermano y los abuelos, habremos pasado por la vida como una circunstancia compartida... "Mas, no dejo de pensar en la perezosa abandonada al azar de su destino". Insisto, cuando trato de disipar los temores que a veces invaden mi ser y atormentan a mi mente, suelo imponerme, aunque mi ridículo esfuerzo me hiera más, en defensa de los años que no se pueden ocultar. Y quisiera que también mi leal perro recordara, aquellos ratos que pasamos juntos y el cariño que le daba.

En el portal de la casa, cuando entraba, vio salir a unos niños corriendo sin que se percataron de su presencia. Reían, gritaban... ¡Qué alegría la de algunos niños! Viven cautivados en su mundo de fantasías. ¡Qué envidiables! Al llegar al hogar no había nadie, todos habían salido a sus asuntos... Otra vez solo; y su perro, echado a su lado, muy cerca de él, mirándole de tiempo en tiempo, aunque también estaba callado, como si estuviera triste, le asustaba la soledad; y apoyando su liviana cabecita sobre su zapatilla, adormitaba suspirando a la vez que parpadeaba con resignación. Quizás pensaban en los niños que habían salido por el portal, ellos eran sus nietos.
Reflexionando sobre la posible veracidad de tales experiencias, he llegado a la conclusión de que no debiéramos esperar tanto de la vida. Conformémonos con lo que tengamos, aunque nunca dejemos de esperar... Con la expectativa común de nuevos hallazgos, las ilusiones despiertan el interés... Es bueno esperar, hasta que se detenga el galopar del tiempo.


Celestino González Herreros
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celestinogh@teleline.es

LAS COSAS DE LA VIDA SON ASÍ

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Nunca supe si fue un sueño o realidad
verte ¡tan bella! Tal, y como fuiste ayer.
Fue como entre luces verte aparecer
y se eclipsara entonces mi soledad...

Te vi cruzar el desierto camino,
envuelta en la albura de la alborada
y radiante de luz difuminada
te fuiste, cual siniestro torbellino.

Triste es ver cómo han pasado los años,
entender que la vida nos consume;
y sentir el corazón incólume
a pesar de sufrir tantos desengaños.

¡Pero más triste es no poder amarnos!,
querernos y tener que ocultarlo;
entre las gentes tener que callarlo
y sufrir por no querer olvidarnos.

Mas, vivir a los recuerdos aferrado,
es, como morir soñando la vida
sin vagar por la senda prohibida,
tras haber, al corazón enterrado.

Las cosas de la vida son así,
es un dilema para nunca entender
si se trata de las cosas del querer,
lo cierto es, que sin querer te perdí.

Cada vez distamos más en el tiempo,
aunque estemos cerca en el mismo lugar;
pues, si soñamos nos podemos amar
y te veo aparecer sonriente en el sueño...

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Celestino González Herreros
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celestinogh@teleline.es

10/9/10

UN SENTIMIENTO QUE SE CONVIRTIÓ EN AMOR

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Oí sonar las campanas, el eco llegaba traído por la suave brisa y dejaba en mi alma la sensación sublime del recuerdo, algo desvanecido por el tiempo ya pasado. Pero era el mismo canto que sintiera antaño, su canto, cuando bajaba corriendo por los atajos en busca de ella, para encontrarnos en la puerta del templo, antes que comenzara el santo oficio de la sagrada Misa. Nos sentíamos unidos por los mismos pensamientos, volver a vernos al salir de la Iglesia, poder andar a su lado y en la bifurcación del camino, más tarde, irnos cada cual por su lado, hasta la próxima semana. Así nació un sentimiento que se convirtió en amor.

Pasaron los años y las viejas costumbres cambiaron, se abrieron nuevos caminos y en su constante transformación, uno fue dejando anulados los infantiles conceptos, maduramos también por dentro y vimos más lejos buscando nuevas sensaciones y experiencias, nos instruimos con el tiempo, para luego volver, ya viejos nuestros cuerpos… Y andar por aquellos senderos en busca de las cosas perdidas de la infancia, e inútilmente, seguir sin hallar el consuelo de oír la voz amiga, la risa amada, en la alborada de cada domingo, despierta por las mismas campanas del rancio campanario.

Hoy veo muchos senderos que antes no existían. Contemplo con nostalgia el único que había, ahora solitario, cubierto por la hierba que ha borrado nuestras huellas y al final del camino, sólo queda ya el retorcido y triste árbol, donde solíamos detenernos simulando cansancio y acabar de grabar el tatuaje en su duro tronco, de nuestros corazones en sólo uno fundido, lo único que he hallado… Mis manos temblorosas ahora lo acarician y siento, como si estuviera a mi lado, siento su cálido aliento traído también por esta suave brisa que acaricia.
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Celestino González Herreros
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celestinogh@teleline.es

8/9/10

A TRAVÉS DE LA VENTANA…

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Es como si se abriera una imaginaria ventana y, a través de ella, viéramos un nuevo amanecer; entrara el espectro matinal y el aire fresco, tempranero y el canto madrugador del gallo, junto al trinar de los pájaros, anunciando el desorbitado encanto de lo imaginativo, entre lo dulcemente agradable y el romance lírico de la ilusión realizable y la otra verdad de la vida.

El camino que a través del marco de mi utópica ventana, intuyo como si de una visión “esperada” se tratara, me conduce abiertamente hacia una supuesta, pero ansiada y muchas veces soñada, meta y refugio a la vez. Donde quedaron promesas que no fueron realidad. Sueños quebrantados quizás, cantos interrumpidos de angelicales y sonoros ecos. O musas que no lograron inspirarme y desistieron en su intento, a la vez que fenecían.

Desde la traslúcida ventana que asoma hacia el sombrío sendero, puedo discernir entre otros pasos también los míos, caminando hacia el escollado destino de esa meta ilusa que inventamos, producto de nuestra propia confusión y motivo, a veces, de tantas controversias y dilatadas reflexiones.

El aire que me llega quiere sedar el calor de tan desordenada urdimbre al propio miedo que me sujeta -miedo a nada- pero sin embargo, causa triste de una agonía arcana que no bien entiendo… Que me duele y se estaciona en esa confusión profana. Como si hubiera sido despedido y obligado a caminar solo -y he debido acostumbrarme- porque ya camino y a través de el -el camino- he aprendido a vivir y así como vivo, también en vida, aprendí a sufrir sin proferir lamento alguno, sin quejarme… Porque nadie iba a darme todo aquello por lo que he estado luchando, así porque sí...

El hombre llegó a comprenderlo y luchó para enmendarse de haber sido necesario. Se realizó, evidentemente, consumiendo sus propias fuerzas –hasta el último recurso y hasta su propio desencanto, en la lucha agobiante por hallar luz para su sendero y nutrir el camino con la esperanza. Darle pues, a la vida el amor enardecido y la razón justificable de que se nace para luchar y que se muere para vivir.

Los geranios florecieron todos y están tan hermosos como nadie puede imaginarse. Yo sigo cuidando cada cantero con el amor que pongo en esas cosas, las que considero sumamente importantes para poder conformar al alma “sensible y pedigüeña”. Los geranios, a través de la ventana, los veo que florecen más atrayentes que nunca, más bellos que en cualquier otro año pasado, aunque siempre les haya dado lo mejor de mi cariño, atendiéndoles debidamente.

Impedido, detrás de la ventana, veo más allá de los rojos geranios. Busco lo que nadie sabe y no lo encuentro. El camino se hace largo, interminable y las fuerzas ceden, acaso han muerto o se resisten. Busco en la vida pocas cosas, soy sincero. Busco mi soledad… ¡Que nadie la turbe! Y busco o deseo para los demás, que lo encuentren todo, que recojan, si quiera, las migajas que otros hayan dejado… Porque ellas dan el placer de sentirnos abastecidos y recuerdan –esas migajas- que el ser humano no teme tanto la soledad, como la indolencia, aunque acabe acostumbrándose a ella.

La noche se nos viene encima, quiere oscurecer, se han ido retirando todos y me voy quedando solo. Pero se oyen pasos que llegan. Aún hay una tenue luz en el sendero que a los geranios destacan y la presencia de ellos me consuela. ¡Están preciosos! Y yo, ávido expectante, espero que se acerquen esos pasos. Es mi soledad, otra vez mi soledad, que quiere estar conmigo, darme sus caricias, ese consuelo a veces cruel que me desmoraliza, que me deja a sus expensas… ¡Soledad, no te vayas de mi lado! Porque en ti encuentro sobradas razones que me inducen a pensar que eres cuna y que eres puerto, ¡OH, soledad!, donde convergen todas las barcas que han naufragado, a través de la misma vida, los años legendarios y sinuosos, como el viento, como la vida y la muerte. Como la tierra que uno pisa.

Cuando regreso el camino siempre está solo, tanto silencio siento, que apenas oigo mis propios pasos que se orientan hacia el lejano marco de “la ventana” tras la cual se esconde el dolor, los recuerdos todos allí guardados y desde donde veo, cada mañana, amanecer de nuevo. Para asistir, más tarde, a la huída del lucero que se pierde en el lejano horizonte, como una promesa fenecida.
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Celestino González Herreros
http://www.celestinogh.blogspot.com
celestinogh@teleline.es

¡MI ALEGRE NIÑA DE DULCE MIRADA!

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Expectante estuvo largo rato, esperando verla cuando asomara. Pasó el tiempo inútilmente y ya tarde se fue abatido por la contrariedad sufrida por el desconsuelo insoportable de pasar otro día sin su grata compañía. Y así pasaron muchas jornadas y semanas y ella ignorando su angustia, sin saber que le inquietaba su largo silencio. Que por las noches, decía casi no dormir.

Buscó en uno de los cajones del viejo mueble, como tantas veces solía hacer, su última carta y otra vez volvía a leerla, a ver si adivinaba en sus palabras la verdadera razón de su ausencia. Y no halló respuesta. “Que no podía quererle” -lo repetía insistentemente- Que él era un hombre casado, que se fuera lejos, donde no vuelva a verle… ¡Que él es un hombre casado! Sus lágrimas mojaron el papel y las palabras mutiladas se hacían ilegibles, se corría la tinta, como si también lloraran. Y volvió a guardar la carta, igual que sepultarla, en el escondite más insólito de su casa, el viejo mueble ya en desuso, donde guarda sus cosas íntimas desde entonces.

A veces la ve por la calle y se esconde de ella, dice no poder soportar su presencia y sus ojos se habrían cegado por el llanto. No podría verla sin decirle que aún la quiere. No sabe cuánto, ni hasta cuándo.
Así pasaron los años y hoy, ya viejo, aún la recuerda como si fuera una niña. Y juega con ella, como si fueran dos niños, como si no hubiera pasado el tiempo… Le gusta andar descalza cuando pasean por la playa y se trepa por los riscos como una gaviota. Echado en la arena, le gusta contemplarla, cuando viene de regreso a sentarse a su lado. Si ella supiera cómo la conserva. Ayer la vio por la calle y sintió un pánico atroz, apenas si se mantuvo en pie, vieja y desaliñada, con su tez arrugada… ¡Pero siempre profunda su dulce mirada! Ella no alcazo a verle y permaneció oculto, no supo el tiempo, estaba asustado temiendo el encuentro.

Desde entonces, no la halló más en sus sueños, por más que lo intentara. Ahora se siente más viejo, más acabado. Y pensaba, ¿cómo es, que ayer todo fuera diferente, aquella ilusión por verla y jugar con ella que tanto le había alimentado y se sentía tan fuerte…Como un joven enamorado.

A veces, va por la tranquila playa y sólo ve las huellas de sus pasos que llegan hasta la orilla, donde la mar se queda y retorna callada, como si se la hubiera llevado con ella… Mi alegre niña de dulce mirada.


Celestino González Herreros
http://www.celestinogh.blogspot.com
celestinogh@teleline.es

CUANDO ESTEMOS JUNTOS

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¿Acaso el silencio, cuando cesa el murmullo de las brisas, cuando se detienen los pulsos de la vida y se ahogan las palabras, no delata la presencia de un vacío profundo, de una oquedad sin límites que se pierde en el infinito?

Vio caer la tarde presurosa, como ocultándose en la lejanía y fueron las últimas sombras deformándose en su mente, apagándose. El sentía como un lamento; como si al quebrarse y hasta despuntar las primeras estrellas en el negro manto de la noche, le sentenciara la agonía que sufría en esos callados momentos. Apenas si se movían sus cansados párpados, por el triste llanto que cegaba sus ojos, que a su alma enlutada no llegaba consuelo, ni con el propio llanto. Y su corazón, lleno de ira y de espanto, sentía que le arrancaban el encanto de tantas ilusiones soñadas y tantas promesas -hoy profanadas- con la huída despiadada; más lejos que su razón. Tan distante como los vientos que se fueron con su alma -sin señalarle el camino- tan lejos…Cuánto envidiaba a los vientos, que, aún sin alas, podían alcanzarla, que esa pena suya se perdiera en la lejanía.

Y hasta que prendió el alba estuvo llorando, sus lágrimas no cesaron entre tanto, como la pertinaz lluvia que estaba cayendo, persistentemente; mientras estaba en ella pensando.

Entonces seguía esperando a que se detuviera la lluvia, se amparaba en el portal donde en otros felices momento habían estado charlando con ella, de tantas cosas, que muchas veces se repetían, sin conseguir avanzar un paso, sin saber del embrollo donde estaban metidos. Los segundos se les escapaban de las manos y no se decían nada, todo lo más, incoherencias o tonterías. Pero cuando sus miradas se encontraban les atraía un sentimiento tal y tan extraño. El afecto que se profesaban crecía… Hubo veces que sus manos intentaban buscar las de ella mientras miraba sus carnosos y rojos labios que temblaban y al cerrarlos parecían que susurraban idílicos murmullos, algo que entendía, pero no podía… Sentía miedo de que tal vez ella se molestara; no podía hacer nada. Y deseaba tenerla entre sus brazos y decirle cuanto le gustaba y todas esas cosas que sentía. Temía perderla, ante todo eso. No poder estar más a su lado por haberse precipitado. También pensaba que, posiblemente, sólo le viera como a un buen amigo, nada más que eso.

Al día siguiente, la encontró -como cada día- en el Colegio. Se saludaron y siguieron juntos hasta entrar en el aula de matemáticas, se sentaros cada cual en su sitio y sacaron los cuadernos y demás enseres, ordenándolos sobre la mesa, antes de comenzar la clase. Algo cayó al suelo y se agacharon al unísono para recogerlo. Sus mejillas casi se rozaron y luego sus manos se juntaron, como nunca había ocurrido; y súbitamente se sonrieron casi temblando. No se dijeron nada, pero el corazón de ambos les daba vueltas de felicidad y dolor al mismo tiempo. Sentía que estaba fuera de sí. Mas, no supo nada de la clase, ni una sola palabra de lo que explicara el profesor. Ella también parecía estar completamente ajena a todo lo que no fuera el extraño sentimiento que había vivido. Se miraban con cierta insistencia, como suplicantes. A ella, sus bellos ojos la delataban -ardientes y encendidos- parecía que hubieran llorado, estaban enrojecidos. Y sus labios temblaban, como sus pálidas manos, que se retorcían entre sí.

Cuando salieron a la calle, ella sonreía, estaba radiante y seductora. Más bella que otras veces, más complaciente y no dejaba de mirarle.

¿Sabes?, este verano mis padres van de vacaciones y quieren llevarme, la abuela está muy mayor y ya sabes… Pero seguirás siendo mi mejor amiga, ¿verdad? Yo te escribirá siempre y te contaré. Oye, ¿por qué cambias de semblante, he dicho algún inconveniente? Qué quieres, estás muy desvaída, anda, siéntate aquí. Se te pasará. Debe ser que ya aprieta un poco más el calor.
¿Y tú, te irás también? ¿A dónde será este año? ¿Igual que la vez pasada? Claro que si, la abuela…
No me has dicho nada en todo el trayecto. Me gustas muchísimo más cuando te veo alegre. Hoy te ocurre algo, de repente así, sin más, ni más… Dame la mano, ahora no nos verá nadie, quiero decirte algo, pero me cuesta mucho. Así, ¿ves? Oye, estás muy fría, ¿te sientes mal, estás enferma? No lo entiendo ¿Y esas lagrimitas que asoman a tus ojos? ¿Por qué estás triste? ¿Qué habré hecho, qué habré dicho?
No, estaba muy feliz y al decirme tú que te ibas con tus padres y que te alejarías de mí, que no estaríamos juntos como todos los días, me he disgustado mucho.
Pero date cuenta, en el verano no se dan clases, el Colegio estará cerrado. De todas formas no nos dejarían salir a la calle solos, dirían que no hay razón para ello.
Si, pero, ¿y nosotros qué?
Me estás insinuando… ¿Acaso soy para ti algo más que un amigo?.. Déjame decirte que a mí me ocurre igual, sólo que tengo miedo de romper nuestra gran amistad, que la pueda enturbiar si confieso mis verdaderos sentimientos. Yo se que somos aún muy jóvenes, que nos queda mucho por caminar. Pero, antes que seas tú quien se delate primero, óyeme lo que te digo: ¡Te quiero! ¡Te quiero!.. Soy muy feliz a tu lado, no me cansaría nunca… Y sufro mucho si no te veo.
Yo igual, ya no lo puedo ocultar más, siempre te he querido. Y por favor, no me dejes sola, inventa cualquier cosa.

La llevó hasta cerca de su casa, le besó sus manos y acarició sus sedosos cabellos. Le ahogaba la emoción que le robaba el aire. Miró como un ladrón al acecho, en todas direcciones. ¡Estaban solos! Y sin meditarlo, siquiera ni un instante, sujetó nuevamente sus manos y volvió a besarlas.
Hasta luego, mi vida, ¡qué feliz me has hecho! Vete con Dios, amor mío; y que sueñes esta noche muchas cosas bonitas… Y ya sabes, seguimos siendo buenos amigos. No se lo digas a nadie, ya iremos creciendo. Mientras, nos veremos a escondidas, correremos por los campos y jugaremos a los novios, como si fuéramos fantasmas… E imitaremos a las estrellas alejándonos como ellas, columpiándonos en el cielo. Y bajo el azul celeste, acariciando la tierra, nos expondremos tendidos sobre la fresca hierba. Percibiendo la suave y tibia brisa, nuestras cosas nos diremos. Jugaremos con el agua que baja de la cascada a morir en el silencioso arroyuelo, donde por vez primera deshojamos la blanca margarita en aquella tarde de alegre primavera y bajo los encendidos rayos del dorado sol, que nos brindara ese día fulgidos destellos que agonizaban ya en la lejanía. Con sólo tus miradas me cautivaste.

Y se fueron los pétalos cause abajo, hasta que se despeñaron y se perdieron dispersándose sobre el agua, como hoy se diluyen las lágrimas que brotan de su alma.

Chapoteando el agua, cabizbajo y meditabundo, siguió calle abajo cargando el fardo de sus desventuras. Cada vez, cuando mira a su alrededor, mira más a lo lejos, sintiendo el consuelo de ver pasar el tiempo con sus huidas incontroladas, acortando las distancias.

Intuía que estaba cerca el momento que podrían estar nuevamente juntos, de alguna manera, indefinidamente y para nunca más separarse, sin horas que les asedien en sus encuentros, ni tiempos que delimiten su eterna contemplación. Cabalgando por entre las estrellas… No será necesario deshojar más margaritas ni volverán a ocultarse ante los demás. Sus manos se llenarán de otros pétalos aún más sonrientes y la desnudez de sus pies podrá cubrir con ellos. Todo será distinto, allá, en el Edén prometido, cuando estuvieren juntos.


Celestino González Herreros
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celestinogh@teleline.es

VOCES EN EL CAMINO YERMO

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Ir a pie hacia abajo, desde la parte alta del pueblo hasta el centro del mismo, supone un ejercicio enormemente positivo, primero desde el punto de vista salud, da vida… Desde el punto de vista social, nos enriquece yendo en pos de nuestra cultura histórica, vamos reconociendo nostálgicos motivos de pretéritas vivencias personales y despertando recuerdos, algunos casi olvidados, a medida que los vamos descubriendo en nuestros cotidianos paseos…

Caminar es la mejor terapia que pueda aconsejarnos nuestra propia conciencia. Aparte del placer que representa ir relajados, disfrutando de cada uno de esos viejos motivos que tantos recuerdos nos traen; parece que fuéramos palpando todo el entorno, tocándolo todo, observándolo. Como cuando éramos muchachos, la edad de las grandes ilusiones y buscadas aventuras. Estoy pensando en “viejos” amigos, gentes conocidos de mi pueblo, tan viejos como yo, y algunos mucho más. Les observo cada día. Salen de sus respectivas casas por las mañanas, desde el extrarradio de la ciudad de Puerto de la Cruz, desenfadados, despiertos Y parece que fueran flotando sobre sus pies, ligeritos y sonrientes, saludando a la gente que se encuentran, o deteniéndose para descansar un poco, sin borrar la sonrisa y arrancan de nuevo, con la ilusión del que sabe lo que hace. ¡Qué entusiastas! En verdad, recuperan vitalidad, aunque sigan teniendo la misma edad. Son envidiables. Los primeros días habrá sido un poco molesto, ahora, ya lo he dicho, van ligeros como una pluma al viento y han ganado en salud. Lo que no hubieran conseguido con “potingues y ungüentos” en varios años... Y es que nuestras Islas, siendo tan pequeñas y por muchos humos y gases que nos proyecten, siempre es inmensa la fuente oxigenada, limpia y yodada de nuestras tierras y el aire que respiramos. Echarse a la calle es una suerte que no pueden compartir todos… Pero hay un factor en nosotros, los humanos, algo negativo -universalmente- salvo ingentes excepciones; y es que somos incorregibles, terriblemente comodones y todo lo queremos fácil, usamos el coche para todo, aunque el objetivo que busquemos lo tengamos a dos pasos. Conmigo no vale eso, hace ya unos días he decidido caminar y no precisamente escondiéndome, me gusta ver la gente cuando voy de marcha, sobre todo los que van a pie. La vieja costumbre isleña de ir saludando a todo aquel con quien nos tropecemos: Buenos días, ¿cómo está usted? ¡Buen tiempo el de hoy! Y algún despistadillo que nos pregunta: ¿Qué, ya estás jubilado? ¡Que va, todavía me falta, estaría bueno! Esa barriguita, hay que bajarla… Tiene Vd.. buen aspecto, últimamente, ¿cómo lo consigue?.. Pues, mire, caminando todo lo más que puedo y evitando las calenturas… Qué bien, Vd. si que sabe Y sin perder el ritmo, bajamos por una calle, luego cruzamos a la otra, seguimos a la izquierda y así sucesivamente y siempre sonrientes, es mejor y no llevar el ceño fruncido, eso da mala imagen.
Hay que demostrar, que esto de caminar es bueno y, eso sí, de nada te sirve lo que estés haciendo al respecto por tu salud y placer, si fumas. Eso es malo, aunque los ignorantes no acaben de entenderlo.

Cuando salí el primer día, caminé media hora y como nada, ni el más mínimo cansancio. Pude contemplar desde lo alto, viendo en todas direcciones, entrando a Puerto de la Cruz por Las Cabezas, seguí por El Tejar, pero hacia abajo siempre, hasta llegar a Playa Jardín, Punta Brava y un poco más. Tuve que hacer varias y muy cortas paradas, altos en el camino, como suelen decir. Para recrear mi vista en los viejos rincones, lo poco que de ellos queda aún. ¡Qué distintos eran antes! Confieso que hay lugares en completo abandono, la desidia es patente, viendo esas viejas casonas y los solares contiguos, arruinados y desangelados, sin la menor atención y cuidados. Parece que hubiera ocurrido un gran cataclismo, todo ruinoso, lo que se ve en el primer plano visual. Es evidente que está ahí, nadie tiene la culpa y menos sus antiguos dueños, que ya ellos no están. Todo eso también está muerto.
Muchos de esos lugares eran bellezas incomparables, tenían el atractivo de las viejas cosas bien conservadas. Hoy todo eso son ruinas de un nostálgico pasado que no debió morir... Así como muchos terrenos agrícolas, de tierras fértiles, abandonadas a ver quienes vienen a comprarlas y fabriquen más edificios, como el Belait y otros tantos.
Mi Puerto de la Cruz, querido, ¡Cómo te han arruinado! Y nadie tiene la culpa, yo desde luego no, sólo quedan del pueblo aquel, los recuerdos, que esos no los borrará nadie.

Fui a detener mi marcha, donde el Paseo de Las Palmeras de Martiánez y sin detener el paso, hasta llegar a la playa, donde mil recuerdos me asaltaron, denunciando con tristeza el abandono de la gente de hoy por las cosas de antes, cada rinconcito por donde pasaba, cada lugar, me rompía el alma, por que yo sentía la tristeza que esos moribundos vestigios habrán sufrido y están condenados a seguir esa suerte. La vejez de las cosas tiene eso, que no se la respeta como debiera ser. ¿Acaso mi gente se olvidó de todo, de lo que representó para nosotros esos sitios, donde jugábamos, donde corríamos y saltábamos?..Al pasar por la Calle Valois, a la altura del Chorro Cuaco, chorro del agua que venía de la Fuente de Martiánez y la santa Cruz del mismo nombre, más recuerdos. ¡Ay, qué años aquellos!, en ocasión de celebrarse la fiesta del lugar, las verbenas, carreras de sacos en la calle también, las turroneras, los fuegos artificiales. Los muchachos y las muchachas… ¡Hoy, qué distinto es todo!
Y el Paseo de Las Palmeras, ¡cuántas promesas en la intimidad y en el silencio de su entorno paisajístico, viendo el mar al fondo como si se nos acercara! A esa edad todo nos parecía inmenso y dilatado. Las olas del mar las veíamos gigantes y las distancias inalcanzables. Los acantilados de la playa a un lado y en otra dirección, Los Llanos, inmenso platanar, rodeado por un muro blanco encalado y fuera, en el camino, los bellísimos tarajales, abajo la arenas, la orilla y aquellos bajíos y su célebres charquitos. La vieja Piscina… ¡Ay, los recuerdos!...

Y a pesar de todo lo fastidiado que me sentía en esos momentos reflexivos, pude advertir que no todo estaba acabado.
Aunque también fuera sonriente, como los otros buenos amigos, volví a ir al siguiente día, siguiendo el mismo trayecto. Tengo que acostumbrarme, aunque me cueste tanto aceptar esas lagunas lamentables y tan ciertas, que hoy en nuestra querida ciudad turística casi ya no sorprenden...Tales apreciaciones podrían ser producto de mis nostalgias “sensibleras” después de que tanto tiempo haya pasado sin transitar esos lugares a pie. Aún no sé por dónde voy a ir mañana; me lo voy a recorrer todo, voy a revivir cada momento de mi pasado, aunque no pise las mismas piedras, ni salte los mismos muros y antes de dar el último paseo, que también sé cuál va a ser…
Resumiré. Estoy seguro que otro Puerto de la Cruz como aquel, jamás habrá. Por muchos millones que se gasten. Será, sí, una preciosa y moderna ciudad, la más bella de la actualidad, si quieren nuestros administradores y amigos del Norte. Aunque también creo que, como mi Puertito marinero, ni para mí ni para nadie, otro igual jamás habrá.


Celestino González Herreros
http://www.celestinogh.blogspot.com

5/9/10

CANARIAS IMAGEN DE CULTURA Y PROGRESO

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La cultura canaria, que nunca se detuvo, está alcanzando en la actualidad, un progreso ascendente que bien merece tenérsele en consideración. Dentro y fuera de nuestras fronteras isleñas, se advierte un fenómeno muy atractivo e impulsor. La juventud desde muy corta edad, se inquieta habitualmente por su formación profesional, así como por su natural afición a lo nuevo, lo concreto, así como lo abstracto. Hay más participación en la lectura, inquietud que salva las más difíciles situaciones, leer…Así como la TV deteriora importantes elementos psíquicos de la personalidad -cuando presenciamos impertinentes programaciones, fatuas y negativas para la formación del niño y la higiene mental del mismo adulto.- Aunque también a aportado ideas y ha señalado nuevos caminos que antes ignorábamos, tanto para chicos como para adultos. Y es verdad que hemos aprendido, paralelamente, a medida que hemos vivido, lo malo, pero también lo bueno, y esto último, lo positivo, ha condicionado al hombre a formarse mejor y dar de sí, gran parte de los cimientos que han estimulado y armonizado a esa cultura ejemplarizada y nos ha permitido llegar a lo más alto. Ello y lo nuestro, lo esencialmente autóctono, nuestras raíces culturales heredadas de pretéritas generaciones -el arte- hegemónico y la visión dinámico-creadora de nuestro talante, como fuente diseñadora de luces armoniosas e imaginación realista y ensoñadora que llega a todas partes con renovada insistencia y clamor.

Sin ir más lejos, con sana intención lo digo, sin pretender arrimarme, sólo me asiste la razón, Y digo lo que comprendo que por justicia debiera elogiarse. Nuestros muchachos nunca han estado más mimados como ahora. Vamos a olvidarnos, sólo por un momento, del paro juvenil y de los vergonzosos contratitos de trabajo por tres o seis meses, eso es harina de otro costal. Pero si, tienen acceso, como nunca, a esas Universidades Populares, las nuestras, por ejemplo, donde se esfuerzan en ayudarles -también a los adultos- dándoles calor y experiencias, conocimientos y formación que nunca antes habían disfrutado. Otra cosa, también fueron las Escuelas Públicas de épocas pasadas, claro está, donde se hizo mucho y muy bueno, por cierto. Sólo que todos no supieron aprovechar el verdadero objetivo que se buscaba y el gran esfuerzo de muchos de aquellos ejemplares maestros y maestras, a favor de aquellos críos ávidos por saber algún día enfrentarse a la vida valientemente-, mas, hay muchos hombres y mujeres importantes en la vida pública y política actual que comenzaron allí y hoy debieran enorgullecerse de ello y no negarlo, tengan sus ideas políticas el color que tengan. Y no digamos, por que entonces no acabaríamos, de aquellos maestros y maestras que en sus casas daban clases particulares y sacaban adelante a tantos niños y no tan niños. Primero eran los pobres y, luego, hasta se beneficiaban algunos de la gran élite económica, como los mayorcitos sabemos.
Fue una época dura y no por ello, a pesar de todo, no dejó de ser radiante en tantos y tantos aspectos que no debieron ser olvidados.. Muchos sufrimientos, claro que si, tanto trabajo… Creo que merece todo el respeto y consideración que quieran negarle. Consideración que no debiera faltar nunca en algún rinconcito de nuestro corazón. No es necesario que yo siga escribiendo tan imparcialmente y con sano juicio de este indiscutible tema. Los que aún quedamos disfrutando de la Gracia de Dios, sabemos que no exagero ni desvirtúo la verdad, y que todos participamos en ello, de una manera u otra.

La cultura canaria se va extendiendo hacia el exterior, también ahora, con restauradas fuerzas y propósitos elogiosos. No quiere detenerse en ningún momento, en Europa, América y países orientales, donde se habla de ello. Así pues, se ha hablado mucho, pero ahora es más alentador saber que hay aún grandes y buenos propósitos en ciernes y que fructificaran en breve plazo de tiempo.

Aquí tengo, ante mis ojos, entre viejos recortes del Periódico El Día, y que corresponde al domingo 23 de febrero, de 1992, página59, “Balcón de Venezuela”. Textualmente dice su título: Ilustrado dicho artículo, del cual es autor Antonio-Pedro Tejera Reyes, con una fotografía que, viéndola, nos confirma el calor y la confianza que, de forma expresiva, transmiten y nos proyectan ilusionados y verdaderos augurios. Aparece sonriente el Embajador de España en Venezuela, el Sr. Alberto de Armas, -actualmente fallecido- recibiendo de los representantes y promotores de la Academia de la Cultura Canario-Venezolana (ACCV) los estatutos de la misma. Tengo la suerte de conocer y de buen trato, en ambos extremos de la foto, al autor de ese artículo escrito, periodista en el país hermano y del Periódico El Día, chicharrero de los buenos; y al ranillero, ilustre y gran persona portuense, ya fallecido en Venezuela, Gregorio Llanos Abreu. El Sr. Armas, todos sabéis bien de él, qué voy a decir yo. Luego, no conozco a dos señores más, pero deben ser, como los demás, excepcionales.
Ideas significativas tienen en mente, elevarán, seguro que si, ese concepto creador que siempre de nosotros -canarios- la gente inteligente y estudiosa ha tenido y ello me enorgullece, hasta el punto, de que ya sueño con ver cristalizados tantos buenos deseos a realizar en la Patria de Bolívar. La cultura que armoniosamente quieren extender, mucho más aún. Es el trabajo organizado a fin de desarrollar nuestras costumbres, todo lo que hay de nosotros, a lo largo y ancho de Venezuela, paulatinamente, luchando coda a codo. Serán las letras, deportes, artesanía, bailes, coros y danzas, teatro, pintura, etc., etc. Es ambicioso el proyecto y, desde aquí, pido para esos artífices y muchos colaboradores de ellos, que Dios les ayude en esa prometedora empresa.

Digamos también la otra realidad, que no puede ser omitida por su complejidad: es el caso de aquellos niños que nunca fueron a la escuela - hablo de las décadas anteriores a la de los sesenta, hijos de gentes pobres, que apenas tenían para comer. No tenían tiempo para ello, había que ayudar a los padres a buscar algo de lo elemental. Eso estaba muy difícil. No, no me estoy saliendo del tema, es la otra realidad, como hay muchas otras, pero sigamos charlando. La historia debe narrarse basándose en los hechos, sin mirar a los lados y ella es también cultura. Preguntadles a los viejos del campo. Todos los pobres las pasaron canutas. ¡Y cómo les iban hablar de escuelas! Luego se fueron arreglando las cosas, a largo plazo, ya hoy sólo quedan los recuerdos y una muy seria interrogante. Sería bueno que no deteriorásemos lo que hasta hoy hemos logrado, que lo cuidemos mejor y que no volvamos a vivir aquellos tiempos de pobreza. Sería aconsejable continuar adelante, preparándonos para no caer en el error de un retroceso que sería fatal para todos. Es necesario un poco más de seriedad, nunca estaría de más. Crear trabajo para todos -el que lo tenga que lo cuide- Dejémonos de tanto cachondeo -de una y de la otra parte- y miren hacia ese horizonte que parece se nos aproxima. ¿No se dan cuenta? Tenemos que prepararnos mejor, antes de que sea demasiado tarde, antes que nos echen a un lado - todos sabemos cuál sería- y tengamos que conformarnos con las migajas de los que vendrían a visitarnos. No hablo, precisamente de extraterrestres.

No nos dejemos engañar y pensemos, más que en nosotros mismos, en nuestros hijos y los hijos de estos. Estudiemos… Estudiemos, no hay otra alternativa. Que nuestra cultura será la única salvación, sepamos defendernos ampliando nuestros conocimientos. Nunca será tarde para saber más, ni quita lugar. Aprovechemos las ayudas que se nos quieran dar, está en nosotros mismos esa posibilidad de alcanzar un nivel sociocultural más digno. Ampliemos nuestros caminos. Mas, busquemos en lo que parece imposible la verdad. Y en la verdad lo imposible. La cultura es un estandarte y el escudo de todos los pueblos. Y todos los hombres necesitamos enriquecerla con la constancia y el trabajo, con el estudio y cuantos sacrificios sean necesarios.

Y después de haberles confesado mis temores, siento que me consuela el saber que Canarias no ha dejado de luchar, y no sólo aquí, también en el exterior, lo venimos haciendo hace mucho tiempo y cada día con más valor. Tal vez, sin darnos cuenta, hemos apretado nuestras filas en el deseo de superación y hemos adivinado a tiempo, que sólo en el trabajo hallaremos y veremos realizadas nuestras esperanzas en la lucha constante y perseverante, con el ojo avizor siempre, viendo hacia el frente y sin dejarnos embaucar por nadie y menos por nosotros mismos. Mas, hay que seguir así, sin distraernos, sin atender falsas proposiciones y engañosos argumentos.

Trabajo, trabajo y trabajo, es lo único que en Canarias necesitamos. Que se nos respete de una puñetera vez. Que no nos engañen tanto…

¿Creéis que no lo sabía?
Antes que me increpen con polémicas aburridas, debo añadir que sí lo sabía, que la cosa está dura de pelar. Que nos va a costar mucho, pero no desfalleceremos, sabemos hacerlo, desde nuestros comienzos lo hemos hecho y aquí estamos aún luchando y así será siempre.
Aceptemos todas las buenas lecciones que son consejos providenciales; y aprendamos de ellas las verdades que nos liberen de la ignorancia y la pobreza espiritual que hoy nos ata deliberadamente, a nuestra propia soledad. Desatemos un día tantas ligaduras, como lo hacen muchos de nuestros compatriotas fuera de nuestra tierra, para dar una lección al mundo de ejemplaridad y honor. Luchemos acá como lo haríamos lejos de nuestro querido terruño, con bríos y honradez, innovando cada instante las fuerzas y pensando en la grandeza de nuestros pueblos, como única meta.


Celestino González Herreros
http://www.celestinogh.blogspot.com
celestinogh@teleline.es

EL MEJOR DE LOS TRIBUTOS

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Como secuencias filmadas pasan por mi mente las ideas, personas, pensamientos humanamente sentidos, casitas enjalbegadas de blanco y de tejados rojos, calles empedradas, las plazas públicas de siempre y el viejo muelle y su acogedora playita…
Todo un singular motivo de sentimental apego por sus múltiples generosidades, y el movimiento que contagia, de sus gentes como pueblo eminentemente laborioso, cuya industria hotelera fue pionera en nuestro marco regional y a pesar de los avatares sufridos por desprecio e inexperiencia de aquellos que nunca supieron conservar su esplendor y ocuparon su valioso tiempo en improvisar sin acertar una.

Gracias a los pocos nostálgicos que aún quedamos en pié, la ciudad de Puerto de la Cruz no morirá antes que nosotros y si ha de resurgir habrá sido por la inestimable ayuda de un puñado de hombres de bien que se lo han propuesto muy seriamente. Como importante fuente de trabajo no puede ser de otra manera. Hasta hoy hemos estado en babia y nuestros políticos más ausentes aún. Hemos dejado perderse un tiempo precioso, sin apenas darnos cuenta que múltiples destinos turísticos estaban organizándose debidamente y acondicionando sus ofertas antes que la guerra turística comenzara y una crisis como la actual no les impidiera ser aventajados receptores en la lucha calculada. Y nosotros en la luna de Valencia, mirándonos el ombligo en tantos nuestros competidores se ponen las botas. Si, nosotros asistiendo al espectáculo denigrante de esa anacrónica lucha política que no cesa entre unos y otros, todos iguales…Pero, repito, gracias a ese grupo de hombres de indudable valía que se han propuesto salvar a nuestra ciudad.; y que conste, definitivamente piensan acabar con tanto protagonismo y, por favor, dejemos de ser ya la comidilla de quienes han demostrado ser pocos sensibles con nuestros verdaderos problemas, que en definitiva son los problemas de todos. Puerto de la Cruz siempre generó abundante trabajo y es necesario activar nuevamente esa valiosa fuente, primero inspirando confianza a los inversionistas para que puedan apostar con sus dineros y los pongan a producir. Los Bancos que no hagan oídos sordos y nuestros representantes que aprendan un poco más de aquellos que están luchando con optimismo por salir adelante y lo conseguirán, Ahora quieren recortar, es demencial, con lo poco que nos queda acabarán mordisqueándose las uñas...

Los que ya peinamos canas no podemos eximirnos, ni dejar de sentir una gran nostalgia y a la vez lástima, al evocar todos aquellos elementos que conformaban nuestro viejo Puerto, desde antes y el después que nos está durando tan poco. Antes se relaciona con la posguerra española, la época más difícil para la mayoría de los canarios, cuando más desconsuelos y privaciones sufrió nuestra gente. Hubo escasez de todo, pero muchos ni se enteraron… Sin embargo al final también fueron salpicados y les tocó probar y aprender la lección de aquellas secuelas odiosas de la posguerra…Las malas consecuencias no respetaron alcurnias, ni posición social alguna, se generalizaron los críticos efectos de nuestra inestabilidad nacional. Después, al cabo de algunos años, pareciera que algo se iba olvidando, aquellos desmanes, aquellos privilegios y como somos así, las tensiones y rencores se fueron obviando y sólo pensábamos en trabajar, apagar aquellos rescoldos y sobre sus cenizas levantar nuestros pueblos sin escatimar esfuerzos, hombro con hombro y así veíamos resurgió poco a poco nuestro Puerto de la Cruz; y con los primeros turistas se marcó un hito histórico, cristalizando el deseo de todos y surgió el milagro… Lo triste es que hayamos perdido los papeles y hoy estemos a las puertas de la ruina total. ¿Qué podríamos hacer? ¿Sólo lamentarnos o luchar por recuperar cuanto hayamos perdido?..

Recuerdo la voz pregonera de aquellas vendedoras de pescado, conocidas y respetadas por todos, alegrando con sus simpáticas ocurrencias el ambiente del muelle, en la vieja pescadería. Y al señor cura, alertando y cuidando las almas de sus descarriladas ovejas. A los tontos del pueblo y aquellos que no sabían que también eran tontos… Las niñas al salir del colegio y los chicos, desgarbados y medios alocados, disfrutando del corto tiempo del obligado recreo. Al novio sonrojado de pasión y vergüenza, por que ella dijera sus cuitas amorosas, antes de conocerle bien.

La lluvia cayendo y bajo el frondoso laurel de India de la Plaza del Charco, haciendo planes, jurando promesas; sin sentir el frío de las ropa mojada de la espesa lluvia y el viento inclemente. Solos en la Plaza, ¡qué delicia, parecía un sueño!

No paro de evocar tales acontecimientos, son cosas que en realidad sucedieron y suceden cada día, así como caen las hojas del calendario, como si la vida del hombre fuera como la del árbol perenne, cuyas hojas van cayendo con el paso del tiempo y vuelven a nacer frescas y muy verdes, llenas de savia a representar la vida y todos sus misterios a lo largo de ella.

Los viejitos de entonces nos entristecían a medida que se iban yendo…Señor, ¡cómo te los llevas uno a uno!

Los perros callejeros y las mariposas en las plazas, acosadas por los niños que correteaban de un lugar a otro. Acuden a mi mente la proyección de otras imágenes también afectivas, la típica lechera con aspecto malhumorado y sus cálculos hechos -.tanto de leche, tanto de agua-. Y el molino del gofio lleno de gentes que iban a que les molieran el grano tostado, delicia de los hogares en aquellos lejanos tiempos...Y la Playa de Martiánez, San Telmo, Punta Brava, San Felipe, El Peñón… La Ranilla, sello indeleble de nuestro pasado portuense, con su tipismo inalterable, lleno de gracia, de historias y leyendas populares.

La mente es como una caja donde caben todas las vivencias que podamos retener con la memoria; y esas imágenes ordenadas nos deleitan con el recuerdo, cuantas veces quisiéramos, en cualquier momento de nuestra vida. Podemos llorar, soñar amar, reír, cantar… Si, podemos amar otra vez y muchas veces más, a quienes hayamos perdido y tanto quisimos. Podemos hablar otra vez de lo mismo, sentir la ilusión de aquellos momentos, más dulce que en los sueños. Volveremos a sentir… Recordemos, recordemos, y al recordar vivamos los momentos aquellos

A veces sentimos el peso de la soledad como si fuera una pesada losa. Caminamos y no sentimos nuestros pasos, vamos a la deriva, pensando en nada, como un barco abandonado que sin saberlo busca estrellarse. Me gusta ver las barcas amarradas, a buen recaudo, en la bahía de nuestro puerto. Verlas cuando se mecen, parece que escucharan una nana de cuna y durmieran ya con tal embeleso, el que les brindara la mar que les arrulla.

Y seguimos de largo, sin saber a dónde, hasta que nos aburre el paseo y nuestro horizonte no veamos. Sombras nada más de aquel pasado lejano, sombras que aún se mueven, que van por nuestras calles buscando el cobijo de sus ancestrales causes: gentes que se fueron, árboles talados, muros derribados… Hoy las sombras del recuerdo no saben donde ir, los pueblos no son los mismos. Y también estamos perdiendo al Valle… Donde jugaron nuestros niños. Todos sabemos qué pasó. Donde nuestros viejos moraban ya no quedan restos, ni donde conversaban ilusionados, pensando en los nietos -a veces, más que en los propios hijos- que les secundarían con sus tradiciones y el buen ejemplo. Todo se ha perdido, aunque el recuerdo proyectado por la mente, nos quiera devolver el consuelo de tantos de tantos días vividos en nuestros pueblos queridos, entre tanta gente buena, respetuosas y solidarias; y tantos viejos caminos que aprendimos a amar, para dejárselos a nuestros descendientes, senderos que sabíamos a donde conducían.
Por las noches dormíamos tranquilos, era un descanso reparador, confortado por la oración y la bendición del Cielo. ¡Daba gusto vivir! Hoy sentimos los recelos del miedo y la traición, la desconfianza que suele generar la inseguridad, tanto cívico-social, como moral y lo que es más triste, estamos abocados a caminar por el lodo antes de llegar al final del pedregoso camino de nuestra ancianidad, nuestra más difícil etapa de la vida, dominados por la incomprensión. No permiten que nos detengamos con nuestras cosas íntimas y nuestras maneras de siempre. Tenemos que seguir al ritmo de las fuerzas y no comprenden que no las tenemos ya ni para quejarnos. Y así acaba la vida, con esa contrariedad que no la pudimos salvar, como objetos mal hechos, decrépitos, como un estorbo nada más.

Y no menos duros serán, para sus mayores, los hijos de nuestros hijos. Habrá leyes de exterminio en masa y antes les llevarán a campos “especiales”, donde les recluirán para evitar que supongan un problema para sus nuevas formas sociales… ¿Cómo será la vida más adelante, aquí, en este infierno? Me apena pensar en estas cosas, pues no les veo otra trayectoria.

Hoy todavía, hablando de los ancianos, les ve uno sonreír con el espíritu renovado, capaz de liberarles de tantos inconvenientes, sin que nadie ponga impedimentos. Se agrupan complacidos en sus clubes de la Tercera Edad u otras asociaciones, y ahí toman decisiones, algunas de ellas muy interesantes. Viajes, concursos, eventos musicales, teatro, charlas divulgativas sobre algún tema determinado, literatura, poesía, etc. Un sinfín de motivaciones, las cuales yo admiro, a nivel personal, y me deparan tan grato y esperanzador placer, que no le temo tanto cuando me llegue la hora, si es que Dios lo quiere, para sentirme como un miembro más de esa gran familia; donde volverán a encontrarse tantos seres, que de una manera u de otra, forman parte del mismo pasado, capaces de reconstruir aquello, lo que ya casi teníamos olvidado por no tener quien nos escuchara… Volver a bailar boleros y, por qué no, también la polka y los valses vieneses. Decir chistes viejos, nuevamente… Hablar de pintura, prosa, poesía y música. Rememorar aquellas tardes primaverales paseando por el Parque Taoro, paseo de Las Sortijas, la Playa de Martiánez “Paseo de Las Palmeras” ¡AY, cuántos recuerdos! Desde cuando éramos adolescentes, ¡cuántas promesas y tantos sinsabores!

Y arrimados a los barcos, en el muelle de nuestro Puerto… Yo capitán de este navío, te llevaré conmigo más allá de aquel estático horizonte, donde nos esperan realizados tus sueños y los míos. Salir al campo en grupos previamente organizados. Ir de pesca… Ir en bicicleta por las calles del pueblo.

¿Cuántas cosas se han perdido desde ayer? Comprendo, es la vida, el tiempo no se detiene y las gentes van con el, otros se van quedando atrás, los que no pueden seguir… Pero ya ven, no renunciamos. Ni deseamos permanecer estáticos, petrificados en la soledad -al menos algunos- y se buscan entre ellos, con la ilusión de sentirse agasajados por los suyos, animados a sonreír nuevamente; en definitiva, a seguir viviendo hasta cuando Dios quiera, hasta que nos llegue la intrusa…

¿Qué mejor forma de ganarse la Gloria Eterna, que la de integrarse con la gente que nos necesita y nos miman? ¿Qué mayor tributo podemos pagarle a la vida que este, el del amor?

Celestino González Herreros
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celestinogh@teleline.com

LOS CLAROS DE LUNA, EL MIRLO Y LA PLAYA

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No todas las veces que lo he intentado he logrado escribir todo lo que siento, alguna vez me ha quedado algo por decir, tal vez lo más importante, pero no siempre se hallan las palabras precisas. Y no todas las veces responde la mente a los estímulos del alma, a la voz callada que suena muy adentro y en nuestra mente, pero que no se oye. Sentimiento ahogado por la emoción de un momento determinado y en circunstancias precisas de nuestra vida. Cuando esto ocurre, decimos que tenemos la mente en blanco. Y qué bueno, cuando se rompe ese silencio que, algunas veces, lo produce una pequeña cosa, un motivo aparentemente insignificante y el significado que tiene en realidad, cuando logramos desatar la causa emocional de nuestros sentimientos y como un río de clamorosas frases, brotan los pensamientos sobre el blanco papel a raudales, con la fluidez propia del encanto poético…

Sobre las tranquilas aguas de una laguna, bajo el claror de la Luna y entre la verde maleza, las hojas secas movidas por la fresca brisa, desplazadas nerviosamente de un lado al otro, juguetes del viento son..
En mi contemplación, sólo atisbo, alcanzo a ver, dos hojas sueltas de un mismo arbusto, que se juntan y comienzan a girar formando círculos sobre el agua, como si estuvieran disfrutando de una danza bailable y en sus náuticos y acróbatas movimientos dibujaran imaginarios signos a la postre ilegibles. Pero admiré largo rato, con la sola compañía de la fresca brisa y mis sombras, el encanto del encuentro de dos hojas ya muertas deambulando por la vida, sin saber a dónde van, pero que no quieren separarse, atraídas por el mismo sentimiento, la soledad y el abandono.

Cualquier cosa pequeña puede producir un sentimiento arrollador que se extiende, sílaba a sílaba, hasta desbordarse en el albo fragmento, antes silencioso, expectante, mirando hasta que surgiera el milagro de la expresión de esos sentimientos.

Hasta a mí llega el canto de un mirlo que sobre el rojo tejado salta nerviosamente, de allá para acá, como si estuviera esperando a su dulcinea que se le hubiera retrasado… Canta con tal vivacidad y tal insistencia, que despierta mi curiosidad y el interés propio del observador más complacido. Es todo un poema verle y oírle. Como si estuviera diciendo algo, que al no poder comprenderle me incomoda. Ya veis, una cosa pequeña al otro lado de mi ventana y cómo me inquieta, me atrae y la mente se me va poblando de ideas que voy hilvanando caprichosamente, con mi acalorada imaginación y van creciendo los espectros, adueñándose de mi ánimo, tanto, que estoy dispuesto hacerme cargo de la situación; está alegre o está triste. Llama a su pareja o se alejó de ella, a quién llama, pues, ¿qué está diciendo con su desesperado canto?.. Le pregunto y con lo que cuente, más lo que yo piense… Escribiré las palabras más próximas a lo bello, las más sensibles y delicadas. Le tomaré en mis manos y acariciaré su diminuto cuello y su cabecita, le besaré en su piquito y le hablaré… En el mágico y frondoso mundo de la madre naturaleza, me adentraré con mi eufórica imaginación y volaré junto a el, de rama en rama, como un mirlo más; aprenderé a interpretar su dulce canto de amor por los parajes verdes de mi soñado valle, en busca de los rincones más exóticos -rincones muertos con el paso del tiempo- y beberemos juntos el agua clara de los canales que baja desde los circulares estanques de la verde platanera. Luego, iremos juntos a comer en el trigal de mis sueños, para después reposar bajo el frondoso castaño, antes que llegue la noche.

Y así, como llegó hasta mí el canto melodioso del mirlo, también llegan a mi mente otros recuerdos, a pesar del tiempo transcurrido, vivencias inolvidables.

El perfume de su piel y el calor de su aliento… Ambos cogidos de la mano, pisando las cálidas arenas de la tranquila playa, jugando -como lo hacíamos antes- con las piedras lanzándolas al mar con el brioso impulso de las fuerzas jóvenes, a ver quién llega más lejos. Con la inocencia propia de los años, tan identificados, uno del otro, con los mismos pensamientos y los mismos deseos… Sentía celos del mar, cuando llegaba a sus pies desnudos y correteaba huyéndole y volvía acercarse, incitándole al juego. Acariciando su blanca espuma; con ella se mojaba el cuello, luego la cara. Tenía celos al verle tan feliz, celos hasta del aire que respiraba. Recuerdo el musgo, las algas en la orilla amontonadas a todo lo largo de la orilla de la ancha playa, pisándolo.
Bastaba con mirarnos para decirnos todo, las palabras podían llevárselas la brisa salpicada del salitre, las cuales irían a refugiarse entre los acantilados, allá en el otro extremo.

Los minutos volaban y solíamos ponernos tristes, mirando al cielo para calcular el tiempo, pues teníamos que llegar temprano, como los buenos muchachos. En todo el recorrido, al regresar, jugábamos a cualquier cosa que pudiera acercarnos algo más. Y nos reñíamos con frecuencia, al mismo tiempo que sonreíamos… Como lo veo hoy en la calle o en las plazas públicas. La misma ternura -por qué no- igual que nosotros, con el candor propio de los sanos adolescentes.

Ya veis, no hay silencio por muy profundo que sea, que no logre despertar a un entrañable recuerdo, por muy pequeño que parezca. Le vemos crecer, le intuimos o le vemos resurgir y desbordarse. Invadirnos con esa sensación de paz que nos dejan los gratos recuerdos.
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Celestino González Herreros
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celestinogh@teleline.es

1/9/10

PLAYA JARDÍN REMANSO DE PAZ PORTUENSE

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IMPRESIONES

Pese a todo lo que se haya podido decir antes, yo haría un detenido esbozo, sin llegar a necesitar la mente despierta de un "genio", de lo que captan mis sentidos, saturados hoy, de yodo y de salitre, gozando plenamente de los encantos que surgen en todas las direcciones y que convocan a la meditación y a recoger, sin desperdicio alguno, todo lo que acontece a nuestro alrededor... Miento si no digo, que no hay estampa más bella y que recree tanto. Todo ello enmarcado dentro de unos parámetros mágicos, increíblemente seductores. Teniendo arriba la nitidez del azul celeste; y a mis pies, las arenas negras de Playa Jardín y el concurso abierto de esbeltas palmeras decorando el arenal junto a los espacios ajardinados, con influencias poéticas sorprendentes, que resaltan en todos sus niveles, magistralmente diseñados para agradar al usuario que los disfruta. Por tantos detalles decorativos y sensiblemente exóticos... Sus parterres parecen lagunas multicolores que hubieran emergido del suelo libremente signados por la propia Naturaleza... Pero me consta, que sí ha intervenido el hombre en esta ejemplar manifestación artística, ha sido capaz de convertir la desembocadura de un barranco en un lugar envidiable y está en nuestro ánimo conservar dicha estructura ambiental y ecológica, contando con la preciosa colaboración de todos los beneficiarios, como no, para seguir mejorando y ampliando dichas instalaciones.

En ese cálido y ensoñador lugar, la flora autóctona emula a un perennal verano, bajo el mismo sol y con el arrullo de las olas que languidecen al romper su furia cuando llegan a la orilla, tornándose mansas como una sutil caricia... propinando un verdadero remanso sus cálidas aguas, y que la suave brisa sobrenada en la luz que destella...

Viéndole desde el soleado paseo, abigarrado de gentes, la Playa Jardín, me obligó a glosar, animado por ese sentimiento romántico que nos atrapa tantas veces a los que gustamos escribir, como única expresión a nuestro alcance, cuando necesitamos manifestarnos de alguna manera especial. La mar, que puede uno acariciarla, también con serena mirada, nos la arrastra hacia su inmensidad y se pierde en su deliciosa huida hacia un confín de ilusionados sueños; a mi izquierda, tengo, desde la Ciudad Turística de Puerto de la Cruz, todo un vergel lleno de encantos, toda una visión paradisíaca, hasta llegar a la montaña y el coloso Teide al frente, que lo custodia todo, desde su atalaya. Es como si se corriera un mágico velo para mostrarnos la exuberante armonía de realidades tangibles que no se escapan del asombro lírico y a la vez místico, en que nos deja sumidos ante su detenida contemplación. El palmeral, en su variedad de especies, anima aun más el ambiente sobresaliendo siempre nuestra palmera canaria.

Desde donde me hallo, atisbo tres mirlos jugando y desgranando sus cantos, junto a otras especies, volando entre las ramas en busca de los insectos apetecidos; ello imprime a mi espíritu tal bonanza y deleite...

Mientras seguía mi paseo, ese día a solas, mis familiares disfrutaban del baño. Llegué hasta el otro extremo de las atractivas veredas, contemplando sus exóticas y autóctonas plantas que me extasiaban en todo momento. Antes bien, debo añadir, que sentí, súbitamente, en determinadas ocasiones, una extraña sensación de nostalgia... A veces llegué a sentirme triste, cuando pensaba: -¡OH Dios, que uno tenga que dejar tanta belleza y para siempre! ¡Habrá tantas cosas hermosas que irán surgiendo! Porque esta Ciudad tiene muchos más proyectos, próximos a ejecutarse a corto, medio o largo plazo. Que Dios nos permita contemplar esas realidades que enorgullecerán "universalmente" el nombre de nuestras Islas Canarias; que no nos falten los sentidos, para poder deleitarnos, también entonces. Atrapado entre tantas bellezas, mi mente acoge con verdadero sentimiento de ternura, el recuerdo que el inexorable tiempo no borra, del que fuera "autor" material de esa gran Obra, nuestro inolvidable Cesar Manrique, cuyo talento está reflejado ahí, en esa diversidad de colores, cual si fueran los alegres colores que imprimían sus vivaces pinceladas de románticos trazos, hermanados entre la cumbre, los campos y el mar que intenta acariciar: Esa huella de amor que nos dejó antes de partir...

Extendiendo un poco más la mirada, se posa en el emblemático Barrio de María Jiménez, sobre sus blancas casas, apretujadas como para protegerse mejor de las inclemencias que pudieran surgir con una mar brava, colérica como suele acontecer en ciertos momentos del año y según la influencia de la Luna. Recuerdo, cuando ese lugar era una franja de roca basáltica y volcánica, todo un ancho pedregal. Había un sólo camino, el que cruzaba el Barranco de San Felipe, desde el Castillo del mismo nombre, hasta El Burgado, todo lo demás eran rocas inhóspitas, que descendían hasta los bajíos, los cuales servían de rompeolas. En realidad, no sabría nunca, plasmar sin dañar su delicada imagen, todo cuanto mi vista alcanza a ver desde un extremo a otro, alrededor mío, y buena parte del Valle de La Orotava sirve de colofón lírico a la humilde exaltación que hago, por lo demás, para mi desahogo espiritual. Respira uno, en este onírico lugar, salpicado por su deliciosa maresía y el aroma de las flores que en libertad se extienden sobre el fértil suelo de sus canteros, los cuales se ven desbordados en sus límites, por la abundante y bien cuidada flora, esencias de amores... Se siente uno, como si estuviera en lugar distinto a todo lo demás, por que nos sentirnos más libres, dominados por los influjos de la Naturaleza, hasta sentirnos prisioneros de tantas fantasías.

Voy a bajar a la orilla, para darme un chapuzón, a ver si consigo sosegar tantas emociones... No podemos permanecer indiferentes en este placentero recinto.

Los que hemos viajado hacia afuera, valoramos lo que es aceptable, no es posible pasar desapercibidos por este enclave turístico de primera calidad, para propios y para extraños, el lugar idóneo para la meditación… Para el reencuentro, también, de sentimentales ausencias o dilatadas esperas. Playa Jardín nos da lo que buscamos, pero para hallar eso, que tan apasionadamente deseamos, antes, hay que abrir el corazón, que se cure con ese airecillo yodado y los aromas de sus flores, y navegando por el proceloso mar de la poesía, dejarnos arrastrar por sus transparentes aguas, con rumbos de ensueños, por aureolados caminos de preeminentes excelencias: por los senderos imaginables de nuestra agradecida evocación sentimental, gozando las realidades que nos brindan los duendes de nuestra romántica inspiración, desde esta preciosa Playa Jardín.

Celestino González Herreros
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celestinogh@teleline.es

Publicado en el Periódico EL DIA: 28.07.96

AMORES, SIEMPRE AMORES PROHIBIDOS

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En 1.964, ¿dónde estaba yo? ¡Ha pasado tanto tiempo desde entonces! ¡Qué largas ausencias! Me preguntaba muchas veces: ¿Pero, que edad tengo en realidad?..

Ella, Gigliola Cinquetti, una niña preciosa de 16 años de edad, ganadora del Festival de la canción de San Reno, para mí representó a todas las muchachitas de entonces. Desde ya, siempre me he resentido como si fuera un viejo decrépito, muy distante de todo lo más bello de la vida. Como si sólo hubiera nacido para lamentarme a mi mismo socorriendo a los demás. Aún con diez y siete años, cuando deliré por irme de aquí, del lugar más bello del mundo, ya me sentía acabado, viejos de cuerpo y alma, ausente para los demás; y además en mi entorno.

En mis largas ausencias esa célebre canción de Gigliola, me acompañaba en mis ratos de soledad, la escuchaba como si fuera una dulce sentencia… No tengo edad… Y estaba comenzando a vivir, sólo que no había modo de creerme seductor para ninguna criatura. Todas me decían lo mismo: No tengo edad…

Aún hoy, se me van, algunas veces, los ojos por las más bellas e insignificantes cosas de la vida y no logro alcanzarlas, no tengo edad…

Aquellas ilusionadas horas de quiméricas fantasías nos ayudaban a sobreponernos, estábamos como el hierro aún blando forjándonos, a veces hasta nos derretíamos con una simple sonrisa que nos regalaran, una fija mirada, el tenue acento de tímida voz cuando nos saludaban, un involuntario gesto…era suficiente como para hacernos delirar y soñábamos con que se repitieran aquellos deliciosos momentos. Éramos jóvenes y todo a nuestro alrededor también era joven y romántico. Jamás pensábamos que al cabo de los años íbamos a envejecer y con ello íbamos a perder aquellos encantos suyos y la vitalidad, y la ilusión que tanta necesidad hoy nos hace, cuando hemos atravesado ya el umbral de los años y atrás hemos dejado aquella alegría y las ganas de vivir… Hoy si, recordando a mi admirada Gigliola, “no tengo edad para amar” Sólo recordar y escucharle cuando nos canta: “No tengo edad”… Que su voz, aún me adormece y me hace soñar.


Celestino González Herreros
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celestinogh@teleline.es

LUZ Y POÉTICO DESPERTAR CANARIO

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Sin dejarme confundir, sin salirme de la realidad, aunque sí, un tanto influenciado por la atracción que me produce la seducción de lo bello, lo esencialmente hermoso y atractivo, me dejo llevar por extrañas sensaciones yendo yo al encuentro de su naciente, de la causa inspiradora… Me acerco a ella, tanto más, cuanto más me atrae. Y son las pequeñas cosas de la vida, parte de mí, las más hermosas y las que más ternura encierran y a donde voy primero. Mas, esta vez excepcional, como han habido otras tantas ocasiones, me atrapa y me atrae la grandeza que se me muestra con gratificante humildad y encanto.

Está ahí, ante mis ojos que no se cansan de verle y admirarle. Por que Dios es la Naturaleza y todo lo que ella nos muestra; y es hermoso, igual que es ella. En esta ocasión me entrego plenamente extasiado a esa fantástica contemplación, y camino “con pasos firmes”, sabiendo a donde voy e ilusionado me adentro, identificándome desde el primer momento con nuestro sentir canario y el amor que destila desde las cumbres hasta la orilla de nuestras cálidas playas. Desde el viejo Teide hasta las profundas e inquietas aguas de nuestro Atlántico, que nos acarician cuando llegan tranquilas suavemente. O increpan con su furia amenazante, cuando se torna la mar bravía.

Desde aquel eco roto en el aire de las palabras que en tiempos pasados pronunciaran nuestros queridos “guanches” cuando cruzaban los barrancos de un lado al otro elevando el mensaje de amor y de paz, que luego se quebró trepitosamente contra la nada, empujado por los inclementes vientos cargados de ira, pujantes de codicia, devastadores y crueles. Aún así, hoy se siguen oyendo ecos que de lejos nos llegan y nos traen el consuelo de nuestra añosa identidad e incorrupta presencia en nuestro confuso, pero esperanzador presente y posible futuro, en razón de nuestros principios y el derecho que nos asiste, por el que vamos a luchar siempre.

Bajo el murmullo de la brisa, camino embelezado lienzo adentro, hasta llegar al tranquilo y frondoso patio, común a cuatro viejas y hermosas casonas del campo canario. Visto desde el frente y comenzando por el primer plano, hay un relieve bellísimo, a la derecha e izquierda, donde se inicia una media circunferencia, vemos dos casa, una frente a la otra, ambas con sendos muros y anchos escalones de piedra. Puertas y ventanas de pronunciadas dimensiones y sobre las primeras salen al exterior viejos balcones canarios, hasta los que trepan exóticas buganvillas; para uno la de color lila, la del frente entre azul y rosa. Sobre un muro, a su diestra y abajo, en la orilla del patio, vemos tres enormes pantallas de abundantes geranios rojos, contrastando con el blanco del enjalbegado de la casa. La de la izquierda, en su esquina de arriba aparece un sendero luminoso, como un torrente de luz… Luego giran en formación cerrada tres casona más de viejos tejados, igual que las del primer plano, engalanadas con otras tantas buganvillas lilas y blancas y los geranios todos rojos, acentuando la armonía y el atractivo de tan vivos colores.
Con bello estilo, los pinceles del artista diseñaron y conjugaron tantas sombras y la presente luz de uno y otro lado. La hierba, caprichosamente, crece más a la sombra de las frondosas matas. Entre las tres casas, en todo el frente, antes de llegar a las montañas, un muro alto y ancho, con una guarnición de rústicas tejas marrón y negruscas por los años que habrán pasado, se eleva a modo de protección. Se ve en el centro una amplia puerta y se observa que las paredes son de piedras bastante anchas y tierra. Pisando en silencio sobre los salientes de las lajas de piedras de canterías y adoquines del pavimento, intento esa puerta trasponer para ver algo más allá, en el imaginario traspatio, mientras oigo el canto único y alegre de los pájaro canarios canarios que viven en libertad y en exóticas bandadas, libremente como las brisas y el eco de sus cantos en nuestros verdes campos.

A dos lados distintos, uno el de la luz deliciosamente reflejada y en el otro, fresco y suave que el lugar nos brinda y donde apercibo la paja seca del trigo y del millo, las hojas secas y verdes al borde de una circulas era, amontonadas…
Los tabobos y las alpíspas se escandalizan cuando cuan otean mi curiosa e inesperada presencia, levantan sus inquietos vuelos hacia lugares seguros, lejos del hombre, debe ser por razones obvias de supervivencia.

Otro muro con flores del campo sembradas en longevos cacharros. Luego el típico porrón a la sombra colgado de un improvisado gancho. Y la artesanal destiladera poblada de abundantes helechos y culantrillos, como si quisieran ocultar el agua bajo sus sombras, dándole la frescura habitual de las plantas nobles a su talla, boca abajo sobre un plato la jarra, hecha también de barro.

Bajo el típico balcón ya de retorcidas y polvorientas maderas, casi en desuso, se evidencia un pasado de amor y labranza, donde trabajaron y también descansado sus agotados cuerpos, los campesinos de aquel entrañable lugar que debió haber sido envidiable y placentero. Justo descanso del afanado labrador después de faenar, allá pasada la media tarde, en aquellos duros días.
Paredes enjalbegadas, otras con vivos colores pintadas, acentuando su mística presencia en el presente, trasladado hoy a este bello cuadro.

Un perro me sale al encuentro, abanicando su mocha cola, se me acerca confiado y mimoso lamiendo mi temblorosa mano y en tanto lamía aullaba contento al verme, que tanta soledad y belleza ya le aburría y se sentía solo.

Dicha obra tiene dos metros de largo por ciento diez centímetros de alto. En verdad, es hermoso, todo un poema, lleno de luminosidad y estilo. Parece que en realidad se movieran las hojas, como si la brisa soplara de vez en cuando, como si hubiera vida en esas gruesas paredes.
Por las noches, parece que emanaran aromas de flores vivientes del campo. Colgado pende en una de las paredes blancas de zócalo gris. Una enorme ventana a su derecha, mirando hacia el este, le permite recibir la luz que invade la estancia que le cobija -luz y sombras- por que el cortinaje a veces la apaga, dejando al cuadro protegido, igual que la noche protege con su manso manto la exuberante belleza de nuestra espléndida Naturaleza. Así viéndole, más a oscuras, la luz fulgida de tan delicadas pinceladas, le sublima y le hace más atractivo, dándole a la vez el encanto de lo irresistiblemente bello. Así mismo, pareciera una excepcional visión… Algo siempre se mueve, como si un raudal de encendida luz apareciera por la bocacalle más inmediata. Una luz misteriosa y le diera esa acariciadora bonanza, que al tiempo que nos inspira sosiego, también nos recuerda con suma tristeza la grandeza de nuestro pasado. Lo que me obliga a pensar, el por qué son tan candorosos los sueños en las noche oscuras con claros de Luna llena y por qué en el silencio afloran los recuerdos amados.

Y las sinuosas crestas ondulantes de las cumbres, de las montañas del cercano fondo, del plano más distante; y detrás de ellas El Teide, níveo blanco, destacando su inigualable y poética presencia que abunda en belleza y se desborda con sus encantos ante nuestros ojos, como una interminable caricia en la isla toda, desde las cumbres hasta la costa atlántica, y que sigue proyectándose amoroso hacia las otras islas para hermanarlas y poder “cuidarlas” desde lo más alto, desde las nubes y el azul del cielo. Y ese aire que baja, las brisas que traen los aromas de las retamas en flor, secas o heladas y de los brezales, según la Luna riele sobre las aguas de nuestras playas. Se oye el murmullo musical del viento y del mar contra las rocas negras chocando… Viento y agua y verdes montes de esos cuadros.

Aún veo, si camino por ese rincón canario, musitando frases de admiración, la luz que viene previamente reflejada desde la izquierda del lienzo. Luz de vida llena y donde termina el sendero, que va hasta el florido patio, dejando en ese caudal artístico inmortalizada la fantasía onírica que parece realidad, que no va a envejecer jamás. Luego, ahí se extiende sinuosamente por el camino discreto que conduce al ancho recinto, y lo inunda todo su resplandor, aunque sea en la noche, entre las cuatro paredes donde yo habito.

El agua corre por las atarjeas dejando atrás el silencio, mezclándose con la débil musiquilla que viene de las hojas secas que se arrastran por el suelo, empujadas y maltratadas por el vientecillo fresco y despiadado que a veces sopla.

Sobre una tosca mesa alcanzo a ver dos botellas polvorientas y dos vasos lagrimosos y sucios. Una bota mugrienta en mitad del camino y un sombrero de fieltro negro en estado deplorable agarrado a una de las retorcidas ramas de un vetusto y espinoso rosal. Nada más, ya mis ojos no alcanzan a ver más, sólo el cielo del mentado cuadro, que está con avidez mirando hacia el pie del mismo, como queriendo saber de quién es la obra… Igual que yo está emocionado, por que del lienzo del óleo se desprende ese olor tan suave y peculiar, de sus bellas flores; ¡y sus colores dicen tanto! Que sin poder evitarlo, uno tiene que preguntarse: ¿Quién creó tanta belleza? ¿Quién lo ha firmado?


Celestino González Herreros
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