3/7/10

¡CÓMO NOS PURIFICAMOS CADA AÑO EN JULIO!

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Siempre al recibir el mes de julio lo hacemos con la misma ilusión, esos días nos condicionan de manera muy singular. Nos llenan de júbilo y a la vez de tristeza por aquellos que no están entre nosotros; y bonanza indiscutible, porque podemos acompañar por las calles de nuestra ciudad, a nuestros Santos Patronos, el Gran Poder de Dios y nuestra señora La Virgen del Carmen, en magnas procesiones como acostumbramos hacerlo.

Previamente, la ciudad manifiestamente engalanada para esa especial oportunidad, remoza su ambiente lúdico y aquel recogimiento religioso que tanto nos recuerda pretéritas vivencias e inolvidables situaciones desde cuando éramos jóvenes y cuántas y tantas inquietudes y fantasías que a la postre conllevaban en sí, las de aquella tierna edad, la gran ilusión que hemos perdido para siempre. Entonces, las fiestas de El Gran Poder de Dios y nuestra venerada Virgen de El Carmen, eran sinónimo de algarabía y en un plano aparte, de increíble devoción religiosa; situación simbiótica que lo aglutina todo. Recogimiento y a la vez expansión… Fechas de anhelados reencuentros, como cada año aconteciera, Nuestras plazas públicas, delicadamente cuidadas, daban cabida a propios y foráneos, ambos juntos y acomodados convenientemente, en las aceras de nuestras calles se citaban para verles pasar… Es cuando uno siente la tremenda emoción que inspira lo divino y reflexivos rogamos con profunda pasión al Viejito, nuestra bella Carmela y el inseparable San Telmo, para calmar nuestras persistentes dudas y pesares, nuestras infidelidades y nuestros inconsolables ruegos por el eterno descanso del alma de los seres queridos fallecidos y nuestros enfermos. Es cuando responde nuestro corazón a la angustia que nos oprime a veces. También es ocasión generosa para agradecer tanto bien recibido, casi siempre inmerecido, aunque jamás negado.

Leemos en las miradas de nuestros semejantes la expresión de la misma sensación de paz que entonces vivimos, porque estar cerca de Ellos da al alma fuerzas indescriptibles que nos van ayudar a mitigar nuestros problemas y pesares tanto rato contenidos hasta volver a verles en Procesión por nuestras calles. Y en el Templo está cada día esperándonos con su expresiva nostalgia a que nos acerquemos y le obsequiemos nuestras sentidas plegarias, nuestras súplicas; y podamos volvernos con la cálida sensación de haber descargado tantos temores, entonces, algunos inconfesables… Pero nada es imposible para Dios, es nuestra fe cristiana quien nos salva, quien va a perdonarnos por más escabroso que nos parezcan nuestros pecados. Con la penitencia y el propósito de la enmienda, así seremos perdonados.

Nunca una luz alumbró tanto como el fulgor de sus miradas. Ni brisa alguna acarició tanto, ni nos hemos sentido mejor que cuando rendimos pleitesía a nuestros Santos Patronos…Ellos nos escuchan y hasta saben donde nos escondemos cuando nos traicionan nuestras fuerzas y la fe se debilita, cuando creemos que ocultar los pecados cometidos alguna vez vamos a olvidarlos y nadie los sabrá, pero eso es tan falso como dañino, sólo Dios quiere que nos arrepintamos y confesemos nuestro dolor para luego redimirnos en su sagrado corazón

Celestino González Herreros
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CELESTINOGH@TELELINE.ES




PARECE MENTIRA

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La vida es como un espejo inmenso, donde nos vemos tal y como aparentamos ser. Si sonreímos simulamos ser felices, aunque interiormente sintiéramos como un puñal que nos estuviera desgarrando… Hacemos muecas diferentes, como el payaso, y la verdad está oculta donde se fraguan los sentimientos, donde aletea el sufrimiento y se ahoga la ilusión, ó lo contrario, donde la supuesta felicidad grita como un Hércules en la montaña para que todos le oigan.

La auténtica felicidad nos viene. No nace en nosotros, se cree que sí, y se eleva, a veces, como el águila hacia las profundas oquedades del aislado acantilado de los sueños, donde nadie llegue a turbar su paz.

Todo cuanto a nuestro alrededor se mueve, en el cristal de los reflejos, es ajeno a nosotros mismos, es otra cosa y llamémosle como sea. ¿Acaso, algunas veces, no hemos escuchado reproches de la imagen nuestra proyectada, desde ese limitado espacio? Figuras que han llegado a turbarnos y hasta hemos sentido lástima y vergüenza de nosotros mismos Y hemos exclamado frases de asombro y contrariedad. Teníamos que vernos en un espejo para entenderlo. ¡Que los años no pasan en balde y dejan huellas irreparables!

Pero si yo me siento tan bien, desde mis adentros. Si yo no tengo penas ni sufrimientos, ni le temo a la muerte. Si a mí nada me falta, lo tengo todo…
Mentiras, mentiras y más mentiras. Nada de lo que decimos con la boca llena, nada es verdad. La verdadera felicidad es tímida y muy reservada. Cabe en una mirada, simplemente eso, en una mirada. Y se delata, sí, pero muy discretamente, sin gesticulaciones frívolas, con recelos y ternura, mucha ternura. Y eso es muy difícil verlo en el espejo de la vida, habría que romper esa lámina y buscar adentro, apartando los trozos esparcidos, y buscar la imagen físicamente real en la persona. A través de la figura de sus gestos sondeables y sus limpias miradas, hasta hallar la verdad.

Recuerdo de mi infancia, a un señor anciano –que tenía nombre propio y su apodo también- pero que por respeto a su intimidad –hoy, en su memoria, lo omitiré y además, por razones obvias. A pesar de su estado deplorable, andrajoso y hasta mal oliente, poderosamente me llamaba la atención algunos de sus rasgos personales y su misma conducta. Había algo extraño en su mirada, tal vez dejaba entrever un halo de bondad… Siempre que pasaba por su lado, él esquivaba mi mirada, temiendo que le viera de cerca y si respondía a mi saludo, siempre lo hacía mirando fijamente al suelo. Alguna vez preguntaba por gentes que yo no conocía. No entendía nada, sólo intuía que en esa persona se ocultaba algo. Entonces yo era sólo un muchacho, ¿y qué iba a entender?
Así fue pasando el tiempo, cada día nuevas impresiones y con la avidez de la edad, buscando razones nuevas, distintas motivaciones para entender mejor, qué era la vida y hacia dónde íbamos siguiendo nuestros pasos.
Un día de invierno, de aquellos inviernos crudos que no paraba de llover, ya entrada la noche, cuando regresaba a casa, me llamó la atención un ruido que venía de la oscuridad. Una tos profunda cuyos accesos llegaron alarmarme. Me acerqué y vi. un bulto al pie y entrada de un portal, algo que se movía. Era él.
-Pero, hombre, está usted empapado de agua, se va a enfermar-
Déjame, muchacho -susurró en voz baja. Sigue tu camino. Yo no te he llamado. Sigue tu camino, anda -balbuceó con voz temblorosa-
Ah, no, imposible, tenemos que hacer algo. Mire, allí debajo puede guarecerse y estará mejor. Yo vengo enseguida. ¿Comió algo?, le inquirí. Espéreme.
Lo comenté en la casa de mis padres y no faltó qué me dieran, hasta comida le llevé. Le dije que viniera hasta el zaguán de casa, que estaba cerca. Pero no, no quiso. Sólo me dio las gracias… No recuerdo qué más me dijo. Si, que me fuera, que estaba lloviendo mucho. Algo así fue lo que le entendí, apenas tenía aliento. ¡Gracias!, me repitió varias veces.

Con el tiempo nos hicimos amigos. No tenía a nadie. Vivía en la indigencia, solo, botado por las calles y las plazas públicas. A veces me paraba a charlar con él, bien en la esquina de alguna calle o nos sentábamos en un banco de la Plaza de la Iglesia. Le escuchaba atentamente cuando hablaba. Ahora que recuerdo, un día estábamos charlando y vi. cómo le subía una cucaracha por su roído pantalón y no se enteraba. Yo, con frecuencia iba a la casa de mis padres y luego regresaba a su lado con algo de comer, se lo dejaba y me retiraba para que no se sintiera incómodo.
A tal punto llegó nuestra amistad, que le decía a mis padres, cada vez que llegaba la Navidad, que si él no comía lo que hubiera para nosotros, no me sentaría en la mesa a celebrar la Gran Noche.
Por esas mismas fechas, un afortunado día conseguí que se bañara, dijo que fue en la playa- y le rogué que todos los andrajos los hiciera desaparecer y se pusiera una ropa que le busqué, bastante aceptable. Ese día lo llevé a casa, previo consentimiento de mis padres.
El quería comer solo y optamos por que se quedara en la cocina, ya que era muy espaciosa. Pero tampoco quiso, se quedaría sentado en la escalera de cemento del traspatio, que conducía a la azotea. Y allí se tomó un par de vasos de buen vino, sopa “calentita” de gallina y todo lo demás. Hasta los colores le salieron. Yo rebosaba de felicidad, viéndole…

Pasó aún más tiempo y uno estaba ocupado con los estudios, luego los amigos y los juegos. En fin, las cosas se iban complicando, sucediéndose alternativamente y el destino de cada cual marcaba sus sendas obligadas que divergían; cada uno por su lado. Me fui a Venezuela y al poco tiempo supe que había muerto. Creo que ha sido uno de los mejores amigos que tuve, del que recibí tan buenos consejos e incentivos… Que no pocas veces me he acordado de él. Me enseñó, entre otras cosas valiosas, amar la vida en su profundidad. Aprendí a descubrir la bondad a través de una mirada y la grandeza de los seres humanos, en su propia soledad. Que el echo de ser pobre “indigente”, aunque no sea una virtud, es una fortuna, a veces, que no la iguala todo el oro del mundo. Y que es capaz de generar sensaciones enigmáticas –como la estrella alumbra el sombrío camino- que nos lleve a entender extraños poderes o misterios ocultos, respecto al hombre y su conducta ante los demás.

Cuánto me gustaría encontrarme otro amigo igual a aquel viejito que se ocultaba en su propia soledad para pasar desapercibido, que nadie le tuviera en cuenta. Ya no los hay o es que no los hallo en mi lóbrego camino. Tengo ganas de hablar con alguno de ellos, ahora que no soy tan joven. Tendríamos mucho de qué hablar. Caminaríamos juntos hasta el final del ilusionado camino, sin mirar hacia atrás. Despertando dulces y gratos recuerdos y corrigiendo errores de tiempos pasados, entonando un himno de libertad y abriendo nuevos senderos. Descubriendo sentimientos ahogados que yacen ocultos en sus umbrías guaridas, sepultados en el silencio injusto del abandono.
Un amigo. Un viejo amigo que me acompañe para no ir tan solo y que me recuerde que debo volver aunque no lo deseara, otra vez al mundo de las razones, el mundo de las leyendas y obligaciones, al mismo destierro de la vida… A las leyes y castigos. Al mundo del odio y la traición. A este mundo desordenado que agoniza frente a la ironía de los hombres que no le respetan.

Si ese viejo volviera no se iba a sentir solo, iba a encontrar a un amigo que le conoce de antes, cuando las personas eran sensibles, cuando hubo aquel incalculable respeto y amor, aquel caudal humano de conmiseración y solidaridad que nos distinguía.
Pero no hay nadie… Todo es una quimérica ilusión, parece mentira. Es el espejo de la vida, el que no pudimos trasponer. Detrás quedaron los sueños truncados, las promesas incumplidas y los desengaños. Y ya no tengo fuerzas para romper ese enorme y aburrido panel.

Celestino González Herreros
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QUÉ FRÁGILES FUERON SUS HUELLAS...

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Algo había en la noche que tanto le subyugaba, sentía extrañas sensaciones que no podría definir con palabras buscadas, era un sentimiento que le atrapaba en una angustia voraz; le consumía entre dudas y tardíos requiebros en esas lagunas de la incomprensión que nadie alcanza a descifrar, o no sabemos hallarle una justificación... Nada suplía sus temores que fueron creciendo paulatinamente; era lento su padecer viendo la noche con su negro manto, enlutada y tanto silencio. Entonces, todo había enmudecido, apenas si se oía el tenue quejido de la brisa que silbaba su cántico melancólico. No había paz en ese entorno, sólo una diabólica amenaza que le inhibía en el callado nocturnal; sin claros de Luna, sin estrellas centelleantes que le custodien...
Era como una sombra que deambulaba, y susurraba sus jadeos noctámbulos pendulares del agónico tiempo que se consume errabundo hacia el infinito por los senderos ocultos, buscando horizontes perdidos en la lejanía. Nada podía más que esa fuerza oculta que le invadía. Sentía que su espíritu quedaba huérfano en medio de tanta soledad y sin hallar consuelo abandonó el lugar.
Todo había cambiado desde el día que partió, y al cabo de los años, ya no eran los mismos atardeceres y en nada se parecía esa noche, al recordar la cadencia de aquellas otras, entonces bellamente estrelladas, bajo el fulgor de la pálida Luna... Porque ya no estaba a su lado... ¡Hoy todo le parece tan distinto!... Con el paso de los años se han borrado las huellas que dejaron en los blancos caminos de la ilusión, ¡ha crecido tanto la hierba! Aquella casita abandonada, donde solían refugiarse de la lluvia, tampoco está en el lugar que la dejaron, la noche que mutuamente se entregaron, sin reparos, al juego inocente del amor y se juraron estar siempre juntos... ¡Qué crueles fueron sus destinos, ella se fue para siempre, dejando en la vida de él un vacío insondable de tan profundas soledades!.. Y aunque la busca por los escabrosos atajos de la desesperación, no oye su risa, ni escucha su dulce voz, aquella sinfonía que embelesaba, con acentos de ternura...
¡Cuántas veces se dormía en su regazo y al despertar ella le brindaba la más dulce sonrisa! ¡Cuántas veces corrieron juntos por el verde campo hasta quedar extenuado y acababan tendidos sobre la fresca hierba! Asimismo, bebían juntos el agua en las tarjeas y humedecían sus dorados cabellos, dejando entrever las transparencias en la blusa mojada; y sus pies descalzos cruzaban el corto trayecto hasta llegar a la era. Comían los frutos cogidos del árbol más próximo... Todo estaba al alcance, eran tremendamente felices... Ya nada queda de aquel sueño de amor, todo se ha perdido.

Al llegar cada nueva aurora, ¡qué cambio tan brusco, qué grotescos su sino, al privarles gozar de tantas sensaciones gratas!.. Empero, sigue buscándole anheloso, cabalgando en la fluidez de sus ensueños, aunque la noche sea triste y ya nada sea igual, aunque tenga que alejarse lo indefinible y la hierba haya borrado las huellas de aquellos pasos suyos, él la seguirá buscando...



Celestino González Herreros
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celestinogh@teleline.com

TRISTE CANTO A MI VALLE

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Con el silencio de la noche, se alejan los últimos susurros del camino, como un eco de nostalgias que va dejando atrás la dulce melodía de los gratos recuerdos de tantas noches tibias y sexuales y de transparencias celestiales, al ver caer caricias cadenciosas sobre el follaje de las verdes plataneras. No se oye el canto suave del agua de las viejas atarjeas que presurosa bajara desde sus frescos nacientes… Ni el arrullo de las tórtolas celosamente ocultas entre los secos matojos.

El campo enmudece discretamente y los bellos platanales van sufriendo el acoso del progreso que les señala y les condenan a ser reos de las injusticias del hombre. Ya están perdiendo, palmo a palmo, aquel encantamiento que transmitiera antaño a Alejandro de Humboldt la sensación de hallarse inmerso en un paraíso de impresionantes bellezas, quedando perplejo al asomarse en el camino y ver allá abajo la seductora aparición del Valle y, sobre sus anchos hombros al majestuoso Teide, que sobresale de entre las macizas cordilleras, alineadas en distintos planos de distanciamiento, como una visión señera su voluminoso encanto, queriendo alcanzar todas las alturas del firmamento, vigía avizor de nuestro Valle de la Orotava, galán perpetuo y enamorado desde su atalaya.

Otros ojos también han mirado los exuberantes y visionarios encantos desde los verdes pinares de las altas cumbres hasta las cálidas playas y acantilados de nuestras irregulares costas de abundantes caladeros… Y se perciben aún, cuando bajan las suaves brisas, aromas de romero, tomillo y de los brezales que traen desde lo alto, leves fragancias que nos recuerdan tiempos pasados que no volverán.

Como si estuvieran ocultas entre las sombras y la quietud del silencio, verdades y presagios esperando que señale la aurora los caminos de un nuevo amanecer.

La noche, manto frío que se posa sobre mi herido valle como una malla celosa que se extiende presurosa y calladamente lo oscurece todo, dejándole en las tinieblas de la indefensión.

Su exterminio premeditado ha progresado con pasos ocultos que han sido como crueles tentáculos en su avanzadilla. Han ahondado la afilada daga en su blando corazón sin piedad alguna. Se le ven las huellas en su trillada piel, donde asoman los espacios sombríos que le delatan por doquiera. Claros y sombras, como queriendo borrar su atractivo manto verde.

Las ramas de los arbustos y escasos frutales se van cimbreando movidas por los gélidos e inclementes vientos de los crudos inviernos, que también son distintos y van pasando más rápidos. Ya no se detienen como antes. Ni a posarse sobre la verde alfombra a beber el rocío y a jugar con las largas y anchas hojas de la generosa platanera hasta dejarla seriamente desgreñada y cuando no, en el suelo. Pero era un juego natural, una forma de manifestarse meteorológicamente, son otras leyes y más fuertes que las del hombre, no lo olvidemos.

El Valle de la Orotava, aquel emotivo y maravilloso espectáculo, aquella realidad palpable y de entrañable belleza, excitante caricia visual de candorosos y alegres alboradas, acompasadas y risueñas, ofrecían la tierra amada al madrugador campesino que la mimaba con la total entrega de sus fuerzas; y la atendía debidamente porque de ella recibía el pan de cada día. ¡Ay, si volviera a reverdecer en su plenitud!..Hoy sangra ante los ojos indiferentes de aquellos que bien pudieron -y aún está en sus manos- evitar la continuidad del genocidio que quieren o están cometiendo con nuestro suelo canario, y por el contrario, atendiendo a sus ambiciones materiales, le dieron a los depredadores todos los poderes, los pases y licencias debidamente firmadas, para que acabaran con lo poco que nos queda ya de nuestro hurtado patrimonio, por que el Valle es de todos.

Sorprendente y grandioso. Fue emotivo y seductor, ya que ofrecía un paisaje único, que nos hizo llorar alguna vez, al verle nuevamente después de largos años de obligadas ausencias. ¡Mi Teide y mi Valle, cuántas noches soñándoles!..

Sentado sobre una calcinada y voluminosa piedra del solitario descampado, donde llegué cuando me eché al camino, para convencerme de las cosas mal hechas que existen y que son la causa de mi alarmante preocupación en defensa de nuestros únicos y válidos recursos humanos: la tierra, mi asombro fue terrorífico. Aquellos lugares excepcionales, nuestros rincones canarios y sus lindos paisajes junto a nuestras tradiciones, todo perdido… Tuve con asombro que verlo preso de indignación y vergüenza.

Era evidente, vivía la sensación que uno siente cuando amaina la tormenta de viento y agua y nos asomamos a ver cómo ha quedado todo allá afuera. Hice el recorrido en breve tiempo sobre el ancho y largo lugar, que debo decir, aún conserva el sello de su estirpe, de su elogiada siempre belleza, a pasar de todo. Y avanzando en mis observaciones, llego lo más lejos que puedo, pero en silencio, recordando los verdes relieves de su exuberante vegetación y la señal oscura de los profundos barrancos hasta alcanzar la costa. Obviamente, me detengo en la contemplación de la multiplicidad de circulares estanques para el riego; y el agua corriendo por las atarjeas, que destella bajo los rayos salares. Me parece estar viendo cruzar por ese singular espacio a diversas especies de aves volando en distintos sentidos, o algunos cernícalos dibujando en el aire la danza acrobática de sus vuelos al acecho de las presas y verles lanzarse en picado como una exhalación.

Realmente, hoy está todo muy distinto, más erosionado y silencioso, todo está más callado… A mi mente llegan secuencias tan emotivas, como aquellos senderos hasta llegar al camino, animados con el ir y venir de hermosas bestias cargadas con frutas olorosas y frescas hortalizas. Y el tiempo de la recogida de papas, o cuando la vendimia. Ver todo el campo y por doquiera, grupos de animados campesinos –amigos y familiares entre ellos- haciendo las respectivas tareas con la ilusión propia de aquellas gentes. Y a la sombra del más frondoso árbol o arbusto, la barriquita con vino, y en la cestita de mimbre, la pelota de gofio, junto a otros manjares típicos. En los patios y azoteas desgranando el millo… Los becerros bebiendo agua en la fuente o en el chorro. Y cuando llegaba la tarde, las ventas y las tascas se llenaban. Las primeras de mujeres que irían a comprar alimentos necesarios para la comida subsiguiente. Los hombres, algunos, no todos, a sus acostumbradas tertulias y a echar la típica partidita con la baraja, acompañados de sendos vasos de vino y un puñado de chochos.

Cerrando los ojos soñamos más intensamente con ese mundo canario, acariciamos esta tierra nuestra con evidente nostalgia y cariño, nuestras costumbres y tradiciones. De tantas y tantas vivencias entrañables, que nos parecen más gratas hoy, cuando ha pasado el tiempo; y sentimos pena del despertar de ese encantador sueño de la evocación, para ver en esta cruel realidad, como en el caso de nuestro sufrido Valle de la Orotava, la huella del pié brutal sobre lo nuestro, lo poco que nos queda.

Ahora mismo, veo zonas destruidas, todo seco, desamparado y solitario, casi sin habitantes. Se fueron los que estaban; sólo se oye a un grillo que calla asustado cuando siente mis pasos. Posiblemente, hace algún tiempo que nadie visita este aburrido lugar. Y estoy lamentándome de la muerte de un paraje que debió haber sido un ensueño, un lugar paradisíaco. Aún queda un viejo cardón y algunas tabaibas. A poca distancia, a unos pájaros preciosos, verdes y muy pequeños, volando tras una mariposa de alas doradas que trata de ocultarse en la hierba seca y al pie del cardón. Es un poema lleno de lirismo contemplarles en medio de tanta soledad.

Como el Sol quema despiadadamente, tengo que buscar sombra, donde la encuentre y en su busca me voy alejando distraídamente del tétrico lugar, hasta salir de el.

Bajando con cuidado y sorteando obstáculos, caminé con el corazón oprimido, recordando cuántas veces, desde lo alto y en dirección al pueblo, corrí por las veredas y angostos caminos, entre plataneras, viendo avanzar el agua fresca y cristalina por las rústicas atarjeas rozando algunas veces a los rizados helechos que despuntaban de entre las piedras que formaban los clásicos muros, linderos de los cultivos; y las zarzas espinosas del borde de los mismos. Veía levantar el vuelo precipitado de las abubillas -tabobos- y las graciosas tórtolas junto a las nerviosas alpispas, saltando entre los matorrales cuando me iba acercando…

Mas, ahora todo es distinto, ha sucedido a través del tiempo que ha pasado sigiloso y cruel, de la premeditación y alevosía de unos cuantos, lo que delata el autentico fracaso ecológico que está sufriendo nuestro Valle, sentenciado por el hombre (¿?)

Me retiro apesarado, ciertamente preocupado. Voy alejando la mirada y con ferviente esperanza elevándola hacia el Cielo.

A MI VALLE

Me entristece el abandono/ que mi Valle está sufriendo/ mutilado le estoy viendo/siendo El Teide su trono…// Viéndole morir, me duele/ ¿Para salvarle qué hacer?/ ¿Cómo verle reverdecer?.../ Nada hay que le consuele.// Y nadie me diga que calle./ En el todo se va a perder/ mas, hoy le quiero defender/ ¡Cómo era antes mi Valle!// Desde la cumbre bajaba/ como verde pincelada/ cual romántica balada/ que a la costa llegaba// Que la verde platanera/ dé los frutos abundantes/ como nos los diera antes// nuestra riqueza primera// Y ver llegar a las aves/ a anidar en nuestros huertos/ florecer arbustos muertos…/ Y a la hierba en el lagar// Desde la arena cantando/ su angustia un canario/ vio al Valle milenario/ calladamente llorando// Ya no se oye su canto/ cuando la brisa pasaba/ y a mis sentidos llenaba/ de un sublime encanto.//Ahora sólo oigo llanto/ y resquebrajarse el suelo/ aproximándose el duelo/ cuando cese su quebranto// Mirando al Cielo, hoy clamo/ desesperado y triste/ y porque TU nos lo diste/ nuestro Valle yo reclamo.


Celestino González Herreros
http://www.celestinogh.blogspot.com
celestinogh@teleline.es

LA LEALTAD TIENE SÓLO UN PRECIO: SU RECONOCIMIENTO

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Mientras efusivamente me abrazaba, repitiendo una y otra vez en mis espaldas palmadas de júbilo, yo miraba a mi alrededor, expectante, pero sin malicia, cuanto se me ofrecía. Y contento sí, de hallar a un viejo amigo, inesperadamente… Como nos miraban los allí presentes, todos conocidos -al menos por mí- aunque guardaran las distancias y no entendía porqué. En aquellos lugares de habituales reuniones, digamos sociedades, solía ocurrir eso, aparte de la envidia que despierta, casi siempre, el que otros hayan viajado y visto mundo nuevo, que hayamos cruzado el charco valientemente, suele resentir bajas pasiones. Bueno, como dice el dicho: “Juntos si, pero no revueltos” Y de esa forma rompimos la situación, pudo haber sido equivocada, pero si molesta, producto de recelos insuperados a pesar de las evidencias. Es posible que, habiendo tantos caracteres iguales se hubieran encontrado en aquel lugar de ocio y al mismo tiempo. Niños de papás. ¿Casualidad? Lo cierto fue que nos despreocupamos e ignoramos a aquellos mequetrefes para hablar de nuestras mutuas experiencias, el amigo Pepe de su estancia en Brasil y yo de mi linda Venezuela. Cuánta facilidad para comentar sus vivencias.

Fuimos vecinos desde pequeños, de edad tiene un par de años más que yo y de profesión, fue un destacado comerciante. Recuerdo bien y desde entonces han nacido muchas Lunas. Le escribí una o más cartas desde aquí, con el sano y noble propósito de acompañarle en su lejanía, como queriendo darle ánimos, el calor de la amistad que no se interrumpe y hablarle de nuestras respectivas familias del Puerto de la Cruz y nuestros comunes amigos. Cartas que me hubiera gustado leerlas hoy, por los mensajes enternecedores de solidaridad, afecto e interés personal por su suerte, que las mismas contenían, a pesar de nuestras cortas edades.

Y ese día recordé cuando me envió desde Brasil una fotografía junto a su jefe y dueño de un gran supermercado donde él trabajaba. Si, entonces éramos unos muchachos, no hay más que ver las fotos. Todos aquellos momentos fueron maravillosos, al menos así nos lo parecían. A esa edad todo es como una aventura, desafiando cuantas inclemencias surgieran. Se piensa que así debe ser e insistimos en la lucha. Si no lo conseguimos en la primera, lo buscamos en la segunda y si tampoco así, vamos por la siguiente y con la misma perseverancia vivimos, sin abandonar los buenos propósitos. Era una lucha ansiosa, justificada sólo por los anhelos de algún día volver a reunirnos con nuestros seres queridos, que les habíamos dejado -momentáneamente- cuando salimos en busca de nuestro destino. A esa edad sólo se piensa en triunfar de alguna manera y al precio que sea. Nos esperaban todos con la ilusión alentadora de esa victoria; y es la razón porqué algunos tardan tanto tiempo en regresar; y muchísimas veces no aceptan el fracaso y se limitan a dar excusas y a no venir, tolerando sus tristes destinos con resignación. He ahí el tremendo drama de la emigración mal planificada por los respectivos Gobiernos y que degeneran en la peor de las suertes. Mas, de todas formas y visto desde mi óptica personal, siempre no están justificadas las dramáticas situaciones que estoy mencionando, por que cada instante de la vida es bueno para comenzar de nuevo. Esa es mi filosofía y la que trato de poner en práctica siempre que sea necesario. Y hasta ahora no me ha ido mal del todo. Cuando cometo un error, reparo en el y luego me censuro y repaso mi falta tratando de hacer las cosas mejor, buscando recursos nuevos y más aceptables.

Tuvimos que aprender a desenvolvernos en nuestra soledad y eso instruye enormemente, da un sentido tal de responsabilidad, que te ayuda luego a esquivar los golpes que vengan de uno u otro lado, con la soltura de que presumen los grandes veteranos y así escapábamos mejor… Hoy con los pasos acelerados de los años, no es que seamos muy diferentes, pero nuestros actos son más pausados, -se nos va el alma al Cielo- tras las cosas más próximas y más fáciles. Y ese encantamiento abunda también en la sutileza de las pequeñas cosas que irradian igual ternura y acercamiento. Es el preludio de una nueva sensibilidad que va a ser más intensa a medida que nos vayamos alejando de la impetuosidad de la atractiva juventud. Con acentuada frecuencia nos fijamos en aquellas a las que antes no les dábamos tanta importancia… También ahora podemos entender que nos estamos haciendo viejos y con todo ello, difícilmente queremos reconocerlo y menos aún admitirlo, pero es nuestro subconsciente quien nos lo recuerda, que los años pasan y no en balde, dejando huellas que no podemos ocultar por más que lo intentemos. Y la torpeza al ejecutar algunos gestos o movimientos, evidencia nuestras incapacidades, delatoras a priori. Buscamos otros senderos, desviándonos del cotidiano camino, nos apartamos un tanto de la vida agitada de los nuevos esquemas de la sociedad moderna.

Mi antiguo vecino me ha dado una gran satisfacción con su espontáneo saludo; me ha devuelto la confianza, en lo que a la amistad se refiere, ha despertado, sin haberlo sospechado, viejos recuerdos de la infancia y aquella juventud perdida. Me ha devuelto la memoria de tantos y buenos amigos, muchos de ellos ya desaparecidos, ¿y quién sabe dónde? Y otros, lamentablemente, fallecidos. Aquellos acontecimientos, algunos endiablados que al recordarlos ya no me escandalizan, cosas de muchachos decimos hoy, pero travesuras a fin de cuenta, que no trascendían más allá... Y tantos acontecimientos imperecederos de esas horas vividas al calor de la familia y de las buenas compañías. La vida es eso, un cúmulo de acontecimientos que van pasando al recuerdo: nuestro pasado lucha en el huidizo presente y el futuro… Es la incógnita de todos nuestros días -pasados y presentes- en el último tramo del largo camino.

Me detengo en la contemplación, emotiva desde luego, del recuerdo de aquellas mañanas domingueras, cuando éramos niños. Nuestras madres nos ponían guapitos y se recreaban en uno, dándonos esa abundancia incontenible de cariño -como sólo ellas saben dar-. Cuando salíamos de nuestra casa a la calle para ir a gozar la Misa de las once de la mañana y se asomaban para vernos salir, y nos decían en voz alta: ¡Vete derechito! ¡Cuidado con los charcos! ¡Saca las manos de los bolsillos! Etc. Etc. Todo ese montón de cosas que nos decían, eran sólo un pretexto excusable para llamar la atención y que se supiera que “eso que iba por ahí” era suyo, que no había nada más hermoso que esa criatura. ¡Amor de madre!
Y fuimos creciendo sin que ellas casi se dieran cuanta, para más tarde o más temprano, comenzar la verdadera lucha, el gran enigma de la vida. Cada cual con sus virtudes y defectos que había que ir corrigiendo. El que no hubiera nacido para estudiar o que careciera de recursos económicos para ello, aprendía lo elemental. No había razón para apartarlo o que se sintiera menospreciado por nadie. Hoy día sigue siendo igual o debiera serlo. Tengo amigos de entonces que no llegaron a leer y escribir bien y hoy son portentosos millonarios.

Está demostrado que para triunfar en la vida. Sólo hay que proponérselo, aunque recibas muchos palos, en insistir está el secreto que muchos no saben; y al final conformarse con lo que Dios nos haya permitido cosechar, sea mucho o sea poco, y saberlo administrar, conformarnos. Que no conseguimos todo aquello que habíamos soñado, bueno, algunas satisfacciones nos quedarán: Promesas que hemos podido cumplir; la entrega personal para responder a nuestras obligaciones… El honor, -también es muy importante- y la suerte que no han tenido todos, el poder ir por la vida con la frente bien alta.

Ese amigo me conoce, ya lo creo que sí, y ha sabido valorar mi sencillez y humildad, de la misma forma que yo, desde mi punto de vista, al saber entender aquel sentimiento de su amistad y las excelencias de su persona. Nunca dudé de su gran sensibilidad humana.

Cuantas veces me detenga a considerar el valor que tienen los recuerdos, me sirve de consuelo incalculable, para no dejar morir la ilusión de vivir. Ellos están ahí, señalando los caminos y marcando con sus imborrables huellas los pasos que hemos dado, siempre buscando lo que aún seguimos sin hallar, porque en la vida nada tiene principio ni fin. Y, sin embargo, coincidimos en que hay un ocaso común para todas las fuerzas que buscan una respuesta a sus exigencias más íntimas.

La razón de recurrir tan insistentemente a algunos de esos recuerdos -que no descansan- es por nuestro afán de revivirlos- ¿No será un síntoma de delirios?.. Buscamos el tiempo perdido llamando en silencio al pasado y a el reclamamos todas las cosas que aún creemos que nos pertenecen, espiritualidades que ya no son nuestras, que silenciaron para siempre el amoroso canto de sus voces.



Celestino González Herreros
http://www.celestinogh.blogspot.com
celestinogh@teleline.es

¡ABUELO! ¡ABUELO! NO RESPONDE

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Apenas sin llegar la mañana, en plena madrugada, el abuelo era el primero en poner pie en tierra desde la cama. Sigilosamente, iba primero al baño y luego a la cocina, para hacer un poco de café. En lo que hervía, se acercaba a la terraza a cambiarles el agua a los pájaros y soplar la gaveta del alpiste. Ya con la tacita de café y dirigiéndose a la ventana, asomado miraba a la calle y se le iba la imaginación, a veces, buscando con los recuerdos, determinadas vivencias, distintos derroteros… En medio de tanto silencio, recordaba sus años mozos y caminar por esa misma calle, airoso, con la vitalidad de su juventud y la fantástica ilusión de querer alcanzarlo todo, con sólo desearlo. De hallar en la vida lo más hermoso y la mejor muchacha por compañera, eso por supuesto que sí; y llamar la atención por donde quiera que fuera.

Viendo pasar a las primeras personas en su ir y venir, adivinaba en ellas el sentimiento de libertad que estaban disfrutando y eso le entristecía, por que ya él no podía hacer lo mismo. Miró hacia atrás, de soslayo, por si alguien le estaba viendo, antes de secar las lágrimas que le caían. Y sacando un cigarro se puso a fumar, exhalando grandes bocanadas de humo que luego salían a raudales por la cristalera y pensaba que, si fuera tan ligero como el humo, también saldría en busca de la libertad, perdida con los años, ya viejo y sin saber qué hacer… Pensaba: qué hermoso sería correr por la playa chapoteando el agua de la orilla cuando sube juguetona la ola al romperse. Qué delicia cogerla con las manos y mojarse la cara acariciando la blanca espuma salobre. Y bajar por las veredas que circundaban al acantilado, cargando las frutas de las moreras para llevárselas a su amada. Qué ilusión entonces, encontrarse con ella, el fulgor de su mirada ya era su entrega y una sonrisa suya y sus pisadas sobre la arena cuando se le acercaba…

Lo había perdido todo, a veces ya ni recordaba y la vista se le apagaba. El viejo se lamentaba en silencio para que nadie le oyera, ya lo único que le quedara pertenecía a su pasado. Eso no le interesaba a nadie. Razón por la cual se levantaba tan temprano, para estar solo, con ese pesar y sentimiento suyo que con frecuencia le hacía llorar ante su impotencia y el dolor de no poder recordarlo todo como quisiera.

¡Ay, el abuelo está muy viejo, se siente tan solo! -decía el más pequeño de los nietos-
¡Qué pena siento por el abuelo! ¿Y porqué no querrá hablar con nosotros de sus cosas? Siempre está callado, mirando a través de la ventana, con el pañuelo en la mano.
Una tarde, sentado en el saloncito, en su vieja perezosa y mientras se balanceaba, fue llamando, uno a uno, a sus nietos que con él vivían.

-Siéntate ahí, acerca esa silla. Oye, ¿hace mucho frío hoy? ¿Será que estoy enfermo? Trae el retrato de tu abuela que está en mi mesa de noche y su abanico de dentro de la gavetita. No tardes. Mira, si ves que me lloran los ojos, en verdad no estoy llorando, es que tengo catarro. Tú me comprendes, ¿verdad? ¡Ay, nietito, qué feliz soy entre todos ustedes! Pero, ¿sabes?, me falta ella y no puedo conformarme. Mira, toma estas monedas, por favor, ve a la calle y cómprame unas flores… ¡Que estén bonitas! Y una vela… ¿A que no sabes que hoy es día de ella? No te acordabas, ni tú ni nadie. Es igual para ustedes, pero para mí… ¡Anda, vete y no tardes!
El abuelo se quedó solo en la estancia, con su arrugado pañuelo dándole brillo al portarretrato y colmándolo de besos mientras pronunciaba su nombre. ¡Ay, qué falta me haces y cómo se alarga el tiempo! ¿Cuándo estaremos juntos nuevamente?, es lo único que le pregunto al Cielo. ¡Cuándo!.. ¡Cuándo será!
Al otro nieto le pidió que le diera brillo, tanto a sus zapatos como a los de ella y su bolso. Que le quitara bien la tierrita. Que los pusiera cerca de su cama y que le sacara una camisa limpia, “que era día de ella” y había que celebrarlo.

Se fue a la terraza y, una a una, se ocupó en arreglar todas las macetas, regándolas posteriormente. Con nostalgia y mucha congoja, decía en voz baja: ¡Esta le gustaba tanto a ella y se está marchitando!, ¿qué podría hacer yo? También tiene sus años.
Y los hijos, ¿dónde están?, siempre ocupados. Y los otros nietos, ¿dónde está el pelirrojo? Que ya es un hombrezuelo, corriendo tras las chicas, “hombreando”, como su abuelo, cuando también era mozuelo y se las daba de conquistador. Las nietas, eso era otra cosa, ¡qué criaturas!, estudiando como locas, a ver si acaban…

Ya estaba todo listo. El retrato de la abuela con su ramo de preciosas rosas, con el cirio encendido junto al rosario y el abanico de nácar sobre la mesa de mármol. Pero faltaba el abuelo y fueron a buscarle hasta su habitación, donde yacía vestido sobre la cama, con el bolso de ella sobre el pecho fuertemente abrasado y una extraña sonrisa en sus labios dibujada y su cuerpo inmóvil.
Parecía estar contento.
¡Abuelo! ¡Abuelo!.. Y como no respondiera al tocarle, fue evidente la sorpresa al comprobar que había muerto y aún así parecía estar contento. Había partido en busca de la abuela, con sus mejores galas y le llevaba el viejo bolso y una sonrisa en sus marchitos labios, precisamente, el día de su santa.

Ahora se les recuerda a los dos juntos, como en los viejos tiempos, viéndose ambos con ilusionadas miradas, unidos por ese amor tan profundo. Ahora se les imagina más habladores, más contentos. Cuidando sus plantas. Y los pájaros no necesitarán de las rejas de sus jaulas, serán libres como ellos. Desde arriba verán crecer a los nietos, por que los abuelos siempre se preocupan como nadie de la suerte de los nietos. Los quieren fuertes y sanos, estudiosos y buenos hijos para con sus padres y hermanos, que se dejen llevar por ellos, para que se encausen bien en el torbellino de la vida y se casen y tengan hijos, luego nietos, para que conozcan el amor que los abuelos siempre guardan para sus adorados nietos.



Celestino González Herreros
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celestinogh@teleline.es

23/6/10

EL CLAMOR DE LOS AÑOS

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Ya el Sol declinaba cuando llegamos al pueblo y en tanto buscábamos donde dejar el coche que nos condujo al lugar, curioseábamos con la avidez propia del visitante, mirando aquí y allá... Buscando en cada rincón alguna motivación y de echo, no faltaron, de las que aún conservo buenos recuerdos.

El paisaje se fue abriendo ante mis ojos, brindándome en todo momento su esplendor, su luz radiante y colorido. Fueron apareciendo los motivos arcaicos los cuales iban condicionando mi fantástica curiosidad hasta llegar a extasiarme.

Como si se explayara sólo para mí todo el entorno; y aparecieron a uno y otro lado de la empedrada calle, de irregulares adoquines, las viejas casonas de anchos portales y gruesas paredes, vestigios de tiempos pasados que no mueren y están allí. Señalando su presencia, a ultranza, la huella ancestral reflejada en esa gloriosa y remota realidad.
Cada recoveco, cada calle decía más que todo aquello que no pudimos valorar en toda su extensión.

Cuando dejamos a buen recaudo el coche, decidimos ir calle abajo, en dirección al centro del referido caserío, previamente elegido para esta ocasión.
Las gentes nos miraban, bueno, así yo pensaba, como si estuvieran agradecidos por nuestra visita. Sabían por nuestras pintas que no éramos del lugar, uno se delata hasta por el modo de andar.

Los cuatro que componíamos el grupo, todos más o menos de la misma edad, pasado los cincuenta años, el momento de la vida de un hombre cuando se va dando cuenta de que, cada día que pasa hay otro que se acerca, gozábamos cada instante. Buscamos mil pretextos y sin querer confesarlos nos resistimos a aceptar la evidencia, lo que tiene que llegar alguna vez. Y nos lamentamos de no haber sabido vivir. Mas, ahora queremos apurarlo todo de un solo tajo y nos molesta que pase el tiempo tan rápido, que nuestras “resistencias” no calienten tanto como cuando teníamos veinte años de edad.

Estaba acordado, previamente, que saldríamos este día para resolver un “asuntillo” y aprovechando la conyuctura disfrutaríamos una jornada de recreo, si es que suena mejor. Y al mismo tiempo probar los vinos del lugar y lo que se presente después. ¡El clamor de los años! A rescatar del plácido paisaje todos los encantos posibles y a derrochar tanto entusiasmo que asoma en nuestros ojos con el brillo ilusionado que siempre aparece en la mirada ante el feliz encuentro de algo nuevo y que nos maravilla, como son esas estampas campesinas que quedan grabadas para siempre en nuestra memoria, desde los años más tiernos y que motivan sensaciones generosas al evocarlas y hasta llegamos a idealizarlas. Nuestros campos canarios aún conservan el irresistible atractivo que invita a la devoción y admiración del caminante; reflejan amor y dulzura increíble hermosura, calor y poesía. Todos los adjetivos de ternuras y exquisiteces aparecen en la imagen de cada uno de sus rincones. Sus tierras lozanas, atendidas y cuidadas con el esmero propio y el celo del curtido hombre que labra sus entrañas y las riega… Cada perspectiva nos dice su magnificencia, ese sello adorable que nos caracteriza, por ser ella, de la Naturaleza un trozo de madre que Dios nos diera.

Convenimos en preguntar a las gentes que pasaban o estaban allí, en ese lugar gastando sus días de vida. Ellos debían saber donde conseguir buen vino, que lo de la comida era otra cosa… Bien hicimos en preguntar. Nos dijeron que pasada la Plaza cruzáramos a la derecha, que no nos metiéramos en el caminito que conduce a otra parte. La calle sigue, apuntaron, una vez a la derecha y luego a la izquierda. Entonces siempre hacia arriba. Verán la parra levantada por las horquetas. Aquí, repetían, no se da más que buena uva y de ella salen los vinos. ¿Han probado los últimos? Cosa buena caballeros, hasta cura a los enfermos… Hubo uno que nos soltó una retahíla y otro compadre suyo, que nos hizo gracia. Tenían labia, los señores. Insistían: ¡Mejores no los hay!
Fuimos bien informados. Es bueno hablar con las gentes del campo, ellos saben y dan la impresión de que no mienten, son así de nobles.
Nos despedimos; y como se acercaban otros, levantamos anclas y a aprovechar el viento, que ya estaba bien…

Si tuviera tiempo disponible les acompañaba –decía uno de ellos- y les iba a presentar, como si fuéramos amigos de toda la vida, pero no es así, tal vez en otra ocasión, Dios mediante, pueda ser.

De verdad, tenía ganas de comer algo y la sed ya no la aguantaba, me estaba sintiendo de mal humor.

Al final de la pista la cosa cambió y otra vez comenzamos a ver casas. Estábamos rodeados de altos muros, amplios portones y nuevas gentes. También me llamó la atención un par de preciosas cabras de rebosantes ubres que llegaban casi al suelo, ellas tranquilamente comiendo la hierba frescas crecidas en los bordes del camino y de la calle, entre los adoquines empotrados en el vetusto pavimento.
Habíamos llegado a la indicada dirección o estábamos cerca de ella. Era la calle, nada de asfalto, sólo tierra. Aquello era distinto, piedra viva; con tantos años, quién sabe cuántos. Y tuve, de pronto, un extraño sentimiento. No, este episodio de mi vida, no podía pasar así, como cualquier cosa. Me sentía emocionado. ¿Cómo es posible, ante un motivo tan hermoso y tan nuestro, pueda nadie pasar desapercibido, por mucha hambre que sintiera y ganas de echarse sendos vasos de vino?.. Yo pensabas, para mis adentros, “¡OH, Dios, que uno tenga que partir algún día y se vea en la necesidad –mejor dicho, en la obligación- de dejar todo esto, tantas bellezas que hallamos en nuestro suelo canario!

Hoy si que no hallo las palabras adecuadas, sería una lástima quedarme corto en la redacción, en este preludio que armoniza el calor de tamañas sensaciones, frente a un espectáculo poco común y a la vez conmovedor. Esa calle que baja, a un lado y al otro casas y al fondo la mansión principal –y era allí donde iríamos a comer, en la parte alta de la casa, cerca de la ventana, mirando al camino. Sí, por donde habíamos llegado, casi sin darnos cuenta, hasta subir la sólida escalera que nos llevaría a aquella habitación comedor y a la acogedora mesa, donde apuramos los primeros tanganazos e hicimos un amplio despliegue de nuestras nuevas impresiones acerca del lugar, su encantador tipismo y su grata gente, extraordinariamente amables, que bien son merecedoras de nuestra admiración y respeto que sólo se ganan las personas que saben recibir al de afuera y al mismo tiempo nos saben respetar.

Estábamos pasando un rato sin cuento, ni me preocupaba cuántos años de edad yo tenía. Bueno, no los sabía en esos momentos, me sentía más feliz que el “pupa” y hasta mejor persona. Las papas estaban riquísimas. Y el pescado –viejas frescas guisadas- no digamos… Los comentarios del vino, ¿los hago ahora o después? Sigamos pues, hablando del gofio, del pan, etc. Siempre ocurre igual, bueno, póngannos otro litrito de vino. Ah, ya vienen con el. ¿Quién lo había pedido? Es igual. Pero hay que decir algo más, superando los pretextos. Si tuviera espacio suficiente, haría una apología del “morapio” de tal modo que abundaría en detalles, simplemente deleitantes. No se podía esperar un vino mejor, aquello fue una excepción o lo que dió la parra.

Aún es de día, tenemos tiempo, más que suficiente por delante. Dimos después de comer un paseo por los altos, a ver esos fértiles campos. Antes de irnos prometimos volver por allí a echarnos el repunchito…

Qué lugar tan extraño, parerecíera que uno estuviera soñando. Esa calle, con ese embrujo y su silencio y el sello que toda ella imprime, está diciendo más de lo que yo pueda señalarle. Si callo, oigo los pasos de antiguos caminantes, cuando traían o llevaban por sus angostos caminos el producto de la tierra y las semillas… Hay en su vertiente el clamor y hasta el roce de viejas vivencias que dieron a esos pueblos el sello alentador y poético que hoy tienen. Y aún hay ecos que pueden oírse, si al cerrar los ojos, caminamos –por ese ambicioso túnel de la evocación- para encontrarnos con ellos, los que nos dieron el nombre y nos dejaron las herramientas en el campo, amor a la tierra –que nos ha dado tanto y nada nos piden a cambio, sólo que no la abandonemos-.
Qué linda y generosa es mi tierra, no podría cambiarla, ni por nada, ni por nadie…



Celestino González Herreros
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celestinogh@teleline.es

22/6/10

HA FALLECIDO EN LANZAROTE, SU DESCONSOLADA ISLA, SARAMAGO

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SENTIDO ÓBITO AMIGO
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Los amigos de la niña “Piedad” rogamos por el eterno descanso del alma de Saramago, hombre que fuera en vida, modelo de buenos sentimientos; y máximo exponente en favor de la justicia bien aplicada, demostrado tantas veces clamando por “Piedad”.

Su voz no la apagará nada ni nadie, ni su sentido óbito ni ese eco personal suyo suplicando compasión para los inocentes y los marginados por los hombres…

A su dolida esposa y demás familiares suyos y amigos, Dios les dé resignación cristiana, Y que nuestras sentidas oraciones se oigan en el Cielo.

Celestino González Herreros
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SARAMAGO TUS ISLAS SE HA QUEDADO TRISTES

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Esa noche para mí pareciera que estuviera marcada con connotaciones extraordinariamente sensibles, no pretendo idealizar el momento, pero confieso que aún, siguiendo consternado con la fatal noticia de nuestro Saramago, no consigo salir de mi estupor, de la gran pena de haber perdido a ese gran hombre, aunque los ángeles del Cielo se lo hayan ganado… Hubiera preferido conocerle personalmente, eran muchas las cosas que hubiera deseado decirle, hoy son muchos los interrogantes frustrados, pero, sinceramente me emociona y a la vez compensan mis desconsuelos, leer, saber, escuchar cuántos elogios, tanto cariño de nuestras islas hacia él, los méritos callados para alguno de nosotros, su forma de vivir, pensar y despedirnos así, tan resignado y complaciente, tan entero y virtuoso, como siempre vivió, sonriente y amable con quienes le rodeáramos. Hay que ser muy grande para amar como lo hizo a una isla tan pequeña, sin distinción alguna, felizmente.

Su inseparable esposa necesita en estos momentos y más que nunca, nuestro incondicional cariño. Ella sabe mucho de ello, sabe cuanto queríamos a su hombre, a su gran talento y al genio que en él se hizo hombre y no un hombre cualquiera, un modelo solidario, humano sin reservas e innegablemente sensible ante las desgracias ajenas, rebelde ante las injusticias de los humanos obsesos y rencorosos, mal nacidos…

No cabe en mí, no sé… tanta ignominia, como no cupo en él. Cada hombre es, o debiera ser, libre al elegir su destino, él lo logró por haber sido siempre consecuente con los demás, con el tiempo, con las tragedias que otros sufrían, con el dolor ajeno, con la pobreza de aquellos que no podían salir de sus penurias. Saramago era como un centinela expectante e inquieto, como un verdadero amigo de lo justo; y nos ha dejado con su óbito, un surco abierto, fertilizado y abundantes semillas de amor que a la postre germinarán para nosotros, sus hijos de las islas canarias, a quienes nos dejó su corazón.


Celestino González Herreros
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21/6/10

EL HOMBRE DE LA BARCA

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Hasta llegar a la playa, junto a mi barca varada sobre el banco de arena, por el camino más corto fui caminando. Por los atajos de siempre, por donde pasara antaño cuando bajaba corriendo en mis amigos pensando. Con la ávida celada por los rincones busqué y no encontré aquello que estaba buscando… También habían muerto los árboles donde solía colgarme, las viejas moreras que nos daban las hojas para que comieran los gusanos de seda. Ni estaba aquella casita, la de la señora gruñona que me botaba piedras para que no me detuviera bajo la esbelta palmera en busca de sus dátiles. No estaban los perros que me ladraban, ni las cabras del señor de la cachimba. Ni la chocita abandonada donde jugábamos a los buenos y a los malos, tirándonos flechas hechas de cañas del abundante cañaveral al borde de los caminos, entre las verdes plataneras. Ni las atarjeas que llevaban el agua fresca y cristalina para el riego.

Los pájaros del campo, en nutridas bandadas, se posaban a picar los hermosos y rojos tomates y los frutos de las higueras. Había un nisperero tan cargado tan cargado de amarillos nísperos cada año, que hoy, sólo al recordarlos se me hace aguas la boca; en el muchos puñados cogí cuando bajaba a la Escuela y se los daba a la maestra –una señora mayor- que me quería “demasiado” a pesar de llevarle regalos, que siempre eran frutos del campo.

Yo le escuchaba embelezado, me agradaba oírle; ahora mismo me está induciendo a recordar cosas de aquella época que nos tocó vivir. Mientras me hablaba mi mente buscaba entre las cosas viejas retazos de aquella infancia y abundaron, en consecuencia, con la dulzura y la inocencia propia de los muchachos de antes.

Es posible que aún encuentre entre los agujeros del alejado tiempo, resquicios que me permitan ver cuando yo era pequeño… Algunos recordarán a doña Carmen Álvarez la maestra. Vivía y allí estaba la Escuela, en la calle Zamora, frente a la casa donde vivía doña Valeria, más tarde Residencia Sol, en Puerto de la Cruz.
La casa era terrera, con una puerta no muy alta y un escalón a nivel del piso. Tenía dos ventanas a los lados, recuerdo pintadas de verde. Una para la habitación de dormir y la otra, para la sala de las visitas. Entre ambas habitaciones había un pasillo que conducía a un pequeño pero delicioso patio, todo lleno de cacharros con plantas y flores; otras sembradas en sendas macetas de barro cocido. A la izquierda, seguidamente de la primera habitación era donde se impartían las clases, la cual comunicaba, asimismo, con una pequeña huerta donde tenía gallinas. Había un estanque pequeño y algunas hortalizas plantadas para el gasto diario. Hierbas pasa infusiones, hierba-buena, poleo, ruda, hierba huerto, perejil, etc. Y la célebre hierva luisa para las tazas de agua con gofio… A continuación, siguiendo por el lado izquierdo, la cocina, donde también hacía de comedor.

Doña Carmen vestía los hábitos de la Virgen del Carmen. Era muy religiosa. Le gustaba arreglarse bien para salir a la calle.
En verdad, me tenía verdadero cariño, tal vez demasiado. Y lo mismo para los otros “chicos y chicas”, se preocupaba por que aprendiéramos a leer, escribir y las cuatro reglas… Y hablando de reglas, ¡cómo zurraba! Cuando las cosas no se hacían como ella quería o no nos salían como tenían que ser. A mí me traumatizó de tal manera, que hasta soñaba con ella. Pero antes de seguir, permítanme contarles. Con tres o cuatro años de edad, yo era quien la depilaba, le liberaba las pelusas y algún que otro vello del bigote y la barbilla. Y era tal el pánico que me inspiraba, que hasta temblaba y en lugar de arrancarle los vellos, por cada uno, seis pellizcos con la pinza le daba y, a posteriori, seis realazos me daba.
Yo iba a vigilar en la cocina la leche que tenía al fuego, para que no se le derramara cuando hirviera. Le iba a buscar el petróleo a la venta, el pan, etc. A veces nos turnaba. Es que la pobre señora vivía solita, no tenía a nadie, así, a la mano y recurría a nosotros. El echo de salir a la calle y estar un rato libre era el mejor recreo. Y todas esas tonterías, propias de la infancia, que hoy estoy evocando y que fueron verdad, contribuyen en gran manera a la educación de un niño. A ver si actualmente los padres lo tolerarían y mucho menos los niños, tan proclives a su ego personal, desatentos y orgullosos. La fiel semejanza de lo que han hecho de ellos los propios padres, su precaria educación.
Todo se superaba, indudablemente que sí, y tal vez es necesario algo de disciplina, para que nos acostumbremos a ser, por lo menos, responsables en nuestros actos y conscientes de ellos.
Todos los días teníamos que rezar y se estudiaba el Catecismo “Ripalda” y Urbanidad, etc. Lo demás era secundario aunque también importante.

Como anécdota, no olvido que, para aprender a escribir la “P” mayúscula de Pepito, por ejemplo, fue a base de palmadas en la cabeza. ¿Cómo iba a salirme bien si estaba temblando?.. Lo cierto es que hoy, después de tantísimos años, aún me acuerdo de ella cada vez que la escribo y parece que la siento detrás de mí, porque aún no me sale tan bien como ella hubiera querido.
Nos ponía de rodillas en la puerta de la calle, sobre granos…con un gorro de papel pintado y los brazos en cruz con peso en cada mano, sólo para ridiculizarnos a ver si así nos aplicábamos más, o qué sé yo. Lo cierto es que le temíamos mucho a ese desgraciado castigo. Otra anécdota que me viene a la memoria –y ahora si acabo- . Antes las maestras iban a la casa de los alumnos, casi siempre buscando prebendas, -ponía mucho más interés por los niños- y daba igual la hora de la visita. Una noche, estando ya acostado, serían las nueve y más despierto que una lechuza, cuando oigo su inconfundible voz “medio santa, medio dictadora”, pero era encantadora. E instintivamente, apagué la luz y me hice el que llevara rato durmiendo. Como oyera que se acercaba a mi cama, junto a mi adorable madre, hablando precisamente de mí, me puse a contar en voz alta: Uno más uno son dos. Dos más dos son cuatro, etc. Y no paraba de contar, mientras que escuchaba que decía: ¿Ves lo que te decía? Es muy bueno este niño, e inteligente a la vez, hasta durmiendo estudia.

El hombre de la barca… Me hizo recordar con sus narraciones a doña Carmita Álvarez, ¡cómo son las cosas, nunca se lo había dicho a nadie! Aunque muchas veces he recordado aquellos días llenos de ternura, cuando el respeto se le inculcaba a los niños desde muy pequeñitos. Cando era para las familias el mayor de los orgullos tener a los hijos bien educados, que nadie de la calle viviera a dar quejas. Y hoy es lo contrario, por que sólo ven por los ojos de los hijos, por comodidad “muchas veces”, otras, ya sabe Dios por qué. Claro que hay muchísimas excepciones y eso es gratificante, triste sería que no fuera así. Tengo la suerte de reconocerlo y el orgullo de dedicarles, en la memoria y en el presente, a todos, estas espontáneas líneas. Que a pesar de tantos años ya pasados, perdura el respeto y el cariño que siempre les profesaré.


Celestino González Herreros
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celestinogh@teleline.es

15/5/10

¡TAMBORES DE GUERRA¡

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El año que pasó terminó mal y el comienzo del presente, que ha sido increíblemente nefasto por los hechos acaecidos y la zozobra consiguiente acerca del si y del no, ha sido también “extremadamente, de una evidente confrontación ideológica. Si analizamos las causas y los temores que sufrimos, así no se puede seguir viviendo, es muy molesto no saber qué va a suceder en definitiva. Pese haber estado agotándose toda clase de recursos; y no hay entendimiento posible. Por la tozudez de unos y otros, de aquellos directores de esta singular orquesta política, sin que se haya logrado el cese de las hostilidades. Y lo triste es que, la mayoría no queriendo más guerras, no se les escucha. Por más que quieran justificar sus conductas bélicas, otra cosa sería razonar y pensar en las verdaderas consecuencia que íbamos a sufrir. No se trata del juego aquel con los soldaditos de plomo, volvamos a la realidad. Desde luego, los más pobres, pese a vivir en piases tan ricos, serán las primeras víctimas y nunca dejarán de ser pobres de solemnidad, caso de sobrevivir... Funesto, visto desde cualquier punto de vista y ángulo de nuestro planeta.

Desde la desgraciada circunstancia de las Torres Gemelas, son influyentes, por el natural odio generado en los norteamericanos hacia el otro mundo y sus representantes políticos, el poderoso sentimiento vengativo existente; y cada día avanzamos más aprisa hacia el desastre colectivo, al menos eso es lo que tratan de hacernos creer. Pienso que no habrá guerra, a pesar de la testarudez y las provocaciones compartidas. Hay un mutuo respeto que les inhibe a la hora de declararse en guerra. Se agotarán todas las posibilidades, porque las hay. Dentro de ese respeto, en conciencia, aunque esté interferida por el egoísmo y el alevoso interés por la dominación exclusiva de sus respectivas fortunas, les domina también el temor consiguiente… A pesar de ello, repito, no habrá guerra, aunque suenen los tambores. Más parecen tanteos.

Sólo imaginarlo aterroriza. Las necesidades y carencias actuales que sufren esos pueblos... Las apetencias de sectores ambiciosos de algunos piases... Todos caerían en la misma tentación; y el afán colectivo va a despertar más furia, anulando toda razón y a la conciencia misma..

Así acabó el que se fue y sigue el que comenzó. Amargos calendarios, si miramos hacia atrás y vemos el tétrico cortejo de los enlutados acontecimientos universales, todo el mundo enfrentado por el absoluto dominio, sin reparar en el daño que se hacen así mismo con sus intransigentes posturas y apetencias egoístas. Despreciando vidas ajenas y arruinando todo principio ético, la cultura universal, despreciando la propia condición humana.




Celestino González Herreros
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UN RAYO DE LUZ EN MIS TINIEBLAS ME SORPRENDIÓ…

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Ordenando un poco el laberinto de mis papeles sueltos, donde en algunos hay escritas algunas historias de pretéritas vivencias que cualquier día pasado me dio por escribirlas y muchas de ellas no he tenido tiempo disponible para destruirlas o echarlas a la papelera…

Comentaba que estaba ordenando mis cosas, cuando hallé un sobre abierto que contenía varias fotos antiguas de mis padres de hace muchos años, siendo yo un niño de poca edad. Con las fotos en mis manos surgió o sentí un extraño silencio que se apoderó de mí; y que un rayo de luz en mis tinieblas me sorprendiera y sintiera un profundo sentimiento de añoranza indescriptible. Retrocedí en el tiempo; y mientras besaba las fotos, igual sentí rodar por mis mejillas algunas ardientes lágrimas. Súbitamente cerré la puerta de la habitación, no quería que me vieran en ese doloroso trance, necesitaba estar solo, muy solo, que nada ni nadie turbara esos sublimes momentos. No cesaba de mirarles con intensa devoción y con voz entrecortada por la emoción les musitaba palabras de ternura, de amor. Hasta me pareció verles mover sus labios, que aunque no dijeran nada legible, adiviné sus palabras y volví a besarles.

Nunca sabré qué tiempo estuve con ellos balbuceando frases que me salían del alma tratando de consolarles. Ya que por momentos sus facciones se entristecían o eso me parecía. Como si aún yo fuera aquel niño pequeño que llora por ellos.

Hoy, por que soy padre y hasta abuelo comprendo mejor… Que no es necesario comparar las edades, los viejos también sentimos igual que los muchachitos, tal vez más que nunca y les necesitamos de igual manera para llenarnos ese inmenso vacío que nos han dejado al morir. No recuerdo haber llorado así, ni cuando era niño. Siempre nos han hecho falta para ayudarnos a vivir felices.

Dichosos aquellos que tienen consigo a sus padres y pueden darles lo mejor que tengan y desean brindarles todas las atenciones que se merecen. Al tenerles la vida cambia –aunque muchos hijos no lo entiendan- y al perderles la vida se nos convierte en una inmensa laguna de soledades; y aquellos pasares, al pensar que no supimos hacerles todo lo feliz que ellos, sin palabras, sólo con hechos, nos lo pregonaban. Con sus silencios y sus bellas lecciones de amor. Con su abnegada resignación y sus oportunos buenos ejemplos.

Todos los días del año, sus huérfanos hijos, les recordamos con la más pura ternura, o sólo en días señalados. Sin embargo nos emociona mucho, es diferente el sentimiento que nos embarga, cuando vemos caminar por las calles del pueblo a tantas personas, de todas las edades, con ese regalito para el día de la madre… El mío lo llevo dentro y sólo le pido a Dios que se lo haga llegar, es sólo un beso…


Publicado en el Periódico El Día
Página 28 Sociedad 01.05.2.010

Celestino González Herreros
http://www.celestinogh.blogspot.com